martes, 8 de marzo de 2011
lunes, 6 de diciembre de 2010
Escribir, una manera de vivir: Mario Vargas Llosa

Ya lo había dicho en alguna entrada de este blog: soy 100% Vargasllosista (siempre y cuando estemos hablando de literatura). No solo porque la estructura de sus novelas son hermosas obras arquitectónicas hechas con palabras; sino porque es uno de los escritores más generoso a la hora de trasmitir, de exponer la carpintería del oficio, de mostrar el revés del tejido. Así como en sus obras de ficción se esmera por una construir estructuras sin fallos, en sus ensayos, disecciona con gran habilidad literaria cada una de las tripas de los escritos de sus narradores favoritos: Victor Hugo, Flaubert, Gabriel García Márquez, Onetti, etc., y este ejercicio ilunmina la lectura o relectura que uno puede hacer de estos autores.
He leído varios libros de creación literaria, pero tal vez el que llevo siempre en mi memoria y en mis afectos es Cartas a un joven novelista de Mario Vargas Llosa. Este pequeño manual ha sido imprescindible en mi proceso de aprendiz de escritor.
Si usted tiene pretensiones de autor tiene que ver este video; si simplemente disfruta, consume buena literatura, tomese media hora para que escuche esta deliciosa charla de este generoso y gran maestro.
sábado, 31 de julio de 2010
Escribir para no ser o para ser
Publicado hoy en Babelia
Sobre la forma correcta de crear un personaje se han escrito cientos de miles de páginas, por supuesto, inútiles todas: que si éste debe poseer tales cualidades, que si necesita ser reflejo de su tiempo, que si es fundamental la sutileza o la certeza o la entereza. Ni hablar ya de las contribuciones técnicas que los redactores de estas páginas creen hacer a la literatura en nombre de una sintaxis que convertida en derechos de autor se vuelve en sus bolsillos la más acartonada de las praxis. Igual que los fulleros de los parques, los tahúres de las letras venden su mentira disfrazada de promesa: siguiendo la instrucción de este libro crearás un personaje inolvidable.
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Peores que estos redactores de mentiras son sus primos más cercanos: los maestros de talleres literarios, esas comadronas especializadas en sacar con fórceps lo que debía sacarse con pujidos, esos caníbales hambrientos que succionan del personaje de su alumno lo único que en verdad era importante: el sudor, la sangre, el músculo y la bilis, esos malabaristas de las horas que cegados por el pago de una próxima visita se vuelven incapaces de aceptar una verdad como un templo: la manera indicada de crear un personaje memorable es fundamentalmente inexplicable. "En arte todo se puede aprender y nada o casi nada se puede enseñar", escribió Eduardo Chillida hace ya varios años.
Por supuesto, no es que sea inexplicable el carácter de un determinado personaje, sus virtudes morales, sus vacíos espirituales o sus carencias vitales, como tampoco resulta inexplicable la estrategia literaria, el tono elegido o las herramientas que se han utilizado para crearlo. Lo que es inexplicable es la gestación del personaje, su emerger en una mente como emergen en la niebla los objetos, el mecanismo de resortes que arrastra un presentimiento desde las profundidades últimas del alma y lo moldea hasta dejarlo convertido en algo más humano que los hombres, en un ser incluso más real que aquél que lo ha creado. Lo que resulta inexplicable es pues lo único importante: la manera en que un autor inventa, insufla de existencia y comparte con su creación el lugar que hasta entonces ocupaba solo en el mundo. "Allí donde fallo yo como hombre, fallan también mis personajes. Por otro lado, ellos sienten orgullo por las mismas cosas que yo, es decir, por los pormenores cotidianos de la vida", aseguró el escritor checo Bohumil Hrabal.
Sé que sobrarán los que tras leer estas palabras me corrijan, los talleristas que me enseñen aquello que no entiendo, los críticos que se apresuren a explicarme lo inexplicable. Antes de que lo hagan, déjenme decir que sé lo fácil que es diseccionar un personaje, un texto, una situación o incluso una palabra, y también lo inútil que resulta. Así que mejor contéstenme cómo es que Tolstói huyó de su muerte, para ser exactos de su casa instantes antes de su muerte, para no morir en las mismas condiciones que Iván Ilich: rodeado de una familia indiferente, interesada y que lo tenía completamente harto. O cómo es posible que Bohumil Hrabal, el autor de obras como Trenes rigurosamente vigilados y Una soledad demasiado ruidosa, se suicidara tirándose de un quinto piso mientras daba de comer a sus palomas: exactamente igual que el más insigne de sus personajes. Escribir para no ser o para ser...
sábado, 26 de junio de 2010
Monsiváis y Deyanira

¡Dioses del Olimpo! Temblaba al imaginarse el discursito de su papá (que se jactaría de sus inyecciones de virtud y decoro), a su mamá protegida de su llanto con toallas, a las bromas recién memorizadas de sus hermanitos, a los amigos haciendo "la ola", a la expresión sádica de los parientes, el hielo seco, el disco de "El sueño imposible", el padrino borrachísimo que arrasaría sus zapatos al emprender "El Danubio Azul". ¡Ahgg! La exasperaban los convencionalismos, y le afligía el gastazo de sus padres, que con ese dinero bien podrían comprar una primera edición del Ulises de Joyce, la Encyclopedia Britannica y quién quita si el manuscrito de la Crítica de la razón pura. (Tomó notas para su ensayo sobre pretensión y clases medias).
La oposición al baile fue en vano. La madre desgarró sus vestiduras (no tan metafísicamente), el padre gritó cuando ella se burló de esos rituales ridículos que hacen de las quinceañeras unos seres bobos, ansiosos de verse comparados con una rosa de 15 capullos, cuya apertura regocija el jardín. No, papá, argumentó sin éxito, hoy las quinceañeras navegan en internet y dan cursos de sexología, y tu hija, yo, Deyanira, trabaja en una refutación de Lacan y en la teoría de las pulsiones. Nada de pétalos y sedas, por piedad. No la convertirían en otra víctima de las cursilerías del salón Pulidas Gemas del Tepeyac...
Todo inútil. Los padres la sobornaron con un boleto para Europa cultural, y ella se amparó en el cinismo. Pero la resignación sazonó la venganza y definió la estrategia. De inmediato aparentó el júbilo de las quinceañeras a la antigua, asistió con puntualidad a los ensayos del primer vals, obtuvo la complicidad de varias amigas (fascinadas) y de amigos (divertidísimos) por razones que no le especificaron, y se consiguió un maestro de baile que no le enseñó pasos deslumbrantes, pero sí las hazañas de Diaghilev, Nijinsky y los Ballet Russes. Y pospuso la revancha para el momento del agradecimiento, allí se mofaría de los convencidos de la inocencia de criaturas que, más bien, y se ponía de ejemplo, se obsesionaban en deconstruir la globalización.
Pasaban los bailes, los gentiles chambelanes se extraviaban en el polvo (metáfora penalizable), se comentaban los programas de moda en la tele... y ocurrió lo esperado: salió Deyanira del pastel inmenso, cuya tapa se levantó con gracia de submarino, la orquesta se empeñó en destruir el "Sueño Imposible" y la quinceañera se enfrentó al delirio: en el salón la anarquía triunfaba. La gran mayoría de los asistentes, hartos del clóset del conformismo, optaba por su identidad posmoderna y enarbolaba videocámaras y grabadoras. ¡El fin del color rosa! Todos se entrevistaban entre sí y a ella se le dedicaba la atención irónica del antropólogo que trabaja como científico y como ave de presa...
¡Sí! A Deyanira la atrapaba el ritmo de los tiempos, tan hartos del candor. Lo moderno era coleccionar señas del fulgor kitsch , de las que sólo quedaban unas cuantas, y en cada ocasión los científicos sociales y los aspirantes a serlo se precipitaban sobre el acto kitsch , con la furia de quien demanda del jurado de su tesis doctoral el Magna Cum Laude. Los que ella creía mozalbetes cursaban el posgrado, eran doctorantes disfrazados, y sus madrinas y padrinos ya no ocultaban sus miradas cubiculares. Sin poderlo evitar, Deyanira se sintió el último ser humano en un mundo de vampiros...
El pandemónium en torno suyo la estremeció. A su padrino se lo habían llevado a la fuerza a un cuarto donde confesaba su vida en el laberinto del kitsch , sus gentiles damitas encuestaban a quienes podían sobre ritos sexuales de la tercera edad, y a lo largo del salón, los que podían leían ponencias con temas como "Descodificación de costumbres perdidas en el sur de la ciudad. Un estudio de caso". El espectáculo del salón era opresivo y, por lo mismo, terminal.
Rodeada de la falta de aplauso, Deyanira, en un brote de inspiración, modificó su estrategia. Nada de intelectualismos ni desmitificaciones. No podía defraudar a una realidad tan devastada por la arrogancia académica. Arrojó mentalmente el discurso que le había llevado un año, trastornó su expresión facial, la colmó de arrobo y se sintió al borde de la emoción pura (ella, que calificaba las lágrimas de "utilería de telenovela"). Agradeció a sus papacitos haberla traído delicadamente al mundo, mencionó por nombre a cada uno de sus pretendientes que a coro negaban el noviazgo, y concluyó: "Amigos míos, este que vivimos no es un valle de tristezassino la Disneylandia del afecto". Entre la rechifla de los asistentes, se comparó con la mariposa que por vez primera se fía de sus alitas en el bellísimo jardín de la existencia.
Y por esta ocasión dejó que el llanto le quitase las ganas de leer en la noche a Wittgenstein y a Claudio Magris.
Escritor
jueves, 17 de junio de 2010
Escribir el fútbol
A propósito, Juan Villoro y Martín Caparrós, dos de los más importantes narradores latinoamericanos están llevando un blog en este Mundial. ¡Está buenísimo!, mejor, incluso, que el mismo campeonato.
El blog se llama Jugadas de pared y lo pueden leer en SoHo o en Letras Libres, todo depende de que tan libertino o godo sea usted.

Es difícil aficionarse a in deporte sin siquiera practicarlo alguna vez. Jugué numerosos partidos y milité en las fuerzas inferiores de los Pumas. A los 16 años, ante la decisiva categoría AA, supe que no podría llegar a primera división y sólo anotaría en Maracaná cuando estuviera dormido.
Escribir de fútbol es una de las muchas reparaciones que permite la literatura. Cada ciertro tiempo, algún crítico se pregunta por qué no hay grandes novelas de fútbol en un planeta que contiene el aliento para ver un Mundial. La respuesta me parece bastante simple. El sistema de referencias del fútbol está tan codificado e involucra de manera tan eficaz a las emociones que contiene en sí mismo su propia épica, su propia tragedia y su propia comedia. No necesita tramas paralelas y deja poco espacio a la inventiva del autor. Esta es una de las razones por las que hay mejores cuentos que novelas de fútbol. Como el balonpíe llega ya narrado, sus misterios inéditos suelen ser breves. El novelista que no se conforma con ser un espejo, prefiere mirar en otras direcciones. En cambio, el crónista (interesado en volver a contar lo ya sucedido) encuentra ahí inagotable estímulo.
Y es que el fútbol es, en si mismo, asunto de palabra. pocas actividades dependen tanto de lo que ya se sabe como el arte de reiterar las hazañas de la cancha. Las leyendas que cuentan los aficionaos prolongan las gestas en una pasión non-stop que suplanta al fútbol, ese Dios con prestaciones que nunca ocurre en los lunes.
En los partidos de mi infancia, el hecho fundamental fue que los narró el gran cronista televisivo Ángel Fernández, capaz de transformar un juego en la caída de Cartago.
Las crónicas comprometen tanto a la imaginación que algunos de los grandes rapsodas han contado partidos que no vieron. Casi ciego, Cristino Lorenzo fabulaba desde el Café Tupinamba de la Ciudad de México; el Mago Septién y otros locutores de embrujo lograron inventar gestas de beisbol, box o fútbol con todos sus detalles a partir de los escuetos datos que llegaban por telegrama a la estación de radio.
Por desgracia,, no siempre es posible que Homero tenga gafete de acreditación en el Mundial y muchas narraciones carecen de interés. Pero nada frena a pregoneros, teóricos y evangelistas. El fútbol exige palabras, no solo las de los profesionales sino las de cualquier aficionado provisto del atributo suficiente y dramático de tener boca. ¿Por qué no nos callamos de una vez? Porque el fútbol está lleno de cosas que francamente no se entienden. De repente, un genio curtido en mil roza con el calcetín la pelota que incluso el crónista hubiera empujado a las redes; un portero que había mostrado nervios de cableado de cobre sale a jugar con guantes de mantequilla; el equipo forjado a fuego lento pierde la química o la actitud o como se le quiera llamar a la misteriosa energía que reúne a once soledades.
Los periodistas de la fuente deben ofrecer respuestas que hagan verosímil lo que ocurre por rareza y muchas veces dan con causas francamente esotéricas: el abductor frotado con ungüento erroneo, la camiseta sustituida del equipo (es horrible y provoca que fallen penaltis), el osito que el portero usa de mascota y fue pateado por un fotógrafo de otro periódico.
Fragmento de Campeón de invierno. La afición en primera persona publicado en Dios es redondo. Editorial Planeta. Bogotá, 2006. Páginas 21 y 22.
jueves, 3 de junio de 2010
El peligro de una sola historia, de Chimamanda Adichie
domingo, 30 de mayo de 2010
Literatura felina: Darío Jaramillo Agudelo

Unos encarnan a Dios en un gato y profesan el gateísmo. Otros creen que cada gato es un Dios y son gatólatras. Unos y otros ven un lado de la misma moneda. Todos ignoran que Dios duerme la siesta desde toda la eternidad y que los gatos de esta tierra son dioses mientras duermen.
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Se necesita maña y constancia para que un gato se deje acariciar. A veces condesciende solamente porque los gatos son buenos amos.
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Estados de la materia.
Los estados de la materia son cuatro: Líquido, sólido, gaseoso y gato. El gato es un estado especial de la materia, si bien caben las dudas: ¿es materia esta voluptuosa contorsión? ¿no viene del cielo esta manera de dormir? Y este silencio, ¿acaso no procede de un lugar sin tiempo? Cuando el espíritu del gato juega a ser materia entonces se convierte en gato.
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Para los gatos Dios hizo a los hombres, mal llamados amos, hizo también a los otros gatos, en un momento de euforia los creó, bendito sea, y para placer y tortura de los gatos inventó Dios el olor a pescado, el instante sublime en que abren en la casa una lata de atún. Para los gatos Dios hizo el pescado y el olor a pescado, para los gatos la noche, para ellos la pereza, para los gatos hizo Dios todo.
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La luna dora los techos. Inesperadas, aparecen las sombras de los gatos. Son tan sigilosos que son solamente sus sombras. Ellos ven todo sin ser vistos y todo debe estar quieto mientras se mueven para que ellos puedan sentirse inmoviles, los gatos, sus sombras.
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Sabiduría del gato: hacer pereza todo el día sin llegar nunca al tedio.
Materialización de gato: cuando el gato se convierte en materia, saca las uñas.
Astucia del gato: fingir que es un animal doméstico.
Silencio del gato: los gatos guardan todos los secretos de la noche.
Misterios del gato: todo en el gato es misterioso.
Tomado de: Gatos de Darío Jaramillo Agudelo. Editorial Pre-Textos. México DF, 2005.

viernes, 23 de abril de 2010
El fin de la soledad

¿Qué quiere el yo contemporáneo?La cámara ha creado una cultura de la celebridad; el computador está creando una cultura de la conectividad. Al tiempo que convergen (la web pasa del texto a la imagen gracias a la banda ancha y las redes sociales extienden cada vez más el tejido de la interconexión), las dos tecnologías revelan un impulso común. Tanto la celebridad como la conectividad son formas del reconocimiento. Eso es lo que el yo contemporáneo quiere. Quiere ser reconocido, quiere estar conectado: quiere visibilidad. Si no ante millones de personas, como en un reality o en El show de Oprah, entonces ante cientos de ellas en Twitter o Facebook. Ésta es la característica que nos define, así es como nos volvemos reales ante nosotros mismos: al ser vistos por otros. El gran pavor contemporáneo es el anonimato. Si Lionel Trilling tenía razón, si la característica que definía al yo en el romanticismo era la sinceridad, y en la modernidad era la autenticidad, entonces en el postmodernismo es la visibilidad.
Vivimos exclusivamente en relación con los otros y lo que desaparece de nuestras vidas es la soledad. La tecnología nos arrebata nuestra privacidad e intimidad así como nuestra capacidad para estar solos. Aunque no debería decir “nos arrebata”. Eso lo hacemos nosotros mismos; estamos renunciando a ese derecho muy fácilmente. La tía de una adolescente que conozco me contó que ésta había enviado hacía poco tres mil mensajes de texto en un mes. Es decir, cien por día o uno cada diez minutos mientras estaba despierta (mañana, tarde y noche), todos los días de la semana, en clase, durante el almuerzo, mientras hacía las tareas y se cepillaba los dientes. En promedio nunca está sola más de diez minutos seguidos. Esto es, nunca está sola.
Una vez les pregunté a mis alumnos sobre el lugar que ocupaba la soledad en sus vidas. Uno admitió que ve tan angustiosa la posibilidad de estar solo que prefiere estar acompañado incluso si tiene que hacer un trabajo. Otra preguntó, ¿a quién se le ocurre estar solo?

Para esa sorprendente pregunta, la historia ofrece algunas respuestas. Es cierto que el hombre es un animal sociable, pero la soledad tradicionalmente ha tenido un valor social. En particular, el hecho de estar solo se ha entendido como una dimensión esencial de la experiencia religiosa, aunque restringida a unos cuantos elegidos. A través de la soledad de espíritus excepcionales, el colectivo renueva su relación con lo divino. El profeta y el ermitaño, el sadhu y el yogui van tras sus iluminaciones, buscan sus trances en el desierto, en el bosque o en la cueva. Porque la voz calmada y tenue solo habla en el silencio. La vida social es un ajetreo de asuntos insignificantes, una embestida de preocupaciones cotidianas, y las instituciones religiosas no son la excepción. Uno no puede escuchar a Dios cuando la gente parlotea y la palabra divina (a pesar de las intenciones de esas instituciones) se resiste a descender sobre el monarca o el sacerdote. La experiencia comunitaria es la ley humana, pero el encuentro solitario con Dios es el acto sobresaliente que renueva esa ley (sobresaliente, porque nadie es profeta en su tierra. Tiresias sufrió la injuria y luego fue declarado inocente, santa Teresa de Ávila sufrió el interrogatorio pero luego fue canonizada). La soledad religiosa es una especie de mecanismo social autocorrector, una forma de acabar con la maleza del hábito moral y la costumbre espiritual. El vidente regresa con nuevas tablas de la ley o con nuevas danzas, su cara iluminada con la verdad eterna.
lunes, 5 de abril de 2010
Cómo empecé a escribir

Gabriel García Márquez
Primero que todo, perdóneme que hable sentado, pero la verdad es que si me levanto corro el riesgo de caerme de miedo. De veras. Yo siempre creí que los cinco minutos más terribles de mi vida me tocaría pasarlos en un avión y delante de 20 a 30 personas, no delante de 200 amigos como ahora. Afortunadamente, lo que me sucede en este momento me permite empezar a hablar de mi literatura, ya que estaba pensando que yo comencé a ser escritor en la misma forma que me subí a este estrado: a la fuerza. Confieso que hice todo lo posible por no asistir a esta asamblea: traté de enfermarme, busqué que me diera una pulmonía, fui a donde el peluquero con la esperanza de que me degollara y, por último, se me ocurrió la idea de venir sin saco y sin corbata para que no me permitieran entrar en una reunión tan formal como esta, pero olvidaba que estaba en Venezuela, en donde a todas partes se puede ir en camisa. Resultado: que aquí estoy y no sé por dónde empezar. Pero les puedo contar, por ejemplo, cómo comencé a escribir.
A mí nunca se me había ocurrido que pudiera ser escritor pero, en mis tiempos de estudiante, Eduardo Zalamea Borda, director del suplemento literario de El Espectador de Bogotá, publicó una nota donde decía que las nuevas generaciones de escritores no ofrecían nada, que no se veía por ninguna parte un nuevo cuentista ni un nuevo novelista. Y concluía afirmando que a él se le reprochaba porque en su periódico no publicaba sino firmas muy conocidas de escritores viejos, y nada de jóvenes en cambio, cuando la verdad —dijo— es que no hay jóvenes que escriban.
A mí me salió entonces un sentimiento de solidaridad para con mis compañeros de generación y resolví escribir un cuento, no más por taparle la boca a Eduardo Zalamea Borda, que era mi gran amigo, o al menos que después llegó a ser mi gran amigo. Me senté y escribí el cuento, lo mandé a El Espectador. El segundo susto lo obtuve el domingo siguiente cuando abrí el periódico y a toda página estaba mi cuento con una nota donde Eduardo Zalamea Borda reconocía que se había equivocado, porque evidentemente con “ese cuento surgía el genio de la literatura colombiana” o algo parecido.
Esta vez sí que me enfermé y me dije: ¡En qué lío me he metido!” ¿Y ahora qué hago para no hacer quedar mal a Eduardo Zalamea Borda?” Seguir escribiendo, era la respuesta. Siempre tenía frente a mí el problema de los temas: estaba obligado a buscarme el cuento para poderlo escribir.
Y esto me permite decirles una cosa que compruebo ahora, después de haber publicado cinco libros: el oficio de escritor es tal vez el único que se hace más difícil a medida que más se practica. La facilidad con que yo me senté a escribir aquel cuento una tarde no puede compararse con el trabajo que me cuesta ahora escribir una página. En cuanto a mi método de trabajo, es bastante coherente con esto que les estoy diciendo. Nunca sé cuánto voy a poder escribir ni qué voy a escribir. Espero que se me ocurra algo y, cuando se me ocurre una idea que juzgo buena para escribirla, me pongo a darle vueltas en la cabeza y dejo que se vaya madurando. Cuando la tenga terminada (y a veces pasan muchos años, como en el caso de Cien años de soledad que pasé diez y nueve años pensándola), cuando la tengo terminada repito, entonces me siento a escribirla y ahí empieza la parte más difícil y la que más me aburre. Porque lo más delicioso de la historia es concebirla, irla redondeando, dándole vueltas y revueltas, de manera que a la hora de sentarse a escribirla ya no le interesa a uno mucho, o al menos a mí no me interesa mucho.
La idea que le da vueltas
Les voy a contar, por ejemplo, la idea que me está dando vueltas en la cabeza hace ya varios años y sospecho que la tengo ya bastante redonda. Se las cuento ahora, porque seguramente cuando la escriba, no sé cuando, ustedes la van a encontrar completamente distinta y podrán observar en qué forma evolucionó. Imagínense un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de 17 y una hija menor de 14. Está sirviéndoles el desayuno a sus hijos y se le advierte una expresión muy preocupada. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella responde: No sé, pero he amanecido con el pensamiento de que algo muy grave va a suceder en este pueblo”.
Ellos se ríen de ella, dicen que esos son presentimientos de vieja, cosas que pasan. El hijo se va a jugar billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el adversario le dice: “Te apuesto un peso a que no la haces”. Todos se ríen, él se ríe, tira la carambola y no la hace. Pago un peso y le pregunta: ¿Pero qué pasó, si era una carambola tan sencilla? Dice: “Es cierto, pero me ha quedado la preocupación de una cosa que me dijo mi mamá esta mañana sobre algo grave que va a suceder en este pueblo”. Todos se ríen de él y el que se ha ganado el peso regresa a su casa, donde está su mamá y una prima o una nieta o en fin, cualquier parienta. Feliz con su peso dice: “Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla, porque es un tonto”. “¿Y por qué es un tonto?”. Dice: “Hombre, porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado por la preocupación de que su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo”.
Entonces le dice la mamá: “No te burles de los presentimientos de los viejos, porque a veces salen”. La parienta lo oye y va a comprar carne. Ella dice al carnicero: “véndame una libra de carne” y, en el momento en que está cortando, agrega: “Mejor véndame dos porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado”. El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar una libra de carne, le dice: “Lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se está preparando, y andan comprando cosas”.
Entonces la vieja responde: “Tengo varios hijos, mire, mejor deme cuatro libras”. Se lleva cuatro libras y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor. Llega el momento en que todo el mundo en el pueblo está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto, a las dos de la tarde, hace calor como siempre. Alguien dice: “Se han dado cuenta del calor que está haciendo?”. “Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor”. Tanto calor que es un pueblo donde todos los músicos tenían instrumentos remendados con brea y tocaban siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a pedazos. “Sin embargo —dice uno— nunca a esta hora ha hecho tanto calor”, “sí, pero no tanto calor como ahora”. Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un parajito y se corre la voz: “hay un pajarito en la plaza”. Y viene todo el mundo espantado a ver el pajarito.
“Pero, señores, siempre ha habido pajaritos que bajan”. “Sí, pero nunca a esta hora”. Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo. “Yo sí soy muy macho —grita uno— yo me voy”. Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde está el pobre pueblo viéndolo. Hasta el memento en que dicen: “Si este se atreve a irse, pues nosotros también nos vamos”, y empiezan a desmantelar literalmente al pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo. Y uno de los últimos que abandona el pueblo dice: “Que no venga la desgracia a caer sobre todo lo que queda de nuestra casa” y entonces incendia la casa y otros incendian otras casas. Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio clamando: “Yo lo dije, que algo muy grave iba a pasar y me dijeron que estaba loca”.
Discurso pronunciado por Gabriel García Márquez en una de sus visitas a Venezuela y más tarde divulgado en El Espectador, en el que el futuro Premio Nobel expuso las razones que lo llevaron a convertirse en un escritor de oficio. Publicado originalmente el 3 de mayo de 1970, discurso en Caracas, Magazín Dominical. Tomado de: El Espectador.com
miércoles, 31 de marzo de 2010
El almuerzo

Los zapatos cubiertos de barro se deslizan sobre la trocha durante el ascenso. Ligia, la pequeña mujer que los calza tiene algo más de cincuenta años. En su rostro casi no hay arrugas y sus ojos azules resaltan sobre la brillante piel blanca, pero el largo cabello entrecano y su frecuente expresión dolorosa la muestran mucho mayor. Su vestido negro, que estrenó hace tres años, en la última Semana Santa que pasó en el pueblo y que le quedaba ajustado, hoy está empapado y cuelga de sus huesos.
Se sigue resbalando, los tenis azules de tela se hunden en el lodo y con ellos las piernas ocres hinchadas por las dolorosas várices.
Con las manos empuñadas y pegadas sobre el pecho sostiene una bolsa negra y varias monedas que sobraron de la compra que hizo en la verdulería que queda junto al paradero de los buses. Arriba, en el horizonte deformado por la lluvia, se ve, junto a otros similares, el pequeño rancho: las tablas grises, amontonadas y húmedas que apilaron cuando llegaron a la ciudad. A la entrada, debajo de una teja oxidada de zinc que sobresale del techo a manera de alero, junto a la puerta abierta de maderas podridas, está el viejo sentado en una butaca, con la espalda curva y la mirada extinta puesta en el vacío.
Ligia se acerca despacio y le acaricia la oreja derecha con la mano mojada. El viejo no responde.
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viernes, 26 de marzo de 2010
A juicio: Goodbye, Columbus, de Philip Roth

Todos los tamaños - Todos los modelos
Querida Brenda:
No hagas caso de la carta de tu madre cuando la recibas. Te quiero mucho, mi niña, y si te apetece comprarte un abrigo, yo te lo compro. Nunca te negaré nada. Tenemos plena confianza en ti, así que no te molestes por lo que te dice tu madre en su carta. Claro, se ha puesto histérica de la impresión, con lo que había trabajado por la Hadassah. Siendo mujer, le cuesta trabajo entender las cosas que pasan en la Vida. Claro, no voy a decirte que no nos llevamos todos una sorpresa, porque yo lo traté muy bien desde el principio y pensamos que nos agradecería las vacaciones tan estupendas que pasó con nosotros. Hay gente que nunca resulta como uno esperaba, pero estoy dispuesto a perdonar, y lo Pasado, Pasado, tú siempre has sido una buena chica y has sacado buenas notas, y Ron siempre ha sido lo que queríamos, un buen chico, que es lo más importante, y agradable. A estas alturas de mi vida no voy a ponerme a odiar la Carne de mi Carne. En cuanto a tu error, hacen falta Dos Personas para cometer un error, y ahora que estas en Boston estudiando , lejs de él y de la situación en que te metiste, estoy seguro, estoy totalmente convencido de que comportarás como Dios Manda. Uno tiene que confiar en los hijos, como en los negocios y en cualquier empresa seria, y no hay nada tan malo que no pueda perdonarse, sobretod tratándose de la Carne de nuestra Carne. Tenemos una familia muy unida y ¿¿¿por qué no??? Pásatelo bien estas vacaciones y yo rezaré por ti en la sinagoga, como todos los años. El lunes quiero que vayas a Boston y te compres un abrigo. Todo lo que necesites, que sé yo muy bien el frío que puede hacer por ahí arriba... Dale recuerdos a Linda y no te olvides de traértela el Día de Acción de Gracias, igual que el año pasado. Con lo bien que os pasasteis juntas. Yo nunca jamás he dicho nada malo sobre ninguno de tus amigos, ni los de Ron, y esto no es más que la Excepción que confirma la regla. Que disfrutes tus vacaciones.
(...)
Querida Brenda:
No sé ni como empezar. Llevo toda la mañana llorando y he tenido que saltarme la reunión de la junta de esta tarde, porque tengo los ojos hinchados. Nunca pensé que esto podría ocurrirle a una hija mía. No sé si sabes a qué me refiero, no sé si lo tendrás siquiera en la conciencia, para sí no tener que envilecernos ninguna de las dos con una explicación. Lo único que puedo decirte es que esta mañana mientras limpiaba los cajones y guardaba tu ropa de invierno, encontré una cosa en el último cajón, debajo de unos jerséis que dejaste aquí, como seguramente recuerdas. Me eché a llorar nada más verlo y no he parado hasta ahora. Tu padre llamó por teléfono hace un rato y ahora está viniendo a casa, porque se ha dado cuenta del disgusto que tengo.
No sé qué hemos hecho para merecer que nos castigues así. Te hemos dado una bonita casa y todo el amor y el respeto que una niña pueda necesitar. Siempre me ponía muy ufana, cuando eras pequeña, al ver lo bien que te las apañabas por ti sola. Cuidabas tan bien a Julie, que daba gusto verlo, cuando sólo tenías catorce años. Pero te fuiste alejando de la familia, aunque te mandamos a los mejores colegios y te dimos las mejores cosas que pueden comprarse con dinero. Me moriré sin haber averiguado por qué nos pagas de este modo.
En cuanto a tu amigo, no tengo palabras. Son sus padres quienes deben responder por él, y no sé en qué casa habrá vivido, para ser capaz de comportarse así. Desde luego que fue una manera de agradecernos la hospitalidad con que tuvimos la amabilidad de acogerlo, a un chico que para nosotros era un perfecto desconocido. Que os coportarais de ese modo en nuestra propia casa es algo que nunca me entrará en la cabeza. Mucho han cambiado los tiempos desde que yo tenía tu edad, para que semejante cosa ocurra. No paro de preguntarme si por lo menos no habrás estado pensando en nosotros mientras hacías eso. Yo te daré igual, pero ¿cómo has podido hacerle eso a tu padre? No quiera Dios que Julie llegue a enterarse nunca.
Dios sabe lo que habrás estado haciendo todos los años, mientras nosotros teníamos plena confianza en ti.
Les has roto el corazón a tus padres y quiero que lo sepas. Vaya manera de agradecernos todo lo que hemos hecho por ti.
Tomado de Philip Roth. Goodbye, Columbus. Debolsillo, Barcelona, 2010. Páginas 158 a 160.
No sé cuál sea la razón por la que en los útimos tiempos he leído tanta literatura hebréa: Vasili Grossman, Amos Oz y ahora Philip Roth. Más allá de su raíz judía, probablemente no hay nada más que los una, pero ese pequeño detalle ya es un vínculo tremendamente fuerte, no sólo entre ellos, sino entre todos los judios. Así no sean practicantes y esten dispersos por todo el planeta, ellos son JUDIOS; y cada vez que alguien, así sea con o sin razón, les hace una crítica suele ser catalogado y juzgado como antisemita, complice de los Nazis. Luego del Holocausto ellos se han autoproclamado como víctimas eternas de la crueldad humana, poco importa el exterminio de los indígenas en las Américas, la esclavitud de millones de negros africanos y, mucho menos, el cerco al pueblo palestino. Voces como la de Amos Oz y Philip Roth son disidentes que son capaces de mirar desde adentro y criticar y ver la viga en el ojo propio.
Eso es Goodbye, Columbus, el primer libro de relatos de Roth, con el que ganó el National Book Award en 1960, y que a la vez generó alagos en la crítica, también produjo un intenso prurito en la comunidad judia de los Estados Unidos. Y con razón. Cada uno de los textos que componen esta colección narra desde la cotidianidad las incoherencias, las debilidades y los defectos de esta cultura. Desde lo técnico no tiene defecto, son historias bien estructuradas y bien contadas, además con un manejo muy sútil de pequeños detalles que resaltan el sútil sentido de sus historias. Por ejemplo, dénle una mirada al uso de las mayúsculas en la carta de papá. No es tanto lo que dice la carta, el mensaje, tal vez está en cómo está escrita.
¡Ups! El fiscal era judio y se fue indignado de este juicio.
Es el primer libro que leo de este autor y no se equivocan el montón de seguidores que lo siguen alrededor del mundo a este eterno candidato al Nobel. No tiene pierde. Ya les contaré luego que tal son otras de sus obras.
viernes, 12 de marzo de 2010
Poeta: Sabina y Páez

Claro, cuando los juntaron, explotaron. Se maltrataron, se dieron duro y de todo ese tropel quedó uno de los mejores albumes de ambos: Enemigos íntimos. Hace poco se reconciliaron y cantaron juntos "Contigo" otra de esas canciones que pegan duro en el alma ("porque el amor cuando no muere mata, porque amores que matan nunca mueren"), pero quien sabe si vuelvan a grabar algo en conjunto y si lo hacen, sería difícil superar la calidad de esa pieza maestra fruto de la megalomanía, la antipatía y la mala leche.
Este poema... digo canción es una de las que más me gusta de ese trabajo.
Joaquin Sabina & Fito Paéz
Se llamaba Soledad y estaba sola
como un puerto maltratado por las olas,
coleccionaba mariposas tristes,
direcciones de calles que no existen.
Pero tuvo el antojo de jugar
a hacer conmigo una excepción
y, primero, nos fuimos a bailar
y, en mitad de un "te quiero" me olvidó.
la que no esperaba nada de los hombres,
coleccionaba amores desgraciados,
soldaditos de plomo mutilados.
Pero quiso una noche comprobar
para qué sirve un corazón
y prendió un cigarrillo y otro más
como toda esperanza se esfumó.
y los sueños parecen pesadillas,
regresa aquel perfume
de fotos amarillas.
las más guapa del mundo... juro que era
más guapa que cualquiera.
Se llamaba Inmaculada aquella puta
que curaba el sarampión de los reclutas,
coleccionaba nubes de verano,
velos de tul roídos por gusanos.
Pero quiso quererse enamorar
como una rubia del montón
y que yo la sacara de la
"calle de los besos sin amor"
desordenan mis noches de locura,
evoco aquellos ratos
de torpes calenturas.
Y, aunque sé que no era
la más guapa del mundo, juro que era
más guapa, más guapa que cualquiera.

lunes, 8 de marzo de 2010
Monterroso y la sabiduría femenina

Ya casi se acaba este 8 de marzo y para despedir este día de la mujer los dejo con este cuento breve del gran maestro guatemalteco Augusto Monterroso. Sobra decir que por historias como esta me fascinan las mujeres.
Augusto Monterroso
Hace muchos años vivía en Grecia un hombre llamado Ulises (quien a pesar de ser bastante sabio), casado con Penélope, mujer bella y singularmente dotada cuyo único defecto era su desmedida afición a tejer, costumbre gracias a la cual pudo pasar sola largas temporadas.
Dice la leyenda que en cada ocasión en que Ulises con su astucia observaba que a pesar de sus prohibiciones ella se disponía una vez más a iniciar uno de sus interminables tejidos, se le podía ver por las noches preparando a hurtadillas sus botas y una buena barca, hasta que sin decirle nada se iba a recorrer el mundo y a buscarse a sí mismo.
De esta manera ella conseguía mantenerlo alejado mientras coqueteaba con sus pretendientes, haciéndoles creer que tejía mientras Ulises viajaba y no que Ulises viajaba mientras ella tejía, como pudo haber imaginado Homero, que, como se sabe, a veces dormía y no se daba cuenta de nada.
Tomado de: Augusto Monterroso. Cuentos, fábulas y lo demás es silencio. Alfaguara. México, 1996. Página 178.
jueves, 21 de enero de 2010
Poeta: Constantino Cavafis

pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
no temas a los lestrigones ni a los cíclopes,
ni al colérico posidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Posidón encontrarás,
si no lo llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante tí.
Pide que el camino sea largo.
Que sean muchas las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos antes nunca vistos.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nacar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes voluptuosos,
cuantos más abundantes perfumes voluptuosos puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender de sus sabios.
Ten siempre a Itaca en tu pensamiento.
Tu llegada allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguardar a que Itaca te enriquezca.
Itaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.
Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Itacas.

jueves, 14 de enero de 2010
Literatura felina: Gay Talese

Cuando el tráfico disminuye y casi todos duermen, en algunos vecindarios de Nueva York enpiezan a pulular los gatos. Se mueven con rapidez entre las sombras de los edificios; los vigilantes, policías, recolectores de basura y demás transeúntes nocturnos los avistan... no por mucho. La mayoría de ellos merodea por los mercados de pescado, en Greenwich Village, y los vecindarios de los lados del Este y Oeste, donde abundan los cubos de la basura. No hay, sin embargo, zona de la ciudad que no tenga sus animales callejeros, y los empleados de los garajes de veinticuatro horas de áreas tan concurridas como la calle 54 han llegado a contar hasta veinte de ellos cerca del teatro Ziegfeld temprano en la mañana. Pelotones de gatos patrullan los muelles por la noche a la caza de ratas. Los guardavías del subway han descubierto gatos que viven en la oscuridad. Parecen que nunca un tren los atropella, aunque a veces algunos los liquida el tercer riel. Unos veinticinco gatos viven veintitres metros por debajo del ala oeste de la terminal Grand Central, son alimentados por los trabajadores subterráneos y nunca se aventuran a la luz del día.
Los vagabundos, independientes y autoaseados gatos de la calle llevan una vida extrañamente diferente a la de los gatos mantenidos de casa o apartamento de Nueva York. Casi todos están infestados de pulgas. A muchos los matan la comida intoxicada, la intemperie y la desnutrición; su promedio de vida es de dos años, mientras que el de los gatos caseros es de diez a doce años o más. Cada año la ASPCA sacrifica unos 1.000 gatos callejeros neoyorquinos para los cuales no encuentran hogar.
No es común el arribismo entre los gatos callejeros de Ciudad Gótica. Rara vez adquieren por gusto una mejor dirección postal. Por lo común mueren en las manzanas que los vieron nacer, aunque un pugoso especímen recogido por la ASPCA fue adoptado por una mujer acaudalada: ahora vive en un lujoso apartamento del lado Este y pasa el verano en la quinta de la dama en Long Island. La asociación Felina Americana una vez traslado dos gatos callejeros a la sede de las Naciones Unidas, tras haberse enterado de que los roedores habían invadido los archivadores de la ONU.
-Los gatos se encargaron de ellos -dice Robert Lothar Kendell, presidente de la sociedad-. Y parecían contentos en la ONU. Uno de ellos dormía en un diccionario del chino.
En cada barrio de Nueva yorklos gatos golfo están bajo el dominio d eun "jefe": el macho más grande y fuerte. Pero salvo por el jefe, no hay mucha organización en la sociedad del gato callejero. Dentro de esa sociedad hay, no obstante, tres "tipos" de gatos: los salvajes, los bohemios y los de medio tiempo en tienda (o restaurante).

Los gatos salvajes dependen, en cuestión de comida, de la ocasional tapa suelta del cubo de basura, o de las ratas, y poco o nada quieren tener que ver con la gente, así sea con quienes los alimentan. Estos, los más desaliñados, tienen una mirada perturbada, una expresión demente y ojos muy abiertos, y en general rondan por los muelles.
El bohemio, por su parte, es más dócil. no hye de la gente. Con frecuencia recibe alimentación diari de manos de sensibles amantes de los gatos (casi siempre mujeres) que los llaman "niñitos", "angelitos" o "queridos" y se indignan cuando los objetos de su caridad son tildados de "gatos de callejón". Tan puntuales suelen ser los bohemos a la hora de comer, que un amante de los gatos ha propuesto la teoría de que saben la hora. Puso el ejemplo de una gata gris que aparece cinco días a la semana a las cinco y media en punto en un edificio de oficinas en Broadway con la calle 17, cuyos ascensoristas le dan comida. Pero la michina nunca cae por allí los sábados y domingos: como si supiera que la gente no trabaja en esos días.
El gato de medio tiempo en tienda (o restaurante), a menudo un bohemio reformado, come bien y espanta a los roedores, pero acostumbra unsar la tienda a manera de hotel y prefiere pasar las noches vagando por las calles. Pese a tan generoso esquema laboral, reclama la mayoría de los privilegios de una raza emparentada (el gato de tienda de tiempo completo o sin pizca de callejero), incluido el derechoa dormir en la vitrina. Un bohemio reformado de un delicatessen de la calle Blecker se agazapa detras de la puerta y ahuyenta a los otros bohemios que mendigan bocados.
A propósito, el número de gatos de tiempo completo ha disminuido grandemente desde el ocaso de la pequeña tienda de abarrotes y el surgimiento de los supermercados en Nueva York. Con el perfeccionamientode los métodos de prevención contra ratas, mejores empaques y mejores condiciones sanitarias, almacenes de cadena como A&P rara vez tienen un gato de tiempo completo.

En los muelles, sin embargo, la gran necesidad de gatos sigue vigente. Una vez un estibador alérgico a los gatos los envenenó a todos. En cuestión de un día había ratas por todas partes. Cada vez que los hombres volteaban a mirar, veían ratas sobre los embalajes. Y en el muelle 95 las ratas epezaron a robar los almuerzos de los estibadores, e inclusos a atacarlos. De modo que hubo que reclutar gatos callejeros de las zonas vecinas, y ahora el grueso de las ratas está bajo control.
-Pero los gatos no duermen mucho por acá -decía un estibador-. No pueden. Las ratas acabarían con ellos. Hemos tenido casos en los que la rata ha destrozado al gato. Pero no pasa con frecuencia. Esas ratas del puerto son unas miserables desgraciadas.
Fragmento tomado de Nueva York, ciudad de cosas inadvertidas de Gay Talesse, publicado en el libro Retratos y encuentros. Aguilar. Bogotá, 2008. Páginas 10 a 12.
martes, 24 de noviembre de 2009
Un recuerdo de Alejandro Rossi para sus lectores... bárbaros
Por ahora, les traigo uno de los ensayos publicados en el clásico Manual del distraido. Ah, cuando lo leo me trae tan gratos recuerdos de mis talleres de narrativa, donde se encuentra con tanta frecuencia aspirantes a escritores enrranchaos en ser pésimos lectores.

Leer mal un texto es la cosa más fácil del mundo; la condición indispensable es no ser analfabeto. Una vez superada esa etapa, más cívica que intelectual, las posibilidades que se ofrecen para desmantelar, tergiversar e interpretar erróneamente una frase, una página, un ensayo o un libro son, no diré infinitas, pero sí numerosísimas. No pretendo ni agotarlas ni clasificarlas, tareas destinadas a eruditos pacíficos o a hombres seguramente geniales. Me conformo con enumerar algunas variedades exponiéndolas no por su rareza sino por su recurrencia. Nada de cisnes negros o tréboles extraños; más bien perros callejeros que trotan en grupo.
Abundan, por ejemplo, quienes reducen la lectura a la búsqueda nerviosa de la "conclusión", único sitio en el que se detienen, señalándola, por lo general, con algunas rayas victoriosas. La idea subyacente debe ser sin duda la de que todo el resto es un simulacro de argumentaciones y pruebas, una hojarasca inútil sin ninguna conexión con el final. Como su fuésemos las víctimas de un ritual tedioso que obliga a escribir páginas y más páginas antes de llegar a las cinco o seis frases esenciales. por consiguiente, sólo los ingenuos o los primerizos pierden el tiempo leyendo cuidadosamente todas y cada una de las palabras, sólo ellos postulan la quimera de que la conclusión se apoya en alguna otra parte. Almas blancas que deletrean con cuidado, tenerosas de saltarse un renglón. El texto -déjense de cuentos- no es una estructura verbal compleja e interdependiente; es una mera excusa para introducir el parágrafo clave. Imagino que esta visión degradada de la lectura es la propia de quien está forzado a consumir la prosa burocrática, los innumerables informes, los proyectos, las disculpas, las peticiones. En ese remolino de letras quiza no haya otra manera de sobrevivir. Unos más, otros menos, todos hemos remado en esa galera y todos aprendimos a utilizar el famoso lápiz rojo. El desastre sobreviene cuando esos hábitos no son conscientes y actúan sobre un escrito que no se propone pedir un aumento o solicitar un préstamo o esbozar la solución de aquel problema tan espeluznante y tan urgente. Cuando eso sucede, se practica una lectura primitiva e injusta, disfrazada de eficacia y malicia y cuyo resultado es una triste comedia de equivocaciones, sorpresas y altanerías. Lectores mediocres para quienes el universo es una oficina y una página es un oficio.
También extiste el vicio contrario: leer las primeras seis o siete líneas y creerse autorizado a adivinar lo que sigue. Aquí opera de nuevo una imagen complaciente de sí mismo: la de una persona tan avezada en el mundo de las ideas que las primeras dispocisiones tácticas son suficientes para prever todas las etapas sucesivas. Como un matemático que frente a unos axiomas supiera instantáneamente cuáles son los teoremas que pueden derivarse. Esa vanidad, en el fondo, se mezcla con una actitud pasiva y escéptica ante la labor cultural, una actitud que goza la posibilidad de que no haya nada nuevo bajo el sol. Segrega su egoísta y minúscula profecia amparado en la ilusión de que ya ha visto ése y cualquier otro espectáculo.
Muchas veces, sin mebargo, la mala lectura es la consecuencia de la popularidad que alcanzan ciertos géneros. Cada cultura tiene sus preferidos. Entre nosotros se reparten los favores -apenas exagero- el libro de texto y el testimonio. Los dos contribuyen a configurar lo que podríamos llamar la "retórico del texto valioso", la cual codifica las propiedades que debe reunir un trabajo para que sea considerado importante, significativo, comprensible.
El libro de texto, desde el manualito sombrío hasta el vademecum oleoso, se beneficia de la convicción generalizada de que hay que comprender y, sobre todo, aprender rápido. La pedagogía lo redime y lo presenta como un instrumento necesario e indispensable en la lucha por la educación; si agregamos la creencia de que la educación conduce a un estadio superior -sea éste el que fuere-, estaremos a un paso de elevar el libro de texto a los altares ideológicos. Una vez allí, no hay quien lo empañe. Como por definición se dirige a un público ignorante, es natural que sean simples, poco matizados y frecuentemente dogmáticos. Que en ocasiones sea difícil distinguirlos de un catecismo o de un recetario es algo que sólo asustará a los beatos de la cultura. Quien escribe un libro de texto se convierte en un misionero, un hombre que ha entendido que no es el caso -ahora- de cavilar sobre los misterios de la Trinidad. En cuanto al testimonio conviene, naturalmente, que sea político o, por lo menos, sociologizante, con una cierta profusión de palabras sagradas -dependencia, explotación, gorilas, tercer mundo, subdesarrollo, producto nacional bruto, etc.- y que además esté redactado en una forma tal que no quede la menor duda acerca de la indignación del autor. Es imprescindible que sea una denuncia, un alegato. su aparente urgencia puede pasar por una explicación, una tautología por un pensamiento sintético, una generalización vacua por una predicción, una correlación elemental se verá como un ejemplo de dialéctica viva y palpitante, la historia trasnformándose ante nuestros ojos. La relevancia, por otra parte, será mayor si se describe no una calamidad antigua o constante, sino un acontecimiento efímero, pasajero, volátil. Lo que se vio, lo que se escucho, lo que se vivió entr el 14 y el 25 de noviembre o durante la noche fatal del 13 de abril. Libros que, en la mayoría de los casos, magnifican sucesos mínimos, aportan datos triviales, nos quieren imponer conversaciones de sobremesa y ejercen el terrorismo de la espontaneidad. Género híbrido que participa del noticiero cinematográfico, la grabadora y el sermón.
El lector aturdido por esos testigos y educado en esos compendios, se acostumbra a asociar ciertos temas con unos procedimientos estilísticos definidos. Así, los problemas políticos deben tratarse con una prosa didáctica, aséptica e informativa; la virtud suprema es la leteralidad y el único adorno tolerado son las citas de los clásicos, esos beneméritos nunca fueron leídos. La repetición no es un defecto sino una vieja sabiduría del aula. Para evitar confusiones es aconsejable no escribir a secas norteamericano; es mucho más claro decir "los imperalistas norteamericanos". También ayuda cuando se nombra a la unión Soviética, añadir "la patria del socialismo" o "revisionista" al hablar de Trotsky o "lacayo" si el tema es un presidente bananero. El otro tono admitido para las cuestiones políticas es la página violenta, pero siempre que se sujete -esto es lo esencial- a los adjetivos y a las figuras retóricas establecidas. La sátira y la ironía, esas armas tradicionales, suelen estar excluidas del arsenal local porque las confunden con la ambigüedad y la indefinición. Para esos despistados habría que escribir como en un pentagrama, indicando con un garabato los momentos paródicos o los pasajes donde se intenta la burla; y quiza habría que utilizar dos garabatos para hacerles entrar en la cabeza que la "posición" del autor puede expresarse al través de la elección de un verbo, mediante recursos lingüisticos cuyo fin es ridiculizar o desnudar la tesis contraria. Habría que inventar más garabatos aún para recordarles que la estructura de un parágrafo y el tono de la voz son a veces equivalentes a una opinión. Incluso el humorismo es sospechoso y sólo se le reconoce en los dibujos de las tiras cómicas o en sus presentaciones más primarias: la descripción de un banquete donde los ricos llevan monóculo, lucen calvas crueles, cuellos carnosos, mientras las mujeres, no obstante la abundancia de sillas, se empeñan en sentarse sobre las rodillas esos tiburones.
El lenguaje no es la única víctima. La principal es el lector que ha sido adiestrado en el reconocimiento de unas cuantas fórmulas pobretonas y monótonas. Le han enseñado una retórica escuálida que lo separa a la vez de la estética y de la crítica. Un lector que cae en un mar de perplejidades si el ensayo o el libro se apartan un milímetro del sonsonete habitual; un lector, por consiguiente que se escandaliza con demasiada facilidad. Un lector a quien le han cerrado muchas puertas. La lectura bárbara a la que está encadenado es, en definitiva, la reducción del lenguaje a registros mínimos y clasificados. Pero un lenguaje amputado corresponde siempre a un pensamiento trunco.
Tomado de: Alejandro Rossi. Manual del distraído. De Bols!llo. Barcelona 2007. Páginas 125-129.
martes, 10 de noviembre de 2009
Lorrie Moore y los gringos después del S-11
En febrero de este año pegué en este blog un maravilloso y mordaz cuento suyo. Hoy traigo la entrevista publicada en Babelia a propósito de su última novela Al pie de la escalera que edita en español Seix Barral y que, según cuentan, busca reflejar la transformación de la cultura gringa luego del 11 de septiembre.
Esperemos que Planeta se conduela y traiga pronto la novela a Colombia, ah, y a un precio razonable.

Winston Manrique Sabogal
Bajo una parrita, el sol todavía alcanza a filtrar varios haces de luz que bailan al ritmo de la brisa. Vestida de negro, Lorrie Moore está sentada en esa terraza de un bar-restaurante, con una tira de zanahoria entre los dedos como si fuera un largo cigarrillo que se lleva a los labios, al mejor estilo de las antiguas estrellas del cine. Mira a los ojos, y suelta el humo invisible para reconocer: "Sí, en esta novela he tratado de reflejar el mundo surgido en mi país después de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Es un pequeño golpe bajo a la vida estadounidense", y cierra su actuación hollywoodesca dando un mordisco a su colorido cigarrillo.
Trazos claros y fuertes, con los cuales Lorrie Moore describe Al pie de la escalera (Seix Barral). Un gran retrato-mosaico de los Estados Unidos de comienzos del siglo XXI donde desenmascara a su sociedad. Hace once años que se esperaba un libro de ella. Desde 1998, cuando publicó Pájaros de América, una colección de cuentos que la convirtió en una de las narradoras actuales más prestigiosas por su estilo directo, musical y sobrio lirismo esparcido de humor, ironía y sarcasmo como armas para confrontar de manera incisiva la sociedad, la cotidianidad familiar y laboral y los sentimientos.
Todo eso sigue inalterable en su nueva novela. Y magnificado, porque ha creado un jardín sobre un campo minado. Humor preñado de crítica y tragedia, y tragedia envuelta en humor.
Esto es en lo que se ha convertido Lorena Marie Moore, aquella niña asustadiza que aprendió a escuchar a los adultos contar sus historias personales y cotidianas. Testigo de las diversas verdades en que se fragmenta una sola verdad. De la diferencia entre los hechos reales, la versión o versiones que se daba de ellos y las interpretaciones que otros hacían de los mismos.
Y aquí está ahora, serena y expectante ante lo que opinen sus lectores de Al pie de la escalera. Lo confiesa en Tornado Club, uno de los bares y restaurantes más populares de Madison (Wisconsin), donde vive desde hace más de una década con su hijo adoptado de 15 años y dando clases de escritura creativa en la universidad. Ella misma eligió el sitio para esta entrevista organizada por su editorial española, Seix Barral, el pasado 12 de julio, mes y medio antes de la salida de su novela en Estados Unidos.
Lorrie Moore es de Glens Falls (Nueva York), alta, blanca, de cabello negro y sin apenas maquillaje, con un aire fresco que desmienten sus 52 años. Sin anillos en sus cuidadas manos, sólo adorna su cuerpo un pendiente con tres gotas de plata. Bajo la parrita donde ahora el sol aún muestra su poderío, pero luego se verán pasar las luces del crepúsculo, la escritora será tal cual como en sus libros: una mirada seria y reflexiva de la vida y del mundo, salpicada de ironía, bromas, risas, sarcasmos y preguntas.
Será alrededor de una pequeña mesa redonda adornada con un florero a lo Manet, pero comestible, llamado Rilish. Un vaso alto de cristal que, en lugar de claveles y climátides, conserva en hielo un manojo de tiras de zanahoria, una cebolleta, un par de ramitas de apio, medio pepino partido por la mitad y un pincho de aceitunas verdes y negras, cohombro y tomate cherry. ¡Ah! Y una copa de vino tinto.
En su crujiente compañía, Moore recuerda que ganó a los 19 años un concurso de cuentos en la revista Seventeen. Y cómo ahora, 33 años después, ha publicado tres libros de relatos, acaba de editar su tercera novela y es miembro de la Academia de las Artes y las Letras de América desde 2006. No sabe muy bien qué ha cambiado en la literatura, ni en la suya en particular, en todo este tiempo. Lo único claro es que ahora tiene un hijo adolescente, se ha divorciado y se han mudado del Este al Oeste, a la mitad de Estados Unidos. "Aquí hay un muy buen resumen de la sociedad estadounidense. Al principio no era consciente de eso, de todo lo que había aquí, y ahora estoy tratando de reflejarlo. Éste es un micromundo del país con todos sus microambientes políticos, culturales, sociales y de sueños". Calla un instante y su voz pausada encuentra un punto de cambio como narradora: "Antes, cuando era más joven, escribí mis dos novelas, Anagramas y El hospital de ranas, sobre mujeres mayores, y ahora que ya soy mayor escribo sobre una mujer joven", y se interrumpe con una risa clara y dosificada. "Eso quería hacer en esta novela. Quería contar estas cosas como un resumen de Estados Unidos".
¿Acaso la tan mentada y esperada gran novela de la sociedad estadounidense del siglo XXI?
Silencio...
Al pie de la escalera tiene más dosis de su humor envenenado, a veces usado por sus personajes como escape al dolor, mientras se explaya en las descripciones del ambiente y las psicológicas de personas puestas en un cruce de caminos frente a temas como los prejuicios en torno al racismo, la inmigración, la adopción, las nuevas familias, la religión, los miedos modernos, la guerra, la desolación de ciertas pasiones y la culpa y la expiación. Un paisaje devastador que descubre Tassie Keltjin, una joven universitaria, en su travesía hacia la vida de verdad, teniendo como fondo la larga y oscura estela del 11-S y la guerra de Irak.
A Moore no le queda la menor duda de que no somos impermeables al tiempo. A su arte para moldear las vidas solapadamente, y a pesar de quien sea. "Las cosas cambian, las ideas cambian, las familias cambian. Las cosas que importan en el mundo. Y ahora resulta que ese paradigma que teníamos en Estados Unidos de la sociedad inmigrante se ha roto. Eso me ha llevado a abordar este tema que es fundamental. Antes, mis dos primeros libros hablaban de la familia. Cada libro es diferente".
Su aproximación y percepción de la gente y la manera como refleja sus relaciones personales y sentimentales en sus libros ha variado. Y para demostrarlo toma prestada una frase de unos amigos que le han dicho: "Lorrie, tú escribes todo el tiempo sobre los sentimientos mutuos entre hombres y mujeres; pero ahora te preocupas de cómo las mujeres fracasan unas con otras", y termina subiendo las cejas.
Cuando la luz empieza a tornarse bronceada, y a regalar los últimos haces de sol danzarines, Lorrie Moore, con el cigarrillo-zanahoria entre los dedos, reconoce el alcance que quiere darle a su novela; la de una obra que represente y retrate el mosaico de la sociedad estadounidense del nuevo siglo XXI, engendrada súbitamente tras los atentados terroristas de Al Qaeda en 2001 en Nueva York y Washington. Le gustaría que Al pie de la escalera fuera una especie de espejo en el cual se pudieran mirar sus compatriotas. Porque de ese suceso procede la nueva sociedad que ella describe. De ahí que defina la novela como "un pequeño golpe bajo a la vida estadounidense", tras lo cual suelta el humo invisible de su cigarrillo-zanahoria.
Una prueba de que su propuesta no es sólo artística y literaria. También da un salto contundente en lo temático y una declaración de principios sobre temas cruciales, que van desde las relaciones actuales de pareja y los asuntos religiosos hasta la situación del racismo y las culpas para afrontar los caminos del mundo contemporáneo. Y fiel a su estilo políticamente incorrecto al mostrar el abismo que hay entre lo que se piensa y lo que se dice y cómo se actúa. "La novela es un micromundo que refleja a la sociedad norteamericana actual. Aquí, en Madison y en el Medio Oeste, confluyen los dos mundos, se mezclan lo urbano y lo rural, y conviven lo moderno y lo tradicional".
Presta una atención especial al racismo. La novela cuenta la vida de Tassie que es contratada como canguro de una niña afroamericana. "El racismo existe, no se puede ocultar. Los privilegios de los blancos continúan, aunque van disminuyendo lentamente. He escrito la novela antes del triunfo de Barack Obama e incluso hice campaña por él", y hace una mueca al bromear diciendo que pensaba que si él ganaba no iba a ser bueno para su libro.
La guinda que faltaba para comprobar que su novela es como el Rilish, al que no deja de echarle mano entre sorbo y sorbo de vino. Una mezcla armoniosa y natural de formas, colores, sabores, efectos y sonidos. De contrastes y contradicciones. Junto al racismo, la novela afronta la religión, el cristianismo, el judaísmo y el islamismo. Una cuestión interesante para ella que fue criada por un padre que no fue educado religiosamente, aunque ella no ve nada malo en la religión. "Estados Unidos es un país muy curioso, ¡muy curioso! Es una contradicción porque fue fundado por ateos que se hicieron cristianos y la fundaron en nombre de la libertad religiosa. Pero se ha ido convirtiendo en un país de múltiples religiones".
Es una mixtura que no siempre se refleja en las instituciones, afirma la escritora y académica. Y cita el ejemplo de la Corte Suprema de Justicia donde la tercera parte de sus miembros son católicos mientras la sociedad a la que representan sólo cuenta con la quinta parte de estos fieles. "Ahora la gente está pensando en la diferencia de estos porcentajes. ¿Qué significa eso para la sociedad estadounidense? Todavía no hay una respuesta".
Como tampoco la encuentra en el porqué de la intolerancia de algunos creyentes de las tres religiones monoteístas, y de que cada vez la gente se hace más religiosa, especialmente en Estados Unidos. "La creencia es una cuestión cultural. La religión en sí misma no es intolerante, el problema es la gente. Pero la tendencia en mi país hacia cualquier tipo de religión es sorprendente". ¿Por qué? "Porque la gente busca en ella una solución, una respuesta. Son cosas de la mente. No lo sé muy bien, no soy filósofa, pero, cuando en mi libro los niños mueren, la gente busca la religión como un consuelo al dolor, a la pérdida, como una manera de paliar la tristeza...".
...Y Lorrie Moore estira la mano hasta el centro de la mesa donde está el Rilish para coger otra tira de zanahoria y volver a jugar, entre risas, a la fumadora glamourosa de los años treinta. Ya no hay sol. Sólo una luz cobriza que lo baña todo bajo el susurro de la parra movida por la brisa como preámbulo a sus ideas sobre los miedos contemporáneos que palpitan en Al pie de la escalera.
Insiste en el temor ante la desconfianza o descalificación que ahora se da a alguna persona según su credo. Miedos individuales y miedos colectivos que parecen acorralar a la gente en su novela. "Cada generación tiene su colección de nuevos miedos", reconoce resignada. "Es también una forma de confrontar el mundo. De cómo tú miras ese mundo y cómo tú sacas lo que tienes para salir adelante en la vida. Cada uno de nosotros asumimos unos temores, es interesante, y son diferentes sus grados en cada persona".
Aunque en el camino se han perdido cosas que no comparte, como cambiar privacidad por seguridad. "Cuando John Kerry dijo que se debía tratar como una cosa más, yo estaba de acuerdo, pero cuando lo pusieron más grande y lo exageraron lo convirtieron en un problema. El terrorismo es una manera de manipular a la gente".
Y sus palabras recorren durante unos minutos la naturaleza del miedo a bifurcarse.
Recuerda que los más recientes tienen que ver con el cambio climático, la calidad del aire o el agua que se dejará para los hijos o nietos. "Otros miedos que laten son el racismo, las clases sociales, y eso se ve claramente en Estados Unidos". Pero es curioso que el temor medioambiental acose a los estadounidenses y su Gobierno no se lo tome muy en serio, ante lo cual atina a comentar un poco burlona: "Es terrible. Obama debió llegar 20 años atrás, esperemos que no sea tarde".
Cuando la oscuridad empieza a puntearse en la atmósfera, Moore pasa de los miedos contemporáneos a desvelar parte del secreto de la sonoridad de su escritura y otros recursos de estilo. En sus narraciones parece jugar con el sonido de las palabras en busca de un efecto evocador y de creación de frases llenas de imágenes o metáforas. O sarcasmos e ironías. Un aprendizaje que le viene de prestar mucha atención a la manera en que habla la gente, a su capacidad de observación. "Pero sólo escuchar a los demás, porque no me gusta nada mi voz, soy terrible hablando. Otra cuestión es cuando empiezo a escribir porque entonces todas las cosas aparecen naturalmente", y abre sus brazos como si acabara de terminar un truco de magia.
Tiene mucho que ver aquí el teatro. Además de haber escuchado de pequeña las conversaciones de los adultos y sus formas de contar sus cosas. "Me gusta sentarme y escuchar los diálogos entre los personajes. La tradición oral es más cuestión de concentración. Insisto mucho a mis alumnos en esto, porque cuando tú te concentras luego en el papel se revela todo, y lo demás viene naturalmente".
Y para que todo encaje, Lorrie Moore tiene que inventarse un mundo perfecto para su obra, acorde a lo que va a contar. Sin olvidar, recuerda, que también tiene que traer a él cosas del mundo real, que es lo que al final contribuye a hacerlo creíble y verosímil. Reconocible para el lector. En su caso, con temas cotidianos poblados de personajes cuyos mundos interiores ella muestra como seres a veces inconformes o amordazados o devastados por frustraciones, desencuentros o sueños.
Sus manos, que a veces acompañan a sus palabras, aquí ganan protagonismo. Confiesa que no piensa en el humor cuando escribe. "Las cosas tienen humor en sí mismas. Es cuestión de saber verlo. En esta novela creo que no hay mucho, pero mi editor me dijo que era muy graciosa", y sonríe perpleja porque no termina de entenderlo.
Cuando intenta explicar la procedencia de su ironía y de aquello que parece políticamente incorrecto, manda atrás su brazo izquierdo, que se topa con una ramita de parra descolgada como una serpiente que le hace girar rápidamente la cabeza. Se percata de lo que es, sonríe y sube las cejas mientras dice que "es importante la interacción que tienen las personas, mostrar el mundo interior y exterior del individuo. Arrostrar dichos mundos. En el cine es difícil hacer esto, pero en la literatura se puede hacer con tres o cuatro frases".
El resultado es una obra a la cual le atribuyen resonancias kafkianas y una protagonista veinteañera a quien ya le han encontrado un parentesco con el adolescente Holden Caulfield, de El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger.
La noche ya está ahí a la luz de la vela. Y la escritora habla de su labor como profesora y de la manera en que su vida ha ido cambiando a medida que su hijo crecía. Para escribir prefiere las mañanas con la complicidad de una taza de café, que al evocarla hace aparecer su aroma en la mesa; luego cuenta que por las noches también escribe para aprovechar su magia.
Así, entre la crianza, la mudanza, las clases y la adaptación a la nueva vida en Madison, a finales de los noventa, empezó a concebir Al pie de la escalera con algún rasgo autobiográfico. La escritura llegó después del 11-S. Luego tardó un año en arreglar lo escrito porque lo que pretendía era que la novela reflejara el mundo surgido de allí. Mientras tanto la gente se preguntaba dónde estaba la autora de Pájaros de América. Y ahora que ha vuelto, después de once años sin publicar, lo dice: "Me he repartido entre varios quehaceres. En un año pensé que ya tenía toda la novela en la cabeza, pero resultó que eran únicamente 50 páginas. Y, encima, la historia era muy triste, así que tuve que rehacerla. Además he publicado cuentos en revistas como The New Yorker y en The Guardian".
Una hora después, dentro del restaurante, al final de la cena, Lorrie Moore lee el comienzo de su novela en inglés como en un recital secreto... Luego pregunta cómo suena en su traducción al español. Se recuesta en la silla, y escucha atenta: "El frío llegó aquel otoño y a los pájaros cantores los cogió desprevenidos. Cuando la nieve y el viento empezaron a ser intensos, demasiados habían sido engañados para quedarse, y en vez de partir hacia el sur, en vez de haber volado ya hacia el sur, estaban acurrucados en los jardines de las casas, con las alas ahuecadas para conseguir un poco de calor...". Sonríe... Le gusta lo que ha escuchado en un idioma ajeno al suyo. El sonido de ese comienzo cuya imagen presagia la historia por venir.
