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jueves, 14 de enero de 2010

Literatura felina: Gay Talese


Cuando el tráfico disminuye y casi todos duermen, en algunos vecindarios de Nueva York enpiezan a pulular los gatos. Se mueven con rapidez entre las sombras de los edificios; los vigilantes, policías, recolectores de basura y demás transeúntes nocturnos los avistan... no por mucho. La mayoría de ellos merodea por los mercados de pescado, en Greenwich Village, y los vecindarios de los lados del Este y Oeste, donde abundan los cubos de la basura. No hay, sin embargo, zona de la ciudad que no tenga sus animales callejeros, y los empleados de los garajes de veinticuatro horas de áreas tan concurridas como la calle 54 han llegado a contar hasta veinte de ellos cerca del teatro Ziegfeld temprano en la mañana. Pelotones de gatos patrullan los muelles por la noche a la caza de ratas. Los guardavías del subway han descubierto gatos que viven en la oscuridad. Parecen que nunca un tren los atropella, aunque a veces algunos los liquida el tercer riel. Unos veinticinco gatos viven veintitres metros por debajo del ala oeste de la terminal Grand Central, son alimentados por los trabajadores subterráneos y nunca se aventuran a la luz del día.
Los vagabundos, independientes y autoaseados gatos de la calle llevan una vida extrañamente diferente a la de los gatos mantenidos de casa o apartamento de Nueva York. Casi todos están infestados de pulgas. A muchos los matan la comida intoxicada, la intemperie y la desnutrición; su promedio de vida es de dos años, mientras que el de los gatos caseros es de diez a doce años o más. Cada año la ASPCA sacrifica unos 1.000 gatos callejeros neoyorquinos para los cuales no encuentran hogar.
No es común el arribismo entre los gatos callejeros de Ciudad Gótica. Rara vez adquieren por gusto una mejor dirección postal. Por lo común mueren en las manzanas que los vieron nacer, aunque un pugoso especímen recogido por la ASPCA fue adoptado por una mujer acaudalada: ahora vive en un lujoso apartamento del lado Este y pasa el verano en la quinta de la dama en Long Island. La asociación Felina Americana una vez traslado dos gatos callejeros a la sede de las Naciones Unidas, tras haberse enterado de que los roedores habían invadido los archivadores de la ONU.
-Los gatos se encargaron de ellos -dice Robert Lothar Kendell, presidente de la sociedad-. Y parecían contentos en la ONU. Uno de ellos dormía en un diccionario del chino.
En cada barrio de Nueva yorklos gatos golfo están bajo el dominio d eun "jefe": el macho más grande y fuerte. Pero salvo por el jefe, no hay mucha organización en la sociedad del gato callejero. Dentro de esa sociedad hay, no obstante, tres "tipos" de gatos: los salvajes, los bohemios y los de medio tiempo en tienda (o restaurante).


Los gatos salvajes dependen, en cuestión de comida, de la ocasional tapa suelta del cubo de basura, o de las ratas, y poco o nada quieren tener que ver con la gente, así sea con quienes los alimentan. Estos, los más desaliñados, tienen una mirada perturbada, una expresión demente y ojos muy abiertos, y en general rondan por los muelles.
El bohemio, por su parte, es más dócil. no hye de la gente. Con frecuencia recibe alimentación diari de manos de sensibles amantes de los gatos (casi siempre mujeres) que los llaman "niñitos", "angelitos" o "queridos" y se indignan cuando los objetos de su caridad son tildados de "gatos de callejón". Tan puntuales suelen ser los bohemos a la hora de comer, que un amante de los gatos ha propuesto la teoría de que saben la hora. Puso el ejemplo de una gata gris que aparece cinco días a la semana a las cinco y media en punto en un edificio de oficinas en Broadway con la calle 17, cuyos ascensoristas le dan comida. Pero la michina nunca cae por allí los sábados y domingos: como si supiera que la gente no trabaja en esos días.


El gato de medio tiempo en tienda (o restaurante), a menudo un bohemio reformado, come bien y espanta a los roedores, pero acostumbra unsar la tienda a manera de hotel y prefiere pasar las noches vagando por las calles. Pese a tan generoso esquema laboral, reclama la mayoría de los privilegios de una raza emparentada (el gato de tienda de tiempo completo o sin pizca de callejero), incluido el derechoa dormir en la vitrina. Un bohemio reformado de un delicatessen de la calle Blecker se agazapa detras de la puerta y ahuyenta a los otros bohemios que mendigan bocados.
A propósito, el número de gatos de tiempo completo ha disminuido grandemente desde el ocaso de la pequeña tienda de abarrotes y el surgimiento de los supermercados en Nueva York. Con el perfeccionamientode los métodos de prevención contra ratas, mejores empaques y mejores condiciones sanitarias, almacenes de cadena como A&P rara vez tienen un gato de tiempo completo.


En los muelles, sin embargo, la gran necesidad de gatos sigue vigente. Una vez un estibador alérgico a los gatos los envenenó a todos. En cuestión de un día había ratas por todas partes. Cada vez que los hombres volteaban a mirar, veían ratas sobre los embalajes. Y en el muelle 95 las ratas epezaron a robar los almuerzos de los estibadores, e inclusos a atacarlos. De modo que hubo que reclutar gatos callejeros de las zonas vecinas, y ahora el grueso de las ratas está bajo control.
-Pero los gatos no duermen mucho por acá -decía un estibador-. No pueden. Las ratas acabarían con ellos. Hemos tenido casos en los que la rata ha destrozado al gato. Pero no pasa con frecuencia. Esas ratas del puerto son unas miserables desgraciadas.

Fragmento tomado de Nueva York, ciudad de cosas inadvertidas de Gay Talesse, publicado en el libro Retratos y encuentros. Aguilar. Bogotá, 2008. Páginas 10 a 12.

domingo, 1 de marzo de 2009

Crónicas nimias: Salta


Noche del dieciocho de agosto de 2008 en Beijing. El susurro de las noventa mil personas en el Nido de pájaro no la distraen. Al lado de la pista, una colcha blanca apenas deja asomar sus zapatos. Ella está debajo, sentada, aislada de los doce millones de ojos que la esperan. En su adolescencia, el fracaso en la gimnasia le dio el poder de la garrocha. Ha superado veintitrés veces su propia marca, cada vez mejor, cada vez más alto: 5,01 en Helsinki, 5,03 en Roma, y 5,04 en Montecarlo. No tiene afán, espera. Éste es su último intento, los dos anteriores fueron fallidos.
Yelena Isinbayeva se levanta y el estadio también. El pequeño uniforme, blanco, rojo y azul, apenas cubre fragmentos pudorosos de la piel que se adhiere apretadamente sobre cada músculo de su cuerpo perfecto. Embadurna sus manos, masculla unas palabras ininteligibles. Su mirada azul está puesta en la meta. Tantea y besa la garrocha, suspira profundo. El ritmo de su corazón se acelera a la par con el sonido de los miles de aplausos. Atrás quedó Jennifer Sticzynski, su más cercana contrincante, en los 4,80. Continúa el susurro, eleva la garrocha, mira al cielo. Corre. La punta de la garrocha toca el piso. Ella se eleva, el listón en los 5,05 metros, su vuelo no dura más de dos segundos, cae y se hunde en el inmenso colchón azul. Se para de inmediato, grita y toca su pecho con las palmas abiertas, cae de rodillas y, de nuevo, mira el cielo. Se pone de pie. Sus alaridos se mezclan con la unánime ovación. Brinca, un giro completo en el aíre. Corre con los brazos extendidos buscando un abrazo que no encuentra. Desde la tribuna lanzan una bandera, la atrapa, se cubre con ella y anda por la pista, una cámara la sigue por el costado, se detiene, se agarra la cabeza, camina, para de nuevo. Aprieta la tela tricolor, las manos apoyadas sobre los muslos. Ríe, suspira.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Dos semanas con los Sikuani

Los invito a leer la crónica Dos semanas con los Sikuani que me publicaron en el último número de la Revista Universidad de Antioquia... bueno, si son capaces de conseguirla. Al menos que la lean los lectores de este blog que viven en Medellín. A los demás les dejo este fragmento mientras la U se decide a organizar, al fin, su versión electrónica (que está más demorada que la de El Malpensante) o a mejorar la distribución de la revista... amanecerá y veremos.

Fotografía de Giovanny Urrea Bolivar

Cuando llegamos a Iwiwí, un grupo de unos doce niños nos atacó con sus risas; rodeaban el carro, querían conocernos y saber qué traíamos. Nos tocaban, nos hablaban sin parar y reían, reían mucho. Al poco tiempo aparecieron sus madres, sonrientes también, y nos contaron que los hombres de la comunidad, excepto dos ancianos, se habían ido a cazar por varios días.
De las que visitamos, ésta era la única comunidad donde todavía practicaban la caza y la pesca, lo que se reflejaba en el estado nutricional de los niños y las mujeres. Fue también la única donde no encontramos a nadie con desnutrición.
Después de trabajar y charlar un rato con las mujeres, me dejé seducir por los niños y nos fuimos para el charco a bañarnos. El sol de la tarde y la sombra de los árboles se dibujaban sobre la superficie oscura y quieta del caño represado.
Los niños me miraban, reían, hablaban y me hacían señas de que me tirara. Mi cobardía urbana lo impidió, pero en cambio los convencí de que ellos entraran primero. Recordé las historias de güíos (boas) gigantes, capaces de devorar un ternero, que se encontraban en las aguas quietas de los Llanos. Los niños, ni cortos ni perezosos, se lanzaron al agua y una vez adentro me insistían en que me tirara. Nunca lo hice. Caminé despacio desde la orilla, sintiendo cómo mis dedos se hundían en la arena y el lodo del fondo y me fui sumergiendo poco a poco en el agua. Una vez adentro, fui atacado por varias de esas pequeñas criaturas humanas, que ese día encontraron en mí un buen juguete.
Al caer la tarde, mientras lavábamos la ropa con Mimí, le pregunté:
—¿Por qué aquí sonríen todo el tiempo?
Mimí levantó los hombros:
—Porque la felicidad se amaña mucho con esta gente... Pregúnteles usted a ver qué le responden.
Así lo hice. En la noche, bajo el embrujo de una gran luna roja, comiendo pescado moqueado, es decir, cocinado con el calor que produce estar enterrado debajo del fogón, con las mujeres y los chiquiribiji, luego de haber canjeado con uno de ellos uno de mis esferos por una puya, le comenté a Alcira sobre la alegría que todos en esa comunidad irradiaban. Ella se rió y luego, con aire sereno, comentó en sikuani y Mimí tradujo:
«Mire: el blanco trabaja y trabaja para seguir pobre toda la vida, porque su vida es trabajar, mientras que el indio trabaja apenas para no morirse; igual vive pobre, pero vive y vive feliz».

lunes, 25 de agosto de 2008

Nacida para parir en CIPER


En mayo pasado publiqué la crónica Nacida para parir en este blog. Invito a quienes no la leyeron en esa ocasión a que le den una mirada en la página Web del Centro de Investigación e Información Periodística -CIPER- de Chile.
Son bienvenidos todos los comentarios.

sábado, 16 de agosto de 2008

Karadzic y Pinochet: ¿personajes de Bolaño?

En el mes de julio de 2008 sucedieron tres hechos aparentemente no relacionados, pero que guardan una interesante conexión literaria: la captura de Karadzic, el fallo del Premio de la Fundación Nuevo Periodismo Latinoamericano (FNPI) y los cinco años de la muerte del escritor Roberto Bolaño.

¿Qué tiene que ver lo uno con lo otro?


Caso uno

Radovan Karadzic, médico psiquiatra y expresidente serbiobosnio, fue uno de los grandes genocidas de nuestra vergonzosa historia reciente, lo que le confirió el título de El Carnicero de Sarajevo. Tras once años como prófugo lo encontraron haciéndose pasar por un bondadoso médico alternativo.

Un pequeño detalle, resulta que el hombrecito también era poeta:


Convertíos a mi nueva fe, muchedumbre.

Os ofrezco lo que nadie ha ofrecido antes.

Os ofrezco inclemencia y vino

El que no tenga pan se alimentará con la luz de mi sol

Pueblo, nada está prohibido en mi fe

Se ama y se bebe

Y se mira al Sol todo lo que uno quiera.

Y este dios no os prohíbe nada.

Oh, obedeced mi llamada, hermanos, pueblo, muchedumbre.


Esta mezcla entre guerra y poesía es lo que el filósofo Slavoj Zizek llama el complejo poético – militar. Nefasta combinación para incitar al pueblo a la barbarie como lo hizo también Hassan Ngeze en Ruanda para exterminar a los tutsis.


Caso dos


La crónica ganadora de esta versión del Premio FNPI titula Viaje al fondo de la biblioteca de Pinochet del periodista Cristobal Peña del equipo de CIPER en Chile. Pues resulta que nuestro dictador criollo sentía una fascinación especial por los libros, no importaba que no los leyera:


Dos años y medio antes de ser objeto del primer peritaje bibliográfico, cuando las millonarias cuentas del banco Riggs aún permanecían secretas, Augusto Pinochet apareció sorpresivamente por una antigua galería comercial de calle San Diego, en el centro de Santiago. Sin previo aviso, acompañado de su escolta, llegó a visitar a su más fiel y entrañable librero.

En ese entonces Juan Saadé tenía tantos años como Pinochet, que iba para los 90, y aún estaba al frente de la librería de viejos que había fundado en 1941 con el nombre de La Oportunidad. Decía conocer a su cliente predilecto desde que éste era subteniente y solía comprarle libros de historia y geografía de Chile con cheques a plazo. Una vez que quedó instalado en el gobierno, el general de Ejército comenzó a pagar con cheques al día a nombre de la Presidencia de la República.

La afición a los libros fue creciente y antecede a la toma del poder. (…)

Desde joven fue aficionado a los libros, en particular a los de historia, guerra y geografía. De eso no parece haber dudas. Pero lo que resulta irrebatible, porque las cifras son demoledoras, es que a contar del Golpe de Estado, su biblioteca personal experimentó un sorprendente y sostenido incremento, producto no sólo de regalos propios del cargo.

Luis Rivano es vecino de la librería de Juan Saadé y aún guarda cientos de fotocopias con portadas de libros usados que ofrecía con sostenida regularidad al general Pinochet. En su mayoría son textos de ciencias sociales, muchos de ellos de marxismo y política de las décadas de los ‘60 y ‘70, que se salvaron de la hoguera en los días posteriores al Golpe de Estado.

Cuando el general se interesaba por algún título, cosa bastante frecuente, marcaba con un visto bueno la fotocopia de la portada para que Rivano se lo hiciera llegar a través de algún oficial encargado especialmente del tema. De esta forma llegaron a sus manos títulos como Si Yo Fuera Presidente, de Tancredo Pinochet; El Movimiento contra la Tortura Sebastián Acevedo, de Hernán Vidal; El Gran Culpable, de José Suárez Núñez; El Guerrillero, de Chelén Rojas; Teoría Secreta de la Democracia Invisible, de José Rodríguez Elizondo; y El Mercurio y su Lucha contra el Marxismo, de René Silva Espejo.

El procedimiento fue el mismo con otros libreros de viejos de las Torres de Tajamar, en Providencia. Uno de ellos, que pide guardar reserva de su nombre, recuerda que el general era un comprador compulsivo y de gustos muy definidos. Pedía todo lo que hubiese de Napoleón Bonaparte. Absolutamente todo. Era su gran obsesión. Casi tanto como Ortega y Gasset. (…)

“Era ratón para pagar”, refrenda Octavio, hijo de Luis Rivano, que trabaja en Providencia y tuvo la osadía de devolver a La Moneda un cheque por $80.000 que el general había cancelado a cambio de un ejemplar de La Independencia de Chile, editado por Santos Tornero. “Yo sabía que el libro era bueno y que a él le servía, entonces por una cuestión de prestigio de librero insistí en que me pagara lo que valía”.

Al poco tiempo Octavio Rivano recibió un sobre con el mismo cheque por $80.000 y un adicional en dinero en efectivo. No se habló más del asunto.


Bolaño

Estoy seguro que, de haber estado vivo, Roberto Bolaño hubiera gozado con estos dos casos; pues aunque son dolorosamente reales, los dos parecen personajes suyos. Esa alianza entre el poder, el mal y la literatura, en especial la poesía, fascinaba a Bolaño, y de alguna forma es una constante y una obsesión en toda su obra.

Karadzic y Pinochet están muy cerca de personajes como Carlos Wieder, el teniente Ramírez Hoffman, Amado Couto o Silvio Salvático. Si no los conocen, den un paseo por La literatura nazi en América o por Estrella distante.

Para rematar va un pedacito de Estrella distante que pueda que tenga que ver con el asunto o no (yo creo que sí y mucho), pero que a mí me encanta:

Érase una vez un niño pobre de Chile... El niño se llamaba Lorenzo, creo, no estoy seguro, y he olvidado su apellido, pero más de uno lo recordará, y le gustaba jugar y subirse a los árboles y a los postes de alta tensión. Un día se subió a uno de estos postes y recibió una descarga tan fuerte que perdió los dos brazos. Se los tuvieron que amputar casi hasta la altura de los hombros. Así que Lorenzo creció en Chile y sin brazos, lo que de por sí hacía su situación bastante desventajosa, pero encima creció en el Chile de Pinochet, lo que convertía cualquier situación desventajosa en desesperada, pero esto no era todo, pues pronto descubrió que era homosexual, lo que convertía la situación desesperada en inconcebible e inenarrable.

Con todos esos condicionantes no fue raro que Lorenzo se hiciera artista. (¿Qué otra cosa podía ser?) Pero es difícil ser artista en el Tercer Mundo si uno es pobre, no tiene brazos y encima es marica. Así que Lorenzo se dedicó por un tiempo a hacer otras cosas. Estudiaba y aprendía. Cantaba en las calles. Y se enamoraba, pues era un romántico impenitente. Sus desilusiones (para no hablar de humillaciones, desprecios, ninguneos) fueron terribles y un día —día marcado con piedra blanca- decidió suicidarse. Una tarde de verano particularmente triste, cuando el sol se ocultaba en el océano Pacífico, Lorenzo saltó al mar desde una roca usada exclusivamente por suicidas (y que no falta en cada trozo de litoral chileno que se precie). Se hundió como una piedra, con los ojos abiertos y vio el agua cada vez más negra y las burbujas que salían de sus labios y luego, con un movimiento de piernas involuntario, salió a flote. Las olas no le dejaron ver la playa, sólo las rocas y a lo lejos los mástiles de unas embarcaciones de recreo o de pesca. Después volvió a hundirse. Tampoco en esta ocasión cerró los ojos: movió la cabeza con calma (calma de anestesiado) y buscó con la mirada algo, lo que fuera, pero que fuera hermoso, para retenerlo en el instante final. Pero la negrura velaba cualquier objeto que bajara con él hacia las profundidades y nada vio. Su vida entonces, tal cual enseña la leyenda, desfiló por delante de sus ojos como una película. Algunos trozos eran en blanco y negro y otros a colores. El amor de su pobre madre, el orgullo de su pobre madre, las fatigas de su pobre madre abrazándolo por la noche cuando todo en las poblaciones pobres de Chile parece pender de un hilo (en blanco y negro), los temblores, las noches en que se orinaba en la cama, los hospitales, las miradas, el zoológico de las miradas (a colores), los amigos que comparten lo poco que tienen, la música que nos consuela, la marihuana, la belleza revelada en sitios inverosímiles (en blanco y negro), el amor perfecto y breve como un soneto de Góngora, la certeza fatal (pero rabiosa dentro de la fatalidad) de que sólo se vive una vez. Con repentino valor decidió que no iba a morir. Dice que dijo ahora o nunca y volvió a la superficie. El ascenso le pareció interminable; mantenerse a flote, casi insoportable, pero lo consiguió. Esa tarde aprendió a nadar sin brazos, como una anguila o como una serpiente. Matarse, dijo, en esta coyuntura sociopolítica, es absurdo y redundante. Mejor convertirse en poeta secreto.

jueves, 5 de junio de 2008

Dos mujeres y una enfermedad


De la tercera habitación del cuarto piso del ala occidental del Instituto Nacional de Cancerología en Bogotá, sale un hedor fétido.
—Ese es el olor característico del cáncer de cuello uterino —explica Lina Trujillo, ginecóloga oncóloga.
Allí están hospitalizadas dos mujeres: una pequeña anciana con cáncer pulmonar que pelea con la máscara de oxígeno mientras respira con dificultad y Lucelly, quien emana el nauseabundo aroma. Tiene el rostro pálido y permanece conectada a una bolsa de líquidos endovenosos que gotea despacio. Al lado está su madre, Aleida, una señora de 47 años que aparenta 60 y viste una raída polera azul celeste.
—Lo que estoy viviendo no se lo deseo a nadie —dice Lucelly y comienza a llorar despacio—. A veces me enojo. Pierdo la esperanza. De por sí es duro saber que uno se está muriendo, pero lo es mucho más cuando una se está pudriendo por dentro.
Lucelly tiene 27 años y pronto será una de las 250 mil mujeres que mueren anualmente en el mundo con cáncer al cuello uterino, el segundo tumor maligno más frecuente y la segunda causa de mortalidad por cáncer en las mujeres del planeta. Nueve mujeres mueren cada día por esta enfermedad en Colombia. En su mayoría, suelen tener un perfil similar a Lucelly: escasos recursos, viven en zonas con deficientes condiciones sanitarias, tienen baja escolaridad, han tenido varios compañeros sexuales y han parido muchos hijos.
Se podría pensar que el cáncer de cuello uterino es una enfermedad exclusiva de la pobreza; pero no es cierto. Eso lo sabe muy bien la doctora Nubia Muñoz.

El reportaje completo en el Centro de Investigación e Información Periodística de Chile -CIPER-: http://ciperchile.cl/

sábado, 17 de mayo de 2008

Nacida para parir

Va esta crónica inédita como regalo en el “mes de las madres”


Nunca imagine que el sonido que salía de la casa, ese gruñido suave y bajo correspondiera al ruido de un pequeño cerdo disputando un pedazo de yuca con un bebé desnudo de máximo un año de edad.
Minutos antes habíamos llegado a la casa tras una cabalgata de seis horas, monte adentro, buscando la casa de Miguel y Mariana.
El ladrar de los perros avisó de nuestra llegada, pero nadie se asomó. Nos bajamos de los caballos, estiramos las piernas cansadas mientras preguntábamos a gritos si había alguien.
El rancho era nuevo, aún olía a madera recién cortada. Tenía dos plantas, en la primera había un pequeño establo y en el segundo la vivienda. Golpeamos la puerta varias veces y nadie respondió. Escuchamos en el interior el extraño ruido. Entramos, el sonido se percibía más intenso, más cercano, pero no lo identificábamos. Lo seguimos hasta que encontramos en un rincón a los dos cachorros de mamíferos distintos luchando por un trozo de yuca cocida.
El niño lloró cuando lo recogí del suelo. Sin su rival, el cerdito disfrutó de su manjar. Matías me miraba sin hacer ningún comentario, leía en mi rostro mi enojo. Salimos de la casa y nos sentamos debajo de un naranjo a esperar que alguien llegara.
—Es el colmo, Samuel.
—Es el colmo, Matías —le respondí y no hablamos más.

Llegué a La Macarena por avión desde Villavicencio en una calurosa mañana del mes de enero de 1998. En ese entonces trabajaba como médico con Existir, una pequeña empresa de salud que prestaba sus servicios a los campesinos e indígenas de la zona rural de los departamentos de Meta, Guaviare y Vaupés. La Macarena fue la zona que me asignaron ese mes. El equipo éramos sólo Matías, un motorista, nativo del pueblo, y yo.
El municipio de La Macarena es uno de los seis municipios que integran el Parque Natural Sierra de la Macarena, que está ubicado en el sur del departamento del Meta como una isla independiente al margen de las tres grandes cordilleras de Colombia. En este punto geográfico confluyen el bosque andino, los llanos de la Orinoquía y la selva amazónica, haciendo que esta zona contenga una biodiversidad enorme, una de las mayores del mundo. Su aislamiento geográfico ha evitado que el devastador proceso de deforestación para sembrados ilegales sea menos acentuado que en otras regiones selváticas del país. Muchos de sus colonos, como la familia de Mariana y Miguel, llevan varias generaciones asentados allí.


Llevábamos una hora jugando con el bebé cuando apareció una mula con dos niños.
—Buenas tardes, yo soy Matías y él es Samuel, el médico de Existir. Nosotros les mandamos avisar con la Junta de Acción Comunal que veníamos —les dijo Matías mientras los ayudaba a bajar del animal.
Los dos me extendieron la mano y se presentaron: Carmen y José, de seis y cuatro años respectivamente.
—¿Y sus papás?
—Mi papá y mis hermanos están trabajando y mi mamá fue a ayudarle y llevarle el almuerzo a la chagra. Nosotros estábamos trayendo unas cosas que nos hacían falta de la otra casa —nos dijo José, el pequeño gigante.
Mi indignación renacía. No podía entender como unos padres podían dejar a un niño menor de un año bajo el cuidado de otros pequeños cuya edad sumaba entre los dos los diez años. Guardé silencio.
José nos invitó a seguir. Matías cargó a la pequeña Carmen en los hombros y entramos a la casa. En el suelo permanecían sobrados de comida. Las moscas danzaban aleatoriamente alrededor de varios trozos de carne seca que colgaban sobre el fogón de leña. Me acerqué y con la luz de la linterna pude ver los pequeños huevos blancos de las moscas sembrados en la carne.
El amable José nos ofreció guarapo. Tuve temor de tomármelo al ver las condiciones de aseo de la casa, pero tenía mucha sed, no me quedaba nada en la cantimplora y no teníamos tiempo para salir a buscar algún pozo. Me lo tomé pasando tragos enteros y tratando de no pensar en la migración de parásitos y bichos a la panza.
Con los últimos destellos del día ladraron los perros anunciando el regreso de Miguel y Mariana, los padres de los niños. Venían con tres jóvenes que también eran sus hijos.
Miguel llegó con la camisa sucia y abierta. Mariana traía varias ollas pequeñas y una canasta. Nos presentamos, nos dieron la bienvenida y nos ofrecieron su hogar para descansar. Igual, no teníamos alternativa, la casa más cercana quedaba a dos horas a caballo. Sentí un poco de vergüenza, su hospitalidad desarmó el malgenio que tenía. Luego, ya más tranquilo le dije:
—Mariana, ¿cómo es posible que deje a estos dos niños tan pequeños cuidando a este otro que es casi un recién nacido?, ¿no le da miedo de que les pase algo?
Ella sonrió, me sobó el hombro derecho y me respondió:
—Tranquilo doctor, por los niños no se preocupe, así he levantado once y a ninguno le ha pasado nada. ¿Usted no tiene hijos, cierto?
No supe que decir, sabía que la excusa no era válida para el estado de dejadez en que se encontraban los niños y la casa, pero sentí vergüenza de hacer más reclamos. Se supone que parte de mi trabajo era educar para la salud… ¿pero como enfrentar las costumbres y la experiencia de Mariana? Al fin y al cabo era cierto, ella crió once hijos y yo no había criado ninguno… También sentí algo de enojo de que ella utilizara el viejo argumento con que muchas madres nos desarman en la consulta de pediatría. Decidí abortar el tono “pedagógico” y dedicarme a charlar desprevenidamente con Mariana.


Mariana nació y había vivido siempre en la zona rural de La Macarena. El año anterior, a la edad de 32 años, fue la primera vez que salió al pueblo. Aunque se lo habían descrito, nunca lo había logrado imaginar como era. Para ella fue una sorpresa ver automóviles, escuchar música salida de equipos electrónicos y ver tanta gente reunida en un solo lugar como el mercado o la iglesia. Todo le parecía mágico. No concebía como funcionaban todos esos aparatos, desde el frío de una nevera hasta las imágenes del televisor.
Mariana recordó que cuando tenía once años, un vecino, José, un señor mucho mayor, llegó a su rancho, habló con su mamá unas cuantas palabras y se la llevó. Durante el camino el hombre no le habló. Al llegar a su casa, le explicó que hacía unos meses su esposa había muerto, tenía dos hijos y no sabía cómo criarlos ni tampoco tenía tiempo para hacerlo. Eran dos niños menores de cinco años, los dos estaban desnutridos. La tarea de Mariana era criarlos.
Pasaron tres años en los que José salía a trabajar muy temprano a la chagra, Mariana organizaba la casa, le daba de comer a las gallinas y los marranos, cuidaba de los niños y preparaba la comida, se la llevaba a él a la chagra, esperaba en silencio mientras comía y regresaba a la casa a seguir con los oficios domésticos. Hasta entonces las palabras que se cruzaban eran escasas. Mariana dormía con los otros niños y José en una habitación aparte. Con la pubertad las formas de Mariana fueron cambiando. José la miraba cada vez más, pero no le hablaba, sólo la miraba.
Una mañana temprano, José la subió en una bestia y regresaron a la casa materna. Se sentaron los tres, José le dijo a la mamá de Mariana que hacía unos días había notado, aunque ella lo intentó ocultar con vergüenza, la llegada de la menstruación de la niña, lo que ahora la hacía una mujer. Sí la señora le daba autorización, Mariana sería ahora su esposa. La madre asintió. Mariana nunca habló, estaba presente pero nadie le pidió su opinión ni tampoco protestó. En menos de un año Mariana sería mamá, y desde allí aproximadamente cada uno o dos años tendría un nuevo hijo hasta que murió José.
Para Mariana la vida se contaba en número de hijos, no en meses ni en años. Al morir José, Mariana tenía cuatro hijos propios, más los dos que crió desde antes. La vida era difícil, sabía que sola no podía, necesitaba conseguir un hombre que trabajara para poder seguir ella criando sus hijos, sabía también que su vientre era el mejor estímulo para atraer un hombre. Así fue. Cuando conoció a Miguel le gustó, cosa que nunca sucedió con el viejo José. Miguel era un peón de una finca vecina que le coqueteaba desde hacía varios años. Cuando murió José no esperó mucho tiempo para acercarse a Mariana.
—Yo quería una mujer que tuviera un vientre agradecido que me diera muchos hijos… ¡Además Mariana era la dueña de toda la tierra que dejó el viejo José! —nos contó entre risas, Miguel.
Desde que se juntó con Miguel, Mariana tuvo siete hijos más y cuando la visitamos deseaba “tener cuantos los señores ‘Jehová y Miguel’ —dijo riéndose—, quieran y me permitan”.

En medio de la charla le describí a Mariana los métodos de planificación familiar. Me miró sorprendida.
—No entiendo. ¿Es que acaso existen mujeres que su destino sea distinto al tener y criar los hijos que Dios nos da? —me preguntó.
—Sí, Mariana. Hay mujeres y parejas que eligen tener menos hijos o no tenerlos para dedicar su vida a otras cosas.
—¡Qué cosa tan horrible! Si para eso nos puso Dios en el mundo, para parir —replicaba cogiéndose la cabeza con las manos—.
—Además, si la gente planifica puede hacer rendir más lo que tiene entre los hijos. Entre más poquitos, más rinde.
—Como así, si la tierra alcanza para todos. Por cada hijo que nazca tumba uno un pedazo de monte para trabajar, se le deja un marrano para criar y de ahí sale con que mantenerlo.
—Eso es aquí en La Macarena, en el campo. Pero todo el mundo no tiene esa oportunidad. La gente que vive en las ciudades no tiene tierras.
—¿Entonces de que viven?
—De trabajar en muchas otras cosas.
—No entiendo —dice Mariana mientras la tenue luz de las velas deja ver su rostro de preocupación.
Y no lo entendió. Ella no podía concebir que millones de personas vivieran en un territorio donde no había espacio para cultivar ni animales para criar. Un lugar pensado para que miles de automóviles circulen y donde los hombres no tengamos idea de cómo se utiliza un machete o una motosierra.
—¿No me está mintiendo? ¿De verdad no sabe como se roza un rastrojo?
—No, Mariana. Yo me dediqué a estudiar para ser médico.
—Pero eso no le quita que aprenda a trabajar. ¿Cuánto tiempo estudio?
—A ver, completo, desde niño… casi veinte años.
—¡No! ¡Qué perdedera de tiempo! Yo nunca fui a la escuela, mis hijos mayores tampoco y ahí están: trabajando y con familia, y los chiquitos van a la escuela para que aprendan a leer y escribir, pero tienen que aprender algo útil en la vida, tienen que aprender a trabajar en el monte… ¡Qué tal uno sin saber manejar un machete!
—Hay trabajos distintos, Mariana. Hay formas distintas y, hasta de pronto, mejores de vivir, y para eso sirve estudiar, ir a la escuela y luego a la universidad.
Me miró incrédula. Se quedó un rato callada y me preguntó:
—A ver, usted, doctor, ¿Cuántos hijos tiene?
—Todavía ninguno, Mariana.
Se quedó callada un momento y luego me dijo:
—Pero ya va siendo como hora. A su edad los hombres ya tienen que tener cría.
—Por ahora no me interesa. Si los tuviera, tal vez no estaría aquí, en La Macarena, tan lejos.
—Pues se los deja a su mujer, ¿acaso usted los va a criar?
—Sí, eso quisiera… con mi pareja.
—¡Uy no! Usted trabaje para que los mantenga, pero no se meta a criarlos. Déjenos ese trabajo a nosotras que para eso mi Dios nos hizo.
La noche nos quedó corta, el sueño se coló a la fuerza y las velas se agotaron. Con Mariana recordé que yo no era el poseedor de ninguna verdad. Ambos aprendimos una lección: me enseñó que la vida se aprende viviendo y no con sermones de expertos, y creo que ella entendió que algunos pequeños cambios en su cotidianidad, que no implicaban sacrificios mayores, le podían mejorar en algo su vida y que, más allá de La Macarena, existen formas de vivir distintas de las que también algo se puede aprender; eso mismo aprendí yo, desde mi mirada de citadino.

La reflexión que me suscitó el encuentro con Mariana sigue siendo vigente. En el año 2005 Profamilia publicó la última versión de la Encuesta Nacional de Demografía y Salud. En ella se describe el estado actual de la salud sexual y reproductiva en Colombia. La historia de Mariana no es la excepción, de alguna forma es la regla. Al igual que ella, en Colombia muchas mujeres inician su vida sexual cada vez más temprano. Para el año 2000 el 8% de las mujeres del país entre 25 y 49 años habían tenido su primera relación sexual antes de los 15 años; en el 2005 era el 11%, con grandes diferencias entre las de la ciudad (aproximadamente 9%) y las del campo (17%). Si este inicio temprano respondiera a una decisión autónoma de disfrute de la sexualidad, la magnitud de embarazos en adolescentes iría en descenso, pero por el contrario va en aumento. En Colombia, de cada cien mujeres menores de veinte años de la zona urbana, 15 ya son madres o han estado embarazadas; y en la zona rural, 22 de cien. Dicho de otra forma una de cada cinco colombianas adolescentes ya ha estado en embarazo.Como se ve, el deterioro progresivo de la salud sexual y reproductiva en Colombia es más severo en las zonas rurales que en las zonas urbanas. Afortunadamente la percepción que tiene Mariana de su propia vida es buena; sin embargo, refleja, al igual que los indicadores de salud, la inequidad en la falta de oportunidades que tienen las mujeres campesinas en el país. Mariana no decidió ser criadora de hijos ajenos y propios, ni una paridora incansable, fue la opción que la vida tomó por ella.