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sábado, 26 de junio de 2010

Monsiváis y Deyanira

En una de las tantas entrevistas dadas por Monsiváis, dijo: "Sin mis libros me sería imposible vivir y sin mis gatos, también. Los libros no aúllan ni los gatos proporcionan sabiduría, por eso no podría elegir. Preferiría entonces vivir sin mí". Hoy, a una semana de su muerte, se desconoce la suerte de sus felinos, que según los chismes, ya desaparecieron. Una prima, al parecer muy querida, los "puso a dormir". Al menos, Monsiváis no tuvo que vivir si ellos.

La mejor forma de homenajear a un escritor es leyéndolo, por eso les traje uno de los tantos miles de artículos que publicó este hombre durante toda su vida. Decían que era un gran cronista, tal vez fuera uno de los grandes pintores mexicanos aunque nunca cogió un pincel, porque nadie como él para retratar la realidad mexicana, latinoamericana, me atrevería a decir.


The impossible Dream

Carlos Monsiváis


DESESPERACIÓN. Esa es la palabra definitoria en la vida de Deyanira Gutiérrez, una adolescente clásica pero no típica. A punto de alcanzar los 15 años de edad, "la edad de las desilusiones", como afirma, la desespera un requisito de la bobería y el candor de los padres de familia: la "presentación en sociedad". ¡Qué estupidez! ¿Qué sociedad vale la pena reconocer y por qué someterse a sus prejuicios prementales y sus cursilerías en serie? Al diablo con las supersticiones tribales, las mitologías de la Autoayuda, y los autores del tipo de Carlos Cuauhtémoc Sánchez (el Freddy Kruger favorito de miss Deyanira, una especie de Jason de Halloween ). Todo el asunto le despertaba afanes de contienda.

¡Dioses del Olimpo! Temblaba al imaginarse el discursito de su papá (que se jactaría de sus inyecciones de virtud y decoro), a su mamá protegida de su llanto con toallas, a las bromas recién memorizadas de sus hermanitos, a los amigos haciendo "la ola", a la expresión sádica de los parientes, el hielo seco, el disco de "El sueño imposible", el padrino borrachísimo que arrasaría sus zapatos al emprender "El Danubio Azul". ¡Ahgg! La exasperaban los convencionalismos, y le afligía el gastazo de sus padres, que con ese dinero bien podrían comprar una primera edición del Ulises de Joyce, la Encyclopedia Britannica y quién quita si el manuscrito de la Crítica de la razón pura. (Tomó notas para su ensayo sobre pretensión y clases medias).

La oposición al baile fue en vano. La madre desgarró sus vestiduras (no tan metafísicamente), el padre gritó cuando ella se burló de esos rituales ridículos que hacen de las quinceañeras unos seres bobos, ansiosos de verse comparados con una rosa de 15 capullos, cuya apertura regocija el jardín. No, papá, argumentó sin éxito, hoy las quinceañeras navegan en internet y dan cursos de sexología, y tu hija, yo, Deyanira, trabaja en una refutación de Lacan y en la teoría de las pulsiones. Nada de pétalos y sedas, por piedad. No la convertirían en otra víctima de las cursilerías del salón Pulidas Gemas del Tepeyac...

Todo inútil. Los padres la sobornaron con un boleto para Europa cultural, y ella se amparó en el cinismo. Pero la resignación sazonó la venganza y definió la estrategia. De inmediato aparentó el júbilo de las quinceañeras a la antigua, asistió con puntualidad a los ensayos del primer vals, obtuvo la complicidad de varias amigas (fascinadas) y de amigos (divertidísimos) por razones que no le especificaron, y se consiguió un maestro de baile que no le enseñó pasos deslumbrantes, pero sí las hazañas de Diaghilev, Nijinsky y los Ballet Russes. Y pospuso la revancha para el momento del agradecimiento, allí se mofaría de los convencidos de la inocencia de criaturas que, más bien, y se ponía de ejemplo, se obsesionaban en deconstruir la globalización.

Pasaban los bailes, los gentiles chambelanes se extraviaban en el polvo (metáfora penalizable), se comentaban los programas de moda en la tele... y ocurrió lo esperado: salió Deyanira del pastel inmenso, cuya tapa se levantó con gracia de submarino, la orquesta se empeñó en destruir el "Sueño Imposible" y la quinceañera se enfrentó al delirio: en el salón la anarquía triunfaba. La gran mayoría de los asistentes, hartos del clóset del conformismo, optaba por su identidad posmoderna y enarbolaba videocámaras y grabadoras. ¡El fin del color rosa! Todos se entrevistaban entre sí y a ella se le dedicaba la atención irónica del antropólogo que trabaja como científico y como ave de presa...

¡Sí! A Deyanira la atrapaba el ritmo de los tiempos, tan hartos del candor. Lo moderno era coleccionar señas del fulgor kitsch , de las que sólo quedaban unas cuantas, y en cada ocasión los científicos sociales y los aspirantes a serlo se precipitaban sobre el acto kitsch , con la furia de quien demanda del jurado de su tesis doctoral el Magna Cum Laude. Los que ella creía mozalbetes cursaban el posgrado, eran doctorantes disfrazados, y sus madrinas y padrinos ya no ocultaban sus miradas cubiculares. Sin poderlo evitar, Deyanira se sintió el último ser humano en un mundo de vampiros...

El pandemónium en torno suyo la estremeció. A su padrino se lo habían llevado a la fuerza a un cuarto donde confesaba su vida en el laberinto del kitsch , sus gentiles damitas encuestaban a quienes podían sobre ritos sexuales de la tercera edad, y a lo largo del salón, los que podían leían ponencias con temas como "Descodificación de costumbres perdidas en el sur de la ciudad. Un estudio de caso". El espectáculo del salón era opresivo y, por lo mismo, terminal.

Rodeada de la falta de aplauso, Deyanira, en un brote de inspiración, modificó su estrategia. Nada de intelectualismos ni desmitificaciones. No podía defraudar a una realidad tan devastada por la arrogancia académica. Arrojó mentalmente el discurso que le había llevado un año, trastornó su expresión facial, la colmó de arrobo y se sintió al borde de la emoción pura (ella, que calificaba las lágrimas de "utilería de telenovela"). Agradeció a sus papacitos haberla traído delicadamente al mundo, mencionó por nombre a cada uno de sus pretendientes que a coro negaban el noviazgo, y concluyó: "Amigos míos, este que vivimos no es un valle de tristezassino la Disneylandia del afecto". Entre la rechifla de los asistentes, se comparó con la mariposa que por vez primera se fía de sus alitas en el bellísimo jardín de la existencia.

Y por esta ocasión dejó que el llanto le quitase las ganas de leer en la noche a Wittgenstein y a Claudio Magris.

Escritor

Publicado en algún periódico mexicano el 20 de junio de 2004



jueves, 17 de junio de 2010

Escribir el fútbol

Para vergüenza de algunos de mis amigos, sólo soy aficionado al fútbol en época de Mundial, el resto del tiempo no me importa; incluso lo desprecio. Pero durante este mes le coqueteo, veo algunos partidos y le hago barra a algunas selecciones, aunque ni de fundas toco un balón. Una de las cosas que más me gusta hacer en esta época es leer textos de fútbol hechos por grandes... escritores, no jugadores. Uno de ellos es Juan Villoro, el autor de la entrada de hoy tomada de su libro Dios es redondo.
A propósito, Juan Villoro y Martín Caparrós, dos de los más importantes narradores latinoamericanos están llevando un blog en este Mundial. ¡Está buenísimo!, mejor, incluso, que el mismo campeonato.
El blog se llama Jugadas de pared y lo pueden leer en SoHo o en Letras Libres, todo depende de que tan libertino o godo sea usted.


Escribir de fútbol

Juan Villoro

Es difícil aficionarse a in deporte sin siquiera practicarlo alguna vez. Jugué numerosos partidos y milité en las fuerzas inferiores de los Pumas. A los 16 años, ante la decisiva categoría AA, supe que no podría llegar a primera división y sólo anotaría en Maracaná cuando estuviera dormido.
Escribir de fútbol es una de las muchas reparaciones que permite la literatura. Cada ciertro tiempo, algún crítico se pregunta por qué no hay grandes novelas de fútbol en un planeta que contiene el aliento para ver un Mundial. La respuesta me parece bastante simple. El sistema de referencias del fútbol está tan codificado e involucra de manera tan eficaz a las emociones que contiene en sí mismo su propia épica, su propia tragedia y su propia comedia. No necesita tramas paralelas y deja poco espacio a la inventiva del autor. Esta es una de las razones por las que hay mejores cuentos que novelas de fútbol. Como el balonpíe llega ya narrado, sus misterios inéditos suelen ser breves. El novelista que no se conforma con ser un espejo, prefiere mirar en otras direcciones. En cambio, el crónista (interesado en volver a contar lo ya sucedido) encuentra ahí inagotable estímulo.
Y es que el fútbol es, en si mismo, asunto de palabra. pocas actividades dependen tanto de lo que ya se sabe como el arte de reiterar las hazañas de la cancha. Las leyendas que cuentan los aficionaos prolongan las gestas en una pasión non-stop que suplanta al fútbol, ese Dios con prestaciones que nunca ocurre en los lunes.
En los partidos de mi infancia, el hecho fundamental fue que los narró el gran cronista televisivo Ángel Fernández, capaz de transformar un juego en la caída de Cartago.
Las crónicas comprometen tanto a la imaginación que algunos de los grandes rapsodas han contado partidos que no vieron. Casi ciego, Cristino Lorenzo fabulaba desde el Café Tupinamba de la Ciudad de México; el Mago Septién y otros locutores de embrujo lograron inventar gestas de beisbol, box o fútbol con todos sus detalles a partir de los escuetos datos que llegaban por telegrama a la estación de radio.
Por desgracia,, no siempre es posible que Homero tenga gafete de acreditación en el Mundial y muchas narraciones carecen de interés. Pero nada frena a pregoneros, teóricos y evangelistas. El fútbol exige palabras, no solo las de los profesionales sino las de cualquier aficionado provisto del atributo suficiente y dramático de tener boca. ¿Por qué no nos callamos de una vez? Porque el fútbol está lleno de cosas que francamente no se entienden. De repente, un genio curtido en mil roza con el calcetín la pelota que incluso el crónista hubiera empujado a las redes; un portero que había mostrado nervios de cableado de cobre sale a jugar con guantes de mantequilla; el equipo forjado a fuego lento pierde la química o la actitud o como se le quiera llamar a la misteriosa energía que reúne a once soledades.
Los periodistas de la fuente deben ofrecer respuestas que hagan verosímil lo que ocurre por rareza y muchas veces dan con causas francamente esotéricas: el abductor frotado con ungüento erroneo, la camiseta sustituida del equipo (es horrible y provoca que fallen penaltis), el osito que el portero usa de mascota y fue pateado por un fotógrafo de otro periódico.

Fragmento de Campeón de invierno. La afición en primera persona publicado en Dios es redondo. Editorial Planeta. Bogotá, 2006. Páginas 21 y 22.

lunes, 5 de abril de 2010

Cómo empecé a escribir


Gabriel García Márquez

Primero que todo, perdóneme que hable sentado, pero la verdad es que si me levanto corro el riesgo de caerme de miedo. De veras. Yo siempre creí que los cinco minutos más terribles de mi vida me tocaría pasarlos en un avión y delante de 20 a 30 personas, no delante de 200 amigos como ahora. Afortunadamente, lo que me sucede en este momento me permite empezar a hablar de mi literatura, ya que estaba pensando que yo comencé a ser escritor en la misma forma que me subí a este estrado: a la fuerza. Confieso que hice todo lo posible por no asistir a esta asamblea: traté de enfermarme, busqué que me diera una pulmonía, fui a donde el peluquero con la esperanza de que me degollara y, por último, se me ocurrió la idea de venir sin saco y sin corbata para que no me permitieran entrar en una reunión tan formal como esta, pero olvidaba que estaba en Venezuela, en donde a todas partes se puede ir en camisa. Resultado: que aquí estoy y no sé por dónde empezar. Pero les puedo contar, por ejemplo, cómo comencé a escribir.

A mí nunca se me había ocurrido que pudiera ser escritor pero, en mis tiempos de estudiante, Eduardo Zalamea Borda, director del suplemento literario de El Espectador de Bogotá, publicó una nota donde decía que las nuevas generaciones de escritores no ofrecían nada, que no se veía por ninguna parte un nuevo cuentista ni un nuevo novelista. Y concluía afirmando que a él se le reprochaba porque en su periódico no publicaba sino firmas muy conocidas de escritores viejos, y nada de jóvenes en cambio, cuando la verdad —dijo— es que no hay jóvenes que escriban.

A mí me salió entonces un sentimiento de solidaridad para con mis compañeros de generación y resolví escribir un cuento, no más por taparle la boca a Eduardo Zalamea Borda, que era mi gran amigo, o al menos que después llegó a ser mi gran amigo. Me senté y escribí el cuento, lo mandé a El Espectador. El segundo susto lo obtuve el domingo siguiente cuando abrí el periódico y a toda página estaba mi cuento con una nota donde Eduardo Zalamea Borda reconocía que se había equivocado, porque evidentemente con “ese cuento surgía el genio de la literatura colombiana” o algo parecido.

Esta vez sí que me enfermé y me dije: ¡En qué lío me he metido!” ¿Y ahora qué hago para no hacer quedar mal a Eduardo Zalamea Borda?” Seguir escribiendo, era la respuesta. Siempre tenía frente a mí el problema de los temas: estaba obligado a buscarme el cuento para poderlo escribir.

Y esto me permite decirles una cosa que compruebo ahora, después de haber publicado cinco libros: el oficio de escritor es tal vez el único que se hace más difícil a medida que más se practica. La facilidad con que yo me senté a escribir aquel cuento una tarde no puede compararse con el trabajo que me cuesta ahora escribir una página. En cuanto a mi método de trabajo, es bastante coherente con esto que les estoy diciendo. Nunca sé cuánto voy a poder escribir ni qué voy a escribir. Espero que se me ocurra algo y, cuando se me ocurre una idea que juzgo buena para escribirla, me pongo a darle vueltas en la cabeza y dejo que se vaya madurando. Cuando la tenga terminada (y a veces pasan muchos años, como en el caso de Cien años de soledad que pasé diez y nueve años pensándola), cuando la tengo terminada repito, entonces me siento a escribirla y ahí empieza la parte más difícil y la que más me aburre. Porque lo más delicioso de la historia es concebirla, irla redondeando, dándole vueltas y revueltas, de manera que a la hora de sentarse a escribirla ya no le interesa a uno mucho, o al menos a mí no me interesa mucho.

La idea que le da vueltas

Les voy a contar, por ejemplo, la idea que me está dando vueltas en la cabeza hace ya varios años y sospecho que la tengo ya bastante redonda. Se las cuento ahora, porque seguramente cuando la escriba, no sé cuando, ustedes la van a encontrar completamente distinta y podrán observar en qué forma evolucionó. Imagínense un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de 17 y una hija menor de 14. Está sirviéndoles el desayuno a sus hijos y se le advierte una expresión muy preocupada. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella responde: No sé, pero he amanecido con el pensamiento de que algo muy grave va a suceder en este pueblo”.

Ellos se ríen de ella, dicen que esos son presentimientos de vieja, cosas que pasan. El hijo se va a jugar billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el adversario le dice: “Te apuesto un peso a que no la haces”. Todos se ríen, él se ríe, tira la carambola y no la hace. Pago un peso y le pregunta: ¿Pero qué pasó, si era una carambola tan sencilla? Dice: “Es cierto, pero me ha quedado la preocupación de una cosa que me dijo mi mamá esta mañana sobre algo grave que va a suceder en este pueblo”. Todos se ríen de él y el que se ha ganado el peso regresa a su casa, donde está su mamá y una prima o una nieta o en fin, cualquier parienta. Feliz con su peso dice: “Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla, porque es un tonto”. “¿Y por qué es un tonto?”. Dice: “Hombre, porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado por la preocupación de que su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo”.

Entonces le dice la mamá: “No te burles de los presentimientos de los viejos, porque a veces salen”. La parienta lo oye y va a comprar carne. Ella dice al carnicero: “véndame una libra de carne” y, en el momento en que está cortando, agrega: “Mejor véndame dos porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado”. El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar una libra de carne, le dice: “Lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se está preparando, y andan comprando cosas”.

Entonces la vieja responde: “Tengo varios hijos, mire, mejor deme cuatro libras”. Se lleva cuatro libras y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor. Llega el momento en que todo el mundo en el pueblo está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto, a las dos de la tarde, hace calor como siempre. Alguien dice: “Se han dado cuenta del calor que está haciendo?”. “Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor”. Tanto calor que es un pueblo donde todos los músicos tenían instrumentos remendados con brea y tocaban siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a pedazos. “Sin embargo —dice uno— nunca a esta hora ha hecho tanto calor”, “sí, pero no tanto calor como ahora”. Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un parajito y se corre la voz: “hay un pajarito en la plaza”. Y viene todo el mundo espantado a ver el pajarito.

“Pero, señores, siempre ha habido pajaritos que bajan”. “Sí, pero nunca a esta hora”. Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo. “Yo sí soy muy macho —grita uno— yo me voy”. Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde está el pobre pueblo viéndolo. Hasta el memento en que dicen: “Si este se atreve a irse, pues nosotros también nos vamos”, y empiezan a desmantelar literalmente al pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo. Y uno de los últimos que abandona el pueblo dice: “Que no venga la desgracia a caer sobre todo lo que queda de nuestra casa” y entonces incendia la casa y otros incendian otras casas. Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio clamando: “Yo lo dije, que algo muy grave iba a pasar y me dijeron que estaba loca”.

Discurso pronunciado por Gabriel García Márquez en una de sus visitas a Venezuela y más tarde divulgado en El Espectador, en el que el futuro Premio Nobel expuso las razones que lo llevaron a convertirse en un escritor de oficio. Publicado originalmente el 3 de mayo de 1970, discurso en Caracas, Magazín Dominical. Tomado de: El Espectador.com

viernes, 26 de febrero de 2010

Un país y un blog enfermo


Con un blog como con un hijo se puede hacer un reclamo similar: para qué se puso a traerlo al mundo si no es capaz de mantenerlo y criarlo. Qué colmo, mi pobre blog ha estado descuidado en las últimas semanas, en los últimos meses, tal vez. Tan enfermo anda que ahora cuando entra aparece una estúpida propaganda de no sé qué pendejadas. Si alguien tiene idea de cómo deshabilito eso le encargo me lo indique.
El asunto del descuido tiene que ver con haberme puesto a traer una hija al mundo y eso de ser súbdito incondicional y papá de esa niñita, no deja mucho tiempo para muchas otras cosas, pero no tienen idea de cuanto ha valido la pena. Pero prometo reivindicarme y ponerme pilas con los quienes pierden su tiempo paseándose por aquí.
Por ahora les dejo un fragmento de un artículo que publiqué en Universo Centro, un muy interesante proyecto periodístico que se está gestando en el corazón mismo de Medellín. Pueden leerlo online o reclamarlo gratis en cualquier rincón del centro de la ciudad.


Un país enfermo de SGSSS

(...) Siempre he insistido en que la Ley 100 es un esquizofrénico monstruo de Frankenstein. Al igual que la bestia creada por Mary Shelley, la atención de salud en Colombia es la suma de un montón de partes mutiladas que difícilmente pueden ser organizadas con coherencia. Por eso, es feo, ineficaz, se le ven las costuras, y aunque desee hacer el bien, le es imposible, porque la suma de sus partes lo hacen un engendro malévolo. Un buen amigo y salubristas cartagenero, Nelsón Albis, me lo dijo de una manera más elegante en diciembre pasado: “el sistema de salud nuestro segmenta las poblaciones y fragmenta las atenciones”. ¿Cómo así? Lo voy a explicar contándoles cómo esa terrible enfermedad llamada SGSSS mató a mi tía Emma.
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miércoles, 3 de febrero de 2010

El sistema de salud colombiano es una mierda


Sí, es necesario decirlo sin ambages. Desde hace rato lo sabemos, yo y millones de colombianos. Pero para estos casos el "Estado de opinión" no aplica.
Siempre he insistido que nuestro sistema de salud es como un monstruo de Frankestein, un modelo hecho con retazos de otros y que cada vez que falla se le pega un parche nuevo. Los quince decretos amparados en la "Emergencia social" declarada por el Gobierno le dan una imagen de monstruo renovado, de reciclaje completo, pero es mentira y lo grave es que está emputado y decidido a arrasar con la vida de miles de colombianos. Así lo quiere y, seguramente, así será.
Si le interesa o les preocupa el tema puede darle una mirada al pronunciamiento que hizo la Facultad Nacional de Salud Pública de la Universidad de Antioquia (mi casa), o a esta columna de Daniel Coronell.
Si le da pánico verle las entrañas al engendro, ría y llore con esta columna de Tola y Maruja publicada el fin de semana pasado en El Espectador, mientras esperamos con paciente desespero que algún día la salud en Colombia sea asumida como un derecho fundamental y no como un elemento más de mercado.



Oites Tola, muy galleta tu idea de que nos vamos pa Medellín a estudiar el bachillerato en la noturna.

— Pues claro… Matamos dos pájaros de un tiro: hacemos el bachiller y Uribe nos paga cien mil pesos mensuales como informantas.

— Matamos tres pájaros, porque el profesor que nos coja cargadilla lo sapiamos.

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— Es que nos toca rebuscar la platica mi estimada Maruja porque ahora con los nuevos decretos del Plan Obligatorio de Salú, el famoso POS, los pobres quedamos como Pirulo.

— Contame bien Tola cómo es la cosa.

— Ay, mijita… Téngase fino porque ya los enfermos vamos a tener que pagar lo que no incluya el POS, o sea todo lo distinto de Loratadina… Yo por lo menos ya me dispierto por la mañana, le doy gracias a Dios por tenerme aliviada y le rezo: Señor, si por pecadora me vas a mandar cualesquier enfermedá, que por favor esté incluida en el POS.

— Ay, Tola… ¿Qué vamos a hacer? ¿Y qué pasa si uno necesita una cirugía y no tiene con qué pagar?

— Menos mal el decreto permite que si un paciente no tiene plata, puede pagarle a la clínica en especie: plasma, un órgano… o servir de material didático pa los estudiantes de medecina.

— ¿Y entonces qué quedó cubriendo el bendito POS?

— Uñeros, ronchas, orzuelos, verrugas, fuegos, vientos encajaos, hipos, nacidos recién nacidos y enconos que no superen el tamaño de una moneda de cincuenta pesos… Ah, y virus nacionales.

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— ¿Y los embarazos?

— Los consideran pre-esistencia… Pero tiene otra cosa buena el tal decreto: un convenio con el supermercado Ésito… Entonces por ejemplo vos llegás a urgencias con una herida y te cogen 15 puntos, esos puntos los pagás con tus puntos Ésito.

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— ¿Y el Gobierno cómo sabe si uno tiene capacidá de pago?

— Muy sencillo: en el quirónfano, aparte del cirujano y el anastesista, habrá un delegado de la DIAN y otro de pensiones y cesantías… Pero si tu capacidá de pago es lamentable entonces llaman un cura.

— Ah, bueno, por lo menos los santos óleos sí los cubre el POS.

— Depende… Si pertenecés al Sisbén no te ponen óleos sino vinilos. Y si te morís, la anchura del túnel de la muerte también depende de si sos del régimen contributivo o susidiao.

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— ¿Y qué pasa si uno se les muere sin pagar?

— Las EPS van a tener espiritistas en sus departamentos de Cartera, de modo que te invocarán con güija pa renegociar la deuda y si no, te pasan a cobro jurídico y te embargan las cenizas.

— Qué ironía: el Gobierno nos quita la salú y más sin embargo se opone a la eutanasia.

— Lo más preocupante de esta reforma es que los médicos que receten cosas distintas a cetaminofén los van a sancionar: los trasladan pa Venezuela.

Publicado en El Espectador el 30 de enero de 2010.

jueves, 14 de enero de 2010

Literatura felina: Gay Talese


Cuando el tráfico disminuye y casi todos duermen, en algunos vecindarios de Nueva York enpiezan a pulular los gatos. Se mueven con rapidez entre las sombras de los edificios; los vigilantes, policías, recolectores de basura y demás transeúntes nocturnos los avistan... no por mucho. La mayoría de ellos merodea por los mercados de pescado, en Greenwich Village, y los vecindarios de los lados del Este y Oeste, donde abundan los cubos de la basura. No hay, sin embargo, zona de la ciudad que no tenga sus animales callejeros, y los empleados de los garajes de veinticuatro horas de áreas tan concurridas como la calle 54 han llegado a contar hasta veinte de ellos cerca del teatro Ziegfeld temprano en la mañana. Pelotones de gatos patrullan los muelles por la noche a la caza de ratas. Los guardavías del subway han descubierto gatos que viven en la oscuridad. Parecen que nunca un tren los atropella, aunque a veces algunos los liquida el tercer riel. Unos veinticinco gatos viven veintitres metros por debajo del ala oeste de la terminal Grand Central, son alimentados por los trabajadores subterráneos y nunca se aventuran a la luz del día.
Los vagabundos, independientes y autoaseados gatos de la calle llevan una vida extrañamente diferente a la de los gatos mantenidos de casa o apartamento de Nueva York. Casi todos están infestados de pulgas. A muchos los matan la comida intoxicada, la intemperie y la desnutrición; su promedio de vida es de dos años, mientras que el de los gatos caseros es de diez a doce años o más. Cada año la ASPCA sacrifica unos 1.000 gatos callejeros neoyorquinos para los cuales no encuentran hogar.
No es común el arribismo entre los gatos callejeros de Ciudad Gótica. Rara vez adquieren por gusto una mejor dirección postal. Por lo común mueren en las manzanas que los vieron nacer, aunque un pugoso especímen recogido por la ASPCA fue adoptado por una mujer acaudalada: ahora vive en un lujoso apartamento del lado Este y pasa el verano en la quinta de la dama en Long Island. La asociación Felina Americana una vez traslado dos gatos callejeros a la sede de las Naciones Unidas, tras haberse enterado de que los roedores habían invadido los archivadores de la ONU.
-Los gatos se encargaron de ellos -dice Robert Lothar Kendell, presidente de la sociedad-. Y parecían contentos en la ONU. Uno de ellos dormía en un diccionario del chino.
En cada barrio de Nueva yorklos gatos golfo están bajo el dominio d eun "jefe": el macho más grande y fuerte. Pero salvo por el jefe, no hay mucha organización en la sociedad del gato callejero. Dentro de esa sociedad hay, no obstante, tres "tipos" de gatos: los salvajes, los bohemios y los de medio tiempo en tienda (o restaurante).


Los gatos salvajes dependen, en cuestión de comida, de la ocasional tapa suelta del cubo de basura, o de las ratas, y poco o nada quieren tener que ver con la gente, así sea con quienes los alimentan. Estos, los más desaliñados, tienen una mirada perturbada, una expresión demente y ojos muy abiertos, y en general rondan por los muelles.
El bohemio, por su parte, es más dócil. no hye de la gente. Con frecuencia recibe alimentación diari de manos de sensibles amantes de los gatos (casi siempre mujeres) que los llaman "niñitos", "angelitos" o "queridos" y se indignan cuando los objetos de su caridad son tildados de "gatos de callejón". Tan puntuales suelen ser los bohemos a la hora de comer, que un amante de los gatos ha propuesto la teoría de que saben la hora. Puso el ejemplo de una gata gris que aparece cinco días a la semana a las cinco y media en punto en un edificio de oficinas en Broadway con la calle 17, cuyos ascensoristas le dan comida. Pero la michina nunca cae por allí los sábados y domingos: como si supiera que la gente no trabaja en esos días.


El gato de medio tiempo en tienda (o restaurante), a menudo un bohemio reformado, come bien y espanta a los roedores, pero acostumbra unsar la tienda a manera de hotel y prefiere pasar las noches vagando por las calles. Pese a tan generoso esquema laboral, reclama la mayoría de los privilegios de una raza emparentada (el gato de tienda de tiempo completo o sin pizca de callejero), incluido el derechoa dormir en la vitrina. Un bohemio reformado de un delicatessen de la calle Blecker se agazapa detras de la puerta y ahuyenta a los otros bohemios que mendigan bocados.
A propósito, el número de gatos de tiempo completo ha disminuido grandemente desde el ocaso de la pequeña tienda de abarrotes y el surgimiento de los supermercados en Nueva York. Con el perfeccionamientode los métodos de prevención contra ratas, mejores empaques y mejores condiciones sanitarias, almacenes de cadena como A&P rara vez tienen un gato de tiempo completo.


En los muelles, sin embargo, la gran necesidad de gatos sigue vigente. Una vez un estibador alérgico a los gatos los envenenó a todos. En cuestión de un día había ratas por todas partes. Cada vez que los hombres volteaban a mirar, veían ratas sobre los embalajes. Y en el muelle 95 las ratas epezaron a robar los almuerzos de los estibadores, e inclusos a atacarlos. De modo que hubo que reclutar gatos callejeros de las zonas vecinas, y ahora el grueso de las ratas está bajo control.
-Pero los gatos no duermen mucho por acá -decía un estibador-. No pueden. Las ratas acabarían con ellos. Hemos tenido casos en los que la rata ha destrozado al gato. Pero no pasa con frecuencia. Esas ratas del puerto son unas miserables desgraciadas.

Fragmento tomado de Nueva York, ciudad de cosas inadvertidas de Gay Talesse, publicado en el libro Retratos y encuentros. Aguilar. Bogotá, 2008. Páginas 10 a 12.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Crónicas nimias: Para la ofrenda

Para la ofrenda


La moneda rodó silenciosa por el tapete de la buseta hasta detenerse entre al zapato bien lustrado de la anciana y su bastón de titanio. Pronto el píe de ella se levantó y la cubrió. Con seriedad miró a su compañera de viaje quien le hizo un gesto de asentimiento con su arrugado rostro.
El dueño, un niño con un inmenso morral en la espalda, cruzó la registradora y se ubico junto a las dos mujeres. Unos minutos después llevó su mano derecha al bolsillo del pantalón y sacó tres monedas. Las contó, volvió a esculcar y nada: las mismas tres. Mientras su mirada barría sin éxito el suelo del vehiculo, la anciana sacó de su fino bolso de cuero una delicada camándula de plata con cuentas rojas y comenzo a rezar en silencio.
El transporte se detuvo frente a la escuela. El niño bajó. Desde la ventana, las ancianas veían como se limpiaba las lágrimas de las mejillas y esculcaba de nuevo sus bolsillos y contaba y recontaba las mismas tres monedas.
La buseta arrancó. La mujer levantó su pie y con el bastón empujó la pequeña pieza metálica hasta que estuviera lo suficientemente cerca para no tener que esforzarse para recogerla. Se inclinó, la alzó, la sobó contra la seda de su vestido y se la enseñó a su acompañante:
-Para la ofrenda -le dijo.
-Amén -respondió la otra anciana con una dulce sonrisa mientras se persignaba.

lunes, 28 de septiembre de 2009

La zafra del dolor profundo, de Gabriel García Márquez

Volvamos a lo importante, a lo que vale la pena: regresemos a la literatura. Demasiada distracción con el mundo real y sus problemas en este blog. A continuación va un texto publicado por Gabriel García Márquez en marzo de 1954 y hace parte de una serie de crónicas sobre la Sierpe, un lugar perdido en el corazón del Caribe colombiano. Al leer estos textos uno llega a tener dudas de su veracidad, parecen cuentos fantásticos y no crónicas. Cualquier parecido con Macondo no es pura coincidencia, más bien confirma que nuestro país está plagado de territorios legendarios y míticos. Qué lástima que García Márquez no haya vuelto a hacer periodismo. Muchos periodistas estamos (como me cuesta incluirme) agradecidos con él, con su genial idea de fundar la FNPI donde su legado se respira y nos hace ilusión con que algo de su maestría se nos contagie. Ojalá.



El ataúd llega antes del amanecer. Entonces se transforma el ambiente, porque algo parece indicar a la gente de La Sierpe que lo que proporciona a la muerte una dimensión de pavor, no es propiamente el cadáver, sino la caja mortuoria que el carpintero de La Guarida fabrica a la carrera, con tablas mal claveteadas y sin cepillar, cada vez que de los pantanos surge un hombre con una soga cortada a medida del muerto. A cualquier hora del día o de la noche en que un mensajero de La Sierpe toque a la puerta del carpintero de La Guarida, el hombre se levanta dispuesto a trabajar, pues sabe que por muy diligente que sea el mensajero quien está necesitando el ataúd tiene por lo menos seis horas de estar tirado en un rincón, pudriéndose entre los cerdos y las gallinas.No siempre ha sido un hombre que viene por el ataúd lo suficientemente veloz como para no cruzarse en el camino con otros mensajeros que viajan a La Guarida en busca de más ataúdes. El aguardiente que se consume en La Sierpe produce una embriaguez de mala índole, cuyas consecuencias no son en todos los casos el convencional dolor de cabeza y el malestar al día siguiente. La intoxicación y la reyerta pueden poner también sus velas en el entierro, si la tardanza del ataúd prolonga los festejos hasta las horas de la mañana. Sólo una vez colocado el muerto dentro de la caja, la gente recoge sus mesas de juego y sus ventorrillos y regresa a sus casas, para volver a la de los dolientes nueve noches después, a repetir la fiesta


El cementerio de La Guarida

Por tradición, los muertos de La Sierpe son enterrados en La Guarida. No es preciso llenar los formulismos del registro civil, ni solicitar permiso para ocupar el cementerio. Allí están apiñados e indiscriminados bajo un montón de cruces, hombres, mujeres y niños anónimos, víctimas de la malaria y la disentería. O los cuerpos hinchados y deformes de uno de cada diez mordidos de serpiente. Sólo los cadáveres de los ahogados o los muertos por machetazos no reposan en el húmedo y estrecho cementerio de La Guarida. A los primeros se les deja insepultos, para solaz de los gallinazos, porque la del ahogado es muerte impura en el extraño código moral de La Sierpe. A los segundos los sepulta quien los encuentre en el camino, después de cavar un hueco donde pueda reposar el cuerpo


"El largo viaje de regreso"

El cadáver es acompañado hasta La Guarida por hombres y mujeres voluntarios, que lo hacen por afecto al muerto, por consideración a los dolientes o, simplemente, por seguir adelante con la fiesta. El ataúd es amarrado a cuatro palos y transportado en hombros a través de los pantanos, por los senderos menos profundos, de manera que el agua no le cvaya a los conductores más arriba de la cintura. Al cuerpo lo sigue un cortejo de hombres cargados con calabazos de aguardiente y de mujeres con niños y animales, que aprovechan la compañía para hacer compras en La Guarida. Pero el viaje dura el doble que uno normal, pues es viaje con prolongadas estaciones, en el que vuelve a ser el muerto la cosa menos importante.

Donde encuentran una casa, la comitiva fúnebre se detiene a conversar, a beber café y aguardiente. Si a más de sed hay hambre, los propietarios de la casa improvisan un almuerzo con el sacrificio de un cerdo o varias gallinas, como contribución al duelo. Pero el motivo del viaje no penetra a la casa. El muerto es abandonado en un lugar distante de la vereda, desde donde no llegue el acre testimonio de que tiene más de veinticuatro horas.

Del lugar menos distante de La Sierpe a las primeras casas de La Guarida los dolientes más urgidos no transportan un muerto en un día. La carga es demasiado incómoda de llevar a través del pantano y a esa circunstancia se recargan la parsimonia y la indiferencia de quienes convierten el viaje en una bulliciosa y pintoresca travesía. Generalmente, un cadáver que abandona su casa acompañado por media docena de personas, llega a La Guarida seguido por un grupo de más de veinte , pues a lo largo del camino se incorpora a la comitiva todo aquel que tiene un viaje aplazado por falta de buena compañía. O una juerga aplazada por falta de oportunidad. Durante un día y media noche, cuando menos, el grupo chapalea en el pantano, abriendo trochas, bebiendo, conversando, conduciendo una caja por cuyas junturas se escapa el espeso tufo del muerto. Sólo cuando llegan a las tierras secas de La Guarida los dolientes procuran recuperar el tiempo perdido y se echan a trotar.


El muerto alegre

Aquello no es un capricho. Es una ceremonia. Quien ha oído hablar de La Sierpe, también tiene noticia de una de sus más patéticas prácticas: el muerto alegre. Es la dramática ceremonia a través de la cual el cadáver informa a quienes lo llevan a la sepultura, si está conforme o insatisfecho con su estado.
Como el cadáver no es amortajado, sino colocado en una caja hecha sobre medidas imprecisas, el cuerpo no ajusta siempre en el ataúd. Cuando el cortejo se echa a trotar en los terrenos secos de La Guarida, el cadáver desajustado golpea contra las tablas, al compás del trotecillo alegre de quien lo conducen. En determinadas circunstancias el cuerpo no da tumbos dentro de la caja y sus conductores consideran su silencio como una confesión de su incomodidad en la muerte. Pero en la mayoría de los casos el cadáver golpea, adquiere y conserva el ritmo del trote. Esa señal precipita el regocijo de la comitiva y estimula la juerga.

"Va alegre el muerto. Va alegre el muerto", gritan entonces los sencillos habitantes de La Sierpe, que irrumpen jadeantes y dichosos en la calle de La Guarida, donde viene a sepultar un cuerpo maltratado y descompuesto. El cadáver de un hombre que fue justo, y pregona, con fuertes y acompasados golpes de su cabeza contra las tablas, que se siente feliz en el paraíso.


Final en "Zafra"

En dos casos se cantan la "zafra" en los campos del departamento de Bolívar: en la recolección de las cosechas y durante la cavación de las sepulturas. En La Sierpe se conserva esta práctica, sólo para el último de los casos. Así que cuando el cortejo llega al cementerio con el muerto alegre, el sepulturero está aguardándolo al borde de la fosa y lo saluda con una tonada afilada y vibrante, original de la región, cuya extraña belleza y cuya desconcertante sabiduría recuerdan por algún motivo las coplas de Jorge Manrique. La tonada tiene un nombre sencillo: "La zafra del dolor profundo"


La zafra del dolor profundo

El ataúd es una nave
que el que se embarca no vuelve.
Es un sueño para siempre
que tan sólo Dios lo sabe.

Este mundo es una bola
que en sus vueltas nunca para,
lo que no es hoy es mañana
si no en esta misma hora.
Pero se creen muchas personas
que la plata en todo vale;
Dios es un ser muy notable,
da lo bueno y da lo malo.
Hecho del cedro que es palo
el ataúd es una nave.

Las torres más elevadas
de aquel verdadero templo,
se han de caer con el tiempo,
más tarde , y nunca se paran.
Porque es una verdad probada,
dicen los inteligentes,
que el que tiene es el que pierde:
el pobre no pierde nada.
Esto es un mar que no para,
que el que embarca no vuelve.

Es muy cierto que la plata
infunde mucho respeto,
pero en llegándose el tiempo
la muerte a todos nos mata.
Quien creyera que se salva
con plata y sin tener suerte
no sabiendo que la muerte
mata al pobre y mata al rico.
Que por disposición de Cristo
Es un sueño para siempre.

La memoria no me da
para explicarme más claro,
pero Dios en realidad
da lo bueno y da lo malo.

Esto pronuncian mis labios:
el hombre debe ser suave,
tener buenas amistades
y no hacer mal a ninguno.
Tantas vueltas que da el mundo
que tan sólo Dios lo sabe.

Tomado de Gabriel García Márquez. Crónicas y reportajes. Instituto Colombiano de Cultura. 1976. Páginas 43 a 50

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Obsesiones compulsivas: Cuando los derechos de las mujeres poco importan

En estos días en Medellín se ha desatado una intensa polémica por la creación de la Clínica de la mujer, un proyecto del Municipio para ofrecer atención en salud de alta calidad pensada específicamente para las mujeres. Pero para los sectores ultragodos de Medellín (que son un montón), la clínica no es más que un abortadero, el capricho de unas "feministas sesentudas". En sus argumentos la salud de las mujeres poco importan. Se escuchan algunas voces desde la academia que defienden la necesidad y pertinencia de la clínica, como la posición de la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia y la del Dr. Juan Guillermo Londoño, Jefe del Departamento de Obstetricia y Ginecología de la misma universidad, sin embargo, el poder de Godofredo Cínico Caspa es mayor que el de la sensatez.
Por supuesto que el tema del aborto es un tema trascendental y la clínica de la mujer no le puede dar la espalda, más hoy cuando hay un respaldo constitucional al asunto y está de por medio miles de muertes injustas por malas prácticas o por circunstancias asociadas como la historia de Martha Zulia González, la héroe anónima que retrata Salud Hernández-Mora en esta columna publicada en El Mundo de España en 2007 (supongo que en este mojigato país ningún medio estuvo dispuesto a hacerlo).
De paso los invito a leer también un par de textos míos para que pensemos qué tanto nos importan los derechos y la salud de las mujeres:
Dos mujeres y una enfermedad
Nacida para parir



Luchadora colombiana por la legalización del aborto

Salud Hernández-Mora


Martha Zulia González no había pensado nunca en el aborto, incluso lo reprobaba, hasta que vivió en propia carne el drama de decidir entre acabar con una vida en ciernes o salvar la suya. Hace tres años, cuando tenía 35, quedó embarazada contra todo pronóstico, puesto que se había ligado las trompas. Ocho semanas más tarde, le diagnosticaban un cáncer de cuello uterino.

Nadie quiso entonces someterla a sesiones de quimioterapia, porque pondría en riesgo la vida del feto. La mujer, angustiada porque era cabeza de hogar y madre de otras tres chicas, propuso abortar a fin de superar la enfermedad y encargarse de las niñas. Pero ningún médico quiso practicarle una cirugía que era ilegal y podría costarles la cárcel, a pesar de ser conscientes del grave riesgo que corría la paciente.

A los cinco meses, cuando nació el bebé con cesárea, los galenos descubrieron que el pequeño tumor de 0,5 centímetros, que un tratamiento regular hubiera eliminado, se había convertido en una masa de ocho centímetros. Le dijeron a Martha Zulia que la enfermedad había hecho metástasis y que no podían hacer nada para ayudarle. Estaba desahuciada.

«El obispo de Pereira me dijo que el aborto es un pecado muy grande, pero yo le contesté: póngase en los zapatos míos y hablamos», contaba Martha a EL MUNDO hace un año, cuando aún soñaba con tener tiempo suficiente para conseguir un techo para su familia. Vivía sola con sus hijas y se ganaba la vida vendiendo las arepas que amasaba en su casa cada madrugada, antes de ir a trabajar como asistenta.

Su caso llegó a oídos de una organización que trabaja a favor de la despenalización del aborto, entraron en contacto y Martha se convirtió en su mejor cruzada. «Por mí ya nada se puede hacer, pero sí por muchas mujeres que hay en el país en las mismas condiciones», decía.

Gracias a una donación, recibió un tratamiento de medicina alternativa, que le aliviaba algo sus dolores. También con otra ayuda, Martha ingresó en la Universidad pública para estudiar Literatura. Pero los últimos dos meses de su vida los pasó en cama, muy enferma. Al verse obligada a dejar de trabajar, ya no tuvo cómo pagar el alquiler de su modesta vivienda, por lo que se vio obligada a hacer en vida lo que quiso evitar tras su muerte: repartió a las hijas entre familiares. La pequeña, de tres años, la dejó al cuidado de una tía; las dos de en medio, de siete y seis, quedaron con el padre, un hombre que se había desentendido de las niñas tiempo atrás, y Martha se fue con la mayor a casa de otra pariente.

Murió el lunes pasado. Al día siguiente, la cremaron como había dispuesto, gracias a que durante meses pagó a plazos a una funeraria para que le prestara ese servicio. No quiso funerales ni demostraciones públicas. La única razón para estirar una existencia muy dura, su único deseo, no lo pudo ver cumplido. Sus hijas viven separadas y con un futuro incierto.

Para honrar su memoria y sus sueños, Women's Link Worldwide, la ONG que le ayudó y que lideró la ley que permite el aborto en unos pocos casos en Colombia, promueve una campaña para conseguir fondos que permitan adquirir una casa para las hijas de Martha.

Martha Zulia González, luchadora por la despenalización del aborto, nació en Pereira (Colombia), localidad en la que murió el 11 de junio de 2007 a los 37 años de edad.

Publicado en el periódico El Mundo de España el día 19 de junio de 2007

martes, 22 de septiembre de 2009

Con el pucho de la vida...


Ayer, 21 de septiembre de 2009, fue sansionada la Ley 1335 para el control del tabaco en Colombia. El asunto me alegra. Una de cada tres muertes en el mundo están relacionadas con el consumo de tabaco y no es justo que un fumador invierta en es-fumar su vida mientras las compañías tabacaleras (las mafias tabacaleras) son cada día más y más ricas. Sin embargo, la forma como se ha comenzado a divulgar la Ley en los medios y, quien sabe, la forma como va a ser reglamentada podría llevarnos a situaciones que podrían vulnerar los derechos fundamentales.
Constitucionalmente en Colombia, cada quien debería tener el derecho a envenenarse con lo que le de la gana... eso sí, que sea un suicidio informado, que la gente sepa lo que se está metiendo: tabaco, trago, perico, cilantro, antidepresivos, sexo, juego, internet, lo que le de la gana.
No sé, el tema tiene tanto de ancho como de largo y con la creciente y perversa tendencia a recortar libertades por estos lares, me da sustico de lo que pueda suscitar la Ley. Una medida de salud pública puede transformarse en una punitiva y discriminatoria. Como decía un grafitti que veía mucho en Bogotá: "el presidente me da miedo".
Por ahora les dejo este ensayito polémico relacionado con el tema de la genial Leila Guerriero y que fue publicado en El Malpensante en 2005.





Contra los fanáticos de la salud

Leila Guerriero

Soy predadora.

En el más extremo sentido que el Diccionario de la Real Academia Española le da al término: un animal que mata a otros de distinta especie para comérselos. Me gusta cazar. He matado perdices, liebres, nutrias, langostas, cangrejos, y me los he comido. Casi no fumo —un cigarro por mes, a veces menos— pero no tengo intención de suspender ese vicio mensual, bimensual o trimestral. Porque no: porque me place. Aprecio la carne roja (incluso cruda), y no me gustan la leche ni la soja ni los cereales, no tomo yogur, detesto el arroz integral y no hago ninguna evaluación calórica, química o transgénica de lo que como o dejo de comer.
Pero si la salud es el estado en el que el ser orgánico ejerce normalmente todas sus funciones, soy una máquina eficaz y casi portentosa: no tengo caries, y todos mis órganos funcionan bien. Nunca —nunca— he seguido el signo de la época: intentar el bonus track: transformar mi buena salud en una salud pujante. Mi cuerpo es una herramienta de la que hago uso y que responde bien: no un santuario.
Y eso (esa forma de ateísmo: la ausencia de fe en el poder del fríjol y del gimnasio) me transforma en alguien levemente anormal. Insalubre.

La salud solía ser otra cosa. Cualquier humano que hubiera superado la tuberculosis o la viruela definía su salud en términos poco más sofisticados que el de ser un sobreviviente. No tener polio y ser saludable eran sinónimos.
Hoy no basta con estar libre de enfermedades serias y tener una relación lógica entre altura y peso. Además hay que bregar por una dieta libre de alimentos transgénicos, abrazar alguna disciplina física y evitar el humo propio y ajeno. Erradicadas las pestes más o menos peores, la clase media occidental ha salido a buscar nuevos peligros y los ha encontrado: carnes rojas, baños de sol. Se multiplican los fundamentalistas del té verde, la japonesidad y los cereales. Nadie se atreve a decir: “Soy carnívoro”, pero son cientos los veganos y macrobióticos que autoproclaman su elección alimentaria con orgullo digno de mejores causas.
La salud —como el comando del televisor y el diseño de interiores— se ha sofisticado.
Ya no alcanza con no tener polio. Ahora hay que ser un guerrero del mijo.
Si alguna vez la fórmula fue vivir rápido, morir joven y dejar un cadáver hermoso, hoy todos —buena parte— quieren durar mucho y morir saludables. O dejar un cadáver joven. O descafeinado. O no morir. O todo eso junto. O vaya uno a saber qué.
En África el cuarenta por ciento de la población vive con un dólar por día. De cada mil chicos nacidos se mueren ciento uno, y la esperanza de vida en el continente no supera los 46 años. El hambre afecta a mil millones de latinoamericanos: uno de cada cuatro es indigente y el 44% vive en la pobreza. En Argentina, de cada veinte, tres no tienen qué comer. Unos 5,6 millones pasan hambre. En Bolivia, el mal de Chagas —una enfermedad directamente relacionada con las condiciones de vida precarias— es la cuarta causa de muerte. Para todos ellos la salud sigue siendo un problema simple: acá la vida, allá la muerte, en el medio la enfermedad como un mal charco.
Pero quienes tienen alimentación y ausencia de Chagas garantizadas desde la cuna, la instancia superior —superadora— consiste en huir del smog, andar en bicicleta, peregrinar con unción a la herboristería del barrio, usar tapones en los oídos para protegerse del ruido ambiente y no cometer, jamás, pecado de exceso. De comida, de alcohol, de sedentarismo, de gula, de nada. El ejemplar promedio occidental y saludable piensa que el mundo se irá por la cloaca si la gente sigue comiendo mal y negándose a hacer gimnasia. La salud ha dejado de ser una condición previa, una plataforma desde la cual se puede disfrutar la parte jugosa de la existencia, para ser un objetivo después del cual no hay nada salvo una salud monolítica, perfecta, sin fisuras, que permite acceder a una salud monolítica, perfecta, sin fisuras. Etcétera.
Cualquiera que ponga los pies fuera de ese territorio donde reinan los viajes al campo y las palabras orgánico y reciclable, es anormal. Completos ovolactovegetarianos entran a restaurantes perfectamente carnívoros y, después de pasear una mirada nauseosa por el menú, sueltan un despectivo: “Está bien, una ensalada”, haciendo la graciosa concesión de no salir corriendo de ese nido de asquerosos cavernícolas adoradores del bife de chorizo.

Los no fumadores hacen fiestas sin ceniceros y nadie, ni los fumadores apiñados en un balcón despuntando el vicio, ven en eso una señal de prepotencia sino un gesto de alta civilidad. La multiplicación de países que implementan prohibiciones de fumar en sitios de trabajo —sean estos bares, prostíbulos o maternidades— hacen que prender un cigarro fuera de casa empiece a ser, en términos de rechazo social, igual a tomar cocaína en el subte. En pocos años, el cigarrillo será una droga prohibida, habrá mulas cargando tabaco en cápsulas estomacales y buques llegando al puerto de Nueva York con las bodegas repletas de ese material de miedo. Ya hay un país libre de humo —el reino de Bután, donde se prohibió la venta de tabaco en todo el territorio— y no falta nada para que pase a ser otra más de las sustancias a las que se les echa la culpa de todo lo que nos sucede. El que fuma, dicen, se hace daño y les hace daño a los demás: lo mismo se asegura de quienes consumen otras sustancias ya prohibidas. Un peligro desatado para sí, para los otros. ¿Cuánto tardarán los diarios en titular “Robó un kiosco bajo los efectos del cigarrillo”?
Ser saludable ya no es opción: es tiranía. Un modo extremo —altamente intolerante— de religión.

Tomado de El malpensante Nº 65 (Septiembre - octubre de 2005)

jueves, 20 de agosto de 2009

Obsesiones compulsivas: La Apple del pecado


Todo comenzó hace un año cuando compré mi iphone. Iván, mi primo, ya tenía uno antes de que los proveedores de telefonía móvil lo trajeran al país. Sin mucho esfuerzo me dejé enamorar y cuando lo lanzaron en el país corrí a cambiar mi viejo, pequeño y feo celular por un iphone. Desde entonces llevo a todas partes el juguete que me desaburre en las filas, en el metro, en las reuniones, conferencias y clases tediosas. A finales de abril de este año "loleando" en una tienda electrónica en Bogotá me encontré un Macbook en promoción (bueno, eso es un decir). Fue amor a primera vista, yo parecía un perro ansioso rondando la casa de su pareja en celo alrededor del stand de Mac. Lina se dio cuenta que estaba a punto de sucumbir a la infidelidad y me lo acolitó (eso lo tolera a regañadientes con este aparato, pero con una hembra humana ni de vainas), a partir de ese momento vivimos juntos y nuestro amor cada día crece más y más. Claro, debo confesar que en un principio me sentía algo culpable... aquello que la plata no es que me sobre y yo comprando tonterías, algo así como cuando invito a mi mamá a comer y termina diciéndome con orgullo y recriminación: "mmm, estuvo bien, pero yo lo hubiese hecho mejor en la casa... y mucho más barato". Pero la culpa se diluyó porque esta vez nadie lo puede hacer mejor (nada de virus, mucho software libre y muy bueno, todo es muy, muy fácil y nunca se bloquea)... bueno sí, mucho he escuchado de que el futuro es Linux y todos terminaremos reverenciando al pinguino que nos ofrece un mundo virtual libre, pero por ahora yo me quedo saboreando cada mordisco que le doy a mi deliciosa manzana. Es más, no me quiero ni imaginar lo que pronto va a proponer Apple con todo este rollo de los dispositivos para leer libros digitales. Como buen adicto, te estoy esperando, Steve Jobs, te estoy esperando. Por ahora les dejo con algunos fragmentos de un texto de uno de los mejores escritores latinoamericanos actuales (para mí), otro Mac-vicioso: el mexicano Juan Villoro. Ah, y si están muy desocupados miren los comerciales donde Mac se compara con PC y que pongo al final de la entrada. Son muy divertidos.

La Apple del pecado


Juan Villoro



(...) En 1986 desempaqué un aparato gris perla con pantalla apenas más grande que una tarjeta postal. Para los criterios de aquel tiempo se trataba de un emblema de la ultramodernidad. Durante horas, contemplé mi primera Mac como un altar, sin atreverme a perturbar su insondable vida interior. Yo venía de lidiar con una computadora del tamaño de una sala de juntas; estudié sociología en los años setenta, cuando la estadística era una actividad tan artesanal como la talla de madera (perforabamos tarjetas a mano, con agujas para zurcir calcetines) y luego las introducíamos en una computadora que ocupaba tres paredes.
Después de encender mi primera computadora privada, consulté con un experto en Macintosh para saber porque esa máquina de escribir reaccionaba de modo tan hermético. Sus explicaciones técnicas fueron tan confusas que me concentré en sus arrebatos de religiosidad. Me dijo que pertenecíamos a una cofradía y los infieles estaban por todas partes. luego me convenció de asistir a un Club Mac, donde la mención de las siglas "PC" e "IBM" provocaba el abucheo que merecen los impíos.
En aquel tiempo de catacumbas, la PC no tenía ratón. Mac era la opción más práctica, mejor diseñada y mucho más cara. Las razones para escogela iban del exclusivismo fashion a la superioridad de un códice sobre un trabalenguas. Mientras Apple permitía activar un ícono, PC obligaba a teclear telegramas cifrados del tipo: "fantasma en la máquina y la electricidad accidental que le otorga autonomía. No preguntamos quien hizo las Macs de titanio o de burbujas de colores: las admiramos como si se clonaran a sí mismas con elegante concupiscencia. Cada tanto, esta metafísica pasión recibe un baño de realidad con los precios. El capricho de Mac es monetariamente absurdo, como todos los vicios. Por desgracia, no hay terapia de desintoxicación para ese hábito. En el planeta digital resulta imposible renunciar a la computación, y una vez probado el fruto de Apple no hay modo de tragar la mermelada de PC.
(...)
Poco después hablé con un amigo boliviano, que también vive en Barcelona. Me vio de frente y dijo en el tono de un chamán que pronuncia su palabra verdadera: "lo que pasa es que eres un yuppie; ¿cómo es posible que insistas en pagar tanto por algo que debería ser usado por el pueblo con paz y dignidad?" Luego describió las reivindicaciones indígenas de su país y los castigos ejemplares que mi frivolidad merecía. Sus irrefutables palabras me convencieron de que estaba ante una adicción, la única que he podido detectarme relacionada con marcas y franquicias. No sé si indagarla con sinceridad sea el primer paso hacia una terapia de desintoxicación; lo cierto es que eso ayuda a comprender ciertos patrones de comportamiento. El hombre es un animal de costumbres, lo cual significa que repite. ¿En qué medida la reiteración de un producto crea una conducta? ¿Cómo detectar el primer indicio de esta antropología? Quza el mejor momento que mejor define al usuario de Mac es el de desempacar un nuevo modelo. Quienes creen que el erotismo informático está en los sitios de internet ignoran el fetichismo de alta escuela de abrir con rudeza cajas magníficas par retirar fundas mullidas, respirar el aroma a laboratorio que se disipará entre los dedos, sentir el mecanismo que puede vibrar pero aún no lo hace, tocar la manzana irresistible.
(...)
Después de tantos alos de crisis de marxismo, no es fácil ni popular recordar el capítulo dedicado al fetichismo de la mercancía en El capital. Sin embargo, no hay duda de que el mercado sigue promoviendo aventuras de enajenación. Mezclemos por un instante experimental a Marx y Asimov: nuestra vida colectiva depende de la vida secreta de las mercancías que usamos; si no las entendemos, se rebelarán contra nosotros. Si a falta de mejores opciones o mejor voluntad no te has podido liberar de Apple, mas vale que analices su atracción y tus debilidades, al menos antes de que ella empiece a programarte.
Por el momento, toda explicación de mi parcialidad por el aparato con que he escrito este artículo es esotérica.
Tomado de: Juan Villoro. Safari Accidental. Joaquin Mortíz. México, 2005. Páginas 183-188.






jueves, 30 de julio de 2009

Una hermosa criatura, de Truman Capote

Es un texto inusualmente largo para una entrada en un blog... ¡Ah, pero vale la pena! Quienes aún no lo hayan leído háganlo, les prometo no defraudarlos. Dentro de los varios perfiles que escribió Capote de grandes personajes del arte y la farándula, este es uno de los más deliciosos y divertidos.



UNA HERMOSA CRIATURA

Truman Capote
(1979)


Escena: La capilla de la funeraria Universal en la Avenida Lexington y la calle Cincuenta y dos, Nueva York. Un interesante grupo representativo se apretuja en los asientos: celebridades, en su mayoría, del ambiente teatral, cinematográfico y literario internacional presentes todos en homenaje a Constance Collier, la actriz nacida en Inglaterra, que murió el día anterior, a los setenta y cinco años.

Nacida en 1880, Miss Collier comenzó su carrera como corista de teatro de variedades, pasando de allí a convertirse en una de las principales actrices shakesperianas de Inglaterra (y novia, de por vida, de Sir Max Beerbhom, con quien nunca se casó, siendo tal vez por esa razón la inspiración de la traviesa e inconseguible heroína de la novela de Sir Max, Zuleika Dobson). Después de un tiempo emigró a los Estados Unidos, donde se convirtió en una importante figura en el teatro de Nueva York y en el cine de Hollywood. Durante las últimas décadas de su vida vivió en Nueva York; allí daba clases de teatro de alto nivel: sólo aceptaba profesionales como estudiantes, y por lo general profesionales que ya eran “estrellas”. Katharine Hepburn fue su alumna permanente. Otra Hepburn, Audrey, fue igualmente una de las protegidas de la Collier, igual que Vivian Leigh y, unos meses antes de su muerte, una neófita a quien Miss Collier llamaba “mi problema especial”: Marilyn Monroe.

Marilyn Monroe, a quien conocí por intermedio de John Huston cuando dirigía La jungla de asfalto, la primera película en que Marilyn habló, pasó a ser protegida de Miss Collier por sugerencia mía. Conocía a Miss Collier desde hacía unos seis años, y la admiraba como mujer de mucho valor en el aspecto físico, emocional y creativo, y por ser, a pesar de sus modales altaneros y de su voz de gran catedral, una persona adorable, levemente malvada pero excesivamente cálida, digna pero gemütlich. Me encantaba ir a los pequeños almuerzos que ofrecía con frecuencia en su oscuro estudio victoriano en el centro de Manhattan; tenía una infinidad de historias acerca de sus aventuras como primera figura con Sir Beerbhom y el gran actor francés Coquelin, su relación con Oscar Wilde, Chaplin de joven y la Garbo en los primeros años de la sueca, en las películas mudas. En realidad, era una delicia, igual que su fiel secretaria y compañera, Phyllis Wilbourn, una solterona brillante pero callada que, después de su muerte pasó a ser, y sigue siendo, acompañante de Katharine Hepburn. Miss Collier me presentó a muchas personas de quienes me hice amigo: los Lunt, los Olivier y especialmente Aldoux Huxley. Pero fui yo el que le presentó a Marilyn Monroe, y al principio no le interesó conocerla, no veía muy bien, no había visto las películas de Marilyn, y en realidad no sabía nada de ella, excepto que era una especie de bomba sexual de pelo platinado, de fama mundial. En fin, no parecía arcilla adecuada para la severa y clásica formación de Miss Collier. Pero yo pensé que podían hacer una combinación estimulante.

Así fue. “Oh, sí”, me informó Miss Collier. “Tiene algo. Es una hermosa niña. No lo digo por lo obvio, tal vez demasiado obvio. No es una actriz, en absoluto, en el sentido tradicional. Lo que ella tiene, esa presencia, esa luminosidad, esa inteligencia deslumbrante, nunca podría salir a relucir en el escenario. Es algo tan frágil, tan sutil, que sólo la cámara puede captarlo. Es como un colibrí en vuelo: sólo la cámara puede congelar su poesía. Pero quien piense que la chica es otra Harlow, o una puta, está loco. Hablando de locura, es de eso que nos estamos ocupando: de Ofelia. Supongo que la gente se reiría de sólo pensarlo, pero realmente podría ser la Ofelia más deliciosa del mundo. Estaba hablando con Greta la semana pasada, y le hablé de Marilyn como Ofelia, y Greta dijo sí, que lo creía porque la había visto en dos películas, muy comunes y vulgares, pero que de todos modos dejaban entrever las posibilidades de Marilyn. En realidad, Greta tiene una idea divertida. ¿Sabes que quiere hacer una película de Dorian Gray? Con ella como Dorian, por supuesto. Bueno, dijo que le gustaría que Marilyn fuera una de las chicas que Dorian seduce y destruye. ¡Greta! ¡Tan desaprovechada! Y qué talento, bastante parecido al de Marilyn, cuando se piensa. Por supuesto, Greta es una actriz consumada, de máximo control. Esta hermosa criatura carece de todo concepto de disciplina o sacrificio. No sé por qué, pero me parece que no llegará a vieja. Es absurdo que lo diga, pero siento que morirá joven. Espero, ruego, que viva lo suficiente para liberar ese talento tan extraño y encantador que es en ella como un espíritu prisionero.”

Ahora Miss Collier ha muerto, y yo estaba en el vestíbulo de la capilla Universal esperando a Marilyn. Hablamos por teléfono la noche anterior y quedamos en sentarnos juntos en el servicio, que empezaría al mediodía. Ya llevaba más de media hora de retraso. Siempre llegaba tarde, pero pensé que, por una sola vez, podía llegar a horario. ¡Por el amor de Dios! ¡Maldición! De repente llegó, pero no la reconocí hasta que me dijo...

MARILYN: Querido, perdóname. Pero como ves, me maquillé y luego pensé que no debería ponerme pestañas postizas ni pintarme los labios ni nada, de modo que me lavé la cara, y no sabía qué ponerme...

(Lo que se había puesto finalmente habría sido apropiado para la abadesa de un convento que asiste a una audiencia privada con el Papa. Tenía el pelo totalmente cubierto por un pañuelo de chifón negro, un vestido negro suelto, largo, que parecía prestado, medias de seda negra que opacaban la rubia belleza de sus esbeltas piernas. Seguro que una abadesa no se habría puesto los zapatos de tacos altos, negros y vagamente eróticos, que había elegido, ni los anteojos oscuros, de lechuza, que tornaban dramática la palidez de vainilla de su fresca piel.)

TC: Se te ve muy bien.

M (royendo la uña del pulgar, ya totalmente comida): ¿Estás seguro? Estoy tan nerviosa, ¿sabes? ¿Dónde está el baño? Si pudiera ir un momento...

TC: ¿A tomarte una píldora? ¡No! Shhh. Esa es la voz de Cyril Ritchard: ya ha empezado el panegírico.

(De puntillas, entramos en la capilla llena de gente y logramos ubicarnos en un espacio estrecho en la última fila. Cyril Ritchard terminó de hablar. Lo siguió Cathleen Nesbitt, colega de toda la vida de Miss Collier, y finalmente Brian Aherne se dirigió a los presentes. Durante todo este tiempo, mi acompañante no cesaba de quitarse los anteojos para enjugar las abundantes lágrimas que brotaban de sus ojos azul grisáceos. Algunas veces la había visto sin maquillaje, pero hoy presentaba una nueva experiencia visual, un rostro que no había observado antes, y al principio no me di cuenta de qué pasaba. ¡Ah! Era por el pañuelo de cabeza. Con el pelo oculto, el cutis sin cosméticos, parecía de doce años, una virgen pubescente recién admitida en un orfelinato, que se lamenta por su suerte. Por fin la ceremonia terminó, y la congregación comenzó a dispersarse.)

M: Por favor, sentémonos aquí. Esperemos a que se vayan todos.

TC: ¿Por qué?

M: No quiero tener que hablar con todo el mundo. Nunca sé qué decir.

TC: Siéntate tú aquí, que yo esperaré afuera. Tengo que fumar un cigarrillo.

M: ¡No me puedes dejar sola! ¡Dios mío! Fuma aquí.

TC: ¿Aquí? ¿En la capilla?

M: ¿Por qué no? ¿Qué vas a fumar? ¿Marihuana?

TC: Muy graciosa. Vámonos.

M: Por favor. Hay un montón de fotógrafos abajo. Y por supuesto que no quiero que me saquen fotos con esta ropa.

TC: No te culpo.

M: Dijiste que se me veía muy bien.

TC: Y es verdad. Estás perfecta para el papel de la novia de Frankenstein.

M: Te estás riendo de mí ahora.

TC: ¿Te parece?

M: Te ríes por dentro. Y ésa es la peor clase de risa. (Frunciendo el ceño; mordiéndose la uña del pulgar.) En realidad, podía haberme puesto maquillaje. Todo el mundo aquí estaba maquillado.

TC: Incluso yo.

M: Hablando en serio. Es el pelo. Necesito tintura, y no tuve tiempo. Todo fue tan inesperado. La muerte de Miss Collier. ¿Ves?

(Se levantó un poquito el pañuelo para mostrarme una franja negra en la raya del pelo.)

TC: Pobre e inocente de mí. Yo que creía que eras una rubia auténtica.

M: Lo soy. Pero nadie es tan natural. ¿Por qué no te vas a la mierda?

TC: Bueno, ya se han ido todos. Vamos, levántate.

M: Estos fotógrafos están ahí todavía. Lo sé.

TC: Si no te reconocieron al entrar, no te reconocerán cuando salgas.

M: Uno me reconoció. Pero me metí por la puerta antes de que empezara a gritar.

TC: Debe haber una puerta posterior. Podemos salir por ahí.

M: No quiero ver ningún cadáver.

TC: ¿Por qué vamos a ver cadáveres?

M: Esto es una funeraria. Deben guardarlos en alguna parte. Lo único que me falta, entrar en un cuarto lleno de muertos. Ten paciencia. Iremos a alguna parte y te invitaré a tomar champagne.

(De modo que nos quedamos sentados y Marilyn dijo: “Odio los funerales. Me alegro de no tener que ir al mío. Sólo que no quiero funeral, y que uno de mis hijos, si tengo alguno, tire mis cenizas al viento. Hoy no habría venido de no ser porque Miss Collier me quería, se preocupaba por mi porvenir y era como una abuelita, una abuelita severa, pero que me enseñó muchas cosas. Me enseñó a respirar. Lo he aprovechado, y no sólo cuando actúo. Hay otros momentos cuando respirar es un problema. Pero cuando me enteré de la muerte de Miss Collier, lo primero que pensé fue: Oh, Dios mío, ¿qué pasará con Phyllis? Miss Collier era toda su vida. Pero me enteré de que se fue a vivir con Miss Hepburn. Feliz de Phyllis. Lo pasará tan bien ahora. Me gustaría cambiar con ella. Miss Hepburn es una persona maravillosa. En serio. Ojalá fuera amiga mía. Podría llamarla a veces y... bueno, no sé, charlar con ella”.

Hablamos de cómo nos gustaba Nueva York y de cuánto aborrecíamos Los Angeles. “Aunque nací ahí, no se me ocurre nada bueno que decir de Los Angeles. Si cierro los ojos, y me imagino Los Angeles, todo lo que veo es una gran várice.” Hablamos de actores y actuaciones. “Todos dicen que no sé actuar. Decían lo mismo de Elizabeth Taylor. Y se equivocaron. Estuvo magnífica en Ambiciones que matan. A mí nunca me darán el papel apropiado, algo que realmente quiera hacer. No me ayuda el aspecto físico. Demasiado específico”; hablamos un poco de Elizabeth Taylor; quería saber si yo la conocía y le dije que sí, y ella dijo bueno, cómo es, cómo es en realidad, y yo dije bueno, es algo parecida a ti, es muy franca y dice cualquier cosa, y Marilyn dijo vete a la mierda y me dijo bueno, si alguien me preguntara cómo era Marilyn Monroe, cómo era Marilyn Monroe en realidad, qué diría, y le dije que tenía que pensarlo.)

TC: ¿Te parece que podemos irnos de una vez? Me prometiste champagne, ¿recuerdas?

M: Recuerdo. Pero no tengo dinero.

TC: Siempre llegas tarde y nunca tienes dinero. Por casualidad, ¿no estás bajo la impresión de que eres la reina Isabel?

M: ¿Quién?

TC: La reina Isabel. La reina de Inglaterra.

M (frunciendo el ceño): ¿Qué tiene esa mierda que ver conmigo?

TC: La reina Isabel nunca lleva dinero encima. No le está permitido. El vil metal no debe mancillar la palma de la mano real. Hay una ley, o algo así.

M: Ojalá pasaran una ley parecida para mí.

TC: Sigue así y a lo mejor sucede.

M ¿Cómo paga cuando va de compras?

TC: Su dama de compañía trota a su lado con una bolsa llena de peniques.

M: ¿Sabes una cosa? Te apuesto a que le dan todo gratis. Como pago cuando ella dice que usa el producto.

TC: Es muy posible. No me sorprendería en lo más mínimo. Proveedores de Su Majestad. Perros galeses. Todas esas golosinas Fortum & Mason. Marihuana. Preservativos.

M: ¿Para qué quiere ella preservativos?

TC: Ella no, tonta. Para ese bobo que la sigue dos pasos atrás. El príncipe Felipe.

M: Para él. Oh, sí, me gusta. Debe tener un lindo aparato. ¿Te conté esa vez que Errol Flynn sacó el aparato y tocó el piano con él? Bueno, fue hace cien años. Yo recién empezaba y fui a una fiesta tonta. Estaba Errol Flynn, muy contento consigo mismo. Aporreó las teclas. Tocó Eres mi rayo de sol. ¡Cristo! Todo el mundo dice que Milton Berle tiene el schlong más grande de Hollywood. Pero ¿a quién le importa? Eh, ¿tienes dinero encima?

TC: Unos cincuenta dólares.

M: Eso nos debe alcanzar para un poco de champagne.

(Afuera, Lexington estaba vacía de sospechosos: nada más que inofensivos transeúntes. Eran como las dos de una linda tarde de abril, ideal para caminar. Deambulamos hasta la Tercera Avenida. Unos pocos dieron vuelta la cabeza, no porque reconocieran a Marilyn como Marilyn, sino debido a su atavío funerario. Ella rió con esa sonrisa suya tan especial, tentadora como cascabeles, y dijo: “A lo mejor siempre debería vestirme así, verdaderamente anónima”.

Mientras nos acercábamos al bar de P. J. Clarke, dije que éste sería un buen lugar para tomar un refresco, pero Marilyn lo vetó. “Está lleno de esos idiotas de publicidad. Y esa perra Dorothy Kilgallen siempre está allí, emborrachándose. ¿Qué les pasa a estos irlandeses? Chupan más que los indios.”

Me sentí obligado a defender a la Kilgallen, que era algo amiga mía, y dije que en ocasiones podía llegar a ser muy graciosa. Marilyn dijo: “Sea como sea, ha escrito cosas terribles acerca de mí. Todas esas perras me odian. Hedda, Louella. Sé que supuestamente una debe acostumbrarse a eso, pero yo no puedo. Lo que dicen, duele. ¿Qué he hecho yo a esas brujas? El único que escribe cosas decentes de mí es Sidney Skolsky. Pero él es hombre. Los tipos me tratan bien. Como si fuera un ser humano. Por lo menos me otorgan el beneficio de la duda. Y Bob Thomas es un caballero. Y Jack O’Brian”.

Miramos las vidrieras de las tiendas de antigüedades. En una había una bandeja con anillos viejos y Marilyn dijo: “Ese es bonito. El granate con las perlitas. Me gustaría poder usar anillos, pero no me gusta que la gente se fije en mis manos. Son demasiado gordas. Elizabeth Taylor tiene las manos gordas. Pero con los ojos que tiene, ¿quién se va a fijar en sus manos? Me gusta bailar desnuda frente a un espejo y ver cómo se me mueven las tetitas. No son feas. Ojalá no tuviera las manos tan gordas.”

En otra vidriera vimos un hermoso reloj de péndulo, lo que le hizo decir: “Nunca tuve un hogar. Una casa verdadera, con muebles míos. Pero si vuelvo a casarme, y gano mucho dinero, voy a alquilar un par de camiones y recorreré la Tercera Avenida comprando todo lo que se me ocurra. Una docena de relojes de péndulo. Los pondré todos en un cuarto, y todos a la misma hora. Eso sería como un verdadero hogar. ¿No te parece? ¡Eh! ¡Mira! ¡Enfrente!”

TC: ¿Qué?

M: ¿Ves el letrero con la palma de la mano? Ahí deben leer el futuro.

TC: ¿Tienes ganas de entrar?

M: Bueno, vamos a ver cómo es.

(No es un lugar acogedor. Por una vidriera sucia percibimos un cuarto desprovisto de muebles con una mujer flaca, con aspecto de gitana, sentada en una silla de lona debajo de una lámpara roja como el infierno que colgaba del techo y que esparcía un brillo torturador. Estaba tejiendo un par de escarpines. No nos miró. Marilyn estuvo a punto de entrar, luego cambió de idea.)

M: Hay veces que me gusta saber qué pasará. Pero después pienso que es mejor no saberlo. Me gustaría saber dos cosas, sin embargo. Una, si voy a adelgazar.

TC: ¿Y la otra?

M: Es un secreto.

TC: Vamos, vamos. Hoy no puede haber secretos. Hoy es un día de dolor, y los que sufrimos compartimos los pensamientos más recónditos.

M: Bueno, es acerca de un hombre. Hay algo que quiero saber. Pero no diré más. Realmente es un secreto.

(Y pensé: Eso es lo que tú crees. Ya te lo sacaré.)

TC: Estoy preparado para invitarte con champagne.

(Terminamos en la Segunda Avenida, en un restaurante chino vacío, decorado chillonamente. Pero tenía un bar bien provisto, y pedimos una botella de Mumm. Llegó, pero sin helar y sin balde. La tomamos en vasos altos, con cubitos adentro.)

M: Esto es divertido. Como filmar en exteriores. Si a una le gusta. A mí no. Niagara. Qué película mala. Horrible.

TC: Hablemos de tu amor secreto.

M: (silencio).

TC: (silencio).

M: (risitas).

TC: (silencio).

M: Conoces a tantas mujeres. ¿Cuál es la mujer más atractiva que conoces?

TC: Barbara Paley. No tiene rival.

M (frunciendo el ceño): ¿Esa a la que le dicen “Babe”? A mí no me parece una beba. La he visto en Vogue. Es elegante. Encantadora. Mirando las fotos una se siente como una chancha.

TC: Le divertiría oír eso. Te tiene celos.

M: ¿Celos de mí? Te estás burlando de nuevo.

TC: No. Está celosa.

M: Pero ¿por qué?

TC: Por lo que dijo en los diarios una periodista, creo que la Kilgallen. Algo así: “Se rumorea que Mrs. Di Maggio tuvo una cita con el mayor magnate de la televisión, y no precisamente para hablar de negocios”. Ella leyó la nota y creyó que era verdad.

M: ¿Que era verdad qué?

TC: Que su marido tiene un asunto contigo. William S. Paley. El mayor magnate de la televisión. Le gustan las rubias bien formadas. Las morochas también.

M: Eso es un disparate. No conozco a ese tipo.

TC: Ah, vamos, vamos. Conmigo puedes ser franca. Este amante secreto es William S. Paley, n’est-ce pas?

M: ¡No! Es un escritor. El es un escritor.

TC: Eso es mejor. Ya vamos a alguna parte. De modo que tu amante es un escritor. Debe de ser malísimo, o no te avergonzarías de decirme su nombre.

M (furiosa, frenética): ¿Por qué es la “S”?

TC: La “S”. ¿Qué “S”?

M: La “S” en William S. Paley.

TC: Oh, esa “S”. No quiere decir nada. La metió allí porque quedaba bien.

M: ¿Sólo una inicial que no reemplaza nada? Por Dios. Mr. Paley debe de ser un poquito inseguro.

TC: Tiene un montón de tics. Pero volvamos a tu misterioso escriba.

M: ¡Basta! No entiendes. Tengo tanto que perder.

TC: Mozo, otra botella de Mumm, por favor.

M: ¿Estás tratando de aflojarme la lengua?

TC: Sí. Te diré una cosa. Hagamos un trato. Yo te cuento un cuento, y si te parece interesante, tal vez podamos hablar de tu amigo el escritor.

M (tentada, pero renuente): ¿Un cuento de qué?

TC: De Errol Flynn.

M: (silencio).

TC: (silencio).

M (enojada consigo misma): Bueno, empieza.

TC: ¿Recuerdas lo que me contaste de Errol? ¿Lo contento que estaba con su pito? Yo soy testigo de eso. Una vez pasamos juntos una noche muy agradable. Si me entiendes.

M: Lo estás inventando. Estás tratando de engañarme.

TC: Lo juro. Estoy jugando limpio. (Silencio. Pero veo que está muy interesada, de modo que después de encender un cigarrillo, prosigo.) Bueno, sucedió cuando yo tenía dieciocho años. O diecinueve. Durante la guerra. El invierno de 1943. Esa noche daba una fiesta Carol Marcus, que no sé si ya estaba casada con Saroyan, en honor de su mejor amiga, Gloria Vanderbilt. La fiesta fue en la casa de su madre, en Park Avenue. Una gran fiesta. Habría unas cincuenta personas. Como a la medianoche entra Errol Flyn con su doble, un playboy que hacía las escenas de capa y espada, llamado Freddie McEvoy. Los dos estaban bastante borrachos. De todos modos, Errol se puso a charlar conmigo. Era inteligente, y nos reíamos mucho. De pronto dijo que quería ir a El Morocco, y por qué no iba con él y con su amigo McEvoy. Dije que sí, pero McEvoy no quería irse de la fiesta, que estaba llena de jovencitas recién presentadas en sociedad, de manera que Errol y yo nos fuimos solos. Sólo que no fuimos a El Morocco. Tomamos un taxi hasta la zona de Gramercy Park, donde yo tenía un departamento de un ambiente. Se quedó hasta el día siguiente, al mediodía.

M: Y ¿cómo calificarías? ¿En una escala de uno a diez?

TC: Francamente, si no hubiera sido Errol Flynn, ni siquiera me acordaría.

M: No es un gran cuento. No mereces el mío. Ni por asomo.

TC: Mozo, ¿y el champagne? Los dos tenemos sed.

M: Y no me has dicho nada nuevo. Ya sabía que Errol caminaba en zigzag. Tengo un masajista que es como mi propia hermana, que era masajista de Tyrone Power, y él me contó la relación que había entre Errol y Tyrone. De modo que tendrías que contarme algo mejor.

TC: Es difícil hacer tratos contigo.

M: Estoy lista a escuchar. De modo que cuéntame cuál fue tu mejor experiencia. En ese sentido.

TC: ¿La mejor? ¿La más memorable? Mejor que contestes tú primero.

M: ¡Y dices que yo soy difícil! ¡Ja! (tomando champagne) Joe no es malo. Juega bien al béisbol. Si fuera por eso, aún seguiríamos casados. Todavía lo amo. Es sincero.

TC: Los maridos no cuentan. En este juego.

M (mordisqueándose la uña; pensando, realmente): Bueno, conocí a un hombre, medio pariente de Gary Cooper. Un corredor de bolsa, no gran cosa: sesenta y cinco años, usa anteojos gruesos. No sé qué era, pero...

TC: Puedes parar ahí. Sé todo acerca de él por otras chicas. Ese viejo espadachín sigue recorriendo mundo. Se llama Paul Shields. Es el padrastro de Rocky Cooper. Se supone que es sensacional.

M: Lo es. Bueno, vivo. Tu turno.

TC: Olvídalo. No tengo por qué contarte nada. Porque ya sé quién es tu maravilla oculta: Arthur Miller. (Bajó los anteojos negros. Si las miradas mataran...)

M (tartamudeando): Pero ¿cómo? Quiero decir, nadie... Es decir, casi nadie...

TC: Hace por lo menos tres o cuatro años, Irving Drutman...

M: ¿Irving qué?

TC: Drutman. Un escritor del Herald Tribune. El me contó que tú andabas con Arthur Miller. Que estabas enamorada de él. Soy demasiado caballero para haberlo mencionado antes.

M: ¡Caballero! (tartamudeando de nuevo pero con los anteojos negros en su lugar) Tú no entiendes. Eso fue hace mucho. Eso terminó. Pero esto es nuevo. Todo es diferente ahora y...

TC: No olvides invitarme a la boda.

M: Si dices algo de esto, te mato. Te hago eliminar. Conozco un par de hombres que me harían ese favor con todo gusto.

TC: Es algo que no dudo ni por un minuto.

(Por fin regresa el mozo con la segunda botella.)

M: Dile que se la lleve. No quiero más. Quiero irme de aquí.

TC: Siento haberte molestado.

M: No estoy molesta.

(Pero lo estaba. Mientras pagaba la cuenta, fue al toilette. Deseé tener conmigo un libro para leer: sus visitas al toile-tte a veces duraban tanto como la preñez de una elefanta. Mientras pasaba el tiempo, me puse a pensar si estaría tomando píldoras tranquilizantes o estimulantes. Tranquilizantes, sin duda. Había un diario en el bar. Lo tomé. Estaba escrito en chino. Después de unos veinte minutos, decidí investigar. A lo mejor se había tomado una dosis letal, o cortado las muñecas. Encontré el baño de damas y llamé a la puerta. Dijo: “Pasa”. Estaba frente a un espejo mal iluminado. Pregunté: “¿Qué estás haciendo?”. Ella contestó: “Mirándola”. En realidad, se estaba pintando los labios color rubí. Además, se había quitado el pañuelo de la cabeza y peinado ese pelo brillante y finito que tenía.)

M: Espero que te quede bastante dinero.

TC: Depende. No como para comprar perlas, si es tu idea de hacer las paces.

M (riendo, nuevamente de buen humor. Decidí no volver a mencionar a Arthur Miller): No. Para un viaje en taxi, nada más.

TC: ¿Adónde vamos, a Hollywood?

M: Diablos, no. A un lugar que me gusta. Ya verás cuando lleguemos.

(No tuve que esperar tanto, pues no bien subimos al taxi, oí que le decía que nos llevara al muelle de la calle South, y pensé: “¿No es allí donde se toma el ferry para Staten Island?”. Y mi conjetura fue: tomó píldoras además del champagne, y está loca ahora.)

TC: Espero que no vayamos a tomar un barco. No llevo dramamine encima.

M (feliz, riendo): Vamos al muelle, nada más.

TC: ¿Puedo preguntar por qué?

M: Me gusta. Huele a otro país, y puedo dar de comer a las gaviotas.

TC: ¿Qué les darás? No tienes nada.

M: Sí, tengo la cartera llena de bizcochitos chinos. Los robé del restaurante.

TC (haciendo una broma): Sí, sí. Mientras estabas en el baño abrí uno, y el papelito de adentro era un chiste verde.

M: Por Dios. ¿Obscenidades en vez del porvenir?

TC: Seguro que a las gaviotas no les importará.

(Pasamos el Bowery. Tiendas diminutas de empeño, estaciones de donación de sangre, cuartos con camas por cincuenta centavos, pequeños hoteles sórdidos de alojamiento por un dólar, bares de blancos, bares de negros y por todas partes vagos, vagos jóvenes, ancianos vagos en cuclillas sobre la vereda sentados en medio de vidrios rotos y de vómitos, vagos apoyados contra las puertas y acurrucados como pingüinos en las esquinas. En una oportunidad, al detenernos ante una luz roja, un espantapájaros de nariz roja avanzó tambaleándose hacia nosotros y empezó a limpiar el parabrisas del taxi con un trapo húmedo que aferraba su temblona mano. Nuestro conductor protestó, gritando obscenidades en italiano.)

M: ¿Qué es esto? ¿Qué pasa?

TC: Quiere una propina por limpiar el vidrio.

M (cubriéndose la cara con la cartera): ¡Qué horrible! No lo aguanto. Dale algo. Apúrate. ¡Por favor! (Pero ya el taxi partía, derribando casi al viejo borracho. Marilyn lloraba.) Estoy descompuesta.

TC: ¿Quieres irte a casa?

M: Se ha arruinado todo.

TC: Te llevaré a casa.

M: Espera un minuto. Ya estaré bien.

(Así seguimos hasta la calle South; ya allí, el ferry anclado, la vista de Brooklyn del otro lado, las gaviotas que revoloteaban y se divertían, blancas contra el horizonte marino y el cielo veteado de vellones de nubes, diminutas y frágiles como encaje, pronto tranquilizaron su espíritu. Al bajar del taxi vimos a un hombre que llevaba a un perro chino de una correa. Era un pasajero que se dirigía al ferry. Al pasar junto a él, mi compañera se detuvo a acariciar el perro.)

EL HOMBRE (firme y poco amistosamente): No debería tocar perros desconocidos. Especialmente a éstos. Podrían morderla.

M: Los perros nunca me muerden. Sólo los humanos. ¿Cómo se llama?

EL HOMBRE: Fu Manchu.

M (riendo): Oh, como en el cine. Qué amor.

EL HOMBRE: Usted, ¿cómo se llama?

M: ¿Yo? Marilyn.

EL HOMBRE: Eso pensé. Mi mujer no me creería. ¿Me puede dar su autógrafo?

(Sacó una tarjeta y una lapicera. Utilizando su cartera como apoyo, ella escribió: Que Dios lo bendiga - Marilyn Monroe).

M: Gracias.

EL HOMBRE: Gracias a usted. Voy a mostrar esto en la oficina.

(Seguimos hasta el borde del muelle, donde nos pusimos a escuchar el ruido del agua.)

M: Yo solía pedir autógrafos. Todavía lo hago, a veces. El año pasado vi a Clark Gable sentado cerca de mí en Chasen, y le pedí que me firmara la servilleta.

(Apoyada contra un poste de amarras, la observé, de perfil: Galatea oteando las distancias no conquistadas. La brisa le esponjaba el pelo. Volvió la cabeza hacia mí con gracia etérea, como si la hiciera girar la brisa.)

TC: ¿Cuándo alimentamos los pájaros? Yo también tengo hambre. Es tarde, y no almorzamos.

M: Recuerda, te dije que si alguna vez te preguntaran cómo era yo, cómo era, en realidad, Marilyn Monroe, ¿cómo contestarías esa pregunta? (Su tono era juguetón, burlón, sin embargo sincero al mismo tiempo: quería una respuesta honesta): Apuesto a que dirías que era una palurda.

TC: Por supuesto, pero también les diría...

(Ya se iba la luz. Ella parecía desvanecerse con la claridad, mezclarse con el cielo y las nubes, retroceder y ocultarse detrás. Yo quería alzar la voz por encima de los gritos de las gaviotas y preguntarle: “Marilyn, Marilyn, ¿por qué todo tuvo que salir así? ¿Por qué es una mierda esta vida?”)

TC: Yo diría...

M: No te oigo.

TC: Diría que eres una hermosa criatura.

Tomado de: Truman Capote. El duque y sus dominios y otros relatos. Colección La otra Orilla, Editorial Norma. Bogotá, 1997. Páginas 129-146