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viernes, 26 de febrero de 2010

Un país y un blog enfermo


Con un blog como con un hijo se puede hacer un reclamo similar: para qué se puso a traerlo al mundo si no es capaz de mantenerlo y criarlo. Qué colmo, mi pobre blog ha estado descuidado en las últimas semanas, en los últimos meses, tal vez. Tan enfermo anda que ahora cuando entra aparece una estúpida propaganda de no sé qué pendejadas. Si alguien tiene idea de cómo deshabilito eso le encargo me lo indique.
El asunto del descuido tiene que ver con haberme puesto a traer una hija al mundo y eso de ser súbdito incondicional y papá de esa niñita, no deja mucho tiempo para muchas otras cosas, pero no tienen idea de cuanto ha valido la pena. Pero prometo reivindicarme y ponerme pilas con los quienes pierden su tiempo paseándose por aquí.
Por ahora les dejo un fragmento de un artículo que publiqué en Universo Centro, un muy interesante proyecto periodístico que se está gestando en el corazón mismo de Medellín. Pueden leerlo online o reclamarlo gratis en cualquier rincón del centro de la ciudad.


Un país enfermo de SGSSS

(...) Siempre he insistido en que la Ley 100 es un esquizofrénico monstruo de Frankenstein. Al igual que la bestia creada por Mary Shelley, la atención de salud en Colombia es la suma de un montón de partes mutiladas que difícilmente pueden ser organizadas con coherencia. Por eso, es feo, ineficaz, se le ven las costuras, y aunque desee hacer el bien, le es imposible, porque la suma de sus partes lo hacen un engendro malévolo. Un buen amigo y salubristas cartagenero, Nelsón Albis, me lo dijo de una manera más elegante en diciembre pasado: “el sistema de salud nuestro segmenta las poblaciones y fragmenta las atenciones”. ¿Cómo así? Lo voy a explicar contándoles cómo esa terrible enfermedad llamada SGSSS mató a mi tía Emma.
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miércoles, 3 de febrero de 2010

El sistema de salud colombiano es una mierda


Sí, es necesario decirlo sin ambages. Desde hace rato lo sabemos, yo y millones de colombianos. Pero para estos casos el "Estado de opinión" no aplica.
Siempre he insistido que nuestro sistema de salud es como un monstruo de Frankestein, un modelo hecho con retazos de otros y que cada vez que falla se le pega un parche nuevo. Los quince decretos amparados en la "Emergencia social" declarada por el Gobierno le dan una imagen de monstruo renovado, de reciclaje completo, pero es mentira y lo grave es que está emputado y decidido a arrasar con la vida de miles de colombianos. Así lo quiere y, seguramente, así será.
Si le interesa o les preocupa el tema puede darle una mirada al pronunciamiento que hizo la Facultad Nacional de Salud Pública de la Universidad de Antioquia (mi casa), o a esta columna de Daniel Coronell.
Si le da pánico verle las entrañas al engendro, ría y llore con esta columna de Tola y Maruja publicada el fin de semana pasado en El Espectador, mientras esperamos con paciente desespero que algún día la salud en Colombia sea asumida como un derecho fundamental y no como un elemento más de mercado.



— Oites Tola, muy galleta tu idea de que nos vamos pa Medellín a estudiar el bachillerato en la noturna.

— Pues claro… Matamos dos pájaros de un tiro: hacemos el bachiller y Uribe nos paga cien mil pesos mensuales como informantas.

— Matamos tres pájaros, porque el profesor que nos coja cargadilla lo sapiamos.

~~~

— Es que nos toca rebuscar la platica mi estimada Maruja porque ahora con los nuevos decretos del Plan Obligatorio de Salú, el famoso POS, los pobres quedamos como Pirulo.

— Contame bien Tola cómo es la cosa.

— Ay, mijita… Téngase fino porque ya los enfermos vamos a tener que pagar lo que no incluya el POS, o sea todo lo distinto de Loratadina… Yo por lo menos ya me dispierto por la mañana, le doy gracias a Dios por tenerme aliviada y le rezo: Señor, si por pecadora me vas a mandar cualesquier enfermedá, que por favor esté incluida en el POS.

— Ay, Tola… ¿Qué vamos a hacer? ¿Y qué pasa si uno necesita una cirugía y no tiene con qué pagar?

— Menos mal el decreto permite que si un paciente no tiene plata, puede pagarle a la clínica en especie: plasma, un órgano… o servir de material didático pa los estudiantes de medecina.

— ¿Y entonces qué quedó cubriendo el bendito POS?

— Uñeros, ronchas, orzuelos, verrugas, fuegos, vientos encajaos, hipos, nacidos recién nacidos y enconos que no superen el tamaño de una moneda de cincuenta pesos… Ah, y virus nacionales.

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— ¿Y los embarazos?

— Los consideran pre-esistencia… Pero tiene otra cosa buena el tal decreto: un convenio con el supermercado Ésito… Entonces por ejemplo vos llegás a urgencias con una herida y te cogen 15 puntos, esos puntos los pagás con tus puntos Ésito.

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— ¿Y el Gobierno cómo sabe si uno tiene capacidá de pago?

— Muy sencillo: en el quirónfano, aparte del cirujano y el anastesista, habrá un delegado de la DIAN y otro de pensiones y cesantías… Pero si tu capacidá de pago es lamentable entonces llaman un cura.

— Ah, bueno, por lo menos los santos óleos sí los cubre el POS.

— Depende… Si pertenecés al Sisbén no te ponen óleos sino vinilos. Y si te morís, la anchura del túnel de la muerte también depende de si sos del régimen contributivo o susidiao.

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— ¿Y qué pasa si uno se les muere sin pagar?

— Las EPS van a tener espiritistas en sus departamentos de Cartera, de modo que te invocarán con güija pa renegociar la deuda y si no, te pasan a cobro jurídico y te embargan las cenizas.

— Qué ironía: el Gobierno nos quita la salú y más sin embargo se opone a la eutanasia.

— Lo más preocupante de esta reforma es que los médicos que receten cosas distintas a cetaminofén los van a sancionar: los trasladan pa Venezuela.

Publicado en El Espectador el 30 de enero de 2010.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Obsesiones compulsivas: Cuando los derechos de las mujeres poco importan

En estos días en Medellín se ha desatado una intensa polémica por la creación de la Clínica de la mujer, un proyecto del Municipio para ofrecer atención en salud de alta calidad pensada específicamente para las mujeres. Pero para los sectores ultragodos de Medellín (que son un montón), la clínica no es más que un abortadero, el capricho de unas "feministas sesentudas". En sus argumentos la salud de las mujeres poco importan. Se escuchan algunas voces desde la academia que defienden la necesidad y pertinencia de la clínica, como la posición de la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia y la del Dr. Juan Guillermo Londoño, Jefe del Departamento de Obstetricia y Ginecología de la misma universidad, sin embargo, el poder de Godofredo Cínico Caspa es mayor que el de la sensatez.
Por supuesto que el tema del aborto es un tema trascendental y la clínica de la mujer no le puede dar la espalda, más hoy cuando hay un respaldo constitucional al asunto y está de por medio miles de muertes injustas por malas prácticas o por circunstancias asociadas como la historia de Martha Zulia González, la héroe anónima que retrata Salud Hernández-Mora en esta columna publicada en El Mundo de España en 2007 (supongo que en este mojigato país ningún medio estuvo dispuesto a hacerlo).
De paso los invito a leer también un par de textos míos para que pensemos qué tanto nos importan los derechos y la salud de las mujeres:
Dos mujeres y una enfermedad
Nacida para parir



Luchadora colombiana por la legalización del aborto

Salud Hernández-Mora


Martha Zulia González no había pensado nunca en el aborto, incluso lo reprobaba, hasta que vivió en propia carne el drama de decidir entre acabar con una vida en ciernes o salvar la suya. Hace tres años, cuando tenía 35, quedó embarazada contra todo pronóstico, puesto que se había ligado las trompas. Ocho semanas más tarde, le diagnosticaban un cáncer de cuello uterino.

Nadie quiso entonces someterla a sesiones de quimioterapia, porque pondría en riesgo la vida del feto. La mujer, angustiada porque era cabeza de hogar y madre de otras tres chicas, propuso abortar a fin de superar la enfermedad y encargarse de las niñas. Pero ningún médico quiso practicarle una cirugía que era ilegal y podría costarles la cárcel, a pesar de ser conscientes del grave riesgo que corría la paciente.

A los cinco meses, cuando nació el bebé con cesárea, los galenos descubrieron que el pequeño tumor de 0,5 centímetros, que un tratamiento regular hubiera eliminado, se había convertido en una masa de ocho centímetros. Le dijeron a Martha Zulia que la enfermedad había hecho metástasis y que no podían hacer nada para ayudarle. Estaba desahuciada.

«El obispo de Pereira me dijo que el aborto es un pecado muy grande, pero yo le contesté: póngase en los zapatos míos y hablamos», contaba Martha a EL MUNDO hace un año, cuando aún soñaba con tener tiempo suficiente para conseguir un techo para su familia. Vivía sola con sus hijas y se ganaba la vida vendiendo las arepas que amasaba en su casa cada madrugada, antes de ir a trabajar como asistenta.

Su caso llegó a oídos de una organización que trabaja a favor de la despenalización del aborto, entraron en contacto y Martha se convirtió en su mejor cruzada. «Por mí ya nada se puede hacer, pero sí por muchas mujeres que hay en el país en las mismas condiciones», decía.

Gracias a una donación, recibió un tratamiento de medicina alternativa, que le aliviaba algo sus dolores. También con otra ayuda, Martha ingresó en la Universidad pública para estudiar Literatura. Pero los últimos dos meses de su vida los pasó en cama, muy enferma. Al verse obligada a dejar de trabajar, ya no tuvo cómo pagar el alquiler de su modesta vivienda, por lo que se vio obligada a hacer en vida lo que quiso evitar tras su muerte: repartió a las hijas entre familiares. La pequeña, de tres años, la dejó al cuidado de una tía; las dos de en medio, de siete y seis, quedaron con el padre, un hombre que se había desentendido de las niñas tiempo atrás, y Martha se fue con la mayor a casa de otra pariente.

Murió el lunes pasado. Al día siguiente, la cremaron como había dispuesto, gracias a que durante meses pagó a plazos a una funeraria para que le prestara ese servicio. No quiso funerales ni demostraciones públicas. La única razón para estirar una existencia muy dura, su único deseo, no lo pudo ver cumplido. Sus hijas viven separadas y con un futuro incierto.

Para honrar su memoria y sus sueños, Women's Link Worldwide, la ONG que le ayudó y que lideró la ley que permite el aborto en unos pocos casos en Colombia, promueve una campaña para conseguir fondos que permitan adquirir una casa para las hijas de Martha.

Martha Zulia González, luchadora por la despenalización del aborto, nació en Pereira (Colombia), localidad en la que murió el 11 de junio de 2007 a los 37 años de edad.

Publicado en el periódico El Mundo de España el día 19 de junio de 2007

martes, 22 de septiembre de 2009

Con el pucho de la vida...


Ayer, 21 de septiembre de 2009, fue sansionada la Ley 1335 para el control del tabaco en Colombia. El asunto me alegra. Una de cada tres muertes en el mundo están relacionadas con el consumo de tabaco y no es justo que un fumador invierta en es-fumar su vida mientras las compañías tabacaleras (las mafias tabacaleras) son cada día más y más ricas. Sin embargo, la forma como se ha comenzado a divulgar la Ley en los medios y, quien sabe, la forma como va a ser reglamentada podría llevarnos a situaciones que podrían vulnerar los derechos fundamentales.
Constitucionalmente en Colombia, cada quien debería tener el derecho a envenenarse con lo que le de la gana... eso sí, que sea un suicidio informado, que la gente sepa lo que se está metiendo: tabaco, trago, perico, cilantro, antidepresivos, sexo, juego, internet, lo que le de la gana.
No sé, el tema tiene tanto de ancho como de largo y con la creciente y perversa tendencia a recortar libertades por estos lares, me da sustico de lo que pueda suscitar la Ley. Una medida de salud pública puede transformarse en una punitiva y discriminatoria. Como decía un grafitti que veía mucho en Bogotá: "el presidente me da miedo".
Por ahora les dejo este ensayito polémico relacionado con el tema de la genial Leila Guerriero y que fue publicado en El Malpensante en 2005.





Contra los fanáticos de la salud

Leila Guerriero

Soy predadora.

En el más extremo sentido que el Diccionario de la Real Academia Española le da al término: un animal que mata a otros de distinta especie para comérselos. Me gusta cazar. He matado perdices, liebres, nutrias, langostas, cangrejos, y me los he comido. Casi no fumo —un cigarro por mes, a veces menos— pero no tengo intención de suspender ese vicio mensual, bimensual o trimestral. Porque no: porque me place. Aprecio la carne roja (incluso cruda), y no me gustan la leche ni la soja ni los cereales, no tomo yogur, detesto el arroz integral y no hago ninguna evaluación calórica, química o transgénica de lo que como o dejo de comer.
Pero si la salud es el estado en el que el ser orgánico ejerce normalmente todas sus funciones, soy una máquina eficaz y casi portentosa: no tengo caries, y todos mis órganos funcionan bien. Nunca —nunca— he seguido el signo de la época: intentar el bonus track: transformar mi buena salud en una salud pujante. Mi cuerpo es una herramienta de la que hago uso y que responde bien: no un santuario.
Y eso (esa forma de ateísmo: la ausencia de fe en el poder del fríjol y del gimnasio) me transforma en alguien levemente anormal. Insalubre.

La salud solía ser otra cosa. Cualquier humano que hubiera superado la tuberculosis o la viruela definía su salud en términos poco más sofisticados que el de ser un sobreviviente. No tener polio y ser saludable eran sinónimos.
Hoy no basta con estar libre de enfermedades serias y tener una relación lógica entre altura y peso. Además hay que bregar por una dieta libre de alimentos transgénicos, abrazar alguna disciplina física y evitar el humo propio y ajeno. Erradicadas las pestes más o menos peores, la clase media occidental ha salido a buscar nuevos peligros y los ha encontrado: carnes rojas, baños de sol. Se multiplican los fundamentalistas del té verde, la japonesidad y los cereales. Nadie se atreve a decir: “Soy carnívoro”, pero son cientos los veganos y macrobióticos que autoproclaman su elección alimentaria con orgullo digno de mejores causas.
La salud —como el comando del televisor y el diseño de interiores— se ha sofisticado.
Ya no alcanza con no tener polio. Ahora hay que ser un guerrero del mijo.
Si alguna vez la fórmula fue vivir rápido, morir joven y dejar un cadáver hermoso, hoy todos —buena parte— quieren durar mucho y morir saludables. O dejar un cadáver joven. O descafeinado. O no morir. O todo eso junto. O vaya uno a saber qué.
En África el cuarenta por ciento de la población vive con un dólar por día. De cada mil chicos nacidos se mueren ciento uno, y la esperanza de vida en el continente no supera los 46 años. El hambre afecta a mil millones de latinoamericanos: uno de cada cuatro es indigente y el 44% vive en la pobreza. En Argentina, de cada veinte, tres no tienen qué comer. Unos 5,6 millones pasan hambre. En Bolivia, el mal de Chagas —una enfermedad directamente relacionada con las condiciones de vida precarias— es la cuarta causa de muerte. Para todos ellos la salud sigue siendo un problema simple: acá la vida, allá la muerte, en el medio la enfermedad como un mal charco.
Pero quienes tienen alimentación y ausencia de Chagas garantizadas desde la cuna, la instancia superior —superadora— consiste en huir del smog, andar en bicicleta, peregrinar con unción a la herboristería del barrio, usar tapones en los oídos para protegerse del ruido ambiente y no cometer, jamás, pecado de exceso. De comida, de alcohol, de sedentarismo, de gula, de nada. El ejemplar promedio occidental y saludable piensa que el mundo se irá por la cloaca si la gente sigue comiendo mal y negándose a hacer gimnasia. La salud ha dejado de ser una condición previa, una plataforma desde la cual se puede disfrutar la parte jugosa de la existencia, para ser un objetivo después del cual no hay nada salvo una salud monolítica, perfecta, sin fisuras, que permite acceder a una salud monolítica, perfecta, sin fisuras. Etcétera.
Cualquiera que ponga los pies fuera de ese territorio donde reinan los viajes al campo y las palabras orgánico y reciclable, es anormal. Completos ovolactovegetarianos entran a restaurantes perfectamente carnívoros y, después de pasear una mirada nauseosa por el menú, sueltan un despectivo: “Está bien, una ensalada”, haciendo la graciosa concesión de no salir corriendo de ese nido de asquerosos cavernícolas adoradores del bife de chorizo.

Los no fumadores hacen fiestas sin ceniceros y nadie, ni los fumadores apiñados en un balcón despuntando el vicio, ven en eso una señal de prepotencia sino un gesto de alta civilidad. La multiplicación de países que implementan prohibiciones de fumar en sitios de trabajo —sean estos bares, prostíbulos o maternidades— hacen que prender un cigarro fuera de casa empiece a ser, en términos de rechazo social, igual a tomar cocaína en el subte. En pocos años, el cigarrillo será una droga prohibida, habrá mulas cargando tabaco en cápsulas estomacales y buques llegando al puerto de Nueva York con las bodegas repletas de ese material de miedo. Ya hay un país libre de humo —el reino de Bután, donde se prohibió la venta de tabaco en todo el territorio— y no falta nada para que pase a ser otra más de las sustancias a las que se les echa la culpa de todo lo que nos sucede. El que fuma, dicen, se hace daño y les hace daño a los demás: lo mismo se asegura de quienes consumen otras sustancias ya prohibidas. Un peligro desatado para sí, para los otros. ¿Cuánto tardarán los diarios en titular “Robó un kiosco bajo los efectos del cigarrillo”?
Ser saludable ya no es opción: es tiranía. Un modo extremo —altamente intolerante— de religión.

Tomado de El malpensante Nº 65 (Septiembre - octubre de 2005)

jueves, 7 de mayo de 2009

Puerca epidemia


Como epidemiólogo es mi deber decir algo sobre el performance global de la gripe de moda... ... ... ... mmm, más bien los invito a leer el especial que publicó hace unos días la maravillosa revista literaria (y de artes marciales) Hermano Cerdo: Puerca epidemia: breves reflexiones en medio del pánico.
Vale la pena que le den una mirada en medio de cada estornudo; bueno, al menos que lo hagan los pocos que queden poblando este planeta.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

El médico António Lobo Antunes


Hace algún tiempo, en alguna conversación, que no sé si él recuerde pero que para mí fue muy importante, alguién quien aprecio mucho: Mario Jursich, me dijo que los médicos que escribimos tenemos cierta ventaja sobre otros escritores para escudriñar el alma de la gente; que tal vez ese encuentro repetido con quienes sufren y requieren ayuda nos permite tener una percepción distinta de las emociones, los sentimientos y las pasiones humanas. Aunque Mario, seguramente, no lo expresó con esa intención, para mí eso fue uno de los más grandes piropos que me han echado en la vida.
En esa amplia lista de médicos escritores, entre los que están algunos de mis autores favoritos (Moliere, Chéjov, Oliver Sacks, Joao Guimaraes Rosa y Orlando Mejía, por ejemplo), también está António Lobo Antunes, recién galardonado con el Premio FIL.
Cuando escuché su discurso en la feria (ojalá hubiese sido en vivo y en directo, pero me tocó conformarme con YouTube), fue inevitable evocar las palabras de Mario, porque para Lobo Antunes sus grandes maestros fueron tres de sus pacientes.
Probablemente, para cualquier otro, esos encuentros no hubiesen tenido ningún valor, ni afectivo ni literario; pero para este hombre definieron mucho de lo que es como escritor y, tal vez, como ser humano. Veánlo ustedes mismos en el siguiente video.



A propósito, antes de que se agote este tres de diciembre, a mis colegas: ¡Feliz día del médico!

jueves, 2 de octubre de 2008

La mala salud del país más rico


Ayer leí un buen reportaje de Elizabeth Gudrais publicado en Harvard Magazine en el mes de julio. Cae como anillo al dedo para la situación crític
a que vive la economía gringa, donde los platos rotos los seguiran pagando los mismos: los pobres. Por qué sí, en Estados Unidos hay pobres y cada día lo son más. Si la cosa es así con los gringos, ¿qué esperanza tenemos nosotros que pretendemos ser una imitación hechiza de su modelo?
Van algunos frangmentos del artículo en traducción criolla de Samuel. Lo pueden leer completo en Harvard Magazine.


América desigual


Elizabeth Gudrais


¿Qué piensa Majad Ezzati cuando la esperanza de vida disminuye en un país? Responde: “pienso en la epidemia del VIH o pienso en el colapso de un sistema social como en la antigua Unión Soviética”. Pero tal descenso pasa ahora mismo en algunas regiones de los Estados Unidos. Entre 1983 y 1999, la esperanza de vida en los hombres disminuyó en más de 50 condados, según un estudio realizado recientemente por Ezzati, profesor asociado de salud internacional de la Escuela de Salud Pública de Harvard. Para las mujeres las noticias son peores: la esperanza de vida disminuyó en más de 900 condados. Esto significa que el 4% de los hombres y el 19% de las mujeres americanas pueden esperar que sus vidas sean más cortas, o por lo menos iguales, que la gente de sus condados dos décadas antes.

Los Estados Unidos ya no se jactan de ser el país con la esperanza de vida más alta del mundo. Ni siquiera están en los primeros cuarenta. Dicho de otra forma, la nación más rica de la tierra no es la más saludable. El descubrimiento de Ezzati es inquietante, los científicos encuentran que la causa podría explicarse por los modelos de disparidades en salud: la mala salud no se distribuye homogéneamente en la población, se concentra en la gente pobre.

Las desigualdades en salud tienden a aumentar en la medida que aumenta la brecha en los ingresos: los pobres se hacen más pobres y mueren más pronto que los ricos. En los Estados Unidos, la brecha entre los ricos y pobres es mayor que en otras democracias desarrolladas, y cada día es más amplia (ver gráfico abajo). La verdad es que los Estados Unidos hace mucho menos que otros países para redistribuir equitativamente los ingresos entre ricos y pobres. El americano promedio tiene una tolerancia más alta por la desigualdad en el ingreso que sus equivalentes europeos. Las actitudes americanas se concentran en la igualdad de oportunidades, mientras los europeos se interesan también en la equidad de los resultados.



Entre americanos, las diferencias de opinión sobre la desigualdad pueden degenerar fácilmente en disputas partidistas sobre si la gente pobre merece ayuda y compasión o deberían sobreponerse a su situación por sus propios medios. Los estudios de las desigualdades sociales intentan probar sus efectos en la sociedad. Sus conclusiones le da la razón a las dos posiciones.

Los resultados de Ezzati son un ejemplo. También hay pruebas de que la vida en una sociedad con amplias disparidades –en salud, educación, riqueza– es muy mala para sus miembros. Las estadísticas de esperanza de vida lo insinúan: la gente en el extremo superior del espectro de ingresos en los Estados Unidos “vive un largo tiempo”, dice la profesora de política pública y epidemiología, Lisa Berkman, “pero la gente en el extremo superior de otros países vive mucho más”.

(…) La pregunta es: ¿es malo para la salud ser pobre? En los Estados Unidos las personas que están en el percentil 95 de ingresos tienen una esperanza de vida nueve años mayor que los que están por debajo del percentil 10. Los pobres tienen un mayor riesgo de desarrollar enfermedades como diabetes, hipertensión, infartos del corazón y cáncer. Hay pruebas que indican que la privación económica y social genera estrés y éste se relaciona con un mayor riesgo de enfermar.

(…) Ichiro Kawachi, profesor de epidemiología de Harvard, quien creció en Japón, cree que la cultura de consumo predominante de los Estados Unidos exacerba la privación económica relativa (la percepción de considerar que se necesita más y más y más). “Los japonenses tienen una cultura muy arraigada contra las demostraciones ostentosas de riqueza”, dice él; “yo, cuando era niño, crecí en un suburbio de Tokio y no era fácil distinguir, por un vestido o algo más, a los niños ricos de los pobres, ¡ahora, tráiganlos a América!


lunes, 4 de agosto de 2008

Una reseña desde el afecto

Sobre el Olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince mucho se ha dicho y escrito. Me gusta mucho la reseña que hicieron Esther Andradi y Adolfo Castañon en Letras Libres, la de Juan Villoro en El malpensante, hace unos meses, y el ejercicio que planteó la revista Píe de Página, donde hay muchas "conversaciónes que el libro de Héctor Abad ha despertado".
Así es, todos los que hemos leído "el libro"
(porque es difícil de catalogar como novela, crónica, biografía, testimonio, entre otros tantos géneros posibles) tenemos nuestra propia lectura a partir de experiencias propias.
Va mi versión, que fue publicada el año pasado
en la Revista Facultad Nacional de Salud Pública, como una invitación para aquellos que aún no lo han leído.


Hace pocos minutos terminé de leer El olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince. Quisiera poder escribir con objetividad sobre su estructura narrativa, la evolución de la obra del autor, la relación de este libro con la de otros escritores que le han escrito a su padre, qué si es una novela, una biografía, un perfil, unas memorias; pero no puedo, y no tendría mucho sentido, pues está escrito desde el afecto y desde el afecto escribo también esta nota.

En 1987, año en que asesinaron a Héctor Abad Gómez, yo tenía catorce años. Tal vez la noticia la haya visto en la televisión, pero para mí no habrá significado mucho. Mis prioridades eran las aventuras a campo abierto, como voluntario juvenil de la Cruz Roja, y a campo cerrado, íntimas, naturales de la ebullición hormonal de la adolescencia. La muerte de líderes sindicales, de defensores de derechos humanos, el exterminio de la Unión Patriótica, no eran parte de mis preocupaciones juveniles.

En 2001 ingresé a la Facultad Nacional de Salud Pública “Héctor Abad Gómez” a estudiar la maestría en epidemiología. En esos catorce años mis expectativas cambiaron de ser un héroe que rescataba heridos y muertos en las faldas de Monserrate al deseo de hacer un trabajo que tuviera una repercusión más amplia sobre la salud de las poblaciones.

Dice Héctor Abad Faciolince en su libro que su padre “Soñaba con que hubiera un nuevo tipo de médico, un poliatra, decía él, el sanador de la polis, y quería dar ejemplo de cómo debía comportarse ese nuevo médico de la sociedad, que no se ocuparía de atacar y curar la enfermedad, caso por caso, sino intervenir en sus causas más profundas y lejanas”. Un deseo similar fue el que me impulsó a convertirme en epidemiólogo después de conocer, en mi práctica rural y como médico general en los Llanos Orientales y las selvas de la Amazonía, las condiciones y desventuras que viven muchos colombianos; con la fe de poder contribuir de manera más eficaz a la solución de los problemas de los colectivos humanos y no sólo de los individuos. O expresado de manera más simple por Héctor Abad Gómez en su tesis de grado (y trascrito por su hijo en El olvido que seremos): “La epidemiología ha salvado más vidas que todas las terapéuticas”.

Héctor Abad Gómez es el icono de la salud pública y de la lucha por los derechos humanos en la Universidad de Antioquia y en el país. La Facultad Nacional de Salud Pública lleva su nombre y su busto es testigo de todos los movimientos desde el centro del jardín principal del edificio. El fenómeno es similar a las millones de imágenes del Che que vemos en afiches, posillos, camisetas y gorras, pero que a la hora del té muy pocos saben algo de él. Así mismo pasa con Héctor Abad Gómez en la universidad. Para algunos estudiantes el único significado que representa el maestro es la foto obligada que hay que tomar junto a su estatua como prueba de que se han graduado.

Cuando llegué a Medellín no sabía mayor cosa de él: que había sido un gran salubrista, fundador de la Escuela Nacional de Salud Pública hacía casi cuarenta años y que había muerto por defender los derechos humanos en Antioquia, nada más. A pesar de ser el gran héroe de la facultad, durante la maestría, en ningún curso, se propuso alguna de sus obras como bibliografía.
Hace varios años, en una feria universitaria del libro, encontré en oferta la compilación de sus escritos Manual de Tolerancia editados por la Universidad de Antioquia. La curiosidad por descubrir quien fue el hombre que mereció que una Facultad llevara su nombre me hizo comprarlo en la sección de ofertas por la ínfima suma de dos mil pesos.

Aunque el libro esta conformado por una serie de escritos que probablemente no tenían la intención de ser publicados en un solo volumen, y por eso no guardaban una unidad temática coherente, sí conservaban una unidad ética. En todos era clara la postura honesta, transparente y, casi siempre, romántica del profesor sobre la vida, la medicina, la salud pública y la política. Uno de sus textos en especial me ha marcado en mi breve carrera docente; fue el artículo Hace quince años estoy tratando de enseñar. Trascribo su último párrafo:

“El mero conocimiento no es sabiduría. La sabiduría sola tampoco basta. Son necesarias la sabiduría y la bondad para enseñar y gobernar a los hombres. Aunque podríamos decir que todo hombre sabio, si verdaderamente lo es, tiene que ser bueno. Porque la sabiduría y la bondad son dos cosas íntimamente entremezcladas. Lo que deberíamos hacer los que fuimos alguna vez maestros sin antes ser sabios, es pedirle humildemente perdón a nuestros discípulos por el mal que les hicimos”.

Desde el día que lo leí, de cuando en cuando, agobiado por la lucha de clases en la universidad: clase por la mañana, clase por la tarde y clase por la noche” o por los proyectos de investigación que estaba ejecutando, me detenía un rato frente a la imagen congelada del maestro en el patio de la facultad y le preguntaba desde mis adentros si estaba haciendo bien la tarea; si mi esfuerzo y cansancio contribuirían en algo a defender los ideales que él tenía y que comparto. La respuesta… mía, no desde el más allá, era variable, a veces positiva y otras tantas negativa. Pero el sólo hecho de preguntármelo era un indicio de autocrítica (tan difícil en los profesores universitarios), que me ayudaba a no caer en la trampa común del ejercicio docente e investigativo frío y mecánico.

La reflexión es frecuente y necesaria. Cuando la calidad de la educación superior pública continúa decayendo vertiginosamente, las condiciones de los maestros e investigadores son más paupérrimas y el acceso de los jóvenes a la universidad es más restringido, el pensamiento de Héctor Abad Gómez es urgente. Cuenta su hijo que en la última columna que dejó preparada para el periódico El Mundo de Medellín decía:

“Vivimos una época violenta, y esta violencia nace del sentimiento de desigualdad. Podríamos tener mucha menos violencia si todas las riquezas, incluyendo la ciencia, la tecnología y la moral —esas grandes creaciones humanas— estuvieran mejor repartidas sobre la tierra. Este es el gran reto que se nos presenta hoy, no sólo a nosotros, sino a la humanidad”.

Hace más de un año que no estoy como profesor tiempo completo en la Universidad de Antioquia. Me trasladé a Bogotá, he trabajado como epidemiólogo en una aseguradora de salud y desde hace pocos meses coordino el área de investigaciones del Instituto Nacional de Cancerología y mantengo algunas labores de cátedra con la misma universidad. Siempre, periódicamente, me viene la imagen de piedra de Héctor Abad Gómez y me invita a la misma reflexión, ¿será que con mi trabajo si estoy haciendo algo que valga la pena? No lo sé, pero la fe, la ilusión, ingenua o franca, de que lo estoy intentando me mantiene a flote en la cotidianidad.

El olvido que seremos me ha permitido conocer el lado más humano del maestro. Presentado por el sesgo afectuoso de su hijo. Su intención, más que hacer gran literatura, que no es excluyente, es desatorarse de esa deuda que tenía con su padre y su pasado y permitirnos reconstruir no sólo la historia íntima del hombre y su familia sino los oscuros recovecos que llevaron a exterminar buena parte de la inteligencia del país en la década de los ochenta.

Dice el autor en el último párrafo:
“Y si mis recuerdos entran en armonía con algunos de ustedes, y si lo que yo he sentido (y dejaré de sentir) es comprensible e identificable con algo que ustedes también sienten o han sentido, entonces este olvido que seremos puede postergarse por un instante más, en el fugaz reverberar de sus neuronas, gracias a los ojos, pocos o muchos, que alguna vez se detengan en estas letras”.

Noviembre de 2006

jueves, 5 de junio de 2008

Dos mujeres y una enfermedad


De la tercera habitación del cuarto piso del ala occidental del Instituto Nacional de Cancerología en Bogotá, sale un hedor fétido.
—Ese es el olor característico del cáncer de cuello uterino —explica Lina Trujillo, ginecóloga oncóloga.
Allí están hospitalizadas dos mujeres: una pequeña anciana con cáncer pulmonar que pelea con la máscara de oxígeno mientras respira con dificultad y Lucelly, quien emana el nauseabundo aroma. Tiene el rostro pálido y permanece conectada a una bolsa de líquidos endovenosos que gotea despacio. Al lado está su madre, Aleida, una señora de 47 años que aparenta 60 y viste una raída polera azul celeste.
—Lo que estoy viviendo no se lo deseo a nadie —dice Lucelly y comienza a llorar despacio—. A veces me enojo. Pierdo la esperanza. De por sí es duro saber que uno se está muriendo, pero lo es mucho más cuando una se está pudriendo por dentro.
Lucelly tiene 27 años y pronto será una de las 250 mil mujeres que mueren anualmente en el mundo con cáncer al cuello uterino, el segundo tumor maligno más frecuente y la segunda causa de mortalidad por cáncer en las mujeres del planeta. Nueve mujeres mueren cada día por esta enfermedad en Colombia. En su mayoría, suelen tener un perfil similar a Lucelly: escasos recursos, viven en zonas con deficientes condiciones sanitarias, tienen baja escolaridad, han tenido varios compañeros sexuales y han parido muchos hijos.
Se podría pensar que el cáncer de cuello uterino es una enfermedad exclusiva de la pobreza; pero no es cierto. Eso lo sabe muy bien la doctora Nubia Muñoz.

El reportaje completo en el Centro de Investigación e Información Periodística de Chile -CIPER-: http://ciperchile.cl/

sábado, 17 de mayo de 2008

Nacida para parir

Va esta crónica inédita como regalo en el “mes de las madres”


Nunca imagine que el sonido que salía de la casa, ese gruñido suave y bajo correspondiera al ruido de un pequeño cerdo disputando un pedazo de yuca con un bebé desnudo de máximo un año de edad.
Minutos antes habíamos llegado a la casa tras una cabalgata de seis horas, monte adentro, buscando la casa de Miguel y Mariana.
El ladrar de los perros avisó de nuestra llegada, pero nadie se asomó. Nos bajamos de los caballos, estiramos las piernas cansadas mientras preguntábamos a gritos si había alguien.
El rancho era nuevo, aún olía a madera recién cortada. Tenía dos plantas, en la primera había un pequeño establo y en el segundo la vivienda. Golpeamos la puerta varias veces y nadie respondió. Escuchamos en el interior el extraño ruido. Entramos, el sonido se percibía más intenso, más cercano, pero no lo identificábamos. Lo seguimos hasta que encontramos en un rincón a los dos cachorros de mamíferos distintos luchando por un trozo de yuca cocida.
El niño lloró cuando lo recogí del suelo. Sin su rival, el cerdito disfrutó de su manjar. Matías me miraba sin hacer ningún comentario, leía en mi rostro mi enojo. Salimos de la casa y nos sentamos debajo de un naranjo a esperar que alguien llegara.
—Es el colmo, Samuel.
—Es el colmo, Matías —le respondí y no hablamos más.

Llegué a La Macarena por avión desde Villavicencio en una calurosa mañana del mes de enero de 1998. En ese entonces trabajaba como médico con Existir, una pequeña empresa de salud que prestaba sus servicios a los campesinos e indígenas de la zona rural de los departamentos de Meta, Guaviare y Vaupés. La Macarena fue la zona que me asignaron ese mes. El equipo éramos sólo Matías, un motorista, nativo del pueblo, y yo.
El municipio de La Macarena es uno de los seis municipios que integran el Parque Natural Sierra de la Macarena, que está ubicado en el sur del departamento del Meta como una isla independiente al margen de las tres grandes cordilleras de Colombia. En este punto geográfico confluyen el bosque andino, los llanos de la Orinoquía y la selva amazónica, haciendo que esta zona contenga una biodiversidad enorme, una de las mayores del mundo. Su aislamiento geográfico ha evitado que el devastador proceso de deforestación para sembrados ilegales sea menos acentuado que en otras regiones selváticas del país. Muchos de sus colonos, como la familia de Mariana y Miguel, llevan varias generaciones asentados allí.


Llevábamos una hora jugando con el bebé cuando apareció una mula con dos niños.
—Buenas tardes, yo soy Matías y él es Samuel, el médico de Existir. Nosotros les mandamos avisar con la Junta de Acción Comunal que veníamos —les dijo Matías mientras los ayudaba a bajar del animal.
Los dos me extendieron la mano y se presentaron: Carmen y José, de seis y cuatro años respectivamente.
—¿Y sus papás?
—Mi papá y mis hermanos están trabajando y mi mamá fue a ayudarle y llevarle el almuerzo a la chagra. Nosotros estábamos trayendo unas cosas que nos hacían falta de la otra casa —nos dijo José, el pequeño gigante.
Mi indignación renacía. No podía entender como unos padres podían dejar a un niño menor de un año bajo el cuidado de otros pequeños cuya edad sumaba entre los dos los diez años. Guardé silencio.
José nos invitó a seguir. Matías cargó a la pequeña Carmen en los hombros y entramos a la casa. En el suelo permanecían sobrados de comida. Las moscas danzaban aleatoriamente alrededor de varios trozos de carne seca que colgaban sobre el fogón de leña. Me acerqué y con la luz de la linterna pude ver los pequeños huevos blancos de las moscas sembrados en la carne.
El amable José nos ofreció guarapo. Tuve temor de tomármelo al ver las condiciones de aseo de la casa, pero tenía mucha sed, no me quedaba nada en la cantimplora y no teníamos tiempo para salir a buscar algún pozo. Me lo tomé pasando tragos enteros y tratando de no pensar en la migración de parásitos y bichos a la panza.
Con los últimos destellos del día ladraron los perros anunciando el regreso de Miguel y Mariana, los padres de los niños. Venían con tres jóvenes que también eran sus hijos.
Miguel llegó con la camisa sucia y abierta. Mariana traía varias ollas pequeñas y una canasta. Nos presentamos, nos dieron la bienvenida y nos ofrecieron su hogar para descansar. Igual, no teníamos alternativa, la casa más cercana quedaba a dos horas a caballo. Sentí un poco de vergüenza, su hospitalidad desarmó el malgenio que tenía. Luego, ya más tranquilo le dije:
—Mariana, ¿cómo es posible que deje a estos dos niños tan pequeños cuidando a este otro que es casi un recién nacido?, ¿no le da miedo de que les pase algo?
Ella sonrió, me sobó el hombro derecho y me respondió:
—Tranquilo doctor, por los niños no se preocupe, así he levantado once y a ninguno le ha pasado nada. ¿Usted no tiene hijos, cierto?
No supe que decir, sabía que la excusa no era válida para el estado de dejadez en que se encontraban los niños y la casa, pero sentí vergüenza de hacer más reclamos. Se supone que parte de mi trabajo era educar para la salud… ¿pero como enfrentar las costumbres y la experiencia de Mariana? Al fin y al cabo era cierto, ella crió once hijos y yo no había criado ninguno… También sentí algo de enojo de que ella utilizara el viejo argumento con que muchas madres nos desarman en la consulta de pediatría. Decidí abortar el tono “pedagógico” y dedicarme a charlar desprevenidamente con Mariana.


Mariana nació y había vivido siempre en la zona rural de La Macarena. El año anterior, a la edad de 32 años, fue la primera vez que salió al pueblo. Aunque se lo habían descrito, nunca lo había logrado imaginar como era. Para ella fue una sorpresa ver automóviles, escuchar música salida de equipos electrónicos y ver tanta gente reunida en un solo lugar como el mercado o la iglesia. Todo le parecía mágico. No concebía como funcionaban todos esos aparatos, desde el frío de una nevera hasta las imágenes del televisor.
Mariana recordó que cuando tenía once años, un vecino, José, un señor mucho mayor, llegó a su rancho, habló con su mamá unas cuantas palabras y se la llevó. Durante el camino el hombre no le habló. Al llegar a su casa, le explicó que hacía unos meses su esposa había muerto, tenía dos hijos y no sabía cómo criarlos ni tampoco tenía tiempo para hacerlo. Eran dos niños menores de cinco años, los dos estaban desnutridos. La tarea de Mariana era criarlos.
Pasaron tres años en los que José salía a trabajar muy temprano a la chagra, Mariana organizaba la casa, le daba de comer a las gallinas y los marranos, cuidaba de los niños y preparaba la comida, se la llevaba a él a la chagra, esperaba en silencio mientras comía y regresaba a la casa a seguir con los oficios domésticos. Hasta entonces las palabras que se cruzaban eran escasas. Mariana dormía con los otros niños y José en una habitación aparte. Con la pubertad las formas de Mariana fueron cambiando. José la miraba cada vez más, pero no le hablaba, sólo la miraba.
Una mañana temprano, José la subió en una bestia y regresaron a la casa materna. Se sentaron los tres, José le dijo a la mamá de Mariana que hacía unos días había notado, aunque ella lo intentó ocultar con vergüenza, la llegada de la menstruación de la niña, lo que ahora la hacía una mujer. Sí la señora le daba autorización, Mariana sería ahora su esposa. La madre asintió. Mariana nunca habló, estaba presente pero nadie le pidió su opinión ni tampoco protestó. En menos de un año Mariana sería mamá, y desde allí aproximadamente cada uno o dos años tendría un nuevo hijo hasta que murió José.
Para Mariana la vida se contaba en número de hijos, no en meses ni en años. Al morir José, Mariana tenía cuatro hijos propios, más los dos que crió desde antes. La vida era difícil, sabía que sola no podía, necesitaba conseguir un hombre que trabajara para poder seguir ella criando sus hijos, sabía también que su vientre era el mejor estímulo para atraer un hombre. Así fue. Cuando conoció a Miguel le gustó, cosa que nunca sucedió con el viejo José. Miguel era un peón de una finca vecina que le coqueteaba desde hacía varios años. Cuando murió José no esperó mucho tiempo para acercarse a Mariana.
—Yo quería una mujer que tuviera un vientre agradecido que me diera muchos hijos… ¡Además Mariana era la dueña de toda la tierra que dejó el viejo José! —nos contó entre risas, Miguel.
Desde que se juntó con Miguel, Mariana tuvo siete hijos más y cuando la visitamos deseaba “tener cuantos los señores ‘Jehová y Miguel’ —dijo riéndose—, quieran y me permitan”.

En medio de la charla le describí a Mariana los métodos de planificación familiar. Me miró sorprendida.
—No entiendo. ¿Es que acaso existen mujeres que su destino sea distinto al tener y criar los hijos que Dios nos da? —me preguntó.
—Sí, Mariana. Hay mujeres y parejas que eligen tener menos hijos o no tenerlos para dedicar su vida a otras cosas.
—¡Qué cosa tan horrible! Si para eso nos puso Dios en el mundo, para parir —replicaba cogiéndose la cabeza con las manos—.
—Además, si la gente planifica puede hacer rendir más lo que tiene entre los hijos. Entre más poquitos, más rinde.
—Como así, si la tierra alcanza para todos. Por cada hijo que nazca tumba uno un pedazo de monte para trabajar, se le deja un marrano para criar y de ahí sale con que mantenerlo.
—Eso es aquí en La Macarena, en el campo. Pero todo el mundo no tiene esa oportunidad. La gente que vive en las ciudades no tiene tierras.
—¿Entonces de que viven?
—De trabajar en muchas otras cosas.
—No entiendo —dice Mariana mientras la tenue luz de las velas deja ver su rostro de preocupación.
Y no lo entendió. Ella no podía concebir que millones de personas vivieran en un territorio donde no había espacio para cultivar ni animales para criar. Un lugar pensado para que miles de automóviles circulen y donde los hombres no tengamos idea de cómo se utiliza un machete o una motosierra.
—¿No me está mintiendo? ¿De verdad no sabe como se roza un rastrojo?
—No, Mariana. Yo me dediqué a estudiar para ser médico.
—Pero eso no le quita que aprenda a trabajar. ¿Cuánto tiempo estudio?
—A ver, completo, desde niño… casi veinte años.
—¡No! ¡Qué perdedera de tiempo! Yo nunca fui a la escuela, mis hijos mayores tampoco y ahí están: trabajando y con familia, y los chiquitos van a la escuela para que aprendan a leer y escribir, pero tienen que aprender algo útil en la vida, tienen que aprender a trabajar en el monte… ¡Qué tal uno sin saber manejar un machete!
—Hay trabajos distintos, Mariana. Hay formas distintas y, hasta de pronto, mejores de vivir, y para eso sirve estudiar, ir a la escuela y luego a la universidad.
Me miró incrédula. Se quedó un rato callada y me preguntó:
—A ver, usted, doctor, ¿Cuántos hijos tiene?
—Todavía ninguno, Mariana.
Se quedó callada un momento y luego me dijo:
—Pero ya va siendo como hora. A su edad los hombres ya tienen que tener cría.
—Por ahora no me interesa. Si los tuviera, tal vez no estaría aquí, en La Macarena, tan lejos.
—Pues se los deja a su mujer, ¿acaso usted los va a criar?
—Sí, eso quisiera… con mi pareja.
—¡Uy no! Usted trabaje para que los mantenga, pero no se meta a criarlos. Déjenos ese trabajo a nosotras que para eso mi Dios nos hizo.
La noche nos quedó corta, el sueño se coló a la fuerza y las velas se agotaron. Con Mariana recordé que yo no era el poseedor de ninguna verdad. Ambos aprendimos una lección: me enseñó que la vida se aprende viviendo y no con sermones de expertos, y creo que ella entendió que algunos pequeños cambios en su cotidianidad, que no implicaban sacrificios mayores, le podían mejorar en algo su vida y que, más allá de La Macarena, existen formas de vivir distintas de las que también algo se puede aprender; eso mismo aprendí yo, desde mi mirada de citadino.

La reflexión que me suscitó el encuentro con Mariana sigue siendo vigente. En el año 2005 Profamilia publicó la última versión de la Encuesta Nacional de Demografía y Salud. En ella se describe el estado actual de la salud sexual y reproductiva en Colombia. La historia de Mariana no es la excepción, de alguna forma es la regla. Al igual que ella, en Colombia muchas mujeres inician su vida sexual cada vez más temprano. Para el año 2000 el 8% de las mujeres del país entre 25 y 49 años habían tenido su primera relación sexual antes de los 15 años; en el 2005 era el 11%, con grandes diferencias entre las de la ciudad (aproximadamente 9%) y las del campo (17%). Si este inicio temprano respondiera a una decisión autónoma de disfrute de la sexualidad, la magnitud de embarazos en adolescentes iría en descenso, pero por el contrario va en aumento. En Colombia, de cada cien mujeres menores de veinte años de la zona urbana, 15 ya son madres o han estado embarazadas; y en la zona rural, 22 de cien. Dicho de otra forma una de cada cinco colombianas adolescentes ya ha estado en embarazo.Como se ve, el deterioro progresivo de la salud sexual y reproductiva en Colombia es más severo en las zonas rurales que en las zonas urbanas. Afortunadamente la percepción que tiene Mariana de su propia vida es buena; sin embargo, refleja, al igual que los indicadores de salud, la inequidad en la falta de oportunidades que tienen las mujeres campesinas en el país. Mariana no decidió ser criadora de hijos ajenos y propios, ni una paridora incansable, fue la opción que la vida tomó por ella.

domingo, 27 de abril de 2008

Salvemos a los microbios

¿Serán los seres microscópicos las próximas víctimas del hombre?
Hoy que tengo una gripa la berraca, me acordé de este texto que publiqué en el número 53 de la estupenda revista peruana Etiqueta Negra. A propósito, recomiendo la crónica de Marco Avilés sobre una escuela de chamanes que salió en esa edición; bueno, siempre y cuando sean capaces de conseguir la revista. Además de Perú, desde hace pocas semanas están en Santiago de Chile, esperemos que pronto también la encontremos en Bogotá.

En la primera escena de la película El Aviador, de Martin Scorsese, el niño Howard Hughes conversa con su madre mientras ella lo baña. La mujer deletrea la palabra cuarentena; él hijo la repite. Ella le pregunta si sabe qué es el cólera; él dice que sí. ¿Y la fiebre tifoidea? También. ­­¿Sabes lo que te pueden causar? Sí, mamá. Ella toma con las manos la cara del pequeño y sentencia: «No estás a salvo».

La escena no sólo representa los miedos que Hughes heredaría de su madre y que lo enloquecerían. También revela el temor que el hombre le tiene a los microbios. Las enfermedades que éstos producen –por ejemplo, la peste, la sífilis, la gripe, la viruela, la tuberculosis, el cólera, el Sida– amenazan con eliminar al ser humano del planeta. Es una guerra de pronóstico reservado que explica el intenso deseo social de extinguir a esas amenazas «invisibles» antes de que ellas lo hagan con el hombre.

En la segunda mitad del siglo XIX se descubrió que unos diminutos organismos invisibles al ojo humano eran los culpables de muchas enfermedades. Entonces, para controlarlas, se plantearon múltiples tecnologías, las que se resumen en la Teoría de la Triada Epidemiológica: Las infecciones pueden combatirse 1) modificando el ambiente con medidas de saneamiento básico, 2) fortaleciendo al ser humano con vacunas específicas para cada tipo de germen y 3) eliminando los microbios directamente con desinfectantes, antisépticos y antibióticos.

En enero de 2007, la British Medical Journal, una de las revistas médicas más importantes del mundo, preguntó a más de once mil profesionales de la salud cuál consideraban que era el logro más importante de la medicina a partir de 1840. Dentro de los cinco primeros lugares figuraban las estrategias de la «triada epidemiológica»; al fin y al cabo ellas habían permitido controlar y erradicar terribles enfermedades infecciosas como la viruela.

Sin embargo, el pánico que genera la sola idea de la enfermedad aumenta en todo el mundo. Ante la sospecha de una posible infección o contaminación, las personas usan todas las armas a su alcance y sin control. La ciencia –y las corporaciones farmacéuticas– no ha inventado uno, sino miles de medicamentos, antibióticos, desinfectantes, vacunas y sustancias que, más que curar, venden la ilusión de protección. En los supermercados abundan los productos de uso cotidiano que prometen ponerte a salvo de los gérmenes y te ilusionan con un cuerpo, un hogar, un mundo libres de microbios. ¿Cuánto dinero gastamos para sentirnos –sólo sentirnos– más seguros?

Es extraño. En esta época en que la ecología es una religión de moda, nadie se preocupa por las bacterias, virus y hongos en vías de extinción. Pocos se preguntan por el terrible impacto ecológico de la enfermiza «asepsia universal». La naturaleza es sabia, pero también es cruel con los que comenten errores. Mientras el hombre –y sus medicamentos– se afana en desaparecer a los microorganismos más débiles, los más fuertes se adaptan o mutan a formas impredecibles que les permitirán sobrevivir y, de nuevo, relacionarse con el ser humano con la forma de nuevas y poderosas enfermedades. El miedo también fabrica monstruos.

El optimismo científico de los años sesenta y setenta, cuando se consideraba que la victoria humana contra los microbios estaba cerca, se esfumó. El resurgimiento de la peste y el cólera en el África, Asia y Latinoamérica; el aumento de la tuberculosis, la aparición del Sida y del virus Ébola, y la inminente epidemia mundial de gripe que nos espera; es decir, la enfermedad, ponen en evidencia la deuda de la ciencia y estimulan la paranoia haciendo que los ciudadanos –los consumidores de salud– se pregunten si las estrategias vigentes para combatir «el mal» son las adecuadas, o si el deseo de exterminar a los microbios es el camino conveniente. ¿Por qué consideramos que la supervivencia de las ballenas, los pingüinos y los osos panda es indispensable para mantener el equilibrio ecológico del planeta y, por otro lado, insistimos en esta guerra sin cuartel contra los microbios?

Según las evidencias (y ya es hora de confesar que soy médico), sólo habrá futuro si aprendemos a convivir con todas las especies del planeta. Y al pensar en «todas», por supuesto, tenemos que incluir al universo invisible e incomprendido de los microbios. Cuando el ser humano modere su terror a las infecciones quizá redescubra que la convivencia con algo de suciedad puede ser una vacuna eficaz y mucho más barata contra algunas enfermedades. Mientras tanto, lo más difícil será hallar una vacuna que proteja al mundo de la dañina egolatría humana.