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martes, 10 de noviembre de 2009

Lorrie Moore y los gringos después del S-11

Lorrie Moore es una de las cuentistas gringas contemporáneas que más me gusta. Pájaros de América y Autoayuda son dos maravillosas colecciones de cuentos llenos de tristeza, desazón y un extraño sentido del humor.
En febrero de este año pegué en este blog un maravilloso y mordaz cuento suyo. Hoy traigo la entrevista publicada en Babelia a propósito de su última novela Al pie de la escalera que edita en español Seix Barral y que, según cuentan, busca reflejar la transformación de la cultura gringa luego del 11 de septiembre.
Esperemos que Planeta se conduela y traiga pronto la novela a Colombia, ah, y a un precio razonable.


ESPEJO ROTO DE AMÉRICA

Winston Manrique Sabogal

Bajo una parrita, el sol todavía alcanza a filtrar varios haces de luz que bailan al ritmo de la brisa. Vestida de negro, Lorrie Moore está sentada en esa terraza de un bar-restaurante, con una tira de zanahoria entre los dedos como si fuera un largo cigarrillo que se lleva a los labios, al mejor estilo de las antiguas estrellas del cine. Mira a los ojos, y suelta el humo invisible para reconocer: "Sí, en esta novela he tratado de reflejar el mundo surgido en mi país después de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Es un pequeño golpe bajo a la vida estadounidense", y cierra su actuación hollywoodesca dando un mordisco a su colorido cigarrillo.

Trazos claros y fuertes, con los cuales Lorrie Moore describe Al pie de la escalera (Seix Barral). Un gran retrato-mosaico de los Estados Unidos de comienzos del siglo XXI donde desenmascara a su sociedad. Hace once años que se esperaba un libro de ella. Desde 1998, cuando publicó Pájaros de América, una colección de cuentos que la convirtió en una de las narradoras actuales más prestigiosas por su estilo directo, musical y sobrio lirismo esparcido de humor, ironía y sarcasmo como armas para confrontar de manera incisiva la sociedad, la cotidianidad familiar y laboral y los sentimientos.

Todo eso sigue inalterable en su nueva novela. Y magnificado, porque ha creado un jardín sobre un campo minado. Humor preñado de crítica y tragedia, y tragedia envuelta en humor.

Esto es en lo que se ha convertido Lorena Marie Moore, aquella niña asustadiza que aprendió a escuchar a los adultos contar sus historias personales y cotidianas. Testigo de las diversas verdades en que se fragmenta una sola verdad. De la diferencia entre los hechos reales, la versión o versiones que se daba de ellos y las interpretaciones que otros hacían de los mismos.

Y aquí está ahora, serena y expectante ante lo que opinen sus lectores de Al pie de la escalera. Lo confiesa en Tornado Club, uno de los bares y restaurantes más populares de Madison (Wisconsin), donde vive desde hace más de una década con su hijo adoptado de 15 años y dando clases de escritura creativa en la universidad. Ella misma eligió el sitio para esta entrevista organizada por su editorial española, Seix Barral, el pasado 12 de julio, mes y medio antes de la salida de su novela en Estados Unidos.

Lorrie Moore es de Glens Falls (Nueva York), alta, blanca, de cabello negro y sin apenas maquillaje, con un aire fresco que desmienten sus 52 años. Sin anillos en sus cuidadas manos, sólo adorna su cuerpo un pendiente con tres gotas de plata. Bajo la parrita donde ahora el sol aún muestra su poderío, pero luego se verán pasar las luces del crepúsculo, la escritora será tal cual como en sus libros: una mirada seria y reflexiva de la vida y del mundo, salpicada de ironía, bromas, risas, sarcasmos y preguntas.

Será alrededor de una pequeña mesa redonda adornada con un florero a lo Manet, pero comestible, llamado Rilish. Un vaso alto de cristal que, en lugar de claveles y climátides, conserva en hielo un manojo de tiras de zanahoria, una cebolleta, un par de ramitas de apio, medio pepino partido por la mitad y un pincho de aceitunas verdes y negras, cohombro y tomate cherry. ¡Ah! Y una copa de vino tinto.

En su crujiente compañía, Moore recuerda que ganó a los 19 años un concurso de cuentos en la revista Seventeen. Y cómo ahora, 33 años después, ha publicado tres libros de relatos, acaba de editar su tercera novela y es miembro de la Academia de las Artes y las Letras de América desde 2006. No sabe muy bien qué ha cambiado en la literatura, ni en la suya en particular, en todo este tiempo. Lo único claro es que ahora tiene un hijo adolescente, se ha divorciado y se han mudado del Este al Oeste, a la mitad de Estados Unidos. "Aquí hay un muy buen resumen de la sociedad estadounidense. Al principio no era consciente de eso, de todo lo que había aquí, y ahora estoy tratando de reflejarlo. Éste es un micromundo del país con todos sus microambientes políticos, culturales, sociales y de sueños". Calla un instante y su voz pausada encuentra un punto de cambio como narradora: "Antes, cuando era más joven, escribí mis dos novelas, Anagramas y El hospital de ranas, sobre mujeres mayores, y ahora que ya soy mayor escribo sobre una mujer joven", y se interrumpe con una risa clara y dosificada. "Eso quería hacer en esta novela. Quería contar estas cosas como un resumen de Estados Unidos".

¿Acaso la tan mentada y esperada gran novela de la sociedad estadounidense del siglo XXI?

Silencio...

Al pie de la escalera tiene más dosis de su humor envenenado, a veces usado por sus personajes como escape al dolor, mientras se explaya en las descripciones del ambiente y las psicológicas de personas puestas en un cruce de caminos frente a temas como los prejuicios en torno al racismo, la inmigración, la adopción, las nuevas familias, la religión, los miedos modernos, la guerra, la desolación de ciertas pasiones y la culpa y la expiación. Un paisaje devastador que descubre Tassie Keltjin, una joven universitaria, en su travesía hacia la vida de verdad, teniendo como fondo la larga y oscura estela del 11-S y la guerra de Irak.

A Moore no le queda la menor duda de que no somos impermeables al tiempo. A su arte para moldear las vidas solapadamente, y a pesar de quien sea. "Las cosas cambian, las ideas cambian, las familias cambian. Las cosas que importan en el mundo. Y ahora resulta que ese paradigma que teníamos en Estados Unidos de la sociedad inmigrante se ha roto. Eso me ha llevado a abordar este tema que es fundamental. Antes, mis dos primeros libros hablaban de la familia. Cada libro es diferente".

Su aproximación y percepción de la gente y la manera como refleja sus relaciones personales y sentimentales en sus libros ha variado. Y para demostrarlo toma prestada una frase de unos amigos que le han dicho: "Lorrie, tú escribes todo el tiempo sobre los sentimientos mutuos entre hombres y mujeres; pero ahora te preocupas de cómo las mujeres fracasan unas con otras", y termina subiendo las cejas.

Cuando la luz empieza a tornarse bronceada, y a regalar los últimos haces de sol danzarines, Lorrie Moore, con el cigarrillo-zanahoria entre los dedos, reconoce el alcance que quiere darle a su novela; la de una obra que represente y retrate el mosaico de la sociedad estadounidense del nuevo siglo XXI, engendrada súbitamente tras los atentados terroristas de Al Qaeda en 2001 en Nueva York y Washington. Le gustaría que Al pie de la escalera fuera una especie de espejo en el cual se pudieran mirar sus compatriotas. Porque de ese suceso procede la nueva sociedad que ella describe. De ahí que defina la novela como "un pequeño golpe bajo a la vida estadounidense", tras lo cual suelta el humo invisible de su cigarrillo-zanahoria.

Una prueba de que su propuesta no es sólo artística y literaria. También da un salto contundente en lo temático y una declaración de principios sobre temas cruciales, que van desde las relaciones actuales de pareja y los asuntos religiosos hasta la situación del racismo y las culpas para afrontar los caminos del mundo contemporáneo. Y fiel a su estilo políticamente incorrecto al mostrar el abismo que hay entre lo que se piensa y lo que se dice y cómo se actúa. "La novela es un micromundo que refleja a la sociedad norteamericana actual. Aquí, en Madison y en el Medio Oeste, confluyen los dos mundos, se mezclan lo urbano y lo rural, y conviven lo moderno y lo tradicional".

Presta una atención especial al racismo. La novela cuenta la vida de Tassie que es contratada como canguro de una niña afroamericana. "El racismo existe, no se puede ocultar. Los privilegios de los blancos continúan, aunque van disminuyendo lentamente. He escrito la novela antes del triunfo de Barack Obama e incluso hice campaña por él", y hace una mueca al bromear diciendo que pensaba que si él ganaba no iba a ser bueno para su libro.

La guinda que faltaba para comprobar que su novela es como el Rilish, al que no deja de echarle mano entre sorbo y sorbo de vino. Una mezcla armoniosa y natural de formas, colores, sabores, efectos y sonidos. De contrastes y contradicciones. Junto al racismo, la novela afronta la religión, el cristianismo, el judaísmo y el islamismo. Una cuestión interesante para ella que fue criada por un padre que no fue educado religiosamente, aunque ella no ve nada malo en la religión. "Estados Unidos es un país muy curioso, ¡muy curioso! Es una contradicción porque fue fundado por ateos que se hicieron cristianos y la fundaron en nombre de la libertad religiosa. Pero se ha ido convirtiendo en un país de múltiples religiones".

Es una mixtura que no siempre se refleja en las instituciones, afirma la escritora y académica. Y cita el ejemplo de la Corte Suprema de Justicia donde la tercera parte de sus miembros son católicos mientras la sociedad a la que representan sólo cuenta con la quinta parte de estos fieles. "Ahora la gente está pensando en la diferencia de estos porcentajes. ¿Qué significa eso para la sociedad estadounidense? Todavía no hay una respuesta".

Como tampoco la encuentra en el porqué de la intolerancia de algunos creyentes de las tres religiones monoteístas, y de que cada vez la gente se hace más religiosa, especialmente en Estados Unidos. "La creencia es una cuestión cultural. La religión en sí misma no es intolerante, el problema es la gente. Pero la tendencia en mi país hacia cualquier tipo de religión es sorprendente". ¿Por qué? "Porque la gente busca en ella una solución, una respuesta. Son cosas de la mente. No lo sé muy bien, no soy filósofa, pero, cuando en mi libro los niños mueren, la gente busca la religión como un consuelo al dolor, a la pérdida, como una manera de paliar la tristeza...".

...Y Lorrie Moore estira la mano hasta el centro de la mesa donde está el Rilish para coger otra tira de zanahoria y volver a jugar, entre risas, a la fumadora glamourosa de los años treinta. Ya no hay sol. Sólo una luz cobriza que lo baña todo bajo el susurro de la parra movida por la brisa como preámbulo a sus ideas sobre los miedos contemporáneos que palpitan en Al pie de la escalera.

Insiste en el temor ante la desconfianza o descalificación que ahora se da a alguna persona según su credo. Miedos individuales y miedos colectivos que parecen acorralar a la gente en su novela. "Cada generación tiene su colección de nuevos miedos", reconoce resignada. "Es también una forma de confrontar el mundo. De cómo tú miras ese mundo y cómo tú sacas lo que tienes para salir adelante en la vida. Cada uno de nosotros asumimos unos temores, es interesante, y son diferentes sus grados en cada persona".

Aunque en el camino se han perdido cosas que no comparte, como cambiar privacidad por seguridad. "Cuando John Kerry dijo que se debía tratar como una cosa más, yo estaba de acuerdo, pero cuando lo pusieron más grande y lo exageraron lo convirtieron en un problema. El terrorismo es una manera de manipular a la gente".

Y sus palabras recorren durante unos minutos la naturaleza del miedo a bifurcarse.

Recuerda que los más recientes tienen que ver con el cambio climático, la calidad del aire o el agua que se dejará para los hijos o nietos. "Otros miedos que laten son el racismo, las clases sociales, y eso se ve claramente en Estados Unidos". Pero es curioso que el temor medioambiental acose a los estadounidenses y su Gobierno no se lo tome muy en serio, ante lo cual atina a comentar un poco burlona: "Es terrible. Obama debió llegar 20 años atrás, esperemos que no sea tarde".

Cuando la oscuridad empieza a puntearse en la atmósfera, Moore pasa de los miedos contemporáneos a desvelar parte del secreto de la sonoridad de su escritura y otros recursos de estilo. En sus narraciones parece jugar con el sonido de las palabras en busca de un efecto evocador y de creación de frases llenas de imágenes o metáforas. O sarcasmos e ironías. Un aprendizaje que le viene de prestar mucha atención a la manera en que habla la gente, a su capacidad de observación. "Pero sólo escuchar a los demás, porque no me gusta nada mi voz, soy terrible hablando. Otra cuestión es cuando empiezo a escribir porque entonces todas las cosas aparecen naturalmente", y abre sus brazos como si acabara de terminar un truco de magia.

Tiene mucho que ver aquí el teatro. Además de haber escuchado de pequeña las conversaciones de los adultos y sus formas de contar sus cosas. "Me gusta sentarme y escuchar los diálogos entre los personajes. La tradición oral es más cuestión de concentración. Insisto mucho a mis alumnos en esto, porque cuando tú te concentras luego en el papel se revela todo, y lo demás viene naturalmente".

Y para que todo encaje, Lorrie Moore tiene que inventarse un mundo perfecto para su obra, acorde a lo que va a contar. Sin olvidar, recuerda, que también tiene que traer a él cosas del mundo real, que es lo que al final contribuye a hacerlo creíble y verosímil. Reconocible para el lector. En su caso, con temas cotidianos poblados de personajes cuyos mundos interiores ella muestra como seres a veces inconformes o amordazados o devastados por frustraciones, desencuentros o sueños.

Sus manos, que a veces acompañan a sus palabras, aquí ganan protagonismo. Confiesa que no piensa en el humor cuando escribe. "Las cosas tienen humor en sí mismas. Es cuestión de saber verlo. En esta novela creo que no hay mucho, pero mi editor me dijo que era muy graciosa", y sonríe perpleja porque no termina de entenderlo.

Cuando intenta explicar la procedencia de su ironía y de aquello que parece políticamente incorrecto, manda atrás su brazo izquierdo, que se topa con una ramita de parra descolgada como una serpiente que le hace girar rápidamente la cabeza. Se percata de lo que es, sonríe y sube las cejas mientras dice que "es importante la interacción que tienen las personas, mostrar el mundo interior y exterior del individuo. Arrostrar dichos mundos. En el cine es difícil hacer esto, pero en la literatura se puede hacer con tres o cuatro frases".

El resultado es una obra a la cual le atribuyen resonancias kafkianas y una protagonista veinteañera a quien ya le han encontrado un parentesco con el adolescente Holden Caulfield, de El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger.

La noche ya está ahí a la luz de la vela. Y la escritora habla de su labor como profesora y de la manera en que su vida ha ido cambiando a medida que su hijo crecía. Para escribir prefiere las mañanas con la complicidad de una taza de café, que al evocarla hace aparecer su aroma en la mesa; luego cuenta que por las noches también escribe para aprovechar su magia.

Así, entre la crianza, la mudanza, las clases y la adaptación a la nueva vida en Madison, a finales de los noventa, empezó a concebir Al pie de la escalera con algún rasgo autobiográfico. La escritura llegó después del 11-S. Luego tardó un año en arreglar lo escrito porque lo que pretendía era que la novela reflejara el mundo surgido de allí. Mientras tanto la gente se preguntaba dónde estaba la autora de Pájaros de América. Y ahora que ha vuelto, después de once años sin publicar, lo dice: "Me he repartido entre varios quehaceres. En un año pensé que ya tenía toda la novela en la cabeza, pero resultó que eran únicamente 50 páginas. Y, encima, la historia era muy triste, así que tuve que rehacerla. Además he publicado cuentos en revistas como The New Yorker y en The Guardian".

Una hora después, dentro del restaurante, al final de la cena, Lorrie Moore lee el comienzo de su novela en inglés como en un recital secreto... Luego pregunta cómo suena en su traducción al español. Se recuesta en la silla, y escucha atenta: "El frío llegó aquel otoño y a los pájaros cantores los cogió desprevenidos. Cuando la nieve y el viento empezaron a ser intensos, demasiados habían sido engañados para quedarse, y en vez de partir hacia el sur, en vez de haber volado ya hacia el sur, estaban acurrucados en los jardines de las casas, con las alas ahuecadas para conseguir un poco de calor...". Sonríe... Le gusta lo que ha escuchado en un idioma ajeno al suyo. El sonido de ese comienzo cuya imagen presagia la historia por venir.


miércoles, 28 de octubre de 2009

Literatura felina: Amos Oz


Un día de otoño del año cincuenta y cuatro, Mijael volvió del trabajo al atardecer con un gatito gris y blanco en los brazos. Lo había encontrado en la calle David Yellin, a la sombra de la tapia del colegio religioso para chicas. ¿No es conmovedor? Mijael me pide que lo toque. Quiere que vea cómo esa criatura levanta una pata diminuta para amenazar y atemorizar, como si fuese un tigre o una pantera por lo menos. ¿Dónde está el libro de animales de Yair? Por favor, mamá, trae el libro para que Yair aprenda que el gato y el tigre son primos hermanos.
Cuando mi marido cogió la mano de mi hijo y la pasó por la espalda del gatito, vi un temblor en la comisura de los labios del niño, como si el gato se fuera a romper o tocarle la espalda resultara peligroso.
-Mira, mamá, me está mirando, ¿qué quiere de mí?
-Quiere comer, hijo. Y dormir. Yair, ve a prepararle un sitio en la terraza de la cocina. No tonto, el gatito no necesita manta.
-¿Por qué?
-¿Porque no son como las personas. Son diferentes.
-¿Por qué son diferentes?
-Porque así han sido creados. No puedo explicártelo.
-Papá, ¿por qué los gatos no se tapan con una manta como las personas?
-Porque los gatos tienen pelo y por tanto tienen calor incluso sin manta.

Mijael y Yair estuvieron toda la tarde jugando con el gato. Le pusieron Tzaj, es decir, "cándido". Era un cachorro de unas pocas semanas, en sus movimientos aún se apreciaba a veces una falta de coordinación que resultaba conmovedora. Se afanaba en atrapar una polilla que revoloteaba por el techo de la cocina. Sus saltos eran graciosos, porque carecía de capacidad para calcular la altura y la distancia: brincaba a un palmo del suelo abriendo y cerrando con fuerza las pequeñas mandíbulas, como si hubiese alcanzado una polilla del techo. Nosotros nos partíamos de risa. Al oír nuestra risa se erizaba y nos lanzaba un resoplido con el que pretendía matarnos de miedo.
-Tzaj será el gato más fuerte de los alrededores -dijo Yair-. Le enseñaremos a vigilar la casa y a atrapar a los ladrones y malhechores. tzaj será nuestro gato policía.
-Hau que darle de comer y acariciarlo -dijo Mijael-. Ninguna criatura pude vivir sin cariño. por tanto, nosotros queremos a Tzaj y Tzaj nos querrá a nosotros. Pero, Yair, no es necesario besarle. Mamá se enfadaría contigo.
Yo preparé un cuenco de plástico verde con leche y queso. Mijael tuvo que meter a la fuerza la cabeza de Tzaj en la leche, porque el gatito aún no sabía comer del cuenco. La criatura se apartó, estornudó, sacudió con energía la cabeza empapada, lo salpico todo de gotas blancas. Al final alzó la cabeza, tenía la cara mojada, magullada y encendida. Tzaj no era un gatito cándido, era gris y blando. Un gato corriente.

Por la noche el gatito descubrió una pequeña abertura en el ventanuco de la cocina. Se escapó de la terraza, entró en el piso y encontró nuestra cama. Eligió acurrucarse precisamente a mis pies, a pesar de que había sido Mijael quien le había adoptado y le había estado cuidando toda la tarde. Era un gato desagradecido. Despreciaba a quien era bueno con él y adulaba a quien se comportaba con él con frialdad. Hace unos años Mijael Gonen me dijo: un gato jamás confraternizará con la persona inadecuada. Ahora sé que era una moraleja que no había que tomar al pie a de la letra, y que Mijael la dijo solo para mostrarse original ante mí. A mis pies se acurrucó el gato Tzaj, se enrolló y ronroneó de una forma tranquila y tranquilizadora al mismo tiempo. Al amanecer el gato araño la puerta. Me levanté y le abrí. Salió y al instante estaba maullando detrás de la puerta de la terraza. Bostezó, se estiró, gruñó, maulló y suplicó que lo dejara salir por esa puerta. Tzaj era un gato voluble, o tal vez muy indeciso.

Al cabo de cinco días , nuestro gato se fue y no volvió más. Mi marido y mi hijo se pasaron toda la tarde buscándole por la callejuela, por las calles contiguas y también al pie de la tapia del colegio religioso para chicas, el lugar donde lo había recogido Mijael una semana antes. Yair opinaba que habíamos ofendido a Yzaj. Según Mijael, el cachorro había vuelto con su madre. Yo no le había puesto la mano encima. lo digo porque sospechaban que yo había acabado con él. ¿De verdad Mijael me consideraba capaz de envenenar al gato?
Así pues, comprendió que se había equivocado al pretender hacerse cargo de un gato sin mi consentimiento, al comportarse como si no hubiera nadie más en casa. Mijael me pidió que le comprendiera: pretendía hacer feliz a nuestro hijo. Y también él, de pequeño, había deseado tener un gato, pero su padre no se lo había permitido.
-Yo no le he hecho nada, Mijael. Tienes que creerme. Tampoco me opongo a que trigas otro gato. Yo no lo he tocado.
-Entonces, ha debido desaparecer por arte de magia -Mijael sonrió comedidamente-, por favor, no sigamos hablando de ello. Es una pena por el niño, estaba muy unido a Tzaj. pero dejémoslo, Jana. ¿Acaso merece la pena discutir por un pequeño gato?
-No hay discusión alguna -dije.
-No, ni discusión ni gato. -Mijael volvió a sonreír comedidamente.

Tomado de: Mi querido Mijael de Amos Oz. DeBols!llo - Siruela. Madrid, 2006. Páginas 122 a 125.

martes, 20 de octubre de 2009

A Juicio: La bicicleta de Sumji, de Amos Oz


La evidencia

Padre preguntó con suavidad:

—¿Tú sabes qué hora es?

—Tarde —respondí con tristeza. Y empuñé con fuerza redoblada mi sacapuntas.

—Son las siete y treinta y seis minutos —puntualizó padre. Se alzaba a la entrada impidiéndome el paso, y sacudió muchas veces la cabeza, como si hubiese llegado a esa triste pero inevitable conclusión allí y en aquel preciso instante. Añadió—: Ya hemos cenado.

—Lo siento —tartamudeé con voz diminuta.

—No sólo hemos cenado. Ya hemos lavado los platos —dijo con calma. Hubo otro silencio. Supe perfectamente qué iba a seguir. El corazón me latía sin parar.

—Y, ¿dónde ha estado su señoría durante todo este tiempo? ¿Y dónde está su bicicleta?

—¿Mi bicicleta? —dije consternado. Y la sangre se me subió a la cara.

—La bicicleta —repitió padre con paciencia, pronunciando cada sílaba con toda precisión—. La bicicleta.

—Mi bicicleta —murmuré a mi vez pronunciando cada sílaba tal como él había hecho—. Mi bicicleta. Sí. Está en casa de un amigo. Se la he prestado —y mis labios continuaron susurrando su propia canción—. Hasta mañana.

—¿Ah, sí? —dijo mi padre con simpatía, como si compartiese mi sufrimiento de todo corazón y estuviera a punto de ofrecerme algún consejo sencillo pero útil—. Quizá me sea permitido conocer el nombre y el título de ese honorable amigo.

—Eso —dije—, eso no puedo decírtelo.

—¿No?

—No.

—¿De ninguna manera?

—De ninguna manera.

Era en ese preciso instante, lo supe con toda certeza, cuando venía la primera bofetada. Me encogí, como si quisiera enterrar la cabeza entre los hombros o el cuerpo entero dentro de los zapatos; cerré los ojos y apreté el sacapuntas con toda mi fuerza. Respiré hondo tres o cuatro veces y esperé. Pero no llegó ninguna bofetada. Abrí los ojos y parpadeé. Allí estaba padre, que parecía apenado, como si esperase el final de la representación. Al final, dijo:

—Sólo una pregunta más, si su señoría tiene la amabilidad de permitirlo.

—Qué? —susurraron mis labios por sí mismos.

—Quizá se me permita ver qué oculta su excelencia en su mano derecha.

—No es posible —murmuré. Pero de repente sentí heladas hasta las plantas de los pies.

—¿Ni siquiera eso es posible?

—No puedo, papá.

Su alteza no está hoy muy favorable que digamos —resumió padre con tristeza. Entonces, a pesar de todo, condescendió a continuar presionándome—: Por mi bien y por el tuyo.

—No puedo.

—Me lo enseñarás, niño estúpido —rugió padre. En ese momento empezó a dolerme terriblemente el estómago.

—Tengo dolor de barriga —dije.

—Primero vas a enseñarme lo que tienes en la mano.

—Después —rogué.

—De acuerdo —dijo padre con un tono de voz diferente. Y de repente repitió—: De acuerdo. Ya está bien —y se quitó de la puerta.

Le miré desde abajo, esperando sin mucho fundamento que después de todo me perdonaría. Y en ese mismo instante me cayó encima la primera bofetada.

Tomado de Amos Oz. La bicicleta de Sumji. Siruela, Fondo de Cultura Económica. Madrid, 2005. Páginas 49 a 51.


La defensa

Esta novela breve es el primer texto que leo de Amos Oz y no salí defraudado. Es una novelita infantil de 71 que pronto me recordó cuando en mi infancia mi mamá me preguntaba con insistencia que por qué estaba cabizbajo si los niños no tienen problemas, no tienen preocupaciones. Amoz Os, a través de Sumji, el protagonista de la historia, nos desvarata esa mentira.

Durante la ocupación inglesa de Israel, Sumji, un pequeño y enamoradizo hombre de 11, recibe un regalo del tío calavera de la familia: una bicicleta... de niña, pero bici, al fin y al cabo. De inmediato va a mostrársela a su único amigo (Sumji no es precisamente el niño más popular), quien termina cambiándosela por un juguete... lo tumbó, y de ahí en adelante vienen otros tumbes más. Sumji tampoco es el más avispao ni un buen negociante.

Esa secuencia de malos negocios lo hace llegar tarde a casa donde ocurre el tropel que transcribí arriba y que termina en la huída del niño. Claro, sus planes era irse al África y vivir miles de aventuras lejos de sus padres, pero por casualidad termina en la casa de la niña que ama y que, supuestamente, lo ignora. Mejor dicho, no cuento más, leánla.

Es una novelita hermosa. Impecablemente escrita y con una alta carga dramática basada en los conflictos cotidianos de un niño común. Ese es su gran mérito.


La fiscalía

Pues con esa defensa qué queda por decir.


Veredicto

Fue una elección acertada entrar a Amos Oz por la bicicleta de Sumji. Un texto breve, sencillo y precioso. Ahora estoy leyendo Querido Mijael, la primera novela de este autor, otra maravilla. Al parecer, por lo que estoy probando y por lo que he escuchado, Amos Oz no tiene pierde.

Comuniquese y cúmplase

miércoles, 2 de septiembre de 2009

A juicio: Voces del desierto, de Nélida Piñon


La evidencia

Sale de excursión con el pensamiento por Bagdad. Se traslada igualmente por el mundo sin que sofrenen su ímpeti. De vuelta a los aposentos, Scherezade sigue la regla básica de no distanciarse un solo momento de sus historias.
Yendo con Fátima al mercado, había aprendido que, para seducir al oyente, convenía obedecer a pautas respiratorias, dar a las palabras dosis de pecado. Hasta para vender una granada, de esplendor dorado, era menester teatralizar lo cotidiano, hacer ver al comprador que, originaria de Asia, se le atribuía a la fruta el milagro de aumentar los senos de las favoritas del Califa, escasas en volúmenes físicos.
Muy pronto, había creado expectativas en torno a cualquier tema. Desde las lámparas de Aladino hasta el mástil del barco de Simbad. Iba fácilmente encaminándose por la colmena de las abejas del huerto de su padre, que le ofrecía la arquitectura ideal donde encontrar las llaves embadurnadas de miel con las cuáles abrir una historia.
Sherezade había aceptado a Jasmine a sus pies como a un mastín que disimula la ferocidad a cambio de su devoción. No le hace amonestaciones cuando la esclava desvía la atención de su trabajo, no controla su deseo de sustituir la memoria de Fátima en la intimidad de la princesa, atropellando las palabras que le salen al borbotones por las comisuras de los labios, la sofrena de repente, en pro de la anhelada armonía del conjunto.
Dinazarda interrumpe las divagaciones de la esclava. Entra y sale de los aposentos escondiendi de su hermana lo que lleva a las lágrimas y contribuye a revelarle una realidad cruenta, en la inminencia de abatirse sobre ellas. Reproduce, a lo sumo, siempre en proporciones reducidas, el remedo del drama. Ya le basta con vivir bajo la constante amenaza de muerte desatada por un Califa qu, enredado en los ardides y en las traiciones, se mantiene indiferente al empeño de Scherezade en dar veracidad a las diversas voces de sus criaturas, en imprimir disimulación a sus relatos.
Exhausta, Scherezade aparta a Jasmine con un gesto. La empobrece el esfuerzo de afrontar dilemas y conflictos venidos de todas partes, a los que se añaden los dolores particulares. Recostada en los cojines, sola finalmente, busca significado en lo que había contado en la víspera. Le parece que sólo induciría a Aladino a centellear aquella noche si lo hiciese adoptar otro papel, además del de vendedor de lámparas. Tal vez debería convertirlo en príncipe, a pesar del contraste de sus modales rústicos. Bajo su batuta, enseñándole a guiñar los ojos, a contraer los músculos de su fisonomía, traduciendo de esta forma una astucia convincente.
Sherezade reconoce a su actividad de contadora de historias como improductiva. Un oficio hace mucho relegado a la oscuridad, rindiendo a sus practicantes escasas monedas. Por eso mismo ejercido en el bazar por los desvalidos de la suerte, los alcanzados por una invencible melancolía. No pasando ella, pues, de mera contadora, lleva en sus alforjas un puñado de enredos que exhalan un aroma popular. Es ella una anónima que, si no hubiese nacido princesa, estaría hoy en la miseria.
Ve, con los años, que forma parte de una raza que, aunque despreciada por los doctos maestros de las escuelas coránicas, osa hospedar sus historias en las callejuelas de la medina, atraída por el olor de las frituras, de los cuerpos sudorosos, por la promesa de la inmortalidad. Ganando a cambio, gracias a su fidelidad, la regalía de ser mujer, hombre, roca, cordero, menta, genio de la botella, todos, todos los estados al mismo tiempo, sintiendo cada cual con igual intensidad.
Siempre había amado el silencio imperecedero de aquellos seres del desierto que, al loar al Profeta, suspendían la respiración, por resultarles fácil renunciar a la vida si fuera necesario. Scherezade, sin embargo, no vive en la esfera de la fe. Para su naturaleza disconforme, la religión no constituye una vocación. Al contrario, centrada en la trivialidad de lo cotidiano, hace mucho se había alejado del plano divino, a fin de lanzarse a la furia de los personajes que desgobiernan su imaginación. Ante la simple idea de que nada le apacigua el espiritú fuera de sus criaturas, ella sonríe, consiente que Jasmine se acerque de nuevo, le haga compañía.
Tomado de: Voces del desierto de Nélida Piñon. Alfaguara. Bogotá, 2006. Páginas 85 a 87.

La defensa

Todavía recuerdo cuando en 1995 Isaías Peña nos dijo en alguna sesión del Taller de Escritores de la Universidad Central que si le preguntaban sobre qué autor latinoamericano merecía el Nobel, no dudaría en plantear que Nélida Piñon. Hasta entonces no tenía idea de su existencia. Es más, Brasil era un país literariamente inexistente para mí. Pero en la siguiente feria del libro de Bogotá, con mi casi inexistente sueldo de interno compré La república de los sueños. La leí, me enamoré de sus personajes, de su historia y de la magistral forma de narrar de Nélida Piñon. Ella fue mi puerta de entrada (un inmenso portón) al Brasil, luego vino Rubem Fonseca, Jorge Amado, Joao Guimaraes Rosa, Euclides da Cunha y Clarice Lispector. No entiendo muy bien porque estando tan cerca estamos tan lejos de Brasil.
Pero volvamos a Nélida Piñon y Voces del desierto. Todos conocemos la historia de Sherezade y las mil y una noches. Muchos de nosotros jugamos a ser Simbad o nos dormíamos en la noche soñando que al día siguiente en un rincón del patio del colegio nos encontraríamos un genio atrapado en una botella de gaseosa que nos cumpliría todos nuestros deseos. ¿Pero qué sabemos de Sherezade, de la mujer que se supone inventó aquellas historias? ¿Cuáles fueron sus angustias al tener que inventar noche a noche una nueva historia para sobrevir ella y salvar la vida de las mujeres de su reino? Esa es la búsqueda que propone Nélida Piñon en esta novela.
Voces del desierto hubiese podido ser un gran ensayo sobre Las mil y una noches, pero la autora eligió hacerlo desde la ficción; recrear el palacio y permitirnos acompañar a Sherezade en su cotidianidad y en su proceso creativo, aderezado, además, con una prosa musical sin par. Pueden pasar páginas sin que suceda nada en la historia, pero uno siente que la novela lo está arrullando, aunque nada pase... Sí, como en un buen poema.


La fiscalía

Pero ese es su principal pecado, también. En realidad, en la novela nada pasa. Claro, pero qué más quería que pasara, si esta mujer está atrapada en el palacio y el día se le va en imaginar que cuento le va a echar al sultán y la noche en follarselo (más sufrimiento que placer) y en contar sus historias.
La historia se centra en Sherezade. Si bien está Dinazarda, su hermana, el visir, su padre, y Jasmine, su esclava, son subsidiarios y dependientes de ella como personaje principal.
No sé... ¿qué tal si mejor hubiese sido un ensayo, si despojamos la obra de la pretención metaliteraria de crear ficción sobre la ficción? No sé... No me convence del todo la vida inventada por Nélida Piñon para Sherezade, me quedó con mi versión original de Las mil y una noches y de la autora prefiero sus otras novelas y cuentos.


Veredicto

Si deciden leerlo no se van a arrepentir; es un bello libro. Pero si espera "Las aventuras de Scherezade" en el mismo tono épico de Las mil y una noches, no lo van a encontrar. Es una reflexión íntima (y no del todo convincente) del conflicto que debió vivir Sherezade entre el placer de tejer sus muchas historias y la obligatoriedad de hacerlo.

Comuníquese y cúmplase

martes, 16 de junio de 2009

A juicio: La vida breve de Juan Carlos Onetti


La evidencia

Vi la vergüenza en mi cara mientras me afeitaba y me ponía una corbata; la llevé conmigo al bajar la escalera, dejé que se gastara frente a la cara del portero que me retuvo para conversar de una cañería rota. Después caminé con lentitud por la cuadra tibia, bulliciosa, donde aún no habían encendido las luces. Entré en el Petit Electra en el momento en que los muchachos volvían del fútbol y las carreras, del paseo con la novia , y se agrupaban en el café, lacónicos, gastado el domingo desilusionante, uniendo los hombros para ayudarse a soportar la visión de la mañana del lunes. El patrón me saludó y me hizo traer el pocillo del café, la jarrita con leche fría y cruda. Desde la mesa junto a la ventana podía vigilar la cuadra, la puerta de mi casa, ver el saco blanco del portero en la sombra celeste. De vez en cuando un hombre salía de la puerta , se acercaba a mí o echaba a andar calle abajo. Yo jugaba a remover la superficie espesa de la leche con la cucharilla, a modificar su blancura, poco a poco, dejando caer gotas de café en la jarrita, alegre y solitario, disipando mi vergüenza, atendiendo aquella alegría que necesitaba la soledad para crecer. Miraba a los hombres que llegaban desde el portal hasta la esquina del Petit Electra y suponía sucesivamente que habían estado con la Queca; trataba de adivinar que porción de sufrimiento traían consigo o lamentaban haber dejado en la mujer.
En cuanto a mí, sólo podían convertirme en júbilo y la inocencia, la voluntad de no pensar; sacudirme de los hombros el pasado, la memoria de todo lo que sirviera para identificarme, estar muerto y contribuir a la perfección del mundo con el marido exacto de Elena Sala, un hombre ansioso, mitómano, indeciso, un hijo inmortal de mi pasada desdicha y de los vientres de Gertrudis y la Queca. Ahí estaba, por fin, un poco rígido, desviando los ojos; dócil, de todos modos. Condenado desde el principio del tiempo, a nacer durante mi espera y mi vigilancia absurdas, en el salón ruidoso del Petit Electra, en un momento del anochecer en que se movían olores de aperitivos y de sopas. En cuanto a mí, otra vez, también había sido condenado a este nacimiento, a ser arrastrado por esta ajena audacia a la que no atinaba a resistir; meditar un rápido adiós a Gertrudis, como el saludo a una bandera, símbolo del país del que me expatriaba.
Condenado a dejar mis moneditas sobre la mesa del café, retribuir con el movimiento de los dedos la sonrisa del patrón y volver a mi casa como si me alejara de para siempre de un aire empobrecido, de ambientes, rostros y presentimientos habituales. No distinto ni cambiado, mientras rehacía el camino bajo las primeras luces nocturnas, el campaneo de la iglesia de la concepción; no distinto, no otro Brausen, sino vacío, cerrado, desvanecido, nadie en suma. Me alejaba –loco, despavorido, guiado– del refugio y la conservación, de la maniática tarea de construir eternidades con elementos hechos de fugacidad, tránsito y olvido.

Juan Carlos Onetti. La vida breve. Punto de lectura. Buenos Aíres, 2007. Páginas 106 y 107.


La defensa

«La vida breve es la novela más trabajada de Onetti y una de las más ambiciosas de la literatura latinoamericana, de una audacia y originalidad comparables a las de los mejores narradores del siglo XX, una novela en la que el tema que estuvo acechándolo desde sus primeros escritos, la fuga de los seres humanos a un mundo de ficción para escapar de una realidad detestable, alcanza una nueva valencia, gracias a la sutileza y buen oficio con que está desarrollado. La idea central es inmejorable: Juan María Brausen, en Buenos Aíres, a la vez que vive una historia truculenta –su mujer Gertrudis ha sido operada y ha perdido uno de sus pechos, y él está a punto de ser despedido de la agencia de publicidad–, inventa, el trance de escribir un guión para Julio Stein, una ciudad, Santa María, y unos personajes inspirados en él mismo y sus conocidos más próximos. Esta ciudad nace, pues, como un proyecto literario-cinematográfico, en un Brausen atormentado por la operación de Gertrudis, su mujer, y por la necesidad de cumplir con el trabajo que le habían confiado: «No llores –pensaba–; no es tan triste. Para mí es todo lo mismo, nada cambió». No estoy seguro todavía, pero creo que lo tengo, una idea apenas, pero a Julio le va a gustar. Hay un viejo, un médico que vende morfina. Todo tiene que partir de aquí, de él. Tal vez no sea viejo, pero está cansado, seco (…) Cuando estés mejor me pondré a escribir». Sin embargo, esta idea no pasará luego a la escritura, pues Brausen no escribirá nunca aquel guión para Julio Stein. La idea se emancipará de su origen y de su propio creador y seguirá su existencia imaginaria por cuenta propia, libre incluso de su propio gestor, como una realidad soberana. De este modo, en un episodio fugaz de La vida breve, Onetti resume y simboliza en una imagen todo el proceso que siguen las ficciones para, naciendo en la realidad, despegar de ella y proseguir una vida precaria, fuera del alcance de su propio creador. Brausen no escribirá el guión y Santa María no necesitrá más de él para vivir su propia historia –la real− dentro de la cual vio la luz.
Santa María es una realidad literaria, ficticia, artificial: una antirrealidad. En ella, en vez de una historia coherente, ocurren situaciones, episodios sueltos, inspirados en las fobias y filias secretas de su autor y en su afición por el cine negro. Al final, Brausen ayuda al macró Ernesto, asesino de la Queca, a escapar de Buenos Aíres a Santa María, es decir, pasar de la realidad a la ficción. Este final admite una lectura fantástica –no única− que retroactivamente convertiría a La vida breve, hasta entonces una historia realista, en un puro producto de la imaginación. Este salto cualitativo entre lo real y lo ficticio está guardado o tamizado –en uno de los grandes aciertos del libro− por un plano intermedio, a caballo entre la vida objetiva y subjetiva: la relación de Brausen con una vecina, la Queca, una prostituta que viene a ocupar un departamento contiguo al suyo el mismo día que su mujer Gertrudis sufre, en el hospital, la «ablación de mama». En las hechizantes páginas con que se inicia La vida breve, Juan María Brausen imagina esta mutilación física y sus consecuencias, y la prosa visionaria y sádica que describe el episodio tiene esa elegancia de la mugre que perseguía ansiosamente la estética romántica.
Desde un principio se advierte que la historia de La vida breve evolucionará, a la manera de vasos comunicantes, en tres planos claramente diferenciados, que, a medida que avanza la acción, se van contaminando hasta fundirse en el episodio final:
1) El mundo de Juan María Brausen, contado por él mismo y que se puede considerar objetivo, porque tenemos sobre él un mayor grado de certidumbre. A él pertenecen Gertrudis, esposa de Brausen, sus amigos Mami y Stein, su jefe, el viejo MacLeod, y las calles centricas de Buenos Aíres;
2) El mundo de la Queca, la vecina –concentrado en su asfixiante apartamento–, a ratos objetivo y a ratos subjetivo, porque lo que Brausen cuenta de él no lo sabe con seguridad, lo adivina, lo intuye o inventa a partir de lo que oye a través de la delgada pared medianera o de lo poco que consigue espiar(…)
3) Santa María, un mundo fantaseado pero cuyos habitantes, según explica Brausen, tienen por lo menos los principales, modelos reales: Brausen es la matriz del doctor Díaz Grey, Elena Sala se inspira en Gertrudis, el marido de aquella en Stein, etcétera.
En pocas novelas se describe con la astucia con que lo hace La vida breve la gestación de la ficción y las relaciones de ésta con la vida, la razón por la cuál los seres humanos han buscado desde los albores de su historia, el tiempo de los habladores, inventarse, valiéndose de la fantasía y la palabra, otros mundos, y la manera en que los plasman».

Mario Vargas Llosa. II. La vida breve (1950) en El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti. Alfaguara. Bogotá, 2009. Páginas 79-96.


La fiscalía

El fiscal se intimidó cuando vio entrar a la sala del juzgado a Mario Vargas Llosa como abogado defensor y decidió escapar a Santa María. Por favor, si lo encuentran en alguna de las novelas de Onetti, díganle que lo esperamos para completar el juicio de La vida breve.


Veredicto

Imprescindible.
A propósito… Feliz centenario mi querido y entrañable Juan Carlos Onetti.


Publíquese y cúmplase



martes, 9 de junio de 2009

Empeliculado: Relaciones peligrosas (1988)


Después de tanto buscar, orientado por la obsesión y el deseo compartido con Lina encontramos Relaciones peligrosas. No la habíamos podido conseguir por medios legales e ilegales hasta que volvimos a verificar la página Web de Art DVD y ¡Bingo! Ya estaba. Corrí a alquilarla y quedamos satisfechos.
Existen varias versiones cinematográficas del libro homónimo publicado en 1782 del fránces Choderlos de Laclos , una de 1959 dirigida por Roger Vadim, otra de 1988 dirigida por Stephen Frears, otra de 1989 titulada Valmont y realizada en el Reino Unido y por último, una versión Light para adolescentes titulada Juegos sexuales, esta última la más maluquita.
Pero la que nos obsesionaba era la versión Frears protagonizada por Glenn Close y John Malkovich, y donde también actúan Michelle Pfeiffer, Uma Thurman y Keanu Reeves, y que ganó tres premios Óscar en 1988: guión adaptado, dirección de arte y vestuario. Qué lástima que no hubiese un premio para la película más sensual, ésta, sin duda lo hubiese ganado también.
Para quienes no la han visto les cuento brevemente el argumento: A la marquesa de Merteuil (Glenn Close) y al vizconde de Valmont (John Malkovich) los une, además de la amistad, su fama de grandes amantes. Seducen a quien quieren y compiten y comparten los éxitos de sus conquistas. Pero ellos, aunque se desean, nunca han sido formalmente amantes.
La marquesa quiere vengarse de un antiguo tinieblo que pronto se casará con Cecile de Volanges (Uma Thurman), una adolescente de buena familia y criada por monjas. Para dañarle el caminado a su ex le pide a su amigo Valmont que seduzca a la niña (a la muy bella niña). Él acepta, pero en el camino conoce a madame de Tourvel (Michelle Pfeiffer), una mujer casada y recatada, que se convierte en su mayor obsesión. De ahí en adelante todo es un juego de erotismo contenido, lágrimas y traiciones… ¡Buenísimo!
Es una de mis películas favoritas de todos los tiempos. Durante años fantaseé con ser Valmont, aunque tempranamente descubrí el doloroso costo de jugar con los afectos de los demás. Bueno, nunca me batí en duelo con algún amante despechado y traicionado y de lo que más me arrepiento es nunca haber escrito una carta de amor utilizando el dorso desnudo de una mujer como escritorio.

jueves, 14 de mayo de 2009

A juicio: Los hombres que no amaban a las mujeres


La evidencia

El abogado Nils Bjurman se retorcía de dolor. Sus músculos estaban inutilizados. Su cuerpo parecía paralizado. No estaba seguro de haber perdido la conciencia, pero se hallaba desorientado y no recordaba muy bien que le había pasado, cuando, poco a poco, fue recuperando el control de su cuerpo, se encontró desnudo, tumbado de espaldas sobre su cama, con las muñecas esposadas y dolorosamente despatarrado. Tenía quemaduras que le escocían en las zonas donde los electrodos habían entrado en contacto con su cuerpo.

Lisbeth Salander estaba tranquilamente sentada en una silla de rejilla que había acercado a la cama, donde, con las botas puestas descansaba los píes mientras se fumaba un cigarrillo. Cuando Bjurman intentó hablar se dio cuenta de que su boca estaba tapada con cinta aislante. Giró la cabeza. Ella había sacado los cajones y vaciado su contenido.

–¿Para qué sirve esto? –dijo ella, mostrándole un enorme tapón anal–. No, no intentes hablar; digas lo que digas no te voy a entender. ¿Es esto lo que usaste conmigo la semana pasada? Basta con que asientas con la cabeza.

Se inclinó hacia él, expectante.

Nils Bjurman sintió repentinamente cómo un terror frío le recorría el pecho y perdió el control. Tiró de las esposas. Ella había tomado las riendas. Imposible. No pudo hacer nada cuando Lisbeth Salander se inclinó sobre él y le colocó el tapón entre las nalgas.

­–Así que te va el sado –dijo él. Te gusta meterle cositas a la gente, ¿verdad?

Ella lo clavó con la mirada; su cara era una inexpresiva máscara.

–Sin lubricante, ¿no?

Bjurman emitió un alarido a través de la cinta aislante cuando Lisbeth Salander, brutalmente, separó sus nalgas y le metió el tapón en su sitio.

–Deja de quejarte –dijo Salander, imitando su voz–. Si te pones bravo voy a tener que castigarte.

Se levantó y bordeó la cama. Él indefenso, la siguió con la mirada… “Qué coño va hacer ahora?” Desde el salón, Lisbeth Salander llevó al dormitorio un televisor de 32 pulgadas sobre ruedas. En el suelo estaba el reproductor de deuvedés. Todavía con la fusta en la mano, lo miró.

–¿Me estás prestando toda tu atención? –preguntó–. No intentes hablar: basta con que muevas la cabeza. ¿Me oyes?

Él asintió.

–Muy bien. –Se inclinó y cogió la mochila–. ¿La reconoces?

Él movió la cabeza.

–Es la mochila que llevaba cuando te visité la semana pasada. Es de lo más práctico. La he tomado prestada de Milton Securuty.

Abrió una cremallera que había en la parte inferior.

–Esto es una cámara digital. ¿Sueles ver Insider, en TV3? Es como las mochilas que usan esos terribles reporteros cuando graban algo con cámara oculta. –Cerró la cremallera­–. ¿El objetivo? ¿Te estás preguntando dónde se esconde? Es el detalle más exquisito. Gran angular con fibra óptica. El ojo parece un botón y se oculta en el cierre del asa. Quiza recuerdes que coloqué la mochila aquí en la mesa antes de que empezaras a meterme mano. Me aseguré bien de que el objetivo apuntara hacia la cama.

Le mostró un disco y lo insertó en el aparato reproductor. Luego giró la silla situándola de manera que pudiera ver la pantalla del televisor y se sentó. Encendió otro cigarrillo y pulsó el botón de encendido. El abogado Bjurman se vio a sí mismo abrirle la puerta a Lisbeth Salander. “¿Ni siquiera te enseñaron las horas en el colegio?”, saludó, irritado.

Le puso toda la película. Terminó al cabo de noventa minutos, en medio de una escena en la que el abogado Bjurman, desnudo, estaba apoyado contra el cabecero de la cama, tomándose una copa de vino mientras contemplaba a Lisbeth Salander acurrucada en la cama con las manos esposadas en la espalda.

Apagó la tele y permaneció callada en la silla durante más de diez minutos sin mirarle. Bjurman ni siquiera se atrevió a moverse. Luego Lisbeth Salander se levantó y se dirigió al cuarto de baño. Cuando volvió se sentó en la silla. Su voz resultaba tan áspera como el papel de lija.

–Cometí un error la semana pasada –dijo–. Creí que iba a tener que chupártela otra vez, lo cual, tratándose de ti, es de lo más asqueroso, pero no tanto como para no ser capaz de hacerlo. Creí que conseguiría fácilmente material con la suficiente calidad para demostrar que eres un asqueroso y baboso viejo. Te juzgué mal. No había entendido lo podidamente enfermo que estás.

”Te voy a hablar claramente –prosiguió­–. Esta película muestra claramente como violas a una retrasada mental de veinticuatro años de la que has sido nombrado administrador. Y no tienes ni idea de lo retrasada que puedo llegar a ser si hace falta. Cualquiera que vea esto descubrirá que no sólo eres una mierda sino también un loco sádico. Ésta es la segunda y última vez, espero, que veo esta película. Bastante instructiva, ¿a que sí? Yo creo que va a ser a ti a quien van a encerrar no a mí. ¿Estás de acuerdo?”

Lisbeth esperaba. Él no reaccionaba, pero ella pudo ver que estaba temblando. Agarró la fusta y le dio un latigazo en medio de sus órganos sexuales.

–¿Estás de acuerdo? –repitió con una voz considerablemente más alta. Él asintió con la cabeza–. Muy bien. Entonces, eso ha quedado claro.


Stieg Larsson. Los hombres que no amaban a las mujeres. Bogotá: Destino; 2008. Páginas 300 a 303.



La defensa

No sé cuántos millones de ventas tiene este libro y los otros dos volúmenes de la serie Millenium de Stieg Larsson. Dicen por ahí que además de ser un best seller ha sido bien recibido por la crítica, para algunos la obra de Larsson está revolucionando la novela negra.
La verdad a mí me encantó la novelita (novelota, más bien, tiene 672 páginas). La leí en Semana Santa y me divertí montones. Es como cuando Hollywood estrena algún éxito con todos los ingredientes que tiene que tener una película taquillera: un gran misterio, intriga, sexo, corrupción, multinacionales, informática, ternura, líos familiares, amor, violencia, mejor aún, violencia sexual, etc. Así es Los hombres que no amaban a las mujeres.
Todo el rollo comienza con la historia de un anciano, Henrik Vanger, gran industrial sueco, que recibe siempre para su cumpleaños una flor disecada enviada desde distintos lugares del mundo. Lo curioso es que ese regalo sólo se lo hacía Harriet, su sobrina desaparecida desde que era una adolescente y que él da por muerta.
Para resolver el misterio contrata a Mikael Blomkvist, un periodista económico venido a menos, quien termina aliándose con Lisbeth Salander, una punk medio freak y medio genio con cara de tarada que fue contratada para seguir a Blomkvist por Vanger. Bueno, el rollo es largo y suficientemente enredado para tenerlo a uno enganchado devorando páginas con avidez. Mejor dicho es una novela de fácil digestión, bien escrita y bien armada, que debería ser consumida con crispetas y Coca-Cola.


La fiscalía

Es carreta que Larsson está revolucionando la novela negra. Como ya dije es una buena novela, sobretodo, muy divertida. Pero lejos de ser una obra maestra que parta en dos la manera de escribir la literatura negro-criminal (como le dicen ahora). Es Harry Potter para adultos. Seguramente muchos lamentan que Larsson haya muerto dejando sólo tres novelas y no haber alcanzado los siete ladrillotes de la saga Potter. ¡Ah! El rollo de su muerte es otro culebrón: se infartó en un aeropuerto cuando acababa de entregar el tercer tomo de su serie al editor y sin haber visto, ni siquiera, su primer libro publicado... ¿Chévere, cierto?
Bueno, eso hace parte del gran mito "Larsson" que se está tejiendo en el mundo y obviamente sirve para vender más y más.


Veredicto

Léanla, vale la pena. Les aseguro que se van a divertir. Eso sí, no esperen que les ilumine el camino como escritores o como lectores. Simplemente van a pasar un buen rato. Yo por lo pronto me leeré La chica que soñaba con una cerrilla y bidón de gasolina en alguno de los puentes de junio. Ah, a propósito: los títulos son buenísimos.


Comuníquese y cúmplase

lunes, 27 de abril de 2009

Empeliculado: Yo que serví al rey de Inglaterra


Bohumil Hrabal tiene la virtud de poder plasmar desde lo más vulgar de la cotidianidad los más profundos dramas del ser humano. Él mismo, su propia muerte -una caída accidental/intencional desde una ventana mientras daba de comer a los pájaros- parece un fragmento de alguna de sus novelas. Sus personajes son obreros, operarios, camareros, gente simple, con vidas simples que en el correr de sus días simples descubren la grandeza de la vida, del arte o de los momentos críticos de nuestra historia reciente. Este mismo espiritú lo respeta Jirí Menzel en su muy premiada película Yo que serví al rey de Inglaterra, adaptación de la novela de Hrabal del mismo título.
Jan Díte es un menudo y pobre camarero de provincia cuya ambición es llegar a ser millonario mientras sucede la invasión nazi a Checoslovaquia. ¡Y lo logra! Pero mientras lo hace uno puede morir de la risa, aunque a veces sea una risa vergonzante por la contradicción de lo que hace y le pasa a Díte y la terrible realidad que está viviendo su país.
Si no la ha visto, vale la pena hacerlo y, si de pronto, no ha leído a Hrabal, hágalo. Si no me cree dele una miradita a esta entrada del Ojo en la paja o al blog de Laura García, donde están reseñadas dos maravillosas novelas de Bahumil Hrabal.




Yo que serví al rey de Inglaterra de Jirí Menzel
(2006)


jueves, 16 de abril de 2009

A juicio: Soldados de Salamina, de Javier Cercas


La evidencia

Entonces lo ve. Está de píe junto a la hoya, alto y corpulento y recortado contra el verde oscuro de los pinos y el azul oscuro de las nubes, jadeando un poco, las manos grandes aferradas al fusil terciado y el uniforme de campaña profuso de hebillas y raído de intemperie. Presa de la anómala resignación de quien sabe que su hora ha llegado, a través de las gafas de miope enteladas de agua Sánchez Mazas mira al soldado que lo va a matar o va a entregarlo -un hombre jovel, con el pelo pegado al cráneo por la lluvia, los ojos tal vez grises, las mejillas chupadas y los pomulos salientes y lo recuerda o cree recordarlo entre los soldados harapientos que le vigilaban en el monasterio. Lo reconoce o cree reconocerlo, pero no le alivia la idea de que vaya a ser él y no un agente del SIM quien lo redima de la agonía inacabable del miedo, y lo humilla como una injuria añadida a las injurias de esos años de prófugo no haber muerto junto a sus compañeros de cárcel o no haber sabido hacerlo a campo abierto y a pleno sol y peleando con un coraje del que carece, en vez de ir a hacerlo ahora y allí, embarrado y solo y temblando de pavor y de vergüenza en un agujero sin dignidad. Así, loca y confusa la encendida mente, aguarda Rafael Sánchez Mazas -poeta exquisito, ideólogo fascista, futuro ministro de Franco- la descarga que ha de acabar con él. Pero la descarga no llega, y Sánchez Mazas, como si ya hubiera muerto y desde la muerte recordara una escena de sueño, observa sin incredulidad que el soldado avanza lentamente hacia el borde de la hoya entre la lluvia que no cesa y el rumor de acecho de los soldados y carabineros, unos pasos apenas, el fusil apuntándole sin ostentación, el gesto más indagador que tenso, como un cazador novato a punto de identificar a su primera presa, y justo cuando el soldado alcanza el borde de la hoya traspasa el rumor vegetal de la lluvia un grito cercano:
-¿Hay alguien por ahí?
El soldado le está mirando; Sánchez Mazas también, pero sus ojos deteriorados no entienden lo que ven: bajo el pelo empapado y la ancha frente y las cejas pobladas de gotas la mirada del soldado no expresa compasión ni odio, ni siquiera desdén, sino una especie de secreta e insondable alegría, algo que linda con crueldad y se resiste a la razón pero tampoco es instinto, algo que vive en ella con la misma ciega obstinación con que la sangre persiste en sus conductos y la tierra en su órbita inamovible y todos los seres en su terca condición de seres, algo que elude a las palabras como el agua del arroyo elude a la piedra, porque las palabras sólo están hechas para decirse a sí mismas, para decir lo decible, es decir todo excepto lo que nos gobierna o hace vivir o concierte o somos o es este soldado anónimo y derrotado que ahora mira a ese hombre cuyo cuerpo casi se confunde con la tierray el agua marrón de la hoya, y que grita con con fuerza al aire sin dejar de mirarlo.
-¡Aquí no hay nadie!
Luego da media vuelta y se va.

Soldados de Salamina, de Javier Cercas. Tusquets. Barcelona. 2001. pp. 101-102


La defensa

Es una muy buena novela. Bueno, eso no es ninguna novedad. Al parecer más de un millón de lectores dicen lo mismo. El texto se divide en tres partes: en la primera, Javier Cercas, escritor vergonzante y periodista, se entera de la anécdota posteada en la evidencia y que le sucedió a Rafael Sánchez Mazas, personaje real, importante intelectual del fascismo español. Decide entonces seguirle la pista a la historia para escribir un extenso perfil del tipejo, que termina siendo la segunda parte de la novela. En la tercera aparece de nuevo Cercas tras la huella de Miralles, un ex soldado del ejército repúblicano que durante su juventud estuvo en todas las guerras posibles para un español - fránces. Este hombre, según las sospechas del periodista fue quien le salvó la vida a Sánchez Mazas. Lo más divertido de esta parte es que el chisme se lo pasó, sin querer queriendo, Roberto Bolaño. Pero resulta que en su libro Entre Paréntesis, Bolaño, el de verdad, dice que el Bolaño de la novela no es Bolaño, el de verdad; y así mismo el Javier Cercas de la historia no es el mismo de la vida real. ¡Buenísimo! Ese es el principal logro del libro: trabajar con personajes históricos y contemporáneos reales (el mismo autor, Sanchéz Mazas, Bolaño) y manipularlos en un mundo de ficción que linda con lo real para dar coherencia a lo que quiere contar, donde la veracidad literaria prima sobre la historia real. ¡Qué maravilla, así tiene que ser!


La fiscalía

Conchi, la novia y admiradora irrestricta del autor personaje, se lo dijo más de una vez: escribir sobre un facho trae problemas y claro, a uno, sin ser un zurdo ortodoxo tiene lateralidad hacia la izquierda, le da una piquiña tremenda los episodios donde es casi exhaltado este intelectual godo. Es como hacer una novela donde el héroe sea José Obdulio Gaviria.


El veredicto

Sin embargo, lo importante es que lo literario se impone sobre la anécdota y la historia. La forma como Cercas nos hace cómplice de sus investigaciones, nos sumerge en la historia "real" de Sánchez Mazas y nos hace creer en personajes reales que son ficticios es magistral. Sin duda, vale la pena leerla.

Comuníquese y cúmplase


sábado, 4 de abril de 2009

Empeliculado: Revolutionary road


La vida se escurre en el cuentagotas del día a día, con ella se van las las mentiras que alguna vez nos vendimos y que usualmente solemos llamar "sueños". Frank (Leonardo Di Caprio) y April (Kate Winslet) se casan y, como todas las parejas, también tienen sueños que pronto son reemplazados por el trabajo y la crianza de los hijos. Cuando se detienen un momento se dan cuenta que ahora es más importante lo seguro, lo fijo, un mejor salario, una mejor posición que ir a perseguir incertidumbres en París, así su relación ya no valga nada; sin embargo lo piensan, incluso alcanzan a planear una huída, pero la seguridad de las certezas aplasta las frágiles y temerarias ilusiones.
Ojo a la actuación de Michael Shannon en el papel de John Givings. Otro de los personajes loquitos bien cuerdos del cine.
Lástima que la historia, o la forma como la contó Sam Mendes, huela tanto a Belleza americana. Al final es la misma reflexión metida en un guión y una película distinta. De lo que sí quedé antojado fue de leer la novela de Richard Yates.

En conclusión: Para repetirla después de un buen tropel con la esposa o en aquellos días donde uno siente que la vida se escapa en la rutina intrascendente del día a día.



Revolutionary road
de Sam Mendes (2008)



miércoles, 25 de febrero de 2009

Vida y destino 2



Foto: Carl Mydans, 1944

Los soldados de un batallón de trabajo descargaban ataudes de un camión. En la silenciosa lentitud de sus movimientos se veía que estaban acostumbrados a realizar aquel trabajo. Uno de ellos, de pie en la parte trasera del camión, acercaba el ataúd hasta el borde, otro se lo cargaba a las espaldas y lo levantaba en el aíre, y un tercero se aproximaba en silencio y lo cogía por el extremo opuesto. La tierra helada crujía bajo sus botas mientras transportaban las cajas hasta la amplia fosa común, y después de colocarlas en el borde del foso, volvían al camión. Luego, cuando el camión se marchó vacío a la ciudad, los soldados se sentaron sobre los ataudes, colocados ante la fosa abierta, y se pusieron a liar cigarrillos con gran cantidad de papel y poca de tabaco. Parece que hoy hay menos faena dijo uno y se puso anencender la lumbre con un eslabón de muy buena calidad: la yesca en forma de cordel estaba metida en una caja de cobre, y el pedernal estaba encajonado dentro. El soldado agitó la yesca y el humo permaneció suspendido en el aíre. —El sargento dijo que hoy sólo habría un camión —dijo otro soldado dando una calada a su cigarro y expulsando una gran bocanada de humo. —Podemos acabar la tumba cuando venga.
—Claro, será más cómodo; traerá la lista y hará la comprobación —añadió el tercero, que no fumaba; en su lugar, cogió un trozo de pan del bolsillo, lo sacudió, lo sopló ligeramente y comenzó a masticarlo.
—Dile al sargento que nos traiga un pico; un cuarto de hora es suficiente para que la costra se hiele, y mañana toca preparar una nueva; ¿crees que lograremos retirar la tierra con las palas?
El que había encendido el fuego, chocando las manos con un golpe seco, sacó la colilla de la boquilla de madera, que tamborileó ligeramente contra la tapa del ataúd.
Los tres se quedaron callados como si escucharan. Reinaba el silencio.
—¿Es verdad que sólo nos darán raciones de rancho en frío para comer? —preguntó el soldado que masticaba el pan, bajando la voz para no molestar a los muertos en sus tumbas con una conversación que carecía de interés para ellos.
El segundo fumador, aspirando el humo de una colilla de una larga boquilla de caña, lo miró a contaluz y movió la cabeza.
De nuevo se hizo el silencio.
—No hace mal día hoy, sólo un poco de viento.
—Escucha, ha llegado el camión; a la hora de comer habremos acabado.
—No, no es nuestro camión. Es un coche.
Salieron del coche el sargento, al que conocían bien, y una mujer con con un pañuelo, y ambos se dirigieron a la verja de hierro donde se habían cavado las tumbas la semana pasada; después habían tenido que cambiar el sitio por falta de espacio.
—Miles de personas son enterradas y nadie asiste a los funerales —dijo uno—. En tiempo de paz sucede todo lo contrario: un muerto y cien personas detrás llevándole flores.
—También lloran por éstos —dijo otro repiqueteando delicadamente sobre la tabla una uña grande y curvada torneada por el trabajo manual como un guijarro por el par—. Sólo que nosotros no vemos esas lágrimas. Mira el sargento vuelve solo.
Volvieron a fumar, esta vez los tres. El sargento se acercó y dijo con afabilidad:
—Bueno, chicos, si todos fumamos, ¿quién trabaja por nosotros?
En silencio soltaron tres nubes de humo y luego uno, el dueño de la piedra de mechero, dijo:
—Ahora acabamos el cigarro... Escucha, está llegando el camión. Lo reconozco por el motor.

Vasili Grossman. Vida y destino (Capítulo 32). Galaxia Gutemberg – Círculo de Lectores. Barcelona, 2007. pp. 180-182.