domingo, 29 de junio de 2008

Literatura felina: Osvaldo Soriano

El día que nací había un gato esperando al otro lado de la puerta. Mi padre fumaba en Mar del Plata, en el patio. Mi madre dice que fue un parto difícil, a las cuatro y veinte de la tarde de un día de verano. El sol rajaba la tierra. Los jóvenes Borges y Bioy Casares paraban cerca de ahí, en Los Troncos alucinando las historias de don Isidro Parodi. A Borges lo seguían los gatos. En una de sus fotos más hermosas está junto a María Kodama, que tiene uno en brazos; Borges lo acaricia como a un amigo.
A mi un gato me trajo la solución para Triste, solitario y final. Un negro de mirada contundente, muy parecido a Taki, la gata de Chandler. Otro, el negro Veni, me acompañó en el exilio y murió en Buenos Aires. Hubo uno llamado Peteco que me sacó de muchos apuros en los días en que escribía A sus plantas rendido un León. Viví con una chica alérgica a los gatos y al poco tiempo nos separamos. En París, mientras trabajaba en El ojo de la patria, en un quinto piso inaccesible, se me apareció un gato equilibrista caminando por la canaleta del desagüe. Para sentirme más seguro de mi mismo puse un gato negro al comienzo y uno colorado al final de Una sombra ya pronto serás.
Para decirlo mal y pronto: hay gatos en todas mis novelas. Soy uno de ellos perezoso y distante. Aunque nunca aprendí la sutileza de la especie. Ahora mismo, una de mis gatas se lava la manos acostada sobre el teclado y tengo que apartarla con suavidad para seguir escribiendo. Hace cinco meses que no prendemos un cigarrillo. Juntos sufrimos el vejamen de la abstinencia y la vida limpia. Hace unos meses esta habitación era un quemadero de fragancias maravillosas. Tabacos de la Argentina, de Cuba y de Holanda, ya no; resignamos algo de la utilería que compone a los duros: cigarrillos, sombrero, impermeable, el revolver de juguete. Los fantásticos vampiros de Matheson; entre los que estaban Laurel y Hardy y el realismo romántico de Chandler, sobreviven a las modas y las vanguardias porque el lector quiere verse ahí en sangre de papel. Necesita leer sus miedos. Con eso Stephen King escribe ahora una obra excesiva e inquietante. En uno de sus libros, un personaje acusa de plagiario al narrador, le mata el gato y se lo deja frente a la puerta. Es un momento insoportable en la literatura de terror. Algo cercano a los escalofriantes efectos de H.P. Lovecraft. Todos los escritores con corazón se han ganado un gato que los sigue y los protege. Tal vez el de Gibbins, cercado por el fuego, le haya pedido auxilio en nombre de los gatos inspiradores: el del Dante, el de Baudelaire, el de Lewis Carrol, el de Borges. Y ahí fue el director de pobres películas, a purificarse en el incendio y cumplir con el ritual de todos los demonios.
Un escritor sin gato es como un ciego sin lazarillo. No es posible usar al gato para nada personal, no hay manera de privatizarlos. En La noche americana, Francois Truffaut aconseja a las realizadores de cine no meterse jamás con un gato en acción. También me lo dijo Hector Olivera a la hora de escribir el guión de Una sombra ya pronto serás. ¿Cómo hacer para que dos gatos de cine interpreten disciplinadamente a los que aparecen en la novela? Yo los puse en el libreto nada más que para aplacar mis miedos. Con una sonrisa; Olivera me dijo que estaba loco: un gato actor, el negro, tendría que seguir al personaje de Miguel Angel Solá, lavarse a su lado comerse una laucha y echarse a dormir. El otro un colorado, aparece al final, poco después que Pepe Soriano, el Coluccini de la película, haya tenido una charla con Dios. Olivera decidió que no hubiera gatos, pero creo que estoy a tiempo de convencerlo de que ponga al menos una silueta. Cuando hablábamos de eso, todavía Gibbins no se había arrojado al incendio. Yo creía, Dios me perdone, que Matheson se había muerto de viejo. Pero no: allí estaba, peleando frente al fuego, apartando maderas en llamas, abriendo un camino para que su gato pudiera escapar con él. En el revoltijo alcanzó a salvar una carpeta con su último manuscrito. Es que siempre cuando uno rescata un manuscrito, hay un gato adentro.
Cuando yo era chico mi gato Pulqui era mono, león, pirata y bandolero. Yo lo acechaba entre las plantas del jardín y me le tiraba encima con el cuchillo de madera entre los dientes. Ahora mi hijo combate contra la gata Virgula que le devuelve los golpes. Son arañazos de mentira, en un revoltijo de sillas volteadas y malvones floridos. Las suyas, como las mías antes, son fantasías de selvas y mares, de castillos y mosqueteros. Esos años felices e irrecuperables en los que uno aprende, si aprende algo, que los gatos nos traen a domicilio el misterio de la creación. Chandler les atribuía toda la sabiduría y creía que provocaban la explosión creadora. Un día le pidieron que hablara de Philip Marlowe y prefirió que fuera Taki la que la hiciera por él. Pretendía que era la gata quien escribía sus novelas bien entrada la noche: A mí suele pasarme algo parecido.
Richard Matheson perdió todo; la casa los muebles y los premios, pero alcanzó a salvar lo esencial: esa mirada que lo sostiene por las noches, cuando la palabra no viene y la novela no avanza. Esa mirada que nos atornilla al sillón, ese ronroneo que precede a la llegada del diablo.
Poe, Lovecraft y Matheson asociaron los gatos al horror; en los dibujos animados Willam Hanna y Joe Barbera le dieron a Tom El papel de víctima y al ratón Jerry el de la picardía. El gato Félix fue un gran héroe yanqui de los año treinta, puritano y travieso. El Fritz the Cat, de Ralph Baskhi y Robert Crumb, sintetizó los eróticos y crueles años de mi juventud; apareciendo en 1968, Fritz es el primer gato de dibujo que vuelve de Vietnam, se droga, callejea de un prostíbulo a otro, fuma como un escuerzo, duerme con las mejores chicas, incluida su hermana, y termina asesinado por una gata vieja a la que había abandonado en tiempos mejores.
En cambio, Walt Disney detestaba a los gatos. Recién en 1970 se decidió a crear un personaje que, por supuesto, no le dejó éxito ni plata. Disney era uno de esos tipos que nunca se hacen querer por los gatos. Creo que fue Chandler quien lo dijo. No se si en la biografía del detective Marlowe o en la propia. Hace unos días, una investigadora que prepara un libro de reportajes a escritores argentinos nos pidió a sus entrevistados que trazáramos cada uno una breve autobiografía. ¿Como hacerlo? ¿Cómo hablar de nosotros si no sabemos quienes somos? Le dije que yo no tengo biografía. Me la van a inventar los gatos que vendrán cuando yo esté, muy orondo, sentado en el redondel de la luna.

Publicado en Página /12 el 28 de noviembre de 1993

sábado, 21 de junio de 2008

A juicio: Esperando a los bárbaros

El acusado

Ella se va, casi se ha ido. Es la última oportunidad de mirarla directamente a los ojos, de examinar a fondo mis emociones, de tratar de comprender quien es verdaderamente: de ahora en adelante, lo sé, empezaré a reformarla según mi repertorio de recuerdos y de acuerdo con mis dudosos deseos. Le acaricio la mejilla, le cojo la mano. En esta colina desolada a media mañana no puedo descubrir en mí ni rastro de ese lánguido erotismo que me arrastró a su cuerpo noche tras noche, ni siquiera de la cariñosa camaradería del viaje. Solo existe un vacío, y la desolación producida por ese vacío. Cuando le estrecho la mano más fuerte no recibo respuesta. Solo veo demasiado claro lo que veo: una muchacha robusta de boca ancha y un flequillo sobre la frente que mira hacia el cielo por encima de mi hombro, una desconocida; una visitante de otros lugares que ahora vuelve a casa después de una estancia bastante desagradable.
—Adiós, le digo.
—Adiós, me dice.


J.M. Coetzee. Esperando a los bárbaros. Debolsillo, 2004. p. 110


La defensa

Esta es la tercera novela que leo de Coetzee. Las dos anteriores fueron Desgracia y Diario de un mal año. Ninguna me ha defraudado. Tal vez, la que menos me gustó (y me gustó mucho) fue Diario de un mal año, aquello de usar la novela de parapeto para opinar de la actualidad en la voz de un personaje, no me dejó muy satisfecho.
Pero este juicio es a Esperando a los bárbaros.
Un magistrado en un pueblo de la frontera de un imperio. El tiempo lo ha llevado a comprender que sus vecinos no son sus enemigos, que son bárbaros por el sólo hecho de no ser parte del imperio; pero él es el único que lo entiende así y eso le costará.
Sin caer en facilismos ni clichés es magistral la metáfora moral y política que plantea Coetzee. Fue publicada en 1980, pero siempre será contemporánea, porque siempre tendremos, en algún lugar del mundo, un “imperio” invasor y unos nativos “bárbaros”. Nunca dejará de pasar y siempre terminará el cuento como esta novela. A pesar de eso lo olvidamos y lo repetimos una y otra vez. ¿O cuantas veces en la historia reciente hemos escuchado de parte de líderes políticos la sentencia: “o están conmigo o están contra mí”?
Por otra parte, me gusta mucho la estructura sencilla que plantea el autor. Es una historia lineal, sin saltos abruptos. También el lenguaje es tremendamente simple. Coetzee utiliza al magistrado, un tipo sencillo, para conducir la narración. El hombre, incluso cuando se enfrenta a situaciones altamente dramáticas, mantiene el mismo tono simple, tranquilo y pausado. Eso facilita meter una inmensa historia en algo más de doscientas paginitas. Otro, con más artilugios, de pronto innecesarios, las hubiese duplicado o triplicado. Esa sencillez es una de las cosas que más admiro de Coetzee en las escasas tres novelas que he leído de él.


La fiscalía

Me da vergüenza, señor juez, pero no tengo nada que decir, excepto que me retiro del caso y no es porque el señor Coetzee sea un premio Nobel, no -Jelinek y Cela también lo son y no me los trago-; es que la novelita me gusto mucho, de verdad. No tengo más que decir.


Veredicto

Como todo lo de Coetzee, hay que leerla.
Comuniquese y cúmplase

viernes, 13 de junio de 2008

El lector que lee


Uno de los autores que más amo, al que siempre vuelvo, sobretodo a sus cuentos y, por supuesto, a Lolita, es Vladimir Nabokov.
En la introducción de su libro Curso de literatura europea escribió unas interesantes notas sobre la lectura, los lectores y los escritores.
A continuación algunos fragmentos interesantes para quienes sufrimos de esta terrible adicción a la literatura.
¡Ah! Eso sí, perdonareís la versión chapetona de la traducción, ¡tío!


Al leer, debemos fijarnos en los detalles, acariciarlos. Nada tienen de malo las lunáticas sandeces de la generalización cuando se hacen después de reunir con amor las soleadas insignificancias del libro. Si uno empieza con una generalización prefabricada, lo que hace es empezar desde el otro extremo, alejándose del libro antes de haber empezado a comprenderlo. Nada más molesto e injusto para con el autor que empezar a leer, supongamos, Madame Bovary, con la idea preconcebida de que es una denuncia de la burguesía. Debemos tener siempre presente que la obra de arte es, invariablemente, la creación de un mundo nuevo, de manera que la primera tarea consiste en estudiar ese mundo nuevo con la mayor atención, abordándolo como algo absolutamente desconocido, sin conexión evidente con los mundos que ya conocemos. Una vez estudiado con atención este mundo nuevo, entonces y sólo entonces estaremos en condiciones de examinar sus relaciones con otros mundos, con otras ramas del saber.

El arte de escribir es una actividad fútil si no supone ante todo el arte de ver el mundo como el sustrato potencial de la ficción. Puede que la materia de este mundo sea bastante real (dentro de las limitaciones de la realidad), pero no existe en absoluto como un todo fijo y aceptado: es el caos; y a este caos le dice el autor: «¡Anda !», dejando que el mundo vibre y se funda. Entonces, los átomos de este mundo, y no sus partes visibles y superficiales, entran en nuevas combinaciones. El escritor es el primero en trazar su mapa y- poner nombre a los objetos naturales que contiene. (…) El artista maestro asciende por una ladera sin caminos trazados; y una vez arriba, en la cumbre batida por el viento, ¿con quién diréis que se encuentra? Con el lector jadeante y feliz. Y allí, con un gesto espontáneo, se abrazan y, si el libro es eterno, se unen eternamente.

Los libros no se deben leer: se deben releer. Un buen lector, un lector de primera, un lector activo y creador, es un «relector». Y os diré por qué. Cuando leemos un libro por primera vez, la operación de mover laboriosamente los ojos de izquierda a derecha, línea tras línea, página tras página, actividad que supone un complicado trabajo físico con el libro, el proceso mismo de averiguar en el espacio y en el tiempo de qué trata, todo esto se interpone entre nosotros y la apreciación artística. Cuando miramos un cuadro, no movemos los ojos de manera especial; ni siquiera cuando, como en el caso del libro, el cuadro contiene ciertos elementos de profundidad y desarrollo. El factor tiempo no interviene realmente en un primer contacto con el cuadro. Al leer un libro, en cambio, necesitamos tiempo para familiarizarnos con él. No poseemos ningún órgano físico (como los ojos respecto a la pintura) que abarque el conjunto entero y pueda apreciar luego los detalles. Pero en una segunda, o tercera, o cuarta lectura, nos comportamos con respecto al libro, en cierto modo, de la misma manera que ante un cuadro.

La literatura no nació el día en que un chico llegó corriendo del valle neanderthal gritando «el lobo, el lobo», con un enorme lobo gris pisándole los talones; la literatura nació el día en que un chico llegó gritando «el lobo, el lobo», sin que le persiguiera ningún lobo. El que el pobre chaval acabara siendo devorado por un animal de verdad por haber mentido tantas veces es un mero accidente. Entre el lobo de la espesura y el lobo de la historia increíble hay un centelleante término medio. Ese término medio, ese prisma, es el arte de la literatura.
La literatura es invención. La ficción es ficción. Calificar un relato de historia verídica es un insulto al arte y a la verdad. Todo gran escritor es un gran embaucador, como lo es la architramposa Naturaleza. La Naturaleza siempre nos engaña. Desde el engaño sencillo de la propagación de la luz a la ilusión prodigiosa y compleja de los colores protectores de las mariposas o de los pájaros, hay en la Naturaleza todo un sistema maravilloso de engaños y sortilegios. El autor literario no hace más que seguir el ejemplo de la Naturaleza.

Hay tres puntos de vista desde los que podemos considerar a un escritor: como narrador, como maestro, y como encantador. Un buen escritor combina las tres facetas; pero es la de encantador la que predomina y la que le hace ser un gran escritor. Al narrador acudimos en busca del entretenimiento, de la excitación mental pura y simple, de la participación emocional, del placer de viajar a alguna región remota del espacio o del tiempo. Una mentalidad algo distinta, aunque no necesariamente más elevada, busca al maestro en el escritor. Propagandista, moralista, profeta: ésta es la secuencia ascendente. Podemos acudir al maestro no sólo en busca de una formación moral sino también de conocimientos directos, de simples datos. (…) Por último, y sobre todo, un gran escritor es siempre un gran encantador, y aquí es donde llegamos a la parte verdaderamente emocionante: cuando tratamos de captar la magia individual de su genio, y estudiar el estilo, las imágenes, y el esquema de sus novelas o de sus poemas.

Las tres facetas del gran escritor -magia, narración, lección- tienden a mezclarse en una impresión de único y unificado resplandor, ya que la magia del arte puede estar presente en el mismo esqueleto del relato, en el tuétano del pensamiento. Hay obras maestras con un pensamiento seco, limpio, organizado, que provocan en nosotros un estremecimiento artístico tan fuerte como puede provocarlo una novela como Mansfretd Park o cualquier torrente dickensiano de imaginación sensual. Creo que una buena fórmula para comprobar la calidad de una novela es, en el fondo, una combinación de precisión poética y de intuición científica. Para gozar de esa magia, el lector inteligente lee el libro genial no tanto con el corazón, no tanto con el cerebro, sino más bien con la espina dorsal. Aquí donde tiene lugar el estremecimiento revelador, aun cuando al leer debamos mantenernos un poco distantes, un poco despegados. Entonces observamos, con un placer a la vez sensual e intelectual, cómo el artista construye su castillo de naipes, y cómo ese castillo se va convirtiendo en un castillo de hermoso acero y cristal.

Vladimir Nabokov. Curso de literatura europea. Bruguera, 1983



jueves, 5 de junio de 2008

Dos mujeres y una enfermedad


De la tercera habitación del cuarto piso del ala occidental del Instituto Nacional de Cancerología en Bogotá, sale un hedor fétido.
—Ese es el olor característico del cáncer de cuello uterino —explica Lina Trujillo, ginecóloga oncóloga.
Allí están hospitalizadas dos mujeres: una pequeña anciana con cáncer pulmonar que pelea con la máscara de oxígeno mientras respira con dificultad y Lucelly, quien emana el nauseabundo aroma. Tiene el rostro pálido y permanece conectada a una bolsa de líquidos endovenosos que gotea despacio. Al lado está su madre, Aleida, una señora de 47 años que aparenta 60 y viste una raída polera azul celeste.
—Lo que estoy viviendo no se lo deseo a nadie —dice Lucelly y comienza a llorar despacio—. A veces me enojo. Pierdo la esperanza. De por sí es duro saber que uno se está muriendo, pero lo es mucho más cuando una se está pudriendo por dentro.
Lucelly tiene 27 años y pronto será una de las 250 mil mujeres que mueren anualmente en el mundo con cáncer al cuello uterino, el segundo tumor maligno más frecuente y la segunda causa de mortalidad por cáncer en las mujeres del planeta. Nueve mujeres mueren cada día por esta enfermedad en Colombia. En su mayoría, suelen tener un perfil similar a Lucelly: escasos recursos, viven en zonas con deficientes condiciones sanitarias, tienen baja escolaridad, han tenido varios compañeros sexuales y han parido muchos hijos.
Se podría pensar que el cáncer de cuello uterino es una enfermedad exclusiva de la pobreza; pero no es cierto. Eso lo sabe muy bien la doctora Nubia Muñoz.

El reportaje completo en el Centro de Investigación e Información Periodística de Chile -CIPER-: http://ciperchile.cl/

sábado, 31 de mayo de 2008

Literatura felina: Doris Lessing


Me mudé a una casa en pleno territorio gatuno. Es un barrio de casas viejas con angostos jardines tapiados. Por nuestras ventanas traseras se divisan una docena de tapias en una dirección y otra docena de tapias en dirección contraria, de todos los tamaños y alturas. Árboles, hierba, arbustos. Hay un pequeño teatro con tejados a distintas alturas. Aquí los gatos están en su elemento. Siempre se les ve sobre las tapias, los tejados y en los jardines, llevando una complicada existencia secreta, como las vidas de los chavales de barrio, regidas por unas normas particulares e inimaginables que los adultos nunca aciertan a descubrir.
Sabía que acabaríamos teniendo un gato en casa. Tal como se sabe que si tu casa es demasiado grande al final llegará alguien a instalarse en ella, hay ciertas casas que no se conciben sin un gato. Durante algún tiempo espanté a diversos gatos que se acercaban a husmear, queriendo averiguar qué tipo de sitio era aquél.
Durante todo el espantoso invierno de 1962, un viejo macho blanco y negro estuvo paseándose por el jardín y el tejado que cubría el porche trasero. Se sentaba sobre la nieve medio derretida del tejado; iba de aquí para allá sobre la tierra helada; cuando abríamos la puerta trasera apenas un instante, lo encontrábamos plantado delante, mirando hacia el cálido interior. Era francamente feo, con un parche blanco sobre un ojo, una oreja desgarrada y la boca siempre medio abierta con la mandíbula caída. Pero no era un gato callejero. Tenía un buen hogar en esa misma calle y nadie parecía entender por qué no se quedaba allí.
Aquel invierno tuve ocasión de instruirme más sobre las asombrosas penalidades a las que se someten voluntariamente los ingleses.
Las casas de ese barrio londinense son en su mayoría de protección oficial y, al cabo de sólo una semana de frío, las cañerías se habían helado y habían reventado, dejando cortado el suministro. Nada se hizo por remediar la situación. Las autoridades abrieron una boca de riego en una esquina y durante varias semanas mis vecinas se dirigían allí provistas de jarras y latas, recorriendo en zapatillas las aceras cubiertas de fango helado para coger agua. Calzaban zapatillas para que no se les enfriasen los pies. En ningún momento se retiró el fango ni el hielo de las aceras. Las mujeres abrían el grifo, que se estropeó unas cuantas veces, y comentaban que llevaban una semana, dos… y hasta tres, cuatro y cinco semanas sin más agua caliente que la que hervían en la cocina. Como es natural, no había ni que pensar en darse un baño caliente. Cuando les preguntabas por qué no se quejaban, dado que, al fin y al cabo, estaban pagando un alquiler y también pagaban por el suministro de agua fría y caliente, respondían que el ayuntamiento ya estaba al tanto de la situación de las cañerías pero no había hecho nada al respecto. El ayuntamiento había señalado que estaban atravesando una racha de frío; y ellas convenían en que era un diagnóstico acertado. Hablaban con voz lúgubre, pero se sentían plenamente realizadas, tal como se siente esta nación cuando sufre las consecuencias de un cataclismo que podría haberse evitado con suma facilidad.
Un anciano, una mujer de mediana edad y un niño pequeño pasaron los días de aquel invierno en la tienda de la esquina. Allí las cámaras frigoríficas creaban un ambiente más gélido que el impuesto por los rigores de una temperatura inferior a los cero grados; la puerta estaba siempre abierta sobre la nieve acumulada en la calle. No había calefacción de ningún tipo. El anciano sufrió un ataque de pleuresía y estuvo hospitalizado un par de meses. Cada vez más debilitado, hubo de vender la tienda la primavera siguiente. El niño pasaba el día llorando de frío acurrucado sobre el suelo de cemento y recibía bofetones de su madre, quien, ataviada con un vestido de lana ligero, calcetines de hombre y un jersey fino, atendía desde detrás del mostrador comentando la horrible situación mientras las lágrimas y los mocos resbalaban por su rostro y los dedos se le cubrían de sabañones. Nuestro anciano vecino, que trabajaba de recadero en el mercado, resbaló en el hielo a la entrada de su casa, se lesionó la espalda y pasó varias semanas viviendo del subsidio de desempleo. En aquella casa con nueve o diez habitantes, incluidos dos niños, el único sistema para combatir el frío era una estufa con una sola resistencia eléctrica. Tres de ellos acabaron hospitalizados, uno con neumonía.
Entretanto las tuberías seguían reventadas y envueltas en melladas estalactitas, las aceras continuaban siendo pistas de patinaje, y las autoridades persistían en no hacer nada. Como es lógico, en los barrios de clase media la nieve se retiraba de las calles en cuanto caía y las autoridades atendían a los enardecidos ciudadanos que reclamaban sus derechos y amenazaban con demandar al ayuntamiento. En nuestro barrio, la gente sufrió los efectos de las nevadas hasta la llegada de la primavera.
Rodeados de seres humanos tan afectados por las inclemencias del invierno como los cavernícolas de hace diez mil años, las peculiaridades de un viejo gato que escogió un tejado helado para pasar la noche quedaron relegadas a un segundo plano.
Mediado aquel invierno, a unos amigos nuestros les ofrecieron una gatita. Era de una pareja amiga suya cuya gata siamesa se había quedado preñada de un gato callejero, unión de la que nacieron unos híbridos retoños que estaban regalando. El piso de nuestros amigos es minúsculo y ambos trabajan de sol a sol; pero se quedaron prendados de la gatita nada más verla. Durante el primer fin de semana la alimentaron a base de sopa de langosta de lata y de mousse de pollo, y sus noches de pareja muy bien avenida se vieron turbadas por el animalillo, que sólo podía dormir bajo la barbilla de H., el hombre, o al menos pegada a su cuerpo. S., la mujer, nos comunicó por teléfono que la minina le estaba arrebatando el afecto de su marido, tal y como le ocurre a la esposa del cuento de Colette. En lunes se fueron a trabajar dejando a la gatita en casa y, al regresar, la encontraron triste y llorosa después de haber pasado todo el día sola. Nos amenazaron con traérnosla. Y cumplieron su amenaza.
La gatita tenía seis semanas y era un animalito de cuento, encantador y delicado, cuyos genes siameses se revelaban en la forma de la cabeza, las orejas y el rabo, así como en su fina constitución. Tenía el lomo atigrado: por arriba y por detrás sólo se veían sus hermosas rayas grises y de color crema. Pero por delante y por abajo su pelaje era típicamente siamés, de un color dorado ahumado, ocre siamés, con franjas negras discontinuas en el cuello. Sus facciones estaban perfiladas en negro: finos anillos oscuros alrededor de los ojos, vistosas vetas oscuras en las mejillas, un morrito ocre y con la punta rosa rodeada de negro. Vista de frente cuando se sentó con las delgadas patas estiradas, era una criatura bella y exótica. Había tomado asiento en medio de nuestra alfombra amarilla, rodeada por cinco adoradores que no le inspiraban el menor miedo. Después echó a andar majestuosamente por el piso de arriba, lo inspeccionó centímetro a centímetro, se subió a mi cama, se deslizó bajo un pliegue de la sábana y allí se acomodó, sintiéndose en casa.
S. se marchó con H. diciendo:
—Os la hemos dejado muy a tiempo; habría terminado por perder a mi marido.
Y él se marchó refunfuñando y asegurando que no había sensación más exquisita que ser despertado por el delicado tacto de una lengüecita rosa en la cara.
La gatita bajó dando tumbos por los escalones, cada uno de los cuales doblaba su altura: primero las patas delanteras y luego, plof, las traseras; las delanteras y, plof, las traseras. Inspeccionó la planta baja, desdeñó la comida de lata que le ofrecimos y exigió a maullidos que le preparásemos un cajón con arena. Rechazó un cajón con serrín, mas con su melindrosa actitud nos dio a entender que estimaba aceptables los trozos de papel de periódico si no había nada mejor a mano. Y no lo había, dado que la tierra del jardín se había petrificado con el frío.
No estaba dispuesta a tomar comida de gatos enlatada. Por ahí no iba a pasar. Y yo no estaba dispuesta a alimentarla a base de sopa de langosta y pollo. La carne picada de vaca nos permitió llegar a un acuerdo.
Nuestra gata siempre ha sido tan exigente con la comida como un solterón amante de la buena mesa. Y ha ido empeorando con los años. Ya de pequeña demostraba su mal humor, su alegría o sus intenciones de enfurruñarse a través de lo que comía, lo que dejaba de comer y lo que comía a medias. Sus hábitos alimenticios constituyen un elocuente lenguaje.
Pero quizá su problema deriva de que la separaron demasiado pronto de su madre. Si los expertos en gatos me permiten una respetuosa sugerencia, les diría que tal vez se equivocan al afirmar que un gatito puede vivir sin su madre en cuanto cumple seis semanas. Nuestra gata tenía exactamente seis semanas, ni un día más, cuando la apartaron de su madre. Sus remilgos con respecto a la comida se basan en la hostilidad y desconfianza neuróticas que los alimentos inspiran a los niños que malcomen. Nuestra gata sabía que tenía que alimentarse, y se alimentaba, pero nunca ha disfrutado con la comida ni ha comido sólo por el placer de comer. Además comparte otras características con las personas que no han recibido suficiente cariño de sus madres. Ha conservado hasta el día de hoy la costumbre de meterse instintivamente bajo un periódico doblado, en una caja o en una cesta… o en cualquier cosa que le ofrezca abrigo, protección. Es más; es muy susceptible y se siente ofendida y se enfurruña por cualquier motivo. Y es tremendamente cobardica.
Los gatitos que viven con su madre hasta las siete u ocho semanas de edad comen sin problemas y tienen confianza en sí mismos. Pero, como es natural, no resultan tan interesantes.
De pequeña, nuestra gata nunca dormía fuera de una cama. Esperaba a que yo me hubiera acostado y entonces se paseaba por encima de mí, estudiando las posibilidades del terreno. Luego se metía bajo las sábanas y se colocaba a mis pies, o encima de mi hombro, o se deslizaba bajo la almohada. Si me movía demasiado, cambiaba malhumoradamente de sitio, haciéndome sentir su descontento.
Cuando hacía la cama, no le importaba que la dejara dentro; y le gustaba quedarse entre las mantas, formando un bultito visible, a veces durante horas y horas. Si acariciabas el bulto, ronroneaba y maullaba. Pero sólo la necesidad la impulsaba a salir de allí.
El bultito se desplazaba entonces hasta el borde de la cama y, allí, titubeaba un instante. Luego quizá se oyera un maullido desesperado mientras caía al suelo. Herida en su dignidad, se apresuraba a darse unos lametazos mirando airadamente con sus ojos ambarinos a los testigos, y ay de ellos si se les ocurría reírse. Después, consciente de sí misma hasta la punta del último pelo, se dirigía a ocupar el centro de la escena.
Había llegado el momento de comer con muchos remilgos y mohines. O el de utilizar su cajón de arena, todo un espectáculo de finura. O el de componer su ocre pelaje. O bien era el momento de jugar, si es que tenía público, pues de otro modo no le interesaba.
Era arrogante como una chica guapa sabedora de que su belleza es su única virtud; su cuerpo y su rostro en pose constante, siguiendo las indicaciones de un director de escena que parecía llevar dentro; y sus poses le valían como disfraz: no, no, si yo soy así, pechos provocativos, ojos huraños y amenazadores siempre pendientes de la admiración que trataba de despertar.
Tenía la gata esa edad a la que, si hubiera sido una jovencita, habría usado la ropa y el peinado como si fueran armas, segura, eso sí, de que en cualquier momento podía volver a ser la niña consentida de siempre al cansarse de su nuevo papel; se lucía y se pavoneaba por toda la casa, dejando que la mimasen, y después, fatigada y un tanto irascible, se ocultaba entre las hojas de un periódico o detrás de un almohadón y, desde allí, contemplaba el mundo a salvo.
Su gracia más lograda, a la que recurría sobre todo para que le hicieran caso, era tenderse de espaldas bajo un sofá y, clavando en él las garras, arrastrarse con rápidos y precisos impulsos, deteniéndose para ladear su elegante cabecita y, con los ambarinos ojos entornados, esperar que le llovieran elogios.
«¡Qué gatita tan guapa! ¡Animalito maravilloso! ¡Qué monada!» Entonces pasaba al siguiente número de la representación.
A veces se tumbaba boca arriba sobre una superficie adecuada como la alfombra amarilla o un almohadón azul y comenzaba a rodar sobre sí misma despacio, con las patas dobladas y la cabeza echada hacia atrás, exhibiendo el pecho y la tripa de color canela salpicados de tenues manchas oscuras, como las que adornan el pelaje de los leopardos, de los que parecía una refinada subespecie. «¡Gatita guapa, pero que guapísima eres!» Y estaba dispuesta a continuar rodando y rodando hasta que cesaran las alabanzas.
Otras veces se sentaba en el porche trasero; nunca sobre la mesa, que no tenía ningún adorno; escogía un banquito con tiestos de barro llenos de narcisos y jacintos. Y allí, entre los tallos coronados de flores azules y blancas, posaba hasta que reparaban en ella y la admiraban. Naturalmente, no era sólo nuestra admiración la que buscaba, sino también la del viejo gato reumático que, cual siniestro recordatorio de una vida mucho más dura, se paseaba por el jardín sobre la tierra todavía cubierta de escarcha. El gato divisaba tras los cristales a una hermosa gata adolescente. Al verlo, ella erguía la cabeza hacia un lado y hacia otro; arrancaba con los dientes un trocito de jacinto y lo tiraba al suelo; se lamía el pelaje al desgaire; después, lanzando hacia atrás una mirada insolente, saltaba al suelo y entraba en casa, ocultándose de su vista. Cuando subía por las escaleras en brazos o sobre el hombro de alguien, echaba un vistazo por la ventana y miraba al pobre animal, tan quieto que llegábamos a pensar que debía de haberse quedado tieso de frío. Luego lo veíamos asearse bajo el sol algo más cálido del mediodía y nos tranquilizábamos. Nuestra gata lo observaba a veces desde la ventana; mas para ella la vida aún no tenía más complicaciones que buscar una cama, un almohadón o una persona sobre la que acurrucarse.
Llegó la primavera, la puerta trasera se abrió y, a Dios gracias, la caja de arena se hizo innecesaria porque la gatita tomó posesión del jardín. Ya había cumplido los seis meses y, desde el punto de vista de la naturaleza, se había desarrollado por completo.
Era en aquel entonces un animal precioso, perfecto; aún más hermoso que aquella otra gata que, muchos años atrás, me llevó a jurar que nunca habría quien la igualara. Y, en realidad, seguía sin tener rival, pues la personalidad de aquella gata era puro tacto, delicadeza, cordialidad y elegancia… y por ello, como dicen los cuentos y los refranes, hubo de morir joven.
Nuestra gata, la princesa, era y sigue siendo preciosa, pero, se mire por donde se mire, es un animal egoísta.
Las tapias del jardín se llenaron de gatos. Primero ocupó su puesto el melancólico gato del invierno, rey de los jardines traseros. A continuación, el apuesto gato blanco y negro de los vecinos, que, a juzgar por su aspecto, debía de ser hijo del primero. Llegaron también un macho atigrado cubierto de cicatrices de viejas batallas y otro gris y blanco que nunca descendía de la tapia, tan seguro estaba de que saldría derrotado en cualquier pelea. Y por último un deslumbrante joven semejante a un tigre que despertaba a todas luces la admiración de nuestra gatita. Pero en vano; el viejo rey no había sido derrocado. Cuando la princesa salía a pasear con la cola muy tiesa, aparentando indiferencia hacia todos pero sin quitarle ojo al apuesto y joven tigre, éste saltaba de la tapia para acercarse a ella, pero bastaba que el gato del invierno cambiara de postura sin moverse de sitio para que el joven volviera a ponerse a salvo sobre la tapia. Y así transcurrieron varias semanas.
Entretanto, H. y S. venían a visitar a su perdida mascota. S. comentaba que era terriblemente injusto que la princesa no tuviera libertad de elección; y H. opinaba que las cosas eran tal y como debían ser: toda princesa ha de tener un rey, por muy viejo y feo que sea.
—Tiene tanta dignidad, tanta presencia —decía H.—, y al sobrellevar con nobleza el largo invierno, se ha ganado con creces a la guapa gatita.
Por entonces ya habíamos bautizado al gato feo con el nombre de Mefistófeles, aunque supimos que en su casa lo llamaban Billy. A nuestra gata le habíamos puesto diversos nombres sin que ninguno llegara a cuajar. Melisa y Franny; Marilyn y Safo; Circe, Ayesha y Suzette. Pero al hablar con ella, en nuestras charlas amorosas, maullaba, ronroneaba y arrullaba en respuesta a las sílabas arrastradas de adjetivos como «guaaapa», minina «preciooosa».
Un fin de semana muy caluroso, el único que recuerdo de aquel verano desagradable, la gatita se puso en celo.
H. y S. vinieron a comer con nosotros el domingo. Nos sentamos en el porche trasero a contemplar cómo la naturaleza obraba a su antojo. Sin plegarse a nuestros designios. Ni tampoco a los de nuestra gata.
Hacía ya un par de noches que nuestro jardín era un campo de batalla donde se libraban espeluznantes combates; los gatos aullaban, gritaban y gemían. Y, mientras tanto, sentada a los pies de mi cama, la minina gris escrutaba la oscuridad con las orejas enhiestas, agitadas, e iba comentando los acontecimientos con sutiles movimientos de la punta del rabo.
Aquel domingo sólo Mefistófeles estaba a la vista. La gatita gris se revolcaba con entusiasmo por todo el jardín. Se acercó a nosotros, rodó sobre sí misma alrededor de nuestros pies y los mordisqueó. Trepó a toda velocidad al árbol del fondo del jardín y bajó corriendo al suelo. Se revolcó, gritó, lanzó llamadas, provocó.
—Es la exhibición de lascivia más lamentable que he visto en la vida —dijo S. mirando a H., que continuaba enamorado de nuestra gata.
—Pobre gatita —replicó H.—. Si yo fuera Mefistófeles, no se me ocurriría tratarte tan mal.
—¡Qué asco, H.! —le acusó S.—, nadie me creería si lo contara. Si ya lo decía yo, eres un asqueroso.
—Conque ya lo decías tú, ¿eh? —repitió H., acariciando a la extática gata.
Era un día muy caluroso, bebimos mucho vino durante la comida y el juego amoroso prosiguió durante toda la tarde.
Al final, Mefistófeles bajó de la tapia y se dirigió hacia donde la gatita gris se contorsionaba y se revolcaba… pero, ¡ay!, desperdició la oportunidad.
—Dios mío —se lamentó H., que estaba sufriendo de verdad—. Eso es realmente imperdonable.
S. observaba angustiada los tormentos de nuestra gata y, una y otra vez, expresaba en voz alta y en tono dramático sus dudas con respecto a que el sexo valiera la pena.
—Mirad eso —decía—, igual que nosotros. Así somos nosotros.
—Nosotros no somos así en absoluto —replicaba H.—. Es Mefistófeles el que es así. Se merece que le peguen un buen tiro.
—Pégale un tiro ahora mismo —exclamamos todos—; o al menos enciérralo para darle una oportunidad al joven tigre de los vecinos.
Pero al apuesto gato joven no se le veía por ningún lado.
Continuamos bebiendo vino; el sol seguía brillando; nuestra princesa danzaba, rodaba, subía y bajaba del árbol y, cuando las cosas al fin se pusieron a punto, el viejo rey la montó una y otra vez.
—Aquí el único problema es —apuntó H.— que le saca demasiados años.
—¡Ay, Dios mío! —exclamó S.—, voy a llevarte a casa ahora mismo. Si te quedas aquí, estoy convencida de que acabarás por hacerle el amor a la gata.
—Ojalá pudiera —dijo H.—. Qué animal tan exquisito, qué criatura tan maravillosa, qué princesa; ese gato no se la merece, me está poniendo enfermo.
Al día siguiente regresó el invierno; el jardín estaba húmedo y frío; la gata gris volvió a sus desdenes y a sus caprichos. Y el viejo rey se tumbó en la tapia del jardín bajo la persistente lluvia inglesa, todavía victorioso, a la espera.

Tomado de: Doris Lessing. Gatos muy distinguidos. 1967.