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miércoles, 31 de marzo de 2010

El almuerzo


Los zapatos cubiertos de barro se deslizan sobre la trocha durante el ascenso. Ligia, la pequeña mujer que los calza tiene algo más de cincuenta años. En su rostro casi no hay arrugas y sus ojos azules resaltan sobre la brillante piel blanca, pero el largo cabello entrecano y su frecuente expresión dolorosa la muestran mucho mayor. Su vestido negro, que estrenó hace tres años, en la última Semana Santa que pasó en el pueblo y que le quedaba ajustado, hoy está empapado y cuelga de sus huesos.

Se sigue resbalando, los tenis azules de tela se hunden en el lodo y con ellos las piernas ocres hinchadas por las dolorosas várices.

Con las manos empuñadas y pegadas sobre el pecho sostiene una bolsa negra y varias monedas que sobraron de la compra que hizo en la verdulería que queda junto al paradero de los buses. Arriba, en el horizonte deformado por la lluvia, se ve, junto a otros similares, el pequeño rancho: las tablas grises, amontonadas y húmedas que apilaron cuando llegaron a la ciudad. A la entrada, debajo de una teja oxidada de zinc que sobresale del techo a manera de alero, junto a la puerta abierta de maderas podridas, está el viejo sentado en una butaca, con la espalda curva y la mirada extinta puesta en el vacío.

Ligia se acerca despacio y le acaricia la oreja derecha con la mano mojada. El viejo no responde.


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viernes, 26 de marzo de 2010

A juicio: Goodbye, Columbus, de Philip Roth


La evidencia

LAVABOS Y FREGADEROS PATIMKIN
Todos los tamaños - Todos los modelos

Querida Brenda:
No hagas caso de la carta de tu madre cuando la recibas. Te quiero mucho, mi niña, y si te apetece comprarte un abrigo, yo te lo compro. Nunca te negaré nada. Tenemos plena confianza en ti, así que no te molestes por lo que te dice tu madre en su carta. Claro, se ha puesto histérica de la impresión, con lo que había trabajado por la Hadassah. Siendo mujer, le cuesta trabajo entender las cosas que pasan en la Vida. Claro, no voy a decirte que no nos llevamos todos una sorpresa, porque yo lo traté muy bien desde el principio y pensamos que nos agradecería las vacaciones tan estupendas que pasó con nosotros. Hay gente que nunca resulta como uno esperaba, pero estoy dispuesto a perdonar, y lo Pasado, Pasado, tú siempre has sido una buena chica y has sacado buenas notas, y Ron siempre ha sido lo que queríamos, un buen chico, que es lo más importante, y agradable. A estas alturas de mi vida no voy a ponerme a odiar la Carne de mi Carne. En cuanto a tu error, hacen falta Dos Personas para cometer un error, y ahora que estas en Boston estudiando , lejs de él y de la situación en que te metiste, estoy seguro, estoy totalmente convencido de que comportarás como Dios Manda. Uno tiene que confiar en los hijos, como en los negocios y en cualquier empresa seria, y no hay nada tan malo que no pueda perdonarse, sobretod tratándose de la Carne de nuestra Carne. Tenemos una familia muy unida y ¿¿¿por qué no??? Pásatelo bien estas vacaciones y yo rezaré por ti en la sinagoga, como todos los años. El lunes quiero que vayas a Boston y te compres un abrigo. Todo lo que necesites, que sé yo muy bien el frío que puede hacer por ahí arriba... Dale recuerdos a Linda y no te olvides de traértela el Día de Acción de Gracias, igual que el año pasado. Con lo bien que os pasasteis juntas. Yo nunca jamás he dicho nada malo sobre ninguno de tus amigos, ni los de Ron, y esto no es más que la Excepción que confirma la regla. Que disfrutes tus vacaciones.
TU PADRE

(...)

Querida Brenda:
No sé ni como empezar. Llevo toda la mañana llorando y he tenido que saltarme la reunión de la junta de esta tarde, porque tengo los ojos hinchados. Nunca pensé que esto podría ocurrirle a una hija mía. No sé si sabes a qué me refiero, no sé si lo tendrás siquiera en la conciencia, para sí no tener que envilecernos ninguna de las dos con una explicación. Lo único que puedo decirte es que esta mañana mientras limpiaba los cajones y guardaba tu ropa de invierno, encontré una cosa en el último cajón, debajo de unos jerséis que dejaste aquí, como seguramente recuerdas. Me eché a llorar nada más verlo y no he parado hasta ahora. Tu padre llamó por teléfono hace un rato y ahora está viniendo a casa, porque se ha dado cuenta del disgusto que tengo.
No sé qué hemos hecho para merecer que nos castigues así. Te hemos dado una bonita casa y todo el amor y el respeto que una niña pueda necesitar. Siempre me ponía muy ufana, cuando eras pequeña, al ver lo bien que te las apañabas por ti sola. Cuidabas tan bien a Julie, que daba gusto verlo, cuando sólo tenías catorce años. Pero te fuiste alejando de la familia, aunque te mandamos a los mejores colegios y te dimos las mejores cosas que pueden comprarse con dinero. Me moriré sin haber averiguado por qué nos pagas de este modo.
En cuanto a tu amigo, no tengo palabras. Son sus padres quienes deben responder por él, y no sé en qué casa habrá vivido, para ser capaz de comportarse así. Desde luego que fue una manera de agradecernos la hospitalidad con que tuvimos la amabilidad de acogerlo, a un chico que para nosotros era un perfecto desconocido. Que os coportarais de ese modo en nuestra propia casa es algo que nunca me entrará en la cabeza. Mucho han cambiado los tiempos desde que yo tenía tu edad, para que semejante cosa ocurra. No paro de preguntarme si por lo menos no habrás estado pensando en nosotros mientras hacías eso. Yo te daré igual, pero ¿cómo has podido hacerle eso a tu padre? No quiera Dios que Julie llegue a enterarse nunca.
Dios sabe lo que habrás estado haciendo todos los años, mientras nosotros teníamos plena confianza en ti.
Les has roto el corazón a tus padres y quiero que lo sepas. Vaya manera de agradecernos todo lo que hemos hecho por ti.
Mamá

Tomado de Philip Roth. Goodbye, Columbus. Debolsillo, Barcelona, 2010. Páginas 158 a 160.


La defensa

No sé cuál sea la razón por la que en los útimos tiempos he leído tanta literatura hebréa: Vasili Grossman, Amos Oz y ahora Philip Roth. Más allá de su raíz judía, probablemente no hay nada más que los una, pero ese pequeño detalle ya es un vínculo tremendamente fuerte, no sólo entre ellos, sino entre todos los judios. Así no sean practicantes y esten dispersos por todo el planeta, ellos son JUDIOS; y cada vez que alguien, así sea con o sin razón, les hace una crítica suele ser catalogado y juzgado como antisemita, complice de los Nazis. Luego del Holocausto ellos se han autoproclamado como víctimas eternas de la crueldad humana, poco importa el exterminio de los indígenas en las Américas, la esclavitud de millones de negros africanos y, mucho menos, el cerco al pueblo palestino. Voces como la de Amos Oz y Philip Roth son disidentes que son capaces de mirar desde adentro y criticar y ver la viga en el ojo propio.
Eso es Goodbye, Columbus, el primer libro de relatos de Roth, con el que ganó el National Book Award en 1960, y que a la vez generó alagos en la crítica, también produjo un intenso prurito en la comunidad judia de los Estados Unidos. Y con razón. Cada uno de los textos que componen esta colección narra desde la cotidianidad las incoherencias, las debilidades y los defectos de esta cultura. Desde lo técnico no tiene defecto, son historias bien estructuradas y bien contadas, además con un manejo muy sútil de pequeños detalles que resaltan el sútil sentido de sus historias. Por ejemplo, dénle una mirada al uso de las mayúsculas en la carta de papá. No es tanto lo que dice la carta, el mensaje, tal vez está en cómo está escrita.


La fiscalía

¡Ups! El fiscal era judio y se fue indignado de este juicio.


Veredicto

Es el primer libro que leo de este autor y no se equivocan el montón de seguidores que lo siguen alrededor del mundo a este eterno candidato al Nobel. No tiene pierde. Ya les contaré luego que tal son otras de sus obras.

Comuniquese y cúmplase


lunes, 8 de marzo de 2010

Monterroso y la sabiduría femenina


Ya casi se acaba este 8 de marzo y para despedir este día de la mujer los dejo con este cuento breve del gran maestro guatemalteco Augusto Monterroso. Sobra decir que por historias como esta me fascinan las mujeres.


La tela de Penélope, o quién engaña a quién

Augusto Monterroso

Hace muchos años vivía en Grecia un hombre llamado Ulises (quien a pesar de ser bastante sabio), casado con Penélope, mujer bella y singularmente dotada cuyo único defecto era su desmedida afición a tejer, costumbre gracias a la cual pudo pasar sola largas temporadas.

Dice la leyenda que en cada ocasión en que Ulises con su astucia observaba que a pesar de sus prohibiciones ella se disponía una vez más a iniciar uno de sus interminables tejidos, se le podía ver por las noches preparando a hurtadillas sus botas y una buena barca, hasta que sin decirle nada se iba a recorrer el mundo y a buscarse a sí mismo.

De esta manera ella conseguía mantenerlo alejado mientras coqueteaba con sus pretendientes, haciéndoles creer que tejía mientras Ulises viajaba y no que Ulises viajaba mientras ella tejía, como pudo haber imaginado Homero, que, como se sabe, a veces dormía y no se daba cuenta de nada.

Tomado de: Augusto Monterroso. Cuentos, fábulas y lo demás es silencio. Alfaguara. México, 1996. Página 178.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Literatura felina: de nuevo Hemingway

A pesar de lo que digan de él, de sus novelas y cuentos, buenos y malos, que mataba leones, que era un cobarde disfrazado de valiente, un depresivo inrredento, una vedette literaria, yo me declaro Hemingayano 100%. Y este es uno de mis cuentos favoritos.


El gato bajo la lluvia

Ernest Hemingway

Sólo dos americanos paraban en el hotel. No conocían a ninguna de las personas que subían y bajaban por las escaleras hacia y desde sus habitaciones. La suya estaba en el segundo piso, frente al mar y al monumento de la guerra, en el jardín público de grandes palmeras y verdes bancos. Cuando hacía buen tiempo, no faltaba algún pintor con su caballete. A los artistas les gustaban aquellos árboles y los brillantes colores de los hoteles situados frente al mar. Los italianos venían de lejos para contemplar el monumento a la guerra, hecho de bronce que resplandecía bajo la lluvia. El agua se deslizaba por las palmeras y formaba charcos en los senderos de piedra. Las olas se rompían en una larga línea y el mar se retiraba de la playa, para regresar y volver a romperse bajo la lluvia. Los automóviles se alejaron de la plaza donde estaba el monumento. Del otro lado, a la entrada de un café, un mozo estaba contemplando el lugar ahora solitario. La dama americana lo observó todo desde la ventana. En el suelo, a la derecha, un gato se había acurrucado bajo uno de los bancos verdes. Trataba de achicarse todo lo posible para evitar las gotas de agua que caían a los lados de su refugio. El gato tenía que estar a la derecha. Tal vez pudiese acercarse protegida por los aleros. Mientras tanto, un paraguas se abrió detrás.
–Voy a buscar a ese gatito –dijo ella.
–Iré yo, si quieres –se ofreció su marido desde la cama.
–No, voy yo. El pobre minino se ha acurrucado bajo el banco para no mojarse ¡Pobrecito! El hombre continuó leyendo, apoyado en dos almohadas, al pie de la cama.
–No te mojes –le advirtió.
La mujer bajó y el dueño del hotel se levantó y le hizo una reverencia cuando ella pasó delante de su oficina, que tenía el escritorio al fondo. El propietario era un hombre viejo y muy alto.
Il piove –expresó la americana. El dueño del hotel le resultaba simpático.
–Sí, sí signora, brutto tempo. Es un tiempo muy malo. Cuando la americana pasó frente a la oficina, el padrone se inclinó desde su escritorio. Ella experimentó una rara sensación. Se quedó detrás del escritorio, al fondo de la oscura habitación. A la mujer le gustaba. Le gustaba la seriedad con que recibía cualquier queja. Le gustaba su dignidad y su manera de servirla y de desempeñar su papel de hotelero. Le gustaba su rostro viejo y triste y sus manos grandes. Estaba pensando en aquello cuando abrió la puerta y asomó la cabeza. La lluvia había arreciado. Un hombre con un impermeable cruzó la plaza vacía y entró en el café. El gato tenía que estar a la derecha. Tal vez pudiese acercarse protegida por los aleros. Mientras tanto, un paraguas se abrió detrás. Era la sirvienta encargada de su habitación, mandada, sin duda, por el hotelero. –No debe mojarse –dijo la muchacha en italiano, sonriendo.
Mientras la criada sostenía el paraguas a su lado, la americana marchó por el sendero de piedra hasta llegar al sitio indicado, bajo la ventana. El banco estaba allí, brillando bajo la lluvia, pero el gato se había ido. La mujer se sintió desilusionada. La criada la miró con curiosidad.
¿Ha perduto qualque cosa, signora?
–Había un gato aquí –contestó la americana.
–¿Un gato?
Sí il gatto. –¿Un gato? –la sirvienta se echó a reír
–¿Un gato? ¿Bajo la lluvia?
–Sí; se había refugiado en el banco –y después– ¡Oh! ¡Me gustaba tanto! Quería tener un gatito. Cuando habló en inglés, la doncella se puso seria.
–Venga, signora. Tenemos que regresar. Si no, se mojará.
–Me lo imagino –dijo la extranjera.
Volvieron al hotel por el sendero de piedra. La muchacha se detuvo en la puerta para cerrar el paraguas. Cuando la americana pasó frente a la oficina, el padrone se inclinó desde su escritorio. Ella experimentó una rara sensación. El padrone la hacía sentirse muy pequeña y a la vez, importante. Tuvo la impresión de tener una gran importancia. Después de subir por la escalera, abrió la puerta de su cuarto. George seguía leyendo en la cama.
–¿Y el gato? –preguntó, abandonando la lectura.
–Se ha ido.
–¿Y donde puede haberse ido? –dijo él, descansando un poco la vista. La mujer se sentó en la cama.
–¡Me gustaba tanto! No sé por qué lo quería tanto. Me gustaba ese pobre gatito. No debe resultar agradable ser un pobre minino bajo la lluvia.
George se puso a leer de nuevo. Su mujer se sentó frente al espejo del tocador y empezó a mirarse con el espejo de mano. Se estudió el perfil, primero de un lado y después del otro, y por último se fijó en la nuca y en el cuello.
–¿No te parece que me convendría dejarme crecer el pelo? –le preguntó, volviendo a mirarse de perfil.
George levantó la vista y vio la nuca de su mujer, rapada como la de un muchacho.
–A mí me gusta como está.
–¡Estoy cansada de llevarlo tan corto! Ya estoy harta de parecer siempre un muchacho. George cambió de posición en la cama. No le había quitado la mirada de encima desde que ella empezó a hablar.
–¡Caramba! Si estas muy bonita –dijo.
La mujer dejó el espejo sobre el tocador y se fue a mirar por la ventana. Anochecía ya.
–Quisiera tener el pelo más largo, para poder hacerme moño. Estoy cansada de sentir la nuca desnuda cada vez que me la toco. Y también quisiera tener un gatito que se acostara en mi falda y ronroneara cuando yo lo acariciara.
–¿Sí? –dijo George.
–Y además, quiero comer en una mesa con velas y con mi propia vajilla. Y quiero que sea primavera y cepillarme el cabello frente al espejo, tener un gatito y algunos vestidos nuevos. Quisiera tener todo eso.
–¡Oh! ¿Por qué no te callas y lees algo? –dijo George, reanudando su lectura.
Su mujer miraba desde la ventana. Ya era de noche y todavía llovía a través de las palmeras. –De todos modos, quiero un gato –dijo–. Quiero un gato. Quiero un gato. Ahora mismo. Si no puedo tener el pelo largo ni divertirme, por lo menos necesito un gato.
George no la escuchaba. Estaba leyendo su libro. Desde la ventana, ella vio que la luz se había encendido en la plaza.
Alguien llamó a la puerta –Avanti –dijo George, mirando por encima del libro. En la puerta estaba la sirvienta. Traía un gran gato de color de carey que pugnaba por zafarse de los brazos que lo sujetaban.
–Con permiso –dijo la muchacha– el padrone me encargó que trajera esto para la signora.

Tomado de: Cuentos de Ernest Hemingway. Editorial Lumen. Bogotá, 2007. pp. 205-211.

jueves, 13 de agosto de 2009

El cuento: ¿Saciedad o antojo?


No me aguanté las ganas de transcribirla. Es una de las muchas buenas entrevistas que hay en la publicación electrónica Aviondepapel.com . A pesar de su brevedad, estos dos escritores describen bien lo que es el cuento.

Fernando Iwasaki: Tú has hecho varias poéticas, Andrés. ¿Qué debe tener un buen cuento; cuál es la fórmula para lograr su eficacia?

Andrés Neuman: Las poéticas que he escrito no pretenden establecer una receta, sino debatir sobre los cuentos que más me interesan. De hecho, sigo sin saber si existe un buen cuento o la idea de buen cuento. Hay dos líneas, la esférica y fantástica de Julio Cortázar, por ejemplo, o la elíptica de Antón Chéjov, Ernest Hemingway o Raymond Carver.

Aunque hay cuentos muy orales que te dejan perplejos, como los de Arreola y Monterroso, que no tienen esas estructuras.

Cuentos de Juan Carlos Onetti, por ejemplo, que no entran en los recetarios habituales. Lo que está claro es que lo que tiene un buen cuento es una cierta radicalidad. El cuento para funcionar, sea del tipo que sea, debe tener una estética previa muy arriesgada.

Fernando Iwasaki: Volvemos a Cortázar: hay que ganar por knock-out y no por puntos.

Andrés Neuman: Ya, pero esa frase de Cortázar… ¿Después del knock-out qué hay? La inconsciencia. Y eso te deja incapaz de pensar en lo que has leído. Yo creo que Cortázar se refería al final del relato y no al relato en sí.

Fernando Iwasaki: Yo lo que prefiero es que el cuento me abra el apetito y no que me quite el hambre.

Andrés Neuman: Por eso, cuando te decía que tiene que existir una decisión narrativa drástica, ésta puede estar al principio y no al final. Es decir, un punto de vista muy extremado o un recurso lingüístico muy original o un argumento tremendamente reducido. Son decisiones drásticas que hacen que ese texto sea una pieza a punto de quebrarse.

Fernando Iwasaki: Y lo bueno es que seguiremos con la misma perplejidad sin saber qué es un buen cuento.

Tomado de Avióndepapel.com

sábado, 8 de agosto de 2009

A juicio: Los pasos de la furia, de Carlos Aguirre


La evidencia

Nunca hemos tenido suerte con las mascotas. Un día, cuando mi papá era vigilante en el cementerio (trabajaba de noche y nos decía que no le daba miedo porque todo era más tranquilo que en cualquier otra parte), llegó a la casa con una tortuga en el bolsillo. "Yo creí que era de juguete", nos dijo cuando la puso sobre la mesa y resultó que era una morrocoyita viva y le dimos tomate picado y le hicimos una cama y una caja de arena como si fuera un gato. Mi hermana la bautizó Democracia, como la tortuga de Mafalda, pero yo simplemente la llamaba "tortuga" o a veces le decía "Miguel Ángel", porque esa era mi tortuga ninja favorita. Tomó la costumbre de esconderse detrás de la nevera buscando el calor del motor y una tarde la encontramos dormida dentro del caparazón, seca como una uva pasa. Tuvimos varios periquitos australianos, pero siempre se escapaban de la jaula o se morían de depresión o los mataba el gato de la vecina. Yadira tuvo peces y hámsters a los que mi mamá tenía que cuidar para que no se murieran de hambre o suciedad, y hasta un pobre tamagochi que le regaló una tía rica murió calladoto en su pantalla digital. Mi papá nunca trajo gatos porque sabía que yo me enfermaba con los pelos y eso era muy triste, porque siempre quise tener uno como el de mi amiguito Mauro, que era negro y tenía una estrella en la frente. Pero cuando trajo a Pancha me puse muy contento, nos explicó que era un crice entre pit-bull y labrador y eso la hacía diferente: tenia unas patotas muy pesadas para ese cuerpo tan pequeño y era muy gracioso verla caminar porque se cansaba rápido o se tropezaba y daba vueltas por el suelo, y cuando andaba a mi lado se me enredaba entre los píes para que la cargara. A la gente le daba risa verme caminar con la perrita en la mano, pero yo sé que a ella le gustaba, aunque mi profesor de ciencias me dijera que los perros no sienten y no se ríen ni se ponen contentos, pendejo tan bobo: ella sentía los golpes que le daba mi papá cuando estaba enojado y no tenía con quien más desquitarse, o se escondía cuando Yadira llegaba con sus amiguitas tontas a jugar con ella como si no fuera de verdad y le jalaban la cola y le ponían moños, o se me arrimaba cuando estaba triste y me sentaba en el patio a pensar estupideces. Mi mamá nunca la quiso y nos regañaba por el olor o porque Pancha le dañaba las matas o porque dejaba todo ensangrentado cuando estaba en celo y los perros de la calle se iban detrás de ella cuando salía a trabajar. Creció tanto que ya casi no cabía en el patio, en la lista del mercado había que apuntar siempre las bolsas de comida para ella y a cada rato aparecían pelos negros en la cocina o en los rincones de las piezas. Mi papá nunca debió traer la choza de madera conseguida en quien-sabe-donde, una caja feísima de palos viejos y cartón donde Pancha nunca se sintió comoda porque todas las noches se movía ahí dentro como una loca y salía al patio a rascarse y no nos dejaba dormir.
–Mami, ve lo que le encontré a Pancha... ¿Será una...?
–Sí, eso es. Y vea, aquí tiene otra. Y aquí, otra, detrás de la oreja. Y aquí otra, y otra y...

Fragmento de Bichos In: Carlos Mario Aguirre Morales. Los pasos de la furia. Editorial Universidad de Antioquia. Medellín, 2009. pp: 130-132.


La defensa

Lo primero que debo hacer es revelar mi "conflicto de intereses": Carlos Mario es mi amigo. A partir de ese hecho podría contarles de lo buena persona que es, de lo disciplinado, del buen lector, de su adicción por Cortázar, de las tantas charlas que hemos tenido mientras caminamos desde la Biblioteca Pública Piloto hasta la estación Suramericana del metro en Medellín; pero eso tendría más sentido para una entrada con una apología a la amistad, y ese no es mi interés hoy.
Sí, la amistad me sesga, pero por encima (o por debajo o por los laditos) de ese hecho debo decir que su primer libro de cuentos Los pasos de la furia, publicado por la Editorial Universidad de Antioquia, es muy bueno. Ya lo sospechaba cuando fui testigo de la construcción de algunos de esos relatos que llevaban más de un quinquenio gestándose, y se confirma con esta colección de nueve relatos divididos en tres secciones: Santacho, parte I: De cuadra en cuadra; Santacho, parte II: Entre hermanos y Santacho, parte 3: El padre y el hijo.
Mucho se ha escrito sobre las comunas, sobre la violencia en Medellín, muchos libros y peliculas sobre la ciudad gotean aún sangre. Los pasos de la furia no es la excepción, pero su sentido no está en el espectáculo sanguinario de la ciudad matona. No. Está en el drama humano y simple de la vida cotidiana, donde los elementos de violencia hacen parte de lo que pasa todos los días en Santacho, un barrio de la ciudad, apretado y aprtado, donde todos interactuan aparentemente: se ven, se escuchan, pero nadie se conoce.
Los pasos de la furia es una colección de cuentos, de obras independientes que, sin embargo, pueden leerse como una novela. Claro, los personajes de uno y otro cuento no se conocen y sus historias son distintas. Pero esa es la trama del libro en clave de novela: Los pasos de la furia muestra el aislamiento y la soledad concurrida de la vida urbana. Cada cuento es un capítulo de la novela donde los personajes están atrapados en su propio y doloroso (muy, muy doloroso) drama y en un espacio geográfico mítico y común: Santacho. Claro, por ahí rondan los susurros de Comala, Macondo, Yoknapatawpha y Santa María. ¡Mierda! Esas son palabras mayores, tal vez mi sesgo afectivo otra vez esté colándose en este juicio.
Ah, antes de cerrar esta defensa un último asunto formal: Hay en estos cuentos un curioso y habil manejo del paréntesis, más allá del estricto sentido de signo de puntuación. Mientras leía imaginaba el texto, con comas reemplazando los muchos paréntesis, y no, no funcionaría. De alguna forma, Carlos Mario presenta importantes acotaciones que no frenan el flujo de lectura. A veces pareciera que los paréntesis fueran el subsuelo que soporta lo que hay en la superficie de cada historia.


La fiscalía

Jairo Morales, director del Taller de Escritores de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, en la contratapa del libro dice: "... este inagural y sólido resultado narrativo también debe lo suyo al tratamiento lingüistico, que ha obedecido no al afán del experimento por el experimento, sino a la compulsión de acercar la literatura a la vida...". No voy a hablar de la reseña de mi maestro Jairo a quien quiero y respeto muchísimo (el hombre es muy "bravo" y no le gustaría que yo dijése que la reseña no invita a leer el libro, más bien aburre, y la verdad... no dice mucho, ¡Ups! lo dije), voy a hablar de aquello del "experimento por el experimento". En ninguno de los textos es fortuito, es claro que algunos responden a una necesidad que el autor detectó y por eso decidió aplicarlos en los textos elegidos. Sin embargo, algunos de ellos me parecen muy atrevidos (ni buenos ni malos) para el espacio reducido de un cuento y le restan legibilidad, claridad. Claro, eso genera un esfuerzo mayor del lector, un compromiso absoluto con el texto que seguramente muchos lectores asumirán, pero que también, en muchos otros producirá cansancio y los sacará de lectura.


El veredicto

Tal vez por eso los cuentos que más disfrute son los de la tercera parte: El padre y el hijo. Son llanos en su estructura, sin pretensiones experimentales, con historias aparentemente simples pero con un impacto drámatico que lo dejan a uno turuleto (¿será aquello del nocaut que decía Cortázar?). En mi caso, Golpe bajo y Bichos me dejaron al borde de la lágrima.
No se lo pierdan, vale la pena leerlo. Ah, y me ratifico en mi sospecha sobre lo que está pasando con la literatura colombiana: la cosa se está moviendo por el lado del cuento, el barrio pobre (como Santacho) de la literatura; por el vecindario de la novela, aunque vendan y tengan plata, no está pasando mayor cosa.

Comuniquese y cúmplase

En la foto: mi amigo Carlos Mario Aguirre

jueves, 21 de mayo de 2009

Literatura felina: Juan Carlos Onetti

El gato
Juan Carlos Onetti


Muchas cosas desagradables se pueden decir o imaginar de John. Pero nunca le sospeché una mentira; tenía demasiado desprecio por la gente para inventarse cualquier fábula que le fuera favorable.

De modo que cuando me contó alegre y bebiendo dry martinis la historia –para mí, sobretodo– de uno de sus casamientos fallidos, no tuve duda. Era, o fue, como mirar y oír una película sin posibilidad de recomienzo ni temor sobre su capacidad de ser creída. Tampoco quedaba agujero para una sonrisa.

Yo llegaba, una semana antes, de París y quería actualizar, confirmar y desechar los rumores que me habían llegado sobre amigos, más o menos comunes, durante mi ausencia.

John era un inglés conversador y sabía burlarse de todo con despego, a veces lástima, nunca maldad.

Bebimos y hubo un largo silencio: John parecía meditar indeciso con el ceño fruncido.

Dejó su vaso sobre la mesa y me dijo, conservando su actitud de piernas cruzadas y de resuelto perfil:

–Era francesa y tú la conoces. Tal vez lo sepas porque estabamos practicamente casados. Sólo nos faltaba el sacerdote, el juez y la llegada de unos muebles viejos y caros de los que no quería desprenderse. Bisabuelos y abuelos y padres, casi toda la historia de Francia. A mí sólo me importaba ella, Marie. Ya puedes buscar entre todas las Maries que recuerdes. Estaba loco y a veces pensé que era una locura sexual. Verla, bastaba; oler un pañuelo olvidado, bastaba; entrar al baño después de que ya había salido. Nos veíamos todas las semanas, aquí o en París. Dos o tres días seguidos. Ibamos y volvíamos. Y mi deseo aumentaba cada vez y yo me entregaba a él, escarbaba en él; quería más y más. Y cada más era era como un escalón que me impulsaba a pisar otro. Siempre en descenso porque yo sabía que estaba perdiendo salud y cerebro.

Sin dejar de ofrecerme un hombro, hizo una seña a Jeeves y vinieron dos vasos: dry martini para él y un gin tonic para mí. Encendió la pipa (él sabía que fumar apresuraría mi muerte) y estuvo un rato pensando, casi sonriendo con labios que no endulzaba la alegría. Como ocurre siempre en esta clase de cuentos me mantuve en silencio, esperando; fui recompensado, Johny dijo sin mirarme:

–Al gato lo bauticé Edgar. Y no porque fuera un gato negro con símbolos de horror, blancos, en su pecho.

–Una noche en que Marie, como estaba planeado, llegó al aeropuerto. La recibí, tomamos cocteles con la alegría de siempre, brindamos por la felicidad matrimonial. Esto no hace reír pero es cómico. Fuimos a cenar y luego a mi departamento. No te dije, porque no lo sé y tal vez no me importe, que la portera y semipatrona estaba encaprichada conmigo o, simplemente, me odiaba sin pausa. Algo de eso.

Entramos y encendí la luz. Ella no había estado nunca allí. Miró alrededor con una sonrisa que era de aprobación antes de haber nacido. Y vio, vimos, en medio de la gran cama, con su colcha blanca de señorita, un gato negro, grande, gordo. Un gato que yo veía por primera vez y que parecía acostumbrado a ronronear allí. Con las patas dobladas bajo el pecho nos miró con ojos curiosos y volvió a cerrarlos. Hasta hoy no sé cómo pudo haber entrado. Sospecho, apenas. Me adelante para acariciarle el lomo y la garganta y entonces ella explotó. Que echara el gato inmundo, que iba a llenar la cama de pulgas. A gritos y pateando el suelo. Yo encendí un cigarrillo y abrí la puerta. Le dije que me había hecho feliz encontrar por sorpresa que alguien nos daba la bienvenida. Ella me trató de estúpido y golpeó las manos hasta que el gato corrió hacia la puerta y la sombra del pasillo. Bueno, vamos a tomar otro vaso porque ya vasta como prólogo. Lo que ocurrió es simple y para mí muy trabajoso de explicar. En aquel momento resolví que yo nunca podría casarme con aquella mujer; que era imposible vivir con ella, ser feliz con ella. No se lo dije entonces y el resto de la noche, hasta el cansancio de la madrugada pasaron como lo presentíamos y lo deseabamos.

Bebió de un trago, encendió nuevamente la pipa y sonrió alegre y desafiante. Ahora se volvió para mirarme los ojos y dijo:

–Lo que explica para cualquier tipo inteligente porque desde entonces solo he tenido aventuras y me he propuesto que duren poco.


Tomado de Juan Carlos Onetti. Cuentos completos. Alfaguara. Madrid, 1998. pp. 423-425


lunes, 20 de abril de 2009

Azul petróleo


Aunque el turno terminó a las diez de la noche, salió minutos antes de las doce, después de cuarenta y ocho horas seguidas de labor. El cotidiano afán de regresar a su hogar desapareció dos semanas atrás, luego del funeral.
Subió al carro y tomó la autopista. Mientras contaba las líneas blancas e intermitentes que dividían en dos la carretera, veía como el azul petróleo de la noche se confundía con el negro del asfalto en el horizonte.
Al escuchar el grito de la bocina, desapareció la risa de Laura, la menor; abrió los ojos y encontró el interior del auto bañado en una luz de mediodía. Un segundo antes de atravesar el panorámico con su cráneo, recordó que no había ajustado su cinturón de seguridad y vio, en el centro del espejo retrovisor, un lunar dorado y resplandeciente señalando el poste que se hundiría en su Renault diecinueve, modelo noventa y siete, color azul petróleo... como la noche.

miércoles, 18 de marzo de 2009

A juicio: El viento agitando las cortinas de Juan Carlos Rodríguez


La evidencia

Este romboide no es patrimonio de las flacas, como estúpidamente creí un tiempo, ya que en mis primeros años de devoción sóolo los encontré en mujeres muy delgadas. Es más fácil que eso ocurra, pero no es una regla, es más bien una tendencia. Y como en todas las cosas sumadas y restadas configuran la hipótesis temporal de trabajo que solemos llamar "sentido de la vida", este fue un descubrimiento accidental. Había tenido apasionados romances con mujeres gordas, ¿quién, que se precie de tener una libido libre de los movimientos de la moda, no? Por fortuna crecí en el instante previo a la sacralización de las modelos, a la avalancha de anoréxicas que se convirtieron, de un momento a otro, en los íconos sexuales de occidente. La voluptuosidad no puede ceñirse a reglas dictadas por el mercado y una de las colecciones más sugestivas de calzones que he podido disfrutar era propiedad de una muchacha bastante gruesa. Ella jugaba a ser pudorosísima, a mostrar y ocultar al mismo tiempo y para eso se había armado con un tremendo arsenal de prendas íntimas. Cada encuentro con ella traía la emoción de la sorpresa y la anticipación del deseo. Tenía un arma secreta que usaba sin ningún recato: después de jugar a que te muestro y no te muestro un buen rato, terminaba en calzones y justo ahí afloraba su otra cara, se transformaba en la gran zorra. Se frotaba el clítoris con la mano, se palmeaba las nalgas y se ofrecía a la vista desde ángulos casi imposibles, todo sin quitarse el calzón, último reducto de su anterior resistencia. Lo corría hacia un lado para exhibir sus labios, se lo enrollaba desde la cintura hacia abajo, mostrando el bello de la muerte, lo jalaba con fuerza hacia arriba, pegándoselo al cuerpo, hasta que se formaba una montañita de algodón y carne. Yo me enloquecía con todo esto, podía pasarme horas viendo el espectáculo sin ir más allá. Pero ella no, de manera que siempre terminaba por penetrarla. Aún así las sorpresas no terminaban: a veces me recitaba al oído letanías de una obscenidad inimaginable para quien la hubiera visto media hora antes, otras hablaba como una niña chiquita, pidiéndome paso a paso que le explicara qué era "eso tan raro que está haciendo, señor, que me da cosquillitas" y en los días más afortunados, me apretaba con fuerza sus calzones contra la cara, asfixiándome al mismo tiempo que me narcotizaba con su olor marino.
Juan Carlos Rodríguez. Contra el nudismo In: El viento agitando las cortinas. Mondadori. Bogotá, 2008. pp. 28-29


La defensa

Ayer volví a ver Lost in translation de Sofia Coppola. Había olvidado todo lo que me gustaba los primeros 40 segundos de la película, dónde sólo aparece el culito de Scarlett Johansson empacado en unos suaves y transparentes calzones rosados. Sólo por esa escena le perdono a Scarlett que siempre haga, en todos sus papeles, el mismo rol de niña sensual que no sabe que hacer con su vida. No necesito más.
Esa misma sensación me fue provocada por distintas escenas de los tres relatos que componen El viento agitando las cortinas del colombiano Juan Carlos Rodríguez: Contra el nudismo, ¿quién se acuerda del capitán Scott? y Mil veces el mal camino.
Los tres tienen en común la evocación del pasado, la sensualidad, no solo en las escenas, también en la musicalidad del lenguaje, y la manera cotidiana y casi desprevenida en que se van construyendo las historias. Pero lo que más me gustó fue el uso magistral de la primera persona. Como la santísima trinidad: tres narradores -uno para cada relato- claramente diferenciados, pero un mismo autor. Este es uno de los asuntos más complicados a la hora de optar por la primera persona: el riesgo de que el narrador se confunda con el autor o que los distintos narradores no se diferencien. Riesgo aumentado hoy cuando hay una exacerbada manía por el YO en la literatura colombiana reciente.
Juan Carlos Rodríguez lo resuelve muy bien y sin artificios. Sus narradores, al igual que sus personajes, son convincentes. Así mismo, los tres relatos son sólidos; hasta los devaneos aparentemente superfluos nos cuentan aspectos claves de las historias y nada queda fuera de lugar. Un buen librito de cuentos... ¿o relatos, o novelas cortas? A quien le importa.


La fiscalía

No es culpa del autor... o sí... más bien es su culpa: se terminan las 158 páginas y uno queda antojado. La sensación que tuve es que hay muy buena madera para un gran novelista. Si la sútil tensión que el autor genera en cada relato se prolonga en historias más extensas (las que ameriten mayor extensión, por supuesto), seguramente daríamos con una muy buena novela... bueno, dejémoslo de ese tamaño, porque da la impresión de que le estoy ayudando a la defensa.
Cuando lo vi por primera vez en una librería lo cogí, le di una mirada y no me gustó un detalle tonto: el texto de Antonio García en la contraportada. No es que tenga nada en contra de García, incluso me gustan sus columnas en SoHo, pero me pareció maluco, me dio la impresión de que el librito era tan malo que el único que se atrevió a escribir en la tapa fue su amigo. De pronto el problema es mío por las sospechas literarias que me genera el Cartel "literario" que hay en el Grupo Semana. Menos mal leí la buena reseña de Camilo Jiménez en El ojo en la paja y la entrevista al autor en Arcadia (pésima entrevistadora, buen entrevistado). El puntazo final para que me decidiera fue la recomendación de Nahum mientras almorzabamos alguna tarde: "tiene que leerlo, Samuel, tiene que leerlo" Fue su sentencia.


Veredicto

Puede que sea un prejuicio pero últimamente están mejores las colecciones de cuentos que las novelas colombianas. En mi biblioteca, este librito está ubicado en primera fila junto al Amante de todos los santos de Juan Gabriel Vásquez, Alerta de terremoto de Tim Kepel, Necesitaba una historia de amor de Roberto Rubiano y La cajita cuadrada de Harold Kremer, mientras las novelas colombianas recientes que he leído están por allá, casi escondidas con vergüenza, en la segunda o tercera línea.

Comuníquese y cúmplase

domingo, 8 de marzo de 2009

Rubem Fonseca para el día de la mujer

Se supone que un día como hoy hay que ser políticamente correcto y celebrar el día internacional de la mujer. Ya sea dedicando la canción de Ricardo Arjona o marchando por la reinvindicación de los derechos de las mujeres. Paso. Prefiero hacerlo con este cuento de Rubem Fonseca.
Feliz día, queridas lectoras del Cuaderno.



Francisca

Rubem Fonseca

No hay mujer que no sueñe con matar al marido. También yo tenía ese devaneo, pero se convirtió en una determinación realista.
Tomábamos el desayuno el día en que propuso nuestra separación. Dijo, así son las cosas, no te llevarás un centavo, las pasarás negras, no tengo bienes, este apartamento es alquilado, todo el dinero está en una cuenta secreta en un paraíso fiscal. ¿Sabes qué es un paraíso fiscal? Claro que no sabes, no sabes ni mierda, eres una idiota.
Respondí que iría a la policía a contarlo todo y el sufrió un ataque de risa y dijo, de verdad eres una imbécil.
Lo miré mientras comía sus huevos con tocino, todo marido canalla come huevos con tocino. Después de que se limpió la boca con la servilleta, le pedí humildemente dinero para ir al salón de belleza a teñirme el cabello, hilos blancos estaban invadiendo mi cabeza. Hoy no te doy ni un centavo, respondió él, para que aprendas a no hacerme amenazas.
No se venga una de un marido así sacándole dinero de su cartera ni inventando falsos gastos de mercado ni consiguiéndose un amante como hacen todas. Sólo hay una retaliación acorde con esta situación. A un marido así hay que matarlo. No en sueños. En la vida real.
Fui al espejo a examinar las raíces de mi cabello, todas se estaban poniendo grises, me estaba volviendo vieja.
Por la noche él me dio un papel y dijo, para ayudarte a hacer tu denuncia en la Renta Federal, no en la policía, so cretina, quiero darte una relación casi completa de los paraísos fiscales existentes. Hice la lista en orden alfabético, agregó con una sonrisa cínica, dándome un papel lleno de nombres.
Antillas Holandesas, Aruba, Bahamas, Bahrein, Barbados, Belice, Bermudas, Campione d'Italia, Islas del Canal (Alderney, Guernssey, Jersey, Sark), Islas Caimán, Chipre, Islas Cook, República de Costa Rica, Djibuti, Dominica, Emiratos Árabes, Gibraltar, Granada, Hong Kong, Lebuán, Líbano, Liberia, Liechtenstein, Luxemburgo, Macao, Isla de Madeira, Mladivias, Malta, Isla de Man, Islas Marshall, Islas Mauricio, Mónaco, Islas Montserrat, Nauru, Islas Niue, Sultanato de Omán, Panamá, Samoa Americana, Samoa Occidental, San Marino, Santa Lucía, Federación de San Cristobal y Nevis, San Vicente y Granadinas, Seychelles, Singapur, Tonga, Islas Turks y Caicos, Vanuatú, Islas Vírgenes Americanas, Islas Vírgenes Británicas.
Dios mío, nombres de los que nunca oí hablar, ¿cómo saber en cuál paraíso había escondido mi marido su dinero? ¿Y cómo se mata un marido? ¿Veneno? ¿Bala? ¿Puñal? Un puñal lo puedo conseguir, pero terminaría por hacer un simple arañazo en la piel de ese perro.
Entonces me puse a mirar la calle desde la terraza, sentí vértigo de la altura, la baranda de protección era muy baja, se trataba de un undécimo piso. Pero tuve una idea y el vértigo terminó.
Cómo toda mujer casada, vivo tomando montones de remedios para aliviar momentáneamente mi insoportable carga de frustraciones, Valium, Dormonid, Lexotan, Rivotril, Rohypnol y no sé cuántos más. Todas las noches mi marido se toma en la cena una botella de vino tinto, y soy yo, que hago todas las tareas de la casa, la que abre la botella y sirve el vino.
Mi dormonid es de quince miligramos, cogí seis comprimidos y los disolví en la botella de vino, que abrí en la cocina. Cogí también una botella de champaña para mí, llevé las dos botellas y vasos a la mesa del comedor, y llené nuestras dos copas.
No sé por qué a las mujeres y los invertidos les gusta tanto la champaña, esa mierda burbujeante, dijo él.
Llenó de nuevo su copa, bebió, volvió a llenarla, dijo, este bordeux está estupendo. Pronto vació la botella. Poco después se desmayo.
Ah, qué fatigante, arastrar aquel corpachón hasta la terraza. Era pesado, los huevos con tocino y los quesos franceses, los embutidos y las tortas, los patés engordan hasta a un tísico, incluso a cualquiera de esos tipos esqueléticos del Nordeste.
Me moría del cansancio cuando llegé a la terraza, pero aún tuve fuerzas para ponerlo de bruces sobre la baranda y después agarrar sus piernas, levantarlas e impulsar el cuerpo.
La caída sobre la acera produjo un sonido hueco y lejano.
Después llamé a la policía, les dije que mi marido había bebido demasiado, y se había caído de la terraza. Agregué que era en extremo afecto a los calmantes.
Regresé a la sala y bebí otra copa de champaña. Endulzaba la boca, antes de pasarlas negras.
Después, frente al espejo, repasé la historia que iba a contar a la policía. Señor comisario, lo mismo le pasó el mes pasado al residente del 1201, que también mezclaba bebida con calmantes, era alto y gordo como mi marido y se cayó de la terraza, la baranda es muy baja.
Probablemente también lo empujó la esposa, pero ese final no pensaba contarlo.
Ensayé mi cara de llanto y las lágrimas surgieron. Es fácil llorar si la persona está feliz.

Francisca In Rubem Fonseca. Ella y otras mujeres. La otra Orilla. Bogotá, 2008. pp. 53-57

miércoles, 4 de marzo de 2009

Literatura felina: Álvaro Cepeda Samudio


Si me preguntaran por mi lista de cuentos colombianos que más me gustan, sin duda éste estaría entre los primeros. Lástima la temprana muerte de "el nene", seguramente, con lentitud se le hubieran sumado otros maravillosos libros a La Casa Grande, a Los cuentos de Juana y al que pertenece el cuento de hoy: Todos estabamos a la espera. Para mí, uno de los mejores libros de cuentos publicados en Colombia.


Vamos a matar a los gaticos
Álvaro Cepeda Samudio


“Vamos a matar a los gaticos ­—dijo Doris—, vamos a matarlos. Yo sé cómo se hace, vamos a matarlos”.

“No, todavía no”.

“Pero tú dijiste que los íbamos a matar apenas nacieran —dijo Martha—. Tú dijiste que teníamos que matarlos para evitar que los regalaran”.

“¿Cuántos son? —preguntó Doris”.

“No sé: parece que hay cinco”.

“¿Dónde están?” —preguntó Doris.

“En el último cuarto. Los pusieron en la caja donde dormía Teddy”.

“¿Son bonitos?” —preguntó Doris.

“Yo no sé, yo no los he visto todavía. Pero sé que ya nacieron porque esta mañana lo estaban diciendo en la cocina”.

“Vamos a verlos” —dijo Martha.

“No, ahora no: después. Vamos a subirnos al techo”.

“Vamos —dijo Doris— y jugamos a Tarzán, ¿quieres? Bueno. Voy a buscar las cosas”.

“Yo no juego —dijo Martha”.

“¿Por qué no quieres jugar?”

“No puedo —dijo Martha—, yo no puedo subirme al techo”.

“¿Por qué no puedes subirte?”

“Tú sabes” —dijo Martha.

“Ella tiene miedo —dijo Doris—, vamos tú y yo”.

“Yo no tengo miedo —dijo Martha—, es que me da pena”.

“Vamos Doris, ella nos espera aquí”.

“Miedosa” —dijo Doris.

“Yo no soy miedosa —dijo Martha—, es que me da pena”.

“¿Por qué te da pena?” —preguntó Doris.

“Déjala ya, Doris”.

“Yo no tengo pantalones” dijo Martha.

“Ahora se lo voy a decir a mamá —dijo Doris—, ayer también viniste sin pantalones. Yo te vi”.

“Tú sabías que no tenía pantalones. Tú me dijiste. Y ahora quieres jugar a Tarzán” —dijo Martha.

“Cuando volvamos a la casa le voy a decir a mamá que tú le dices a Martha que no se ponga pantalones” —dijo Doris.

“Vamos a matar a los gaticos”.

“Vamos” —dijo Doris.

“Si se lo dices no los matamos” —dijo Martha.

“¿Se lo vas a decir, Doris?”

“No —dijo Doris. Vamos a matar a los gaticos. Entren”.

“¿Para qué cierras las ventanas? —preguntó Doris.

“Para que ella no se salga. Tráeme esa tabla, Martha”.

“Tenemos que sacarla de la caja porque de pronto se pone rabiosa y nos muerde” —dijo Doris.

“No, ella no muerde. Sostén la tapa mientras yo los saco”.

“¿Cuántos hay? —preguntó Doris.

“Cuatro nada más”.

“Abre la ventana, yo no los veo bien. ¿Son bonitos?” —dijo Martha.

“Sí, son bonitos. Hay dos negros y dos grises”.

“Yo quiero llevarme uno negro” —dijo Doris.

“No, hay que matarlos a todos. No te vas a llevar a ninguno. Yo dije que los iba a matar a todos. Mira, así: apriétalos por el cuello así, ¿ves? Apriétalos bien fuerte por un momento. Es fácil”.

“¿Ves? Este ya está muerto. Mata tú este otro”.

“Mata este tú, Martha, yo mato mejor el gris” —dijo Doris.

“No, yo me voy, yo no quiero matar ninguno” —dijo Martha.

“No tengas miedo, no te van a morder. ¿No ves que ni siquiera tiene dientes?”

“No, yo no quiero matar ninguno” —dijo Martha.

“Suelta ese ya, Doris, ya está muerto. Mata este otro”.

“No los maten, no los maten” —gritó Martha.

“Cállate, cállate, cállate. Sostén la tapa, Doris”.

“¿Qué vas a hacer?” —preguntó Doris.

“A ponerlos otra vez dentro de la caja”.

“Por qué no los enterramos en el patio y les hacemos procesión —dijo Doris—. ¿Quieres que traiga tres cajitas de cartón?”.

“Yo tengo en la casa un montón de cajitas”

“No, vamos a ponerlos en la caja otra vez. Falta uno. ¿No has podido matarlo todavía, Doris?”.

“Yo no quiero matar al negrito” —dijo Doris.

“Dámelo acá. Apura, Doris, dámelo”.

“Dáselo, Doris” —dijo Martha.

“Salgan. Cierra la puerta, Martha”.

“Vamos a subirnos al techo, dijo Doris”.

“No, hace mucho calor”.

“Pero yo quiero unas guindas. Tengo hambre” —dijo Doris.

“En la nevera hay galletas. Ve y tráelas”.

“¿Por qué lloras? —preguntó Martha.

“Yo no estoy llorando”.

“Sí estás llorando” —dijo Martha.

“No me molestes”.

“Tú no querias matar los gaticos” —dijo Martha.

“Sí quería”.

“No tengas miedo. Doris no le dice nada a Mamá” —dijo Martha.

“Yo no tengo miedo”

“¿Entonces por qué estás llorando?” —dijo Martha.

“Por nada, por nada, por nada”.


Álvaro Cepeda Samudio. Todos estábamos a la espera. El Áncora editores. Bogotá, 2003. pp. 56-60

domingo, 1 de marzo de 2009

Crónicas nimias: Salta


Noche del dieciocho de agosto de 2008 en Beijing. El susurro de las noventa mil personas en el Nido de pájaro no la distraen. Al lado de la pista, una colcha blanca apenas deja asomar sus zapatos. Ella está debajo, sentada, aislada de los doce millones de ojos que la esperan. En su adolescencia, el fracaso en la gimnasia le dio el poder de la garrocha. Ha superado veintitrés veces su propia marca, cada vez mejor, cada vez más alto: 5,01 en Helsinki, 5,03 en Roma, y 5,04 en Montecarlo. No tiene afán, espera. Éste es su último intento, los dos anteriores fueron fallidos.
Yelena Isinbayeva se levanta y el estadio también. El pequeño uniforme, blanco, rojo y azul, apenas cubre fragmentos pudorosos de la piel que se adhiere apretadamente sobre cada músculo de su cuerpo perfecto. Embadurna sus manos, masculla unas palabras ininteligibles. Su mirada azul está puesta en la meta. Tantea y besa la garrocha, suspira profundo. El ritmo de su corazón se acelera a la par con el sonido de los miles de aplausos. Atrás quedó Jennifer Sticzynski, su más cercana contrincante, en los 4,80. Continúa el susurro, eleva la garrocha, mira al cielo. Corre. La punta de la garrocha toca el piso. Ella se eleva, el listón en los 5,05 metros, su vuelo no dura más de dos segundos, cae y se hunde en el inmenso colchón azul. Se para de inmediato, grita y toca su pecho con las palmas abiertas, cae de rodillas y, de nuevo, mira el cielo. Se pone de pie. Sus alaridos se mezclan con la unánime ovación. Brinca, un giro completo en el aíre. Corre con los brazos extendidos buscando un abrazo que no encuentra. Desde la tribuna lanzan una bandera, la atrapa, se cubre con ella y anda por la pista, una cámara la sigue por el costado, se detiene, se agarra la cabeza, camina, para de nuevo. Aprieta la tela tricolor, las manos apoyadas sobre los muslos. Ríe, suspira.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Cómo convertirse en escritora

Lorrie Moore es gringa, de Nueva York, y es una excelente cuentista. Tiene una colección de cuentos titulada Pájaros de América. El cuento de hoy es de su libro Autoayuda. Cualquier parecido con la realidad...

Foto: Omar Ferbus


Cómo convertirse en escritora

Lorrie Moore

Primero intenta ser algo, cualquier otra cosa. Estrella de cine / astronauta. Estrella de cine / misionera. Estrella de cine / maestra jardinera. Presidente del Mundo. Fracasa horriblemente. Es mejor si fracasas a una edad temprana, por ejemplo, a los catorce. Una desilusión temprana, crítica, para que a los quince puedas escribir largas oraciones en forma de haiku sobre los deseos frustrados. Es un estanque, un cerezo en flor, un viento peinando las alas del gorrión rumbo a la montaña. Cuenta las sílabas. Muéstraselo a tu mamá. Ella es dura y práctica. Tiene un hijo en Vietnam y un marido que podría tener una amante. Ella cree que hay que usar ropa marrón porque disimula las manchas. Ella mirará brevemente tu texto y luego otra vez a tí con la cara vacía como una galletita. Ella dirá: “¿Por qué no vacías el lavavaplatos?”. Desvía la vista. Mete los tenedores en el cajón de los tenedores. Accidentalmente rompe uno de los vasos que te dieron gratis en la estación de servicio. Este es el dolor y el sufrimiento necesarios. Esto es solo el comienzo.

En la clase de literatura en la escuela mira sólo la cara de Mister Killian. Decide que las caras son importantes. Escribe una villanelle sobre los poros. Esfuérzate. Escribe un soneto. Cuenta las sílabas: nueve, diez, once, trece. Decide experimentar con la ficción. Ahí no tienes que contar sílabas. Escribe un cuento corto sobre un anciano y una anciana que se disparan un tiro accidentalmente en la cabeza, uno al otro, resultado de una inexplicable falla en un rifle que aparece misteriosamente en el living, una noche. Dáselo a Mister Killian como trabajo final de la clase. Cuando te lo devuelve ha escrito en el papel: “Algunas imágenes son bastante buenas, pero no tienes sentido de la trama.” Cuando estás en tu casa, en la privacidad de tu cuarto, garabatea en lápiz, debajo de su comentario en tinta negra: “Las tramas son para los idiotas, cara-porosa”.
Toma todos los trabajos de niñera que consigas. Eres bárbara con los chicos. Ellos te adoran. Les cuentas historias de ancianos que mueren de forma idiota. Les cantas canciones como “Las campanas azules de Escocia”, tu favorita. Y cuando están en pijama y finalmente dejaron de pellizcarse entre ellos; cuando se duermen, lees todos los manuales de sexo que hay en la casa, y te preguntas cómo alguien podría hacer esas cosas con alguien que ama. Quédate dormida en la silla mientras lees la Playboy de Mister McMurphy. Cuando los McMurphys vuelvan a casa, te tocarán en el hombro, mirarán la revista en tu falda y sonreirán ampliamente. Querrás morirte. Te preguntarán si Tracy se tomó el remedio. Explica que sí, que lo hizo, que le prometiste contarle una historia si se portaba como una señorita y que eso funcionó bastante bien. “Ah, maravilloso”, exclamarán.
Trata de sonreír orgullosa.

Anótate en Psicología Infantil en la universidad.

En Psicología tienes algunas materias optativas. Siempre te gustaron los pájaros. Te anotas en algo llamado: “Investigación Ornitológica Práctica”. Las clases son los martes y los jueves a las 2. Cuando llegas al salón 314 el primer día de clases, todos están sentados alrededor de una mesa discutiendo sobre metáforas. Alguna vez escuchaste algo al respecto. Luego de un corto e incómodo rato, levanta tu mano y di tímidamente: “Perdón, ¿esto no es Observación de Pájaros I?” Todos se quedan en silencio y giran para mirarte. Parecen tener todos una única cara: gigante y blanca, como un reloj destruido. Un barbudo ruge: “No, esto es Escritura Creativa”. Di: “Ah, okay”, haciendo como que ya sabías. Mira tu planilla de horarios. Pregúntate cómo cuernos caíste ahí. La computadora se equivocó, parece. Empiezas a levantarte para salir pero no lo haces. Las colas en la oficina de inscripción esta semana son larguísimas. Quizás deberías aferrarte a este error. Quizás la escritura creativa no sea tan mala. Quizás sea el destino. Quizás esto es lo que quiso decir tu padre cuando dijo: “Esta es la era de las computadoras, Francie, esta es la era de las computadoras.”

Decide que te gusta la universidad. En tu residencia conoces gente agradable. Algunos son más inteligentes que tú. Y algunos, te das cuenta, son más estúpidos. Continuarás viendo el mundo en estos términos, lamentablemente, por el resto de tu vida.

La consigna de escritura creativa esta semana es narrar un hecho violento. Entrega una historia sobre cómo maneja tu tío Gordon y otra sobre dos ancianos que se electrocutan accidentalmente cuando tocan una lámpara de escritorio que tiene un cable pelado. El profesor te devolverá los textos con comentarios: “Tu escritura es fluida y enérgica. Pero lamentablemente tus tramas son absurdas.” Escribe otra historia sobre un hombre y una mujer que, en el primer párrafo, son acribillados de la cintura para abajo debido a una explosión con dinamita. En el segundo párrafo, con el dinero del seguro, compran un puesto para vender helados. Hay seis párrafos más. Lees el texto completo en voz alta para la clase. A nadie le gusta. Dicen que tus tramas son exageradas y gratuitas. Después de clase alguien te pregunta si estás loca.

Decide que quizás deberías probar con la comedia. Empieza a salir con alguien divertido, alguien que tiene lo que en el secundario describías como “un sentido del humor buenísimo” y que ahora la gente de la clase de escritura creativa describe como “auto-indulgencia que toma forma cómica”. Anota todas sus bromas, pero no le digas que lo haces. Arma anagramas con el nombre de su ex-novia, ponle esos nombres a todos los personajes con problemas de sociabilidad y observa lo divertido que es él, observa qué sentido del humor buenísimo tiene.

Tu consejero académico te señala que estás descuidando las clases de psicología. Lo que te consume la mayor parte del tiempo no es tu especialidad. Di que sí, que entiendes.
En las clases de escritura creativa de los próximos dos años todos siguen fumando y preguntando las mismas preguntas: “Pero, ¿funciona?”, “¿Por qué debería importarnos lo que le pasa a ese personaje?”, “¿Te ganaste el derecho a usar ese lugar común?” Parecen ser preguntas importantes.
Los días en los que te toca a ti, miras a la clase con esperanza mientras buscan la trama en las hojas mimeografiadas, frunciendo el ceño. Te miran, aspiran el humo con intens
idad y luego te sonríen dulcemente.

Pasas demasiado tiempo abatida y desmoralizada. Tu novio sugiere que salgas a andar en bicicleta. Tu compañera de cuarto sugiere que cambies de novio. Te dicen que te estás auto-castigando y perdiendo peso, pero continúas escribiendo. La única felicidad que tienes es escribir algo nuevo, en el medio de la noche, con las axilas transpiradas, el corazón golpeando, algo que todavía nadie leyó. Lo único que tienes son esos breves, frágiles, incontrastables momentos de éxtasis en los que sabes: eres una genia. Date cuenta lo que tienes que hacer. Cambia de carrera. Los chicos de la guardería se entristecerán, pero tienes una vocación, una urgencia, una falsa ilusión, un hábito desafortunado. Estás, como diría tu madre, juntándote con gente que no te conviene.

¿Por qué escribir? ¿De dónde viene la escritura? Estas son preguntas que te haces a ti misma. Se parecen a: ¿De dónde viene el polvo? O: ¿Por qué hay guerras? O: Si hay un Dios, ¿por qué mi hermano es ahora un paralítico?
Estas son preguntas que guardas en tu billetera, como tarjetas telefónicas. Estas son preguntas que, como dice tu profesor de escritura creativa, es bueno explorar en tu diario personal, pero raramente en la ficción.
El profesor de este semestre enfatiza el Poder de la Imaginación. Eso significa que no quiere largas historias descriptivas sobre tu viaje de campamento de julio pasado. Quiere que empieces en un contexto realista para luego alterarlo. Como si recombinaras ADN. Quiere que dejes navegar tu imaginación, y que tus velas se hinchen como una panza. Esto último es una cita de Shakespeare.

Cuéntale a tu compañera de cuarto tu gran idea, tu gran ejercicio de poder imaginativo: una transformación de Melville a la vida contemporánea. Será sobre la monomanía y sobre el mundo pez-grande-come-pez-chico de las compañías de seguros de vida de Rochester, New York. La primera línea será: “Llámame Pezchico”, y tratará sobre un hombre casado, menopáusico y suburbano, llamado Richard, a quién, como está todo el tiempo deprimido su ingeniosa esposa llama “Mufi Dick”. Dile a tu compañera de cuarto: “Mufi Dick, ¿entiendes?”. Tu compañera de cuarto te mira, su cara blanca como un Kleenex. Viene hasta ti, con aire compañero y pone su brazo en tu espalda encorvada. “Escúchame, Francie”, dice lentamente, como si fuera tu fonoaudióloga. “Salgamos a tomar una cerveza”.
A la gente de la clase tampoco le gusta esta historia. Sospechas que están empezando a sentir lástima por ti. Ellos dicen: “Tienes que pensar en lo que pasa. ¿Cuál es la historia ahí?”.

El semestre siguiente el profesor está obsesionado con escribir a partir de experiencias personales. Tienes que escribir sobre lo que sabes, basándote en algo que te pasó. Quiere muertes, quiere viajes de campamento. Reflexiona sobre lo que te ha pasado. En los últimos tres años pasaron tres cosas: perdiste tu virginidad; tus padres se divorciaron; y tu hermano volvió de un bosque a 15 kilómetros de la frontera con Camboya con sólo la mitad de su muslo y una mueca permanente anidada en un costado de la boca.
Sobre la primera cosa escribes: “Creó un nuevo espacio, que dolió y gritó con una
voz que no era mía: ‘No soy más la que era, pero voy a estar bien’”.
Sobre lo segundo escribes una larga historia sobre una pareja de ancianos que tropiezan accidentalmente con una mina en su cocina y vuelan en pedazos. La llamas: “Hasta que la mortadela nos separe”.
Sobre lo último no escribes nada. No hay palabras para eso. Tu máquina de escribir zumba. No puedes encontrar palabras.

En las fiestas de la universidad, la gente dice: “Ah, ¿escribes? ¿sobre qué escribes?”. Tu compañera de cuarto, que ha tomado mucho vino, comido muy poco queso y casi ninguna galletita, dice: “Por dios, siempre escribe sobre el idiota del novio”.
Más tarde aprenderás que los escritores son simplemente textos abiertos e indefensos, sin ningún entendimiento de lo que han escrito y que, por lo tanto, deben confiar en cualquier cosa que se diga de ellos. Tú, en cambio, no has alcanzado ese nivel de refinamiento literario. Te pones rígida y dices: “No hago eso”, de la misma manera en la que se lo dijiste a alguien
en cuarto grado cuando te acusó de disfrutar las clases de oboe y dijo que no eran tus padres los que te forzaban a tomarlas.
Insiste con que no estás muy interesada en ningún tema en particular, que estás interesada en la música del lenguaje, que estás interesada en, en, sílabas, porque son los átomos de la poesía, las células de la mente, la respiración del alma. Empieza a sentirte mareada. Fija la vista en tu vaso de plástico lleno de vino.
“¿Sílabas?”, escucharás que alguien pregunta, a la distancia, alejándose lentamente hacia la seguridad del bol de salsa.

Comienza a preguntarte sobre qué escribes en realidad. O si tienes algo para decir. O si existe eso que llaman algo para decir. Limita tus pensamientos a no más de diez minutos al día; como las flexiones, pueden hacerte adelgazar.
Leerás en algún lugar que toda la escritura tiene que ver con los genitales propios. No pienses demasiado en eso. Te pondría nerviosa.

Tu madre vendrá a visitarte. Examinará los círculos debajo de tus ojos y te entregará un libro marrón con un portafolios marrón en la tapa. Se llama: Cómo convertirse en una Ejecutiva de Negocios. También trajo la enciclopedia “Nombres para su bebé”, que tú misma le pediste; uno de tus personajes, la maestra de primaria / payaso, necesita un nombre. Tu madre sacudirá la cabeza y dirá: “Francie, Francie, ¿te acuerdas cuando ibas a ser psicóloga infantil?”
Di: “Ma, me gusta escribir”.
Ella dirá: “Claro que te gusta escribir. Por supuesto. Claro que te gusta escribir.”

Escribe una historia sobre una estudiante de música confundida y llámala: “Schubert Era el de Anteojos, ¿no?”. No es un gran éxito, aunque a tu compañera de cuarto le gusta la parte en la que los dos violinistas vuelan en pedazos accidentalmente durante un concierto. “Salí con un violinista una vez”, dice ella, reventando su globo de chicle.

Gracias a dios estás cursando otras clases. Puedes encontrar refugio en los enredos ontológicos del siglo XIX y en los rituales de apareo de los invertebrados. Algunos moluscos globulares practican lo que se denomina “Sexo por el brazo”. El pulpo macho, por ejemplo, pierde el extremo de su brazo cuando lo introduce en el cuerpo de la hembra durante el coito. Los biólogos marinos lo llaman “Séptimo cielo”. Alégrate de saber estas cosas. Alégrate de no ser solo una escritora. Inscríbete en la facultad de Derecho.

A partir de aquí pueden pasar muchas cosas. Pero la principal es ésta: decides no empezar abogacía después de todo, y, en cambio, pasas una gran parte de tu vida adulta diciéndole a la gente cómo decidiste al final no empezar abogacía. De alguna manera terminas escribiendo de nuevo. Quizás haces una licenciatura. Quizás tomas trabajos temporarios y clases de escritura a la noche. Quizás trabajas y escribes todos los comentarios interesantes y las confesiones íntimas que escuchas durante el día. Quizás estás perdiendo tus amigos, tus conocidos, tu equilibrio.
Te peleaste con tu novio. Ahora sales con hombres que, en vez de susurrarte “Te quiero”, gritan: “Hagámoslo, nena”. Esto es bueno para tu escritura.
Tarde o temprano terminas un manuscrito, más o menos. La gente lo mira vagamente confundida y dice: “Parece que ser escritora siempre fue un sueño para ti, ¿no?”. Tus labios se secan como la sal. Di que de todos los sueños de este mundo, no puedes imaginar que ser escritora siquiera esté entre los primeros veinte. Diles que ibas a ser psicóloga infantil. “
Claro”, dirán suspirando, “eres bárbara con los chicos”. Frunce el entrecejo. Diles que eres una navaja caminando.

Abandona las clases. Abandona los trabajos. Retira los ahorros del banco. Ahora tienes tanto tiempo como picazón en las manos. Lentamente copia todas las direcciones de tus amigos en una nueva agenda.
Pasa la aspiradora. Mastica chicles para la tos. Guarda una carpeta llena de notas.
Un párpado oscureciéndose en el costado.
El mundo como conspiración.
¿Argumento posible? Una mujer sube al colectivo.
Imagínate que organizas una historia de amor y nadie viene.

En casa toma mucho café. En el Howard Johnson pide ensalada de repollo. Piensa cómo la ensalada se parece a un mapa hecho papel picado: dónde estuviste, hacia dónde vas: “Usted está aquí”, dice la estrella roja en la parte de atrás del menú.
Ocasionalmente una cita con la cara blanca como un papel te pregunta si los escritores se desaniman con frecuencia. Contesta que a veces se desaniman y a veces no. Di que se parece mucho a tener la polio.
“Interesante”, sonríe tu cita, y luego mira los pelos de su brazo y empieza a alisarlos, a todos, siempre, en la misma dirección.

Traducción de Christian Rodríguez. Tomado de su blog Puto y aparte