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viernes, 26 de marzo de 2010

A juicio: Goodbye, Columbus, de Philip Roth


La evidencia

LAVABOS Y FREGADEROS PATIMKIN
Todos los tamaños - Todos los modelos

Querida Brenda:
No hagas caso de la carta de tu madre cuando la recibas. Te quiero mucho, mi niña, y si te apetece comprarte un abrigo, yo te lo compro. Nunca te negaré nada. Tenemos plena confianza en ti, así que no te molestes por lo que te dice tu madre en su carta. Claro, se ha puesto histérica de la impresión, con lo que había trabajado por la Hadassah. Siendo mujer, le cuesta trabajo entender las cosas que pasan en la Vida. Claro, no voy a decirte que no nos llevamos todos una sorpresa, porque yo lo traté muy bien desde el principio y pensamos que nos agradecería las vacaciones tan estupendas que pasó con nosotros. Hay gente que nunca resulta como uno esperaba, pero estoy dispuesto a perdonar, y lo Pasado, Pasado, tú siempre has sido una buena chica y has sacado buenas notas, y Ron siempre ha sido lo que queríamos, un buen chico, que es lo más importante, y agradable. A estas alturas de mi vida no voy a ponerme a odiar la Carne de mi Carne. En cuanto a tu error, hacen falta Dos Personas para cometer un error, y ahora que estas en Boston estudiando , lejs de él y de la situación en que te metiste, estoy seguro, estoy totalmente convencido de que comportarás como Dios Manda. Uno tiene que confiar en los hijos, como en los negocios y en cualquier empresa seria, y no hay nada tan malo que no pueda perdonarse, sobretod tratándose de la Carne de nuestra Carne. Tenemos una familia muy unida y ¿¿¿por qué no??? Pásatelo bien estas vacaciones y yo rezaré por ti en la sinagoga, como todos los años. El lunes quiero que vayas a Boston y te compres un abrigo. Todo lo que necesites, que sé yo muy bien el frío que puede hacer por ahí arriba... Dale recuerdos a Linda y no te olvides de traértela el Día de Acción de Gracias, igual que el año pasado. Con lo bien que os pasasteis juntas. Yo nunca jamás he dicho nada malo sobre ninguno de tus amigos, ni los de Ron, y esto no es más que la Excepción que confirma la regla. Que disfrutes tus vacaciones.
TU PADRE

(...)

Querida Brenda:
No sé ni como empezar. Llevo toda la mañana llorando y he tenido que saltarme la reunión de la junta de esta tarde, porque tengo los ojos hinchados. Nunca pensé que esto podría ocurrirle a una hija mía. No sé si sabes a qué me refiero, no sé si lo tendrás siquiera en la conciencia, para sí no tener que envilecernos ninguna de las dos con una explicación. Lo único que puedo decirte es que esta mañana mientras limpiaba los cajones y guardaba tu ropa de invierno, encontré una cosa en el último cajón, debajo de unos jerséis que dejaste aquí, como seguramente recuerdas. Me eché a llorar nada más verlo y no he parado hasta ahora. Tu padre llamó por teléfono hace un rato y ahora está viniendo a casa, porque se ha dado cuenta del disgusto que tengo.
No sé qué hemos hecho para merecer que nos castigues así. Te hemos dado una bonita casa y todo el amor y el respeto que una niña pueda necesitar. Siempre me ponía muy ufana, cuando eras pequeña, al ver lo bien que te las apañabas por ti sola. Cuidabas tan bien a Julie, que daba gusto verlo, cuando sólo tenías catorce años. Pero te fuiste alejando de la familia, aunque te mandamos a los mejores colegios y te dimos las mejores cosas que pueden comprarse con dinero. Me moriré sin haber averiguado por qué nos pagas de este modo.
En cuanto a tu amigo, no tengo palabras. Son sus padres quienes deben responder por él, y no sé en qué casa habrá vivido, para ser capaz de comportarse así. Desde luego que fue una manera de agradecernos la hospitalidad con que tuvimos la amabilidad de acogerlo, a un chico que para nosotros era un perfecto desconocido. Que os coportarais de ese modo en nuestra propia casa es algo que nunca me entrará en la cabeza. Mucho han cambiado los tiempos desde que yo tenía tu edad, para que semejante cosa ocurra. No paro de preguntarme si por lo menos no habrás estado pensando en nosotros mientras hacías eso. Yo te daré igual, pero ¿cómo has podido hacerle eso a tu padre? No quiera Dios que Julie llegue a enterarse nunca.
Dios sabe lo que habrás estado haciendo todos los años, mientras nosotros teníamos plena confianza en ti.
Les has roto el corazón a tus padres y quiero que lo sepas. Vaya manera de agradecernos todo lo que hemos hecho por ti.
Mamá

Tomado de Philip Roth. Goodbye, Columbus. Debolsillo, Barcelona, 2010. Páginas 158 a 160.


La defensa

No sé cuál sea la razón por la que en los útimos tiempos he leído tanta literatura hebréa: Vasili Grossman, Amos Oz y ahora Philip Roth. Más allá de su raíz judía, probablemente no hay nada más que los una, pero ese pequeño detalle ya es un vínculo tremendamente fuerte, no sólo entre ellos, sino entre todos los judios. Así no sean practicantes y esten dispersos por todo el planeta, ellos son JUDIOS; y cada vez que alguien, así sea con o sin razón, les hace una crítica suele ser catalogado y juzgado como antisemita, complice de los Nazis. Luego del Holocausto ellos se han autoproclamado como víctimas eternas de la crueldad humana, poco importa el exterminio de los indígenas en las Américas, la esclavitud de millones de negros africanos y, mucho menos, el cerco al pueblo palestino. Voces como la de Amos Oz y Philip Roth son disidentes que son capaces de mirar desde adentro y criticar y ver la viga en el ojo propio.
Eso es Goodbye, Columbus, el primer libro de relatos de Roth, con el que ganó el National Book Award en 1960, y que a la vez generó alagos en la crítica, también produjo un intenso prurito en la comunidad judia de los Estados Unidos. Y con razón. Cada uno de los textos que componen esta colección narra desde la cotidianidad las incoherencias, las debilidades y los defectos de esta cultura. Desde lo técnico no tiene defecto, son historias bien estructuradas y bien contadas, además con un manejo muy sútil de pequeños detalles que resaltan el sútil sentido de sus historias. Por ejemplo, dénle una mirada al uso de las mayúsculas en la carta de papá. No es tanto lo que dice la carta, el mensaje, tal vez está en cómo está escrita.


La fiscalía

¡Ups! El fiscal era judio y se fue indignado de este juicio.


Veredicto

Es el primer libro que leo de este autor y no se equivocan el montón de seguidores que lo siguen alrededor del mundo a este eterno candidato al Nobel. No tiene pierde. Ya les contaré luego que tal son otras de sus obras.

Comuniquese y cúmplase


martes, 20 de octubre de 2009

A Juicio: La bicicleta de Sumji, de Amos Oz


La evidencia

Padre preguntó con suavidad:

—¿Tú sabes qué hora es?

—Tarde —respondí con tristeza. Y empuñé con fuerza redoblada mi sacapuntas.

—Son las siete y treinta y seis minutos —puntualizó padre. Se alzaba a la entrada impidiéndome el paso, y sacudió muchas veces la cabeza, como si hubiese llegado a esa triste pero inevitable conclusión allí y en aquel preciso instante. Añadió—: Ya hemos cenado.

—Lo siento —tartamudeé con voz diminuta.

—No sólo hemos cenado. Ya hemos lavado los platos —dijo con calma. Hubo otro silencio. Supe perfectamente qué iba a seguir. El corazón me latía sin parar.

—Y, ¿dónde ha estado su señoría durante todo este tiempo? ¿Y dónde está su bicicleta?

—¿Mi bicicleta? —dije consternado. Y la sangre se me subió a la cara.

—La bicicleta —repitió padre con paciencia, pronunciando cada sílaba con toda precisión—. La bicicleta.

—Mi bicicleta —murmuré a mi vez pronunciando cada sílaba tal como él había hecho—. Mi bicicleta. Sí. Está en casa de un amigo. Se la he prestado —y mis labios continuaron susurrando su propia canción—. Hasta mañana.

—¿Ah, sí? —dijo mi padre con simpatía, como si compartiese mi sufrimiento de todo corazón y estuviera a punto de ofrecerme algún consejo sencillo pero útil—. Quizá me sea permitido conocer el nombre y el título de ese honorable amigo.

—Eso —dije—, eso no puedo decírtelo.

—¿No?

—No.

—¿De ninguna manera?

—De ninguna manera.

Era en ese preciso instante, lo supe con toda certeza, cuando venía la primera bofetada. Me encogí, como si quisiera enterrar la cabeza entre los hombros o el cuerpo entero dentro de los zapatos; cerré los ojos y apreté el sacapuntas con toda mi fuerza. Respiré hondo tres o cuatro veces y esperé. Pero no llegó ninguna bofetada. Abrí los ojos y parpadeé. Allí estaba padre, que parecía apenado, como si esperase el final de la representación. Al final, dijo:

—Sólo una pregunta más, si su señoría tiene la amabilidad de permitirlo.

—Qué? —susurraron mis labios por sí mismos.

—Quizá se me permita ver qué oculta su excelencia en su mano derecha.

—No es posible —murmuré. Pero de repente sentí heladas hasta las plantas de los pies.

—¿Ni siquiera eso es posible?

—No puedo, papá.

Su alteza no está hoy muy favorable que digamos —resumió padre con tristeza. Entonces, a pesar de todo, condescendió a continuar presionándome—: Por mi bien y por el tuyo.

—No puedo.

—Me lo enseñarás, niño estúpido —rugió padre. En ese momento empezó a dolerme terriblemente el estómago.

—Tengo dolor de barriga —dije.

—Primero vas a enseñarme lo que tienes en la mano.

—Después —rogué.

—De acuerdo —dijo padre con un tono de voz diferente. Y de repente repitió—: De acuerdo. Ya está bien —y se quitó de la puerta.

Le miré desde abajo, esperando sin mucho fundamento que después de todo me perdonaría. Y en ese mismo instante me cayó encima la primera bofetada.

Tomado de Amos Oz. La bicicleta de Sumji. Siruela, Fondo de Cultura Económica. Madrid, 2005. Páginas 49 a 51.


La defensa

Esta novela breve es el primer texto que leo de Amos Oz y no salí defraudado. Es una novelita infantil de 71 que pronto me recordó cuando en mi infancia mi mamá me preguntaba con insistencia que por qué estaba cabizbajo si los niños no tienen problemas, no tienen preocupaciones. Amoz Os, a través de Sumji, el protagonista de la historia, nos desvarata esa mentira.

Durante la ocupación inglesa de Israel, Sumji, un pequeño y enamoradizo hombre de 11, recibe un regalo del tío calavera de la familia: una bicicleta... de niña, pero bici, al fin y al cabo. De inmediato va a mostrársela a su único amigo (Sumji no es precisamente el niño más popular), quien termina cambiándosela por un juguete... lo tumbó, y de ahí en adelante vienen otros tumbes más. Sumji tampoco es el más avispao ni un buen negociante.

Esa secuencia de malos negocios lo hace llegar tarde a casa donde ocurre el tropel que transcribí arriba y que termina en la huída del niño. Claro, sus planes era irse al África y vivir miles de aventuras lejos de sus padres, pero por casualidad termina en la casa de la niña que ama y que, supuestamente, lo ignora. Mejor dicho, no cuento más, leánla.

Es una novelita hermosa. Impecablemente escrita y con una alta carga dramática basada en los conflictos cotidianos de un niño común. Ese es su gran mérito.


La fiscalía

Pues con esa defensa qué queda por decir.


Veredicto

Fue una elección acertada entrar a Amos Oz por la bicicleta de Sumji. Un texto breve, sencillo y precioso. Ahora estoy leyendo Querido Mijael, la primera novela de este autor, otra maravilla. Al parecer, por lo que estoy probando y por lo que he escuchado, Amos Oz no tiene pierde.

Comuniquese y cúmplase

miércoles, 2 de septiembre de 2009

A juicio: Voces del desierto, de Nélida Piñon


La evidencia

Sale de excursión con el pensamiento por Bagdad. Se traslada igualmente por el mundo sin que sofrenen su ímpeti. De vuelta a los aposentos, Scherezade sigue la regla básica de no distanciarse un solo momento de sus historias.
Yendo con Fátima al mercado, había aprendido que, para seducir al oyente, convenía obedecer a pautas respiratorias, dar a las palabras dosis de pecado. Hasta para vender una granada, de esplendor dorado, era menester teatralizar lo cotidiano, hacer ver al comprador que, originaria de Asia, se le atribuía a la fruta el milagro de aumentar los senos de las favoritas del Califa, escasas en volúmenes físicos.
Muy pronto, había creado expectativas en torno a cualquier tema. Desde las lámparas de Aladino hasta el mástil del barco de Simbad. Iba fácilmente encaminándose por la colmena de las abejas del huerto de su padre, que le ofrecía la arquitectura ideal donde encontrar las llaves embadurnadas de miel con las cuáles abrir una historia.
Sherezade había aceptado a Jasmine a sus pies como a un mastín que disimula la ferocidad a cambio de su devoción. No le hace amonestaciones cuando la esclava desvía la atención de su trabajo, no controla su deseo de sustituir la memoria de Fátima en la intimidad de la princesa, atropellando las palabras que le salen al borbotones por las comisuras de los labios, la sofrena de repente, en pro de la anhelada armonía del conjunto.
Dinazarda interrumpe las divagaciones de la esclava. Entra y sale de los aposentos escondiendi de su hermana lo que lleva a las lágrimas y contribuye a revelarle una realidad cruenta, en la inminencia de abatirse sobre ellas. Reproduce, a lo sumo, siempre en proporciones reducidas, el remedo del drama. Ya le basta con vivir bajo la constante amenaza de muerte desatada por un Califa qu, enredado en los ardides y en las traiciones, se mantiene indiferente al empeño de Scherezade en dar veracidad a las diversas voces de sus criaturas, en imprimir disimulación a sus relatos.
Exhausta, Scherezade aparta a Jasmine con un gesto. La empobrece el esfuerzo de afrontar dilemas y conflictos venidos de todas partes, a los que se añaden los dolores particulares. Recostada en los cojines, sola finalmente, busca significado en lo que había contado en la víspera. Le parece que sólo induciría a Aladino a centellear aquella noche si lo hiciese adoptar otro papel, además del de vendedor de lámparas. Tal vez debería convertirlo en príncipe, a pesar del contraste de sus modales rústicos. Bajo su batuta, enseñándole a guiñar los ojos, a contraer los músculos de su fisonomía, traduciendo de esta forma una astucia convincente.
Sherezade reconoce a su actividad de contadora de historias como improductiva. Un oficio hace mucho relegado a la oscuridad, rindiendo a sus practicantes escasas monedas. Por eso mismo ejercido en el bazar por los desvalidos de la suerte, los alcanzados por una invencible melancolía. No pasando ella, pues, de mera contadora, lleva en sus alforjas un puñado de enredos que exhalan un aroma popular. Es ella una anónima que, si no hubiese nacido princesa, estaría hoy en la miseria.
Ve, con los años, que forma parte de una raza que, aunque despreciada por los doctos maestros de las escuelas coránicas, osa hospedar sus historias en las callejuelas de la medina, atraída por el olor de las frituras, de los cuerpos sudorosos, por la promesa de la inmortalidad. Ganando a cambio, gracias a su fidelidad, la regalía de ser mujer, hombre, roca, cordero, menta, genio de la botella, todos, todos los estados al mismo tiempo, sintiendo cada cual con igual intensidad.
Siempre había amado el silencio imperecedero de aquellos seres del desierto que, al loar al Profeta, suspendían la respiración, por resultarles fácil renunciar a la vida si fuera necesario. Scherezade, sin embargo, no vive en la esfera de la fe. Para su naturaleza disconforme, la religión no constituye una vocación. Al contrario, centrada en la trivialidad de lo cotidiano, hace mucho se había alejado del plano divino, a fin de lanzarse a la furia de los personajes que desgobiernan su imaginación. Ante la simple idea de que nada le apacigua el espiritú fuera de sus criaturas, ella sonríe, consiente que Jasmine se acerque de nuevo, le haga compañía.
Tomado de: Voces del desierto de Nélida Piñon. Alfaguara. Bogotá, 2006. Páginas 85 a 87.

La defensa

Todavía recuerdo cuando en 1995 Isaías Peña nos dijo en alguna sesión del Taller de Escritores de la Universidad Central que si le preguntaban sobre qué autor latinoamericano merecía el Nobel, no dudaría en plantear que Nélida Piñon. Hasta entonces no tenía idea de su existencia. Es más, Brasil era un país literariamente inexistente para mí. Pero en la siguiente feria del libro de Bogotá, con mi casi inexistente sueldo de interno compré La república de los sueños. La leí, me enamoré de sus personajes, de su historia y de la magistral forma de narrar de Nélida Piñon. Ella fue mi puerta de entrada (un inmenso portón) al Brasil, luego vino Rubem Fonseca, Jorge Amado, Joao Guimaraes Rosa, Euclides da Cunha y Clarice Lispector. No entiendo muy bien porque estando tan cerca estamos tan lejos de Brasil.
Pero volvamos a Nélida Piñon y Voces del desierto. Todos conocemos la historia de Sherezade y las mil y una noches. Muchos de nosotros jugamos a ser Simbad o nos dormíamos en la noche soñando que al día siguiente en un rincón del patio del colegio nos encontraríamos un genio atrapado en una botella de gaseosa que nos cumpliría todos nuestros deseos. ¿Pero qué sabemos de Sherezade, de la mujer que se supone inventó aquellas historias? ¿Cuáles fueron sus angustias al tener que inventar noche a noche una nueva historia para sobrevir ella y salvar la vida de las mujeres de su reino? Esa es la búsqueda que propone Nélida Piñon en esta novela.
Voces del desierto hubiese podido ser un gran ensayo sobre Las mil y una noches, pero la autora eligió hacerlo desde la ficción; recrear el palacio y permitirnos acompañar a Sherezade en su cotidianidad y en su proceso creativo, aderezado, además, con una prosa musical sin par. Pueden pasar páginas sin que suceda nada en la historia, pero uno siente que la novela lo está arrullando, aunque nada pase... Sí, como en un buen poema.


La fiscalía

Pero ese es su principal pecado, también. En realidad, en la novela nada pasa. Claro, pero qué más quería que pasara, si esta mujer está atrapada en el palacio y el día se le va en imaginar que cuento le va a echar al sultán y la noche en follarselo (más sufrimiento que placer) y en contar sus historias.
La historia se centra en Sherezade. Si bien está Dinazarda, su hermana, el visir, su padre, y Jasmine, su esclava, son subsidiarios y dependientes de ella como personaje principal.
No sé... ¿qué tal si mejor hubiese sido un ensayo, si despojamos la obra de la pretención metaliteraria de crear ficción sobre la ficción? No sé... No me convence del todo la vida inventada por Nélida Piñon para Sherezade, me quedó con mi versión original de Las mil y una noches y de la autora prefiero sus otras novelas y cuentos.


Veredicto

Si deciden leerlo no se van a arrepentir; es un bello libro. Pero si espera "Las aventuras de Scherezade" en el mismo tono épico de Las mil y una noches, no lo van a encontrar. Es una reflexión íntima (y no del todo convincente) del conflicto que debió vivir Sherezade entre el placer de tejer sus muchas historias y la obligatoriedad de hacerlo.

Comuníquese y cúmplase

sábado, 8 de agosto de 2009

A juicio: Los pasos de la furia, de Carlos Aguirre


La evidencia

Nunca hemos tenido suerte con las mascotas. Un día, cuando mi papá era vigilante en el cementerio (trabajaba de noche y nos decía que no le daba miedo porque todo era más tranquilo que en cualquier otra parte), llegó a la casa con una tortuga en el bolsillo. "Yo creí que era de juguete", nos dijo cuando la puso sobre la mesa y resultó que era una morrocoyita viva y le dimos tomate picado y le hicimos una cama y una caja de arena como si fuera un gato. Mi hermana la bautizó Democracia, como la tortuga de Mafalda, pero yo simplemente la llamaba "tortuga" o a veces le decía "Miguel Ángel", porque esa era mi tortuga ninja favorita. Tomó la costumbre de esconderse detrás de la nevera buscando el calor del motor y una tarde la encontramos dormida dentro del caparazón, seca como una uva pasa. Tuvimos varios periquitos australianos, pero siempre se escapaban de la jaula o se morían de depresión o los mataba el gato de la vecina. Yadira tuvo peces y hámsters a los que mi mamá tenía que cuidar para que no se murieran de hambre o suciedad, y hasta un pobre tamagochi que le regaló una tía rica murió calladoto en su pantalla digital. Mi papá nunca trajo gatos porque sabía que yo me enfermaba con los pelos y eso era muy triste, porque siempre quise tener uno como el de mi amiguito Mauro, que era negro y tenía una estrella en la frente. Pero cuando trajo a Pancha me puse muy contento, nos explicó que era un crice entre pit-bull y labrador y eso la hacía diferente: tenia unas patotas muy pesadas para ese cuerpo tan pequeño y era muy gracioso verla caminar porque se cansaba rápido o se tropezaba y daba vueltas por el suelo, y cuando andaba a mi lado se me enredaba entre los píes para que la cargara. A la gente le daba risa verme caminar con la perrita en la mano, pero yo sé que a ella le gustaba, aunque mi profesor de ciencias me dijera que los perros no sienten y no se ríen ni se ponen contentos, pendejo tan bobo: ella sentía los golpes que le daba mi papá cuando estaba enojado y no tenía con quien más desquitarse, o se escondía cuando Yadira llegaba con sus amiguitas tontas a jugar con ella como si no fuera de verdad y le jalaban la cola y le ponían moños, o se me arrimaba cuando estaba triste y me sentaba en el patio a pensar estupideces. Mi mamá nunca la quiso y nos regañaba por el olor o porque Pancha le dañaba las matas o porque dejaba todo ensangrentado cuando estaba en celo y los perros de la calle se iban detrás de ella cuando salía a trabajar. Creció tanto que ya casi no cabía en el patio, en la lista del mercado había que apuntar siempre las bolsas de comida para ella y a cada rato aparecían pelos negros en la cocina o en los rincones de las piezas. Mi papá nunca debió traer la choza de madera conseguida en quien-sabe-donde, una caja feísima de palos viejos y cartón donde Pancha nunca se sintió comoda porque todas las noches se movía ahí dentro como una loca y salía al patio a rascarse y no nos dejaba dormir.
–Mami, ve lo que le encontré a Pancha... ¿Será una...?
–Sí, eso es. Y vea, aquí tiene otra. Y aquí, otra, detrás de la oreja. Y aquí otra, y otra y...

Fragmento de Bichos In: Carlos Mario Aguirre Morales. Los pasos de la furia. Editorial Universidad de Antioquia. Medellín, 2009. pp: 130-132.


La defensa

Lo primero que debo hacer es revelar mi "conflicto de intereses": Carlos Mario es mi amigo. A partir de ese hecho podría contarles de lo buena persona que es, de lo disciplinado, del buen lector, de su adicción por Cortázar, de las tantas charlas que hemos tenido mientras caminamos desde la Biblioteca Pública Piloto hasta la estación Suramericana del metro en Medellín; pero eso tendría más sentido para una entrada con una apología a la amistad, y ese no es mi interés hoy.
Sí, la amistad me sesga, pero por encima (o por debajo o por los laditos) de ese hecho debo decir que su primer libro de cuentos Los pasos de la furia, publicado por la Editorial Universidad de Antioquia, es muy bueno. Ya lo sospechaba cuando fui testigo de la construcción de algunos de esos relatos que llevaban más de un quinquenio gestándose, y se confirma con esta colección de nueve relatos divididos en tres secciones: Santacho, parte I: De cuadra en cuadra; Santacho, parte II: Entre hermanos y Santacho, parte 3: El padre y el hijo.
Mucho se ha escrito sobre las comunas, sobre la violencia en Medellín, muchos libros y peliculas sobre la ciudad gotean aún sangre. Los pasos de la furia no es la excepción, pero su sentido no está en el espectáculo sanguinario de la ciudad matona. No. Está en el drama humano y simple de la vida cotidiana, donde los elementos de violencia hacen parte de lo que pasa todos los días en Santacho, un barrio de la ciudad, apretado y aprtado, donde todos interactuan aparentemente: se ven, se escuchan, pero nadie se conoce.
Los pasos de la furia es una colección de cuentos, de obras independientes que, sin embargo, pueden leerse como una novela. Claro, los personajes de uno y otro cuento no se conocen y sus historias son distintas. Pero esa es la trama del libro en clave de novela: Los pasos de la furia muestra el aislamiento y la soledad concurrida de la vida urbana. Cada cuento es un capítulo de la novela donde los personajes están atrapados en su propio y doloroso (muy, muy doloroso) drama y en un espacio geográfico mítico y común: Santacho. Claro, por ahí rondan los susurros de Comala, Macondo, Yoknapatawpha y Santa María. ¡Mierda! Esas son palabras mayores, tal vez mi sesgo afectivo otra vez esté colándose en este juicio.
Ah, antes de cerrar esta defensa un último asunto formal: Hay en estos cuentos un curioso y habil manejo del paréntesis, más allá del estricto sentido de signo de puntuación. Mientras leía imaginaba el texto, con comas reemplazando los muchos paréntesis, y no, no funcionaría. De alguna forma, Carlos Mario presenta importantes acotaciones que no frenan el flujo de lectura. A veces pareciera que los paréntesis fueran el subsuelo que soporta lo que hay en la superficie de cada historia.


La fiscalía

Jairo Morales, director del Taller de Escritores de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, en la contratapa del libro dice: "... este inagural y sólido resultado narrativo también debe lo suyo al tratamiento lingüistico, que ha obedecido no al afán del experimento por el experimento, sino a la compulsión de acercar la literatura a la vida...". No voy a hablar de la reseña de mi maestro Jairo a quien quiero y respeto muchísimo (el hombre es muy "bravo" y no le gustaría que yo dijése que la reseña no invita a leer el libro, más bien aburre, y la verdad... no dice mucho, ¡Ups! lo dije), voy a hablar de aquello del "experimento por el experimento". En ninguno de los textos es fortuito, es claro que algunos responden a una necesidad que el autor detectó y por eso decidió aplicarlos en los textos elegidos. Sin embargo, algunos de ellos me parecen muy atrevidos (ni buenos ni malos) para el espacio reducido de un cuento y le restan legibilidad, claridad. Claro, eso genera un esfuerzo mayor del lector, un compromiso absoluto con el texto que seguramente muchos lectores asumirán, pero que también, en muchos otros producirá cansancio y los sacará de lectura.


El veredicto

Tal vez por eso los cuentos que más disfrute son los de la tercera parte: El padre y el hijo. Son llanos en su estructura, sin pretensiones experimentales, con historias aparentemente simples pero con un impacto drámatico que lo dejan a uno turuleto (¿será aquello del nocaut que decía Cortázar?). En mi caso, Golpe bajo y Bichos me dejaron al borde de la lágrima.
No se lo pierdan, vale la pena leerlo. Ah, y me ratifico en mi sospecha sobre lo que está pasando con la literatura colombiana: la cosa se está moviendo por el lado del cuento, el barrio pobre (como Santacho) de la literatura; por el vecindario de la novela, aunque vendan y tengan plata, no está pasando mayor cosa.

Comuniquese y cúmplase

En la foto: mi amigo Carlos Mario Aguirre

martes, 16 de junio de 2009

A juicio: La vida breve de Juan Carlos Onetti


La evidencia

Vi la vergüenza en mi cara mientras me afeitaba y me ponía una corbata; la llevé conmigo al bajar la escalera, dejé que se gastara frente a la cara del portero que me retuvo para conversar de una cañería rota. Después caminé con lentitud por la cuadra tibia, bulliciosa, donde aún no habían encendido las luces. Entré en el Petit Electra en el momento en que los muchachos volvían del fútbol y las carreras, del paseo con la novia , y se agrupaban en el café, lacónicos, gastado el domingo desilusionante, uniendo los hombros para ayudarse a soportar la visión de la mañana del lunes. El patrón me saludó y me hizo traer el pocillo del café, la jarrita con leche fría y cruda. Desde la mesa junto a la ventana podía vigilar la cuadra, la puerta de mi casa, ver el saco blanco del portero en la sombra celeste. De vez en cuando un hombre salía de la puerta , se acercaba a mí o echaba a andar calle abajo. Yo jugaba a remover la superficie espesa de la leche con la cucharilla, a modificar su blancura, poco a poco, dejando caer gotas de café en la jarrita, alegre y solitario, disipando mi vergüenza, atendiendo aquella alegría que necesitaba la soledad para crecer. Miraba a los hombres que llegaban desde el portal hasta la esquina del Petit Electra y suponía sucesivamente que habían estado con la Queca; trataba de adivinar que porción de sufrimiento traían consigo o lamentaban haber dejado en la mujer.
En cuanto a mí, sólo podían convertirme en júbilo y la inocencia, la voluntad de no pensar; sacudirme de los hombros el pasado, la memoria de todo lo que sirviera para identificarme, estar muerto y contribuir a la perfección del mundo con el marido exacto de Elena Sala, un hombre ansioso, mitómano, indeciso, un hijo inmortal de mi pasada desdicha y de los vientres de Gertrudis y la Queca. Ahí estaba, por fin, un poco rígido, desviando los ojos; dócil, de todos modos. Condenado desde el principio del tiempo, a nacer durante mi espera y mi vigilancia absurdas, en el salón ruidoso del Petit Electra, en un momento del anochecer en que se movían olores de aperitivos y de sopas. En cuanto a mí, otra vez, también había sido condenado a este nacimiento, a ser arrastrado por esta ajena audacia a la que no atinaba a resistir; meditar un rápido adiós a Gertrudis, como el saludo a una bandera, símbolo del país del que me expatriaba.
Condenado a dejar mis moneditas sobre la mesa del café, retribuir con el movimiento de los dedos la sonrisa del patrón y volver a mi casa como si me alejara de para siempre de un aire empobrecido, de ambientes, rostros y presentimientos habituales. No distinto ni cambiado, mientras rehacía el camino bajo las primeras luces nocturnas, el campaneo de la iglesia de la concepción; no distinto, no otro Brausen, sino vacío, cerrado, desvanecido, nadie en suma. Me alejaba –loco, despavorido, guiado– del refugio y la conservación, de la maniática tarea de construir eternidades con elementos hechos de fugacidad, tránsito y olvido.

Juan Carlos Onetti. La vida breve. Punto de lectura. Buenos Aíres, 2007. Páginas 106 y 107.


La defensa

«La vida breve es la novela más trabajada de Onetti y una de las más ambiciosas de la literatura latinoamericana, de una audacia y originalidad comparables a las de los mejores narradores del siglo XX, una novela en la que el tema que estuvo acechándolo desde sus primeros escritos, la fuga de los seres humanos a un mundo de ficción para escapar de una realidad detestable, alcanza una nueva valencia, gracias a la sutileza y buen oficio con que está desarrollado. La idea central es inmejorable: Juan María Brausen, en Buenos Aíres, a la vez que vive una historia truculenta –su mujer Gertrudis ha sido operada y ha perdido uno de sus pechos, y él está a punto de ser despedido de la agencia de publicidad–, inventa, el trance de escribir un guión para Julio Stein, una ciudad, Santa María, y unos personajes inspirados en él mismo y sus conocidos más próximos. Esta ciudad nace, pues, como un proyecto literario-cinematográfico, en un Brausen atormentado por la operación de Gertrudis, su mujer, y por la necesidad de cumplir con el trabajo que le habían confiado: «No llores –pensaba–; no es tan triste. Para mí es todo lo mismo, nada cambió». No estoy seguro todavía, pero creo que lo tengo, una idea apenas, pero a Julio le va a gustar. Hay un viejo, un médico que vende morfina. Todo tiene que partir de aquí, de él. Tal vez no sea viejo, pero está cansado, seco (…) Cuando estés mejor me pondré a escribir». Sin embargo, esta idea no pasará luego a la escritura, pues Brausen no escribirá nunca aquel guión para Julio Stein. La idea se emancipará de su origen y de su propio creador y seguirá su existencia imaginaria por cuenta propia, libre incluso de su propio gestor, como una realidad soberana. De este modo, en un episodio fugaz de La vida breve, Onetti resume y simboliza en una imagen todo el proceso que siguen las ficciones para, naciendo en la realidad, despegar de ella y proseguir una vida precaria, fuera del alcance de su propio creador. Brausen no escribirá el guión y Santa María no necesitrá más de él para vivir su propia historia –la real− dentro de la cual vio la luz.
Santa María es una realidad literaria, ficticia, artificial: una antirrealidad. En ella, en vez de una historia coherente, ocurren situaciones, episodios sueltos, inspirados en las fobias y filias secretas de su autor y en su afición por el cine negro. Al final, Brausen ayuda al macró Ernesto, asesino de la Queca, a escapar de Buenos Aíres a Santa María, es decir, pasar de la realidad a la ficción. Este final admite una lectura fantástica –no única− que retroactivamente convertiría a La vida breve, hasta entonces una historia realista, en un puro producto de la imaginación. Este salto cualitativo entre lo real y lo ficticio está guardado o tamizado –en uno de los grandes aciertos del libro− por un plano intermedio, a caballo entre la vida objetiva y subjetiva: la relación de Brausen con una vecina, la Queca, una prostituta que viene a ocupar un departamento contiguo al suyo el mismo día que su mujer Gertrudis sufre, en el hospital, la «ablación de mama». En las hechizantes páginas con que se inicia La vida breve, Juan María Brausen imagina esta mutilación física y sus consecuencias, y la prosa visionaria y sádica que describe el episodio tiene esa elegancia de la mugre que perseguía ansiosamente la estética romántica.
Desde un principio se advierte que la historia de La vida breve evolucionará, a la manera de vasos comunicantes, en tres planos claramente diferenciados, que, a medida que avanza la acción, se van contaminando hasta fundirse en el episodio final:
1) El mundo de Juan María Brausen, contado por él mismo y que se puede considerar objetivo, porque tenemos sobre él un mayor grado de certidumbre. A él pertenecen Gertrudis, esposa de Brausen, sus amigos Mami y Stein, su jefe, el viejo MacLeod, y las calles centricas de Buenos Aíres;
2) El mundo de la Queca, la vecina –concentrado en su asfixiante apartamento–, a ratos objetivo y a ratos subjetivo, porque lo que Brausen cuenta de él no lo sabe con seguridad, lo adivina, lo intuye o inventa a partir de lo que oye a través de la delgada pared medianera o de lo poco que consigue espiar(…)
3) Santa María, un mundo fantaseado pero cuyos habitantes, según explica Brausen, tienen por lo menos los principales, modelos reales: Brausen es la matriz del doctor Díaz Grey, Elena Sala se inspira en Gertrudis, el marido de aquella en Stein, etcétera.
En pocas novelas se describe con la astucia con que lo hace La vida breve la gestación de la ficción y las relaciones de ésta con la vida, la razón por la cuál los seres humanos han buscado desde los albores de su historia, el tiempo de los habladores, inventarse, valiéndose de la fantasía y la palabra, otros mundos, y la manera en que los plasman».

Mario Vargas Llosa. II. La vida breve (1950) en El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti. Alfaguara. Bogotá, 2009. Páginas 79-96.


La fiscalía

El fiscal se intimidó cuando vio entrar a la sala del juzgado a Mario Vargas Llosa como abogado defensor y decidió escapar a Santa María. Por favor, si lo encuentran en alguna de las novelas de Onetti, díganle que lo esperamos para completar el juicio de La vida breve.


Veredicto

Imprescindible.
A propósito… Feliz centenario mi querido y entrañable Juan Carlos Onetti.


Publíquese y cúmplase



jueves, 14 de mayo de 2009

A juicio: Los hombres que no amaban a las mujeres


La evidencia

El abogado Nils Bjurman se retorcía de dolor. Sus músculos estaban inutilizados. Su cuerpo parecía paralizado. No estaba seguro de haber perdido la conciencia, pero se hallaba desorientado y no recordaba muy bien que le había pasado, cuando, poco a poco, fue recuperando el control de su cuerpo, se encontró desnudo, tumbado de espaldas sobre su cama, con las muñecas esposadas y dolorosamente despatarrado. Tenía quemaduras que le escocían en las zonas donde los electrodos habían entrado en contacto con su cuerpo.

Lisbeth Salander estaba tranquilamente sentada en una silla de rejilla que había acercado a la cama, donde, con las botas puestas descansaba los píes mientras se fumaba un cigarrillo. Cuando Bjurman intentó hablar se dio cuenta de que su boca estaba tapada con cinta aislante. Giró la cabeza. Ella había sacado los cajones y vaciado su contenido.

–¿Para qué sirve esto? –dijo ella, mostrándole un enorme tapón anal–. No, no intentes hablar; digas lo que digas no te voy a entender. ¿Es esto lo que usaste conmigo la semana pasada? Basta con que asientas con la cabeza.

Se inclinó hacia él, expectante.

Nils Bjurman sintió repentinamente cómo un terror frío le recorría el pecho y perdió el control. Tiró de las esposas. Ella había tomado las riendas. Imposible. No pudo hacer nada cuando Lisbeth Salander se inclinó sobre él y le colocó el tapón entre las nalgas.

­–Así que te va el sado –dijo él. Te gusta meterle cositas a la gente, ¿verdad?

Ella lo clavó con la mirada; su cara era una inexpresiva máscara.

–Sin lubricante, ¿no?

Bjurman emitió un alarido a través de la cinta aislante cuando Lisbeth Salander, brutalmente, separó sus nalgas y le metió el tapón en su sitio.

–Deja de quejarte –dijo Salander, imitando su voz–. Si te pones bravo voy a tener que castigarte.

Se levantó y bordeó la cama. Él indefenso, la siguió con la mirada… “Qué coño va hacer ahora?” Desde el salón, Lisbeth Salander llevó al dormitorio un televisor de 32 pulgadas sobre ruedas. En el suelo estaba el reproductor de deuvedés. Todavía con la fusta en la mano, lo miró.

–¿Me estás prestando toda tu atención? –preguntó–. No intentes hablar: basta con que muevas la cabeza. ¿Me oyes?

Él asintió.

–Muy bien. –Se inclinó y cogió la mochila–. ¿La reconoces?

Él movió la cabeza.

–Es la mochila que llevaba cuando te visité la semana pasada. Es de lo más práctico. La he tomado prestada de Milton Securuty.

Abrió una cremallera que había en la parte inferior.

–Esto es una cámara digital. ¿Sueles ver Insider, en TV3? Es como las mochilas que usan esos terribles reporteros cuando graban algo con cámara oculta. –Cerró la cremallera­–. ¿El objetivo? ¿Te estás preguntando dónde se esconde? Es el detalle más exquisito. Gran angular con fibra óptica. El ojo parece un botón y se oculta en el cierre del asa. Quiza recuerdes que coloqué la mochila aquí en la mesa antes de que empezaras a meterme mano. Me aseguré bien de que el objetivo apuntara hacia la cama.

Le mostró un disco y lo insertó en el aparato reproductor. Luego giró la silla situándola de manera que pudiera ver la pantalla del televisor y se sentó. Encendió otro cigarrillo y pulsó el botón de encendido. El abogado Bjurman se vio a sí mismo abrirle la puerta a Lisbeth Salander. “¿Ni siquiera te enseñaron las horas en el colegio?”, saludó, irritado.

Le puso toda la película. Terminó al cabo de noventa minutos, en medio de una escena en la que el abogado Bjurman, desnudo, estaba apoyado contra el cabecero de la cama, tomándose una copa de vino mientras contemplaba a Lisbeth Salander acurrucada en la cama con las manos esposadas en la espalda.

Apagó la tele y permaneció callada en la silla durante más de diez minutos sin mirarle. Bjurman ni siquiera se atrevió a moverse. Luego Lisbeth Salander se levantó y se dirigió al cuarto de baño. Cuando volvió se sentó en la silla. Su voz resultaba tan áspera como el papel de lija.

–Cometí un error la semana pasada –dijo–. Creí que iba a tener que chupártela otra vez, lo cual, tratándose de ti, es de lo más asqueroso, pero no tanto como para no ser capaz de hacerlo. Creí que conseguiría fácilmente material con la suficiente calidad para demostrar que eres un asqueroso y baboso viejo. Te juzgué mal. No había entendido lo podidamente enfermo que estás.

”Te voy a hablar claramente –prosiguió­–. Esta película muestra claramente como violas a una retrasada mental de veinticuatro años de la que has sido nombrado administrador. Y no tienes ni idea de lo retrasada que puedo llegar a ser si hace falta. Cualquiera que vea esto descubrirá que no sólo eres una mierda sino también un loco sádico. Ésta es la segunda y última vez, espero, que veo esta película. Bastante instructiva, ¿a que sí? Yo creo que va a ser a ti a quien van a encerrar no a mí. ¿Estás de acuerdo?”

Lisbeth esperaba. Él no reaccionaba, pero ella pudo ver que estaba temblando. Agarró la fusta y le dio un latigazo en medio de sus órganos sexuales.

–¿Estás de acuerdo? –repitió con una voz considerablemente más alta. Él asintió con la cabeza–. Muy bien. Entonces, eso ha quedado claro.


Stieg Larsson. Los hombres que no amaban a las mujeres. Bogotá: Destino; 2008. Páginas 300 a 303.



La defensa

No sé cuántos millones de ventas tiene este libro y los otros dos volúmenes de la serie Millenium de Stieg Larsson. Dicen por ahí que además de ser un best seller ha sido bien recibido por la crítica, para algunos la obra de Larsson está revolucionando la novela negra.
La verdad a mí me encantó la novelita (novelota, más bien, tiene 672 páginas). La leí en Semana Santa y me divertí montones. Es como cuando Hollywood estrena algún éxito con todos los ingredientes que tiene que tener una película taquillera: un gran misterio, intriga, sexo, corrupción, multinacionales, informática, ternura, líos familiares, amor, violencia, mejor aún, violencia sexual, etc. Así es Los hombres que no amaban a las mujeres.
Todo el rollo comienza con la historia de un anciano, Henrik Vanger, gran industrial sueco, que recibe siempre para su cumpleaños una flor disecada enviada desde distintos lugares del mundo. Lo curioso es que ese regalo sólo se lo hacía Harriet, su sobrina desaparecida desde que era una adolescente y que él da por muerta.
Para resolver el misterio contrata a Mikael Blomkvist, un periodista económico venido a menos, quien termina aliándose con Lisbeth Salander, una punk medio freak y medio genio con cara de tarada que fue contratada para seguir a Blomkvist por Vanger. Bueno, el rollo es largo y suficientemente enredado para tenerlo a uno enganchado devorando páginas con avidez. Mejor dicho es una novela de fácil digestión, bien escrita y bien armada, que debería ser consumida con crispetas y Coca-Cola.


La fiscalía

Es carreta que Larsson está revolucionando la novela negra. Como ya dije es una buena novela, sobretodo, muy divertida. Pero lejos de ser una obra maestra que parta en dos la manera de escribir la literatura negro-criminal (como le dicen ahora). Es Harry Potter para adultos. Seguramente muchos lamentan que Larsson haya muerto dejando sólo tres novelas y no haber alcanzado los siete ladrillotes de la saga Potter. ¡Ah! El rollo de su muerte es otro culebrón: se infartó en un aeropuerto cuando acababa de entregar el tercer tomo de su serie al editor y sin haber visto, ni siquiera, su primer libro publicado... ¿Chévere, cierto?
Bueno, eso hace parte del gran mito "Larsson" que se está tejiendo en el mundo y obviamente sirve para vender más y más.


Veredicto

Léanla, vale la pena. Les aseguro que se van a divertir. Eso sí, no esperen que les ilumine el camino como escritores o como lectores. Simplemente van a pasar un buen rato. Yo por lo pronto me leeré La chica que soñaba con una cerrilla y bidón de gasolina en alguno de los puentes de junio. Ah, a propósito: los títulos son buenísimos.


Comuníquese y cúmplase

jueves, 16 de abril de 2009

A juicio: Soldados de Salamina, de Javier Cercas


La evidencia

Entonces lo ve. Está de píe junto a la hoya, alto y corpulento y recortado contra el verde oscuro de los pinos y el azul oscuro de las nubes, jadeando un poco, las manos grandes aferradas al fusil terciado y el uniforme de campaña profuso de hebillas y raído de intemperie. Presa de la anómala resignación de quien sabe que su hora ha llegado, a través de las gafas de miope enteladas de agua Sánchez Mazas mira al soldado que lo va a matar o va a entregarlo -un hombre jovel, con el pelo pegado al cráneo por la lluvia, los ojos tal vez grises, las mejillas chupadas y los pomulos salientes y lo recuerda o cree recordarlo entre los soldados harapientos que le vigilaban en el monasterio. Lo reconoce o cree reconocerlo, pero no le alivia la idea de que vaya a ser él y no un agente del SIM quien lo redima de la agonía inacabable del miedo, y lo humilla como una injuria añadida a las injurias de esos años de prófugo no haber muerto junto a sus compañeros de cárcel o no haber sabido hacerlo a campo abierto y a pleno sol y peleando con un coraje del que carece, en vez de ir a hacerlo ahora y allí, embarrado y solo y temblando de pavor y de vergüenza en un agujero sin dignidad. Así, loca y confusa la encendida mente, aguarda Rafael Sánchez Mazas -poeta exquisito, ideólogo fascista, futuro ministro de Franco- la descarga que ha de acabar con él. Pero la descarga no llega, y Sánchez Mazas, como si ya hubiera muerto y desde la muerte recordara una escena de sueño, observa sin incredulidad que el soldado avanza lentamente hacia el borde de la hoya entre la lluvia que no cesa y el rumor de acecho de los soldados y carabineros, unos pasos apenas, el fusil apuntándole sin ostentación, el gesto más indagador que tenso, como un cazador novato a punto de identificar a su primera presa, y justo cuando el soldado alcanza el borde de la hoya traspasa el rumor vegetal de la lluvia un grito cercano:
-¿Hay alguien por ahí?
El soldado le está mirando; Sánchez Mazas también, pero sus ojos deteriorados no entienden lo que ven: bajo el pelo empapado y la ancha frente y las cejas pobladas de gotas la mirada del soldado no expresa compasión ni odio, ni siquiera desdén, sino una especie de secreta e insondable alegría, algo que linda con crueldad y se resiste a la razón pero tampoco es instinto, algo que vive en ella con la misma ciega obstinación con que la sangre persiste en sus conductos y la tierra en su órbita inamovible y todos los seres en su terca condición de seres, algo que elude a las palabras como el agua del arroyo elude a la piedra, porque las palabras sólo están hechas para decirse a sí mismas, para decir lo decible, es decir todo excepto lo que nos gobierna o hace vivir o concierte o somos o es este soldado anónimo y derrotado que ahora mira a ese hombre cuyo cuerpo casi se confunde con la tierray el agua marrón de la hoya, y que grita con con fuerza al aire sin dejar de mirarlo.
-¡Aquí no hay nadie!
Luego da media vuelta y se va.

Soldados de Salamina, de Javier Cercas. Tusquets. Barcelona. 2001. pp. 101-102


La defensa

Es una muy buena novela. Bueno, eso no es ninguna novedad. Al parecer más de un millón de lectores dicen lo mismo. El texto se divide en tres partes: en la primera, Javier Cercas, escritor vergonzante y periodista, se entera de la anécdota posteada en la evidencia y que le sucedió a Rafael Sánchez Mazas, personaje real, importante intelectual del fascismo español. Decide entonces seguirle la pista a la historia para escribir un extenso perfil del tipejo, que termina siendo la segunda parte de la novela. En la tercera aparece de nuevo Cercas tras la huella de Miralles, un ex soldado del ejército repúblicano que durante su juventud estuvo en todas las guerras posibles para un español - fránces. Este hombre, según las sospechas del periodista fue quien le salvó la vida a Sánchez Mazas. Lo más divertido de esta parte es que el chisme se lo pasó, sin querer queriendo, Roberto Bolaño. Pero resulta que en su libro Entre Paréntesis, Bolaño, el de verdad, dice que el Bolaño de la novela no es Bolaño, el de verdad; y así mismo el Javier Cercas de la historia no es el mismo de la vida real. ¡Buenísimo! Ese es el principal logro del libro: trabajar con personajes históricos y contemporáneos reales (el mismo autor, Sanchéz Mazas, Bolaño) y manipularlos en un mundo de ficción que linda con lo real para dar coherencia a lo que quiere contar, donde la veracidad literaria prima sobre la historia real. ¡Qué maravilla, así tiene que ser!


La fiscalía

Conchi, la novia y admiradora irrestricta del autor personaje, se lo dijo más de una vez: escribir sobre un facho trae problemas y claro, a uno, sin ser un zurdo ortodoxo tiene lateralidad hacia la izquierda, le da una piquiña tremenda los episodios donde es casi exhaltado este intelectual godo. Es como hacer una novela donde el héroe sea José Obdulio Gaviria.


El veredicto

Sin embargo, lo importante es que lo literario se impone sobre la anécdota y la historia. La forma como Cercas nos hace cómplice de sus investigaciones, nos sumerge en la historia "real" de Sánchez Mazas y nos hace creer en personajes reales que son ficticios es magistral. Sin duda, vale la pena leerla.

Comuníquese y cúmplase


miércoles, 18 de marzo de 2009

A juicio: El viento agitando las cortinas de Juan Carlos Rodríguez


La evidencia

Este romboide no es patrimonio de las flacas, como estúpidamente creí un tiempo, ya que en mis primeros años de devoción sóolo los encontré en mujeres muy delgadas. Es más fácil que eso ocurra, pero no es una regla, es más bien una tendencia. Y como en todas las cosas sumadas y restadas configuran la hipótesis temporal de trabajo que solemos llamar "sentido de la vida", este fue un descubrimiento accidental. Había tenido apasionados romances con mujeres gordas, ¿quién, que se precie de tener una libido libre de los movimientos de la moda, no? Por fortuna crecí en el instante previo a la sacralización de las modelos, a la avalancha de anoréxicas que se convirtieron, de un momento a otro, en los íconos sexuales de occidente. La voluptuosidad no puede ceñirse a reglas dictadas por el mercado y una de las colecciones más sugestivas de calzones que he podido disfrutar era propiedad de una muchacha bastante gruesa. Ella jugaba a ser pudorosísima, a mostrar y ocultar al mismo tiempo y para eso se había armado con un tremendo arsenal de prendas íntimas. Cada encuentro con ella traía la emoción de la sorpresa y la anticipación del deseo. Tenía un arma secreta que usaba sin ningún recato: después de jugar a que te muestro y no te muestro un buen rato, terminaba en calzones y justo ahí afloraba su otra cara, se transformaba en la gran zorra. Se frotaba el clítoris con la mano, se palmeaba las nalgas y se ofrecía a la vista desde ángulos casi imposibles, todo sin quitarse el calzón, último reducto de su anterior resistencia. Lo corría hacia un lado para exhibir sus labios, se lo enrollaba desde la cintura hacia abajo, mostrando el bello de la muerte, lo jalaba con fuerza hacia arriba, pegándoselo al cuerpo, hasta que se formaba una montañita de algodón y carne. Yo me enloquecía con todo esto, podía pasarme horas viendo el espectáculo sin ir más allá. Pero ella no, de manera que siempre terminaba por penetrarla. Aún así las sorpresas no terminaban: a veces me recitaba al oído letanías de una obscenidad inimaginable para quien la hubiera visto media hora antes, otras hablaba como una niña chiquita, pidiéndome paso a paso que le explicara qué era "eso tan raro que está haciendo, señor, que me da cosquillitas" y en los días más afortunados, me apretaba con fuerza sus calzones contra la cara, asfixiándome al mismo tiempo que me narcotizaba con su olor marino.
Juan Carlos Rodríguez. Contra el nudismo In: El viento agitando las cortinas. Mondadori. Bogotá, 2008. pp. 28-29


La defensa

Ayer volví a ver Lost in translation de Sofia Coppola. Había olvidado todo lo que me gustaba los primeros 40 segundos de la película, dónde sólo aparece el culito de Scarlett Johansson empacado en unos suaves y transparentes calzones rosados. Sólo por esa escena le perdono a Scarlett que siempre haga, en todos sus papeles, el mismo rol de niña sensual que no sabe que hacer con su vida. No necesito más.
Esa misma sensación me fue provocada por distintas escenas de los tres relatos que componen El viento agitando las cortinas del colombiano Juan Carlos Rodríguez: Contra el nudismo, ¿quién se acuerda del capitán Scott? y Mil veces el mal camino.
Los tres tienen en común la evocación del pasado, la sensualidad, no solo en las escenas, también en la musicalidad del lenguaje, y la manera cotidiana y casi desprevenida en que se van construyendo las historias. Pero lo que más me gustó fue el uso magistral de la primera persona. Como la santísima trinidad: tres narradores -uno para cada relato- claramente diferenciados, pero un mismo autor. Este es uno de los asuntos más complicados a la hora de optar por la primera persona: el riesgo de que el narrador se confunda con el autor o que los distintos narradores no se diferencien. Riesgo aumentado hoy cuando hay una exacerbada manía por el YO en la literatura colombiana reciente.
Juan Carlos Rodríguez lo resuelve muy bien y sin artificios. Sus narradores, al igual que sus personajes, son convincentes. Así mismo, los tres relatos son sólidos; hasta los devaneos aparentemente superfluos nos cuentan aspectos claves de las historias y nada queda fuera de lugar. Un buen librito de cuentos... ¿o relatos, o novelas cortas? A quien le importa.


La fiscalía

No es culpa del autor... o sí... más bien es su culpa: se terminan las 158 páginas y uno queda antojado. La sensación que tuve es que hay muy buena madera para un gran novelista. Si la sútil tensión que el autor genera en cada relato se prolonga en historias más extensas (las que ameriten mayor extensión, por supuesto), seguramente daríamos con una muy buena novela... bueno, dejémoslo de ese tamaño, porque da la impresión de que le estoy ayudando a la defensa.
Cuando lo vi por primera vez en una librería lo cogí, le di una mirada y no me gustó un detalle tonto: el texto de Antonio García en la contraportada. No es que tenga nada en contra de García, incluso me gustan sus columnas en SoHo, pero me pareció maluco, me dio la impresión de que el librito era tan malo que el único que se atrevió a escribir en la tapa fue su amigo. De pronto el problema es mío por las sospechas literarias que me genera el Cartel "literario" que hay en el Grupo Semana. Menos mal leí la buena reseña de Camilo Jiménez en El ojo en la paja y la entrevista al autor en Arcadia (pésima entrevistadora, buen entrevistado). El puntazo final para que me decidiera fue la recomendación de Nahum mientras almorzabamos alguna tarde: "tiene que leerlo, Samuel, tiene que leerlo" Fue su sentencia.


Veredicto

Puede que sea un prejuicio pero últimamente están mejores las colecciones de cuentos que las novelas colombianas. En mi biblioteca, este librito está ubicado en primera fila junto al Amante de todos los santos de Juan Gabriel Vásquez, Alerta de terremoto de Tim Kepel, Necesitaba una historia de amor de Roberto Rubiano y La cajita cuadrada de Harold Kremer, mientras las novelas colombianas recientes que he leído están por allá, casi escondidas con vergüenza, en la segunda o tercera línea.

Comuníquese y cúmplase

sábado, 21 de febrero de 2009

A juicio: La enfermedad de Alberto Barrera Tyszka



La evidencia


Desde que la enfermedad se instaló entre ambos, la relación se les ha vuelto menos fluida, más áspera y difícil. Ahora son un trío. Siempre hay un peso invisible entre los dos. Son padre e hijo, y uno más otro, una tercera fuerza innombrable, que jamás los deja a solas. Pasan mucho más tiempo juntos, pero esa cantidad de tiempo es diferente. Hablan cada vez menos. Los dos lo saben, lo sienten, pero no saben cómo expresarlo, qué hacer. Quzás, incluso, ambos desearían apartarse, salir corriendo, no verse. Pero tampoco se atreven a hacerlo. No soportan que así sea su despedida, aunque no tienen otra opción. En más de un sentido, se trata de un fatal lugar común: no tienen otro remedio.

Andrés lo acompaña a las sesiones de quimioterapia, trata de estar con él en el apartamento, después de las cuatro de la tarde, cuando Merny ya se ha ido. Ella finalmente ha accedido a quedarse todos los días en el apartamento de su padre, aunque a veces pareciera no desear involucrarse demasiado. Andrés piensa que tan sólo se protege, que no desea que el viejo Miranda sea también su muerto. Quizás es eso, también, parte de los que a todos nos pasa: la certeza de una muerte cercana produce otras formas de vida.

Los niños también saben que algo ocurre. Tal vez no intuyen bien de qué se trata, pero lo saben. No sólo es la palidez del abuelo, va más allá de la caída de su cabello o de esa floja tristeza que parece haberse sentado en sus ojos. Detrás del pacto de los adultos, hay algo que ni siquiera la apariencia clínica puede esconder. Es una sensación difícil de precisar, escasamente palpable, pero a la vez inocultable. Está ahí. Es una violencia administrada, domesticada, pero no por eso sometida, vencida. Sigue siendo una violencia brutal. Ante los ojos de todos, hay una vida que está siendo arrasada, arrebatada, sin miramientos. Hay mucha gasa, mucha limpieza, mucho personal calificado…, pero no hay ninguna piedad. Es un crimen con demasiados testigos, un crimen legítimo, un crimen que nadie puede detener. (…)

Philiph Toledano - Days whit my father


Andrés pasea por su nostalgia. Tampoco a esa edad, cuando no alcanzaba todavía los quince, soñaba con ser médico. Si le tocara precisar cuando y cómo decidió estudiar medicina, tendría que pensarlo por un largo rato. La gente ve en la enfermedad una señal definitiva: el cuerpo dentro del cuerpo, una señal que perturba pero que también da asco. Por eso suele pensarse que la medicina es una vocación terca, contumaz, de una pureza casi genética: se nace médico, se nace sin miedo a asomarse al interior de otros cuerpos, se nace con una fuerza capaz de mirar de frente otras sangres.

Pero Andrés siente que ese no es su caso. Piensa que, en él, la medicina más que una vocación fue en principio una curiosidad. Nunca ha podido sentir que ser doctor es una variante de ser misionero, un designio casi religioso, un voluntariado que se mueve por caridad, por el ideal de vivir salvando a los demás. La medicina no es una cualidad del ser humano, no es una virtud.


Alberto Barrera Tyszka. La enfermedad. Anagrama. Barcelona, 2006.


La defensa


Este es uno de los libros que tiene una contraportada que realmente invita a leer:

“Ernesto Durán sabe que está enfermo. Aunque los resultados clínicos digan lo contrario, desde que se ha separado de su mujer y vive solo, padece todos los síntomas de un mal que, según sospecha, puede ser mortal. (…) No es un caso de simple hipocondría. Su obsesión va más allá: tiene la certeza de que sólo hay un médico que puede salvarlo. Pero el elegido: el doctor Javier Miranda, en esos mismos momentos, se enfrenta a una tragedia personal: un diagnóstico irrefutable que señala que su padre, que lo crió solo desde que murió su madre, cuando era un niño, y al que está muy unido, tiene cáncer, y le quedan pocas semanas por vivir”.

Este librito, de escasas 168 páginas fue merecedor del Premio Herralde de Novela en 2006. Pero su mérito va más allá de haber recibido un galardón. Esta obra logra exponer el drama de vivir, no solo enfermo, de vivir a secas. Al fin y al cabo, la vida es una enfermedad de transmisión sexual que termina irremediablemente en la muerte. Los afectos, el dolor, la angustia, el amor, la nostalgia tienen su dosis mesurada, pero contundente, en esta novela. Por otra parte, el tratamiento del lenguaje es muy bueno. Frases cortas y sencillas, pero llenas de fuerza y contenido, le dan agilidad a la narración sin que pierda profundidad.

Otro aspecto que me gustó es que, sin ser un pasquín, controvierte muchos de los mitos de la medicina, del actuar médico y de una enfermedad tan, pero tan llena de mitos y metáforas (como diría Susan Sontag) como es el cáncer.


La fiscalía


Contra la novela no tengo nada que decir. Mi queja, esta vez es por la baja divulgación que tenemos en Colombia de la literatura venezolana. Cuando terminé de leer la novela caí en cuenta que la última obra que había leído de ese país fue Doña Bárbara en el colegio hace más de 20 años. Tan cerca y tan lejos.

Hace unos días, en San Librario, Álvaro Castillo (el mejor librero de esta ciudad) me vendió Las voces secretas, una antología del cuento venezolano compilada por Antonio López Ortega y que reuné textos de autores venezolanos nacidos entre 1960 y 1970 (ni tan niños como los de Bogotá 39 ni antiquísimos como Rómulo Gallegos). Lo leeré y pronto lo llevaré a juicio.


Veredicto


Si no lo han hecho, los invito a leerla; si ya lo hicieron, comenten cuál es su opinión de La enfermedad.


Comuníquese y cúmplase

domingo, 1 de febrero de 2009

A juicio: Primero estaba el mar de Tomás González


La evidencia


Eran cuatro calles, no más de cincuenta casas y no mucho más de quinientos habitantes. Una amplia faja de playa pública; allí estaban las rastras de madera que J. había visto desde lejos y allí estaban las canoas varadas. Había también un camión viejo que seguramente acababa de llegar, pués él no lo había visto. Éste y otro esperpento similar eran los dos únicos automotores de la región. Tenía aspecto de haber participado en alguna evacuación, invasión o matanza. Sus gruesas latas, atacadas despiadadamente por el oxido –puertas con boquetes, guardabarros roídos­­– habían sido pintadas recientemente en rojo vivo, a brocha. Su aíre guerrero y agresivo cubierto por aquella pintura alegre le daba una apariencia fantástica. “Así reformamos en el trópico las grisuras que nos mandan de los países desarrollados de mierda”, pensó J.

Había gente parada al lado del camión esperando que lo terminaran de cargar para montarse. Otras estaban de pie en las puertas de las tiendas, tomando cerveza. J. soportaba las miradas en su nuca con serenidad y cierto orgullo. Algunos niños lo miraban abiertamente.

—¿Qué miras? —le preguntó a uno de ellos.

El negrito le contestó con una sonrisa que J. le devolvió de un modo ubicuo y rápido que al niño pareció gustarle.

Compraron el mercado en la más grande de las tiendas, local largo con estanterías en madera que lo recorrían de un extremo a otro repletas de productos. Se sentía olor a plásticos y cueros. La atendía su dueño, hombre joven, blanco-amarillento, flaco de espaldas y protuberante de barriga, que se arremangaba la camiseta hasta el esternón para aliviarse del calor húmedo y quieto que agobiaba el aíre de la tienda. Se llamaba Juan y tenía fama de comprar cosas robadas. A J. le pareció cínico y servil. Le ayudaba su mujer, obesa, somnolienta, orgullosa, morena clara, de unos treinta años y rasgos faciales muy hermosos. Daba la impresión de exhalar un hálito sensual parecido a las emanaciones de un pantano en germinación.

Como Gilberto era muy hábil en lo del mercado, J. sólo alcanzó a tomarse cuatro cervezas antes que las bestias estuvieran cargadas con los bultos. Los precios se le hicieron escandalosamente caros. Fue tal vez entonces cuando pensó por vez primera montar él mismo una tienda en la finca.

Tomás González. Primero estaba el mar. Bogotá: La otra Orilla - Norma; 2009. pp. 40-41.



La defensa


Varios amigos me habían hablado muy bien de Tomás González y de esta novela. Para muchos su mejor obra. La revista Pie de página hizo un especial sobre él en 2006 y lo tituló: "Tomás González, el secreto mejor guardado de la literatura colombiana", luego fue la Feria del Libro y decidí comprar la novelita. La tenía en remojo desde entonces hasta que escuché en estos días a Antonio García en una entrevista en TV diciendo que ese sería el libro que se llevaría al diluvio (o algo así en respuesta a la estúpida pregunta que siempre hace la directora del noticiero RCN). Llegó el momento. Lo saqué de mi biblioteca y leí con decreciente interés sus 125 páginas… Me muerdo la lengua, aún no puedo decir nada porque este es el espacio de la defensa y como soy incapaz de hacerla prefiero cederle el turno a Jorge Orlando Melo, uno de los intelectuales más reconocidos de este país, con el texto que está incluido en la revista que ya mencioné:

«El personaje de Primero estaba el mar , “literato, anarquista, izquierdista, negociante, colono, hippie y bohemio”, rehuye el intelectualismo progresista y fatigado del Medellín de 1975 para irse con Elena a buscar la vida “de carne y hueso” en un ambiguo intento empresarial en Urabá: abrir una finca, destruir y producir en contacto con la naturaleza, son actos que en cierto modo expresan un rechazo más vivido que político a la sociedad burguesa. Pero si el capitalismo sin aliento de Medellín tiene mucho de selva, la vida en Urabá, con la abrumadora presencia del mar y la lluvia resulta, con todo y su belleza, inesperadamente agresiva. Una sucesión de pequeñas batallas y derrotas va ahogando la confianza de J., mientras que la empresa agraria adquiere caracteres cada vez más delirantes, y la vida, los afectos, su vida con Elena, las relaciones con amigos o empleados, caen bajo una lógica siniestra que conduce a la inevitable catástrofe final. La prosa sobria, con un ritmo y una imaginería controlados y tensos, a la que no sobra un adjetivo, una frase, un parágrafo, refiere una inexorable tragedia que se va desplegando, gesto a gesto, en todos los actos y en cada una de las imágenes que presenta. El diálogo escueto, duro y absolutamente verosímil, la descripción segura de un paisaje y una naturaleza que afectan a los personajes, la firmeza de los trazos que pintan a los protagonistas y sus relaciones, la irrupción soterrada o abierta de la violencia, son elementos que dan a esta obra la perfección, el dramatismo y la inevitabilidad de una sonata clásica».



La fiscalía


Lo lamento, pero la novelita no me gusto ni poquito. Sí, estoy en contravía de muchos críticos reconocidos de esta patria culta, pero no, qué le vamos a hacer.

Comparto con varias reseñas que el argumento promete, que la historia del animal urbano que se exilia en el campo y que en medio de las alegrías e infortunios de la vida cotidiana fracasa es tentadora y podría haber sido una buena novela ¿o un buen cuento? Sí, me parece que el libro es un cuento alargado y malogrado o el borrador de una gran novela, pero se quedó a mitad de camino entre las dos opciones.

El autor elije narrar a través de una tercera persona que lo cuenta todo y le tapa la boca y restringe los pensamientos de los personajes. Apenas les da voz para pendejadas como la de la “grisura” del camión o para otras perlas fofas que son para Jorge Orlando Melo “diálogo escueto, duro y absolutamente verosímil”. ¡Mentira! No son diálogos verosímiles porque prácticamente no hay, el narrador se encarga de callar a los personajes, de contarlo todo, a veces con unas pretensiones poéticas, algunas bien logradas, pero otras con una prosa descuidada (dos “estaban” y tres “había”, dos de ellos parte de “había visto” en las escasas primeras 50 palabras del texto trascrito). Es cierto que no le sobran adjetivos, ¡le faltan! Algunas descripciones son tan esquemáticas, que me sacaron de la historia, parecían un paréntesis, un pie de página; no estaban presentadas como ambientación de la escena sino como sucinta descripción. ¿Han leído el inventario de una oficina?... ahí tienen.

A veces el texto parece resucitar cuando el narrador cede para que el diario de J., el protagonista, cuente; allí al fin podemos escuchar con honestidad al personaje, al fin podemos comprender un poco lo que siente y piensa sin que el narrador lo parafraseé. Pero son solo fragmentos, palomitas breves.

La historia tiene algunos puntos de gran tensión dramática que el autor desperdicia. Me gustó que la tensión derivara de situaciones cotidianas, nada extraordinarias, pero es un desperdicio contarlas de afán, dejar que el narrador las mencione sin dejar que los personajes que participan en el conflicto actúen, vivan. No. La elección del autor es silenciarlos.



Veredicto


Pues tú verás. Hay quienes se explayan en elogios con Tomás González y su obra. Yo por lo pronto lo pensaré dos veces antes de volverlo a leer. Por ahora prefiero que el secreto mejor guardado de la literatura colombiana siga oculto para mí.



Comuniquese y cúmplase

Foto de Peter Schultze-Kraft