martes, 29 de abril de 2008

La cocina literaria de Bolaño



Por Roberto Bolaño
Publicado en Revista Ñ del periódico Clarín el 25 de marzo de 2001

Mi cocina literaria es, a menudo, una pieza vacía en donde ni siquiera hay ventanas. A mí me gustaría, por supuesto, que hubiera algo, una lámpara, algunos libros, un ligero aroma de valentía, pero la verdad es que no hay nada.
A veces, sin embargo, cuando soy víctima de irrefrenables ataques de optimismo (que finalizan, por otra parte, en alergias espantosas) mi cocina literaria se transforma en un castillo medieval (con cocina) o en un departamento en Nueva York (con cocina y vistas de privilegio) o en una ruca en los faldeos cordilleranos (sin cocina, pero con una fogata). Metido en estos trances generalmente hago lo que hace toda la gente: pierdo el equilibrio y pienso que soy inmortal. No quiero decir inmortal literariamente hablando, pues esto sólo lo puede pensar un imbécil y a tanto no llego, sino literalmente inmortal, como los perros y los niños y los buenos ciudadanos que aún no se han enfermado. Por suerte, o por desgracia, todo ataque de optimismo tiene un principio y un final. Si no tuviera final, el ataque de optimismo se convertiría en vocación política. O en mensaje religioso. Y de ahí a sepultar libros (prefiero no decir "quemarlos" porque sería exagerar) hay un solo paso. Lo cierto es que, al menos en mi caso, los ataques de optimismo se acaban, y con ellos se acaba la cocina literaria, se desvanece en el aire la cocina literaria, y sólo quedo yo, convaleciente, y un ligerísimo aroma de ollas sucias, platos mal rebañados, salsas podridas.
La cocina literaria, me digo a veces, es una cuestión de gusto, es decir es un campo en donde la memoria y la ética (o la moral, si se me permite usar esta palabra) juegan un juego cuyas reglas desconozco. El talento y la excelencia contemplan, absortas, el juego, pero no participan. La audacia y el valor sí participan, pero sólo en momentos puntuales, lo que equivale a decir que no participan en exceso. El sufrimiento participa, el dolor participa, la muerte participa, pero con la condición de que jueguen riéndose. Digamos, como un detalle inexcusable de cortesía.
Mucho más importante que la cocina literaria es la biblioteca literaria (valga la redundancia). Una biblioteca es mucho más cómoda que una cocina. Una biblioteca se asemeja a una iglesia mientras que una cocina cada día se asemeja más a una morgue. Leer, lo dijo Gil de Biedma, es más natural que escribir. Yo añadiría, pese a la redundancia, que también es mucho más sano, digan lo que digan los oftalmólogos. De hecho, la literatura es una larga lucha de redundancia en redundancia, hasta la redundancia final.
Si tuviera que escoger una cocina literaria para instalarme allí durante una semana, escogería la de una escritora, con la salvedad de que esa escritora no fuera chilena. Viviría muy a gusto en la cocina de Silvina Ocampo, en la de Alejandra Pizarnik, en la de la novelista y poeta mexicana Carmen Boullosa, en la de Simone de Beauvoir. Entre otras razones, porque son cocinas que están más limpias.
Algunas noches sueño con mi cocina literaria. Es enorme, como tres estadios de fútbol, con techos abovedados y mesas interminables en donde se amontonan todos los seres vivos de la tierra, los extinguidos y los que dentro de no mucho se extinguirán, iluminada de forma heterodoxa, en algunas zonas con reflectores antiaéreos y en otras con teas, y por supuesto no faltan zonas oscuras en donde solamente se vislumbran sombras anhelantes o amenazantes, y grandes pantallas en las cuales se observan, con el rabillo del ojo, películas mudas o exposiciones de fotos, y en el sueño, o en la pesadilla, yo me paseo por mi cocina literaria y a veces enciendo un fogón y me preparo un huevo frito, incluso a veces una tostada. Y después me despierto con una enorme sensación de cansancio.
No sé lo que se debe hacer en una cocina literaria, pero sí sé lo que no se debe hacer. No se debe plagiar. El plagiario merece que lo cuelguen en la plaza pública. Esto lo dijo Swift, y Swift, como todos sabemos, tenía más razón que un santo.
Así que este punto queda claro: no se debe plagiar, a menos que desees que te cuelguen de la plaza pública. Aunque a los plagiarios, hoy en día, no los cuelgan. Por el contrario, reciben becas, premios, cargos públicos, y, en el mejor de los casos, se convierten en best-sellers y líderes de opinión. Qué término más extraño y feo: líder de opinión. Supongo que significará lo mismo que pastor de rebaño, o guía espiritual de los esclavos, o poeta nacional, o padre de la patria, o madre de la patria, o tío político de la patria.
En mi cocina literaria ideal vive un guerrero, al que algunas voces (voces sin cuerpo ni sombra) llaman escritor. Este guerrero está siempre luchando. Sabe que al final, haga lo que haga, será derrotado. Sin embargo recorre la cocina literaria, que es de cemento, y se enfrenta a su oponente sin dar ni pedir cuartel.

domingo, 27 de abril de 2008

Salvemos a los microbios

¿Serán los seres microscópicos las próximas víctimas del hombre?
Hoy que tengo una gripa la berraca, me acordé de este texto que publiqué en el número 53 de la estupenda revista peruana Etiqueta Negra. A propósito, recomiendo la crónica de Marco Avilés sobre una escuela de chamanes que salió en esa edición; bueno, siempre y cuando sean capaces de conseguir la revista. Además de Perú, desde hace pocas semanas están en Santiago de Chile, esperemos que pronto también la encontremos en Bogotá.

En la primera escena de la película El Aviador, de Martin Scorsese, el niño Howard Hughes conversa con su madre mientras ella lo baña. La mujer deletrea la palabra cuarentena; él hijo la repite. Ella le pregunta si sabe qué es el cólera; él dice que sí. ¿Y la fiebre tifoidea? También. ­­¿Sabes lo que te pueden causar? Sí, mamá. Ella toma con las manos la cara del pequeño y sentencia: «No estás a salvo».

La escena no sólo representa los miedos que Hughes heredaría de su madre y que lo enloquecerían. También revela el temor que el hombre le tiene a los microbios. Las enfermedades que éstos producen –por ejemplo, la peste, la sífilis, la gripe, la viruela, la tuberculosis, el cólera, el Sida– amenazan con eliminar al ser humano del planeta. Es una guerra de pronóstico reservado que explica el intenso deseo social de extinguir a esas amenazas «invisibles» antes de que ellas lo hagan con el hombre.

En la segunda mitad del siglo XIX se descubrió que unos diminutos organismos invisibles al ojo humano eran los culpables de muchas enfermedades. Entonces, para controlarlas, se plantearon múltiples tecnologías, las que se resumen en la Teoría de la Triada Epidemiológica: Las infecciones pueden combatirse 1) modificando el ambiente con medidas de saneamiento básico, 2) fortaleciendo al ser humano con vacunas específicas para cada tipo de germen y 3) eliminando los microbios directamente con desinfectantes, antisépticos y antibióticos.

En enero de 2007, la British Medical Journal, una de las revistas médicas más importantes del mundo, preguntó a más de once mil profesionales de la salud cuál consideraban que era el logro más importante de la medicina a partir de 1840. Dentro de los cinco primeros lugares figuraban las estrategias de la «triada epidemiológica»; al fin y al cabo ellas habían permitido controlar y erradicar terribles enfermedades infecciosas como la viruela.

Sin embargo, el pánico que genera la sola idea de la enfermedad aumenta en todo el mundo. Ante la sospecha de una posible infección o contaminación, las personas usan todas las armas a su alcance y sin control. La ciencia –y las corporaciones farmacéuticas– no ha inventado uno, sino miles de medicamentos, antibióticos, desinfectantes, vacunas y sustancias que, más que curar, venden la ilusión de protección. En los supermercados abundan los productos de uso cotidiano que prometen ponerte a salvo de los gérmenes y te ilusionan con un cuerpo, un hogar, un mundo libres de microbios. ¿Cuánto dinero gastamos para sentirnos –sólo sentirnos– más seguros?

Es extraño. En esta época en que la ecología es una religión de moda, nadie se preocupa por las bacterias, virus y hongos en vías de extinción. Pocos se preguntan por el terrible impacto ecológico de la enfermiza «asepsia universal». La naturaleza es sabia, pero también es cruel con los que comenten errores. Mientras el hombre –y sus medicamentos– se afana en desaparecer a los microorganismos más débiles, los más fuertes se adaptan o mutan a formas impredecibles que les permitirán sobrevivir y, de nuevo, relacionarse con el ser humano con la forma de nuevas y poderosas enfermedades. El miedo también fabrica monstruos.

El optimismo científico de los años sesenta y setenta, cuando se consideraba que la victoria humana contra los microbios estaba cerca, se esfumó. El resurgimiento de la peste y el cólera en el África, Asia y Latinoamérica; el aumento de la tuberculosis, la aparición del Sida y del virus Ébola, y la inminente epidemia mundial de gripe que nos espera; es decir, la enfermedad, ponen en evidencia la deuda de la ciencia y estimulan la paranoia haciendo que los ciudadanos –los consumidores de salud– se pregunten si las estrategias vigentes para combatir «el mal» son las adecuadas, o si el deseo de exterminar a los microbios es el camino conveniente. ¿Por qué consideramos que la supervivencia de las ballenas, los pingüinos y los osos panda es indispensable para mantener el equilibrio ecológico del planeta y, por otro lado, insistimos en esta guerra sin cuartel contra los microbios?

Según las evidencias (y ya es hora de confesar que soy médico), sólo habrá futuro si aprendemos a convivir con todas las especies del planeta. Y al pensar en «todas», por supuesto, tenemos que incluir al universo invisible e incomprendido de los microbios. Cuando el ser humano modere su terror a las infecciones quizá redescubra que la convivencia con algo de suciedad puede ser una vacuna eficaz y mucho más barata contra algunas enfermedades. Mientras tanto, lo más difícil será hallar una vacuna que proteja al mundo de la dañina egolatría humana.

jueves, 24 de abril de 2008

A juicio Odradek, el cuento


La defensa:

1. Es la única revista exclusiva de cuento en Colombia. La edita Hombre Nuevo Editores en Medellín.
2. Inició en 2003 y saca un número semestral: abril y octubre. Va en el número 11.
3. Cada edición incluye más de una decena de cuentos de autores consagrados, algunos conocidos, otros absolutamente novedosos en nuestro medio; pero lo mejor, publica autores noveles… ¡como yo!
4. Tiene un comité editorial juicioso dirigido por Elkin Restrepo, poeta y narrador, director, también, de la Revista Universidad de Antioquia.
5. Lo que más me gusta... me han publicado dos cuentos: El fuego de Changó en el número 9 y El exterminio de los poodle, en el recién salido 11.
6. La presentación de la carátula es muy bonita, bien cuidada, pero…


La fiscalía:

1. … pero el diseño interior es aburrido. Además, si yo, que soy medio descuidado, pesco uno que otro error de edición o gramatical, quiere decir que se les cuelan muchos. ¡Ojo! Una pasadita por un corrector experto, no le sobraría y sí le ayudaría mucho.
2. Como en Medellín creen que más allá de San Cristóbal y Santa Helena se acaba el mundo, todo es vacío, la divulgación que le hacen fuera de la ciudad es pésima. En Bogotá he encontrado un par de números atrasados en las librerías Arte Letra y en Lerner, de resto nada.
3. Como maluco que en todo número siempre haya siempre al menos un cuento de algún miembro del comité editorial y más de un autor antioqueño.

Veredicto:

Vale la pena leerla. Del último número recomiendo los cuentos de Tim Keppel, Juan Fernando Merino, Elkin Restrepo y, por supuesto, Samuel Andrés Arias.

Como estamos en la Feria del Libro de Bogotá, seguramente la pueden encontrar en el stand de Hombre Nuevo Editores.


Publíquese y cúmplase


martes, 22 de abril de 2008

A Juicio Perro come perro

video


Director: Carlos Moreno
Guión: Carlos Moreno y Alonso Torres
País: Colombia

Año: 2008


La defensa:
1. El guión. Una historia negra bien contada. La plata robada, vengar la muerte del ahijado, la brujería... ni pa' qué les cuento.
2. La banda sonora. ¡La música de Superlitio, Malalma, sultana, La 33, La mojarra eléctrica, entre otros, es buenísima!
3. La actuación de Marlon Moreno en el papel de Víctor Peñaranda. Un personaje contenido, poco expresivo que es capaz de todo, aunque no parezca, por obtener lo que quiere.
4. En general, todos los personajes están muy bien caracterizados y definidos. Las actuaciones logran dibujarlos sin caer en estereotipos.
5. No tengo idea de los tipos de cintas ni de los procesos de edición en cine; pero la textura y el color que tiene toda la película hacen parte de la eficaz ambientación de la historia.
6. Los elegantes perros callejeros que desfilan todo el tiempo.

La fiscalía:
1. Las “coincidencias” de las últimas escenas que le restan verosimilitud al argumento.
2. El tufito que tiene a Amores perros.


Veredicto:

Vale la pena verla. De lo mejorcito que se ha hecho en Colombia.


Publíquese y cúmplase

lunes, 21 de abril de 2008

La cosecha

La mujercita, perdón, la señora que está al lado de estas letras es Amy Hempel, la autora del cuento que idolatra Palahniuk. Según él lo mejor de lo mejor. Comparto con Palahniuk tres de sus cuatro consejos. El asunto aquél de «lengua quemada», de enredar al lector, no me parece. Tampoco considero que La Cosecha sea el baremo infalible con el cuál compararse. El cuento es bueno, pero... mejor juzguen ustedes.



La Cosecha
Amy Hempel
Traducción de Maori Pérez

El año en que comencé a decir cigarrillo en vez de cigarro, un hombre que apenas conocía casi me mata por accidente.

El hombre no estaba herido cuando el otro auto impactó con el nuestro. El hombre que había conocido por una semana me llevó en brazos por la calle de una manera que implicaba que no podía ver mis piernas. Recuerdo haber sabido que no debía ver, y sabiendo que me habría encantado ver si no fuera porque no podía.

Mi sangre estaba sobre la ropa de este hombre.

Dijo, “estarás bien, pero este suéter está arruinado”.

Grité por miedo al dolor. Pero yo no sentía dolor alguno. En el hospital, después de inyecciones, sabía que había dolor en el cuarto – sólo que no sabía de quién era.

Lo que le pasó a una de mis piernas requirió cuatrocientos puntos, los cuales, cuando me tocó contar la historia, se volvieron quinientos puntos, porque nada es tan malo como podría ser.

Los cinco días en que no sabían si podrían salvar mi pierna o no aumenté dos tallas.

El abogado fue el que usó la palabra. Pero no llegaré a eso hasta un par de párrafos más.

Estábamos teniendo esa conversación sobre las apariencias – cuán importantes son. Cruciales es lo que yo dije. Pienso que las apariencias son cruciales.

Pero este tipo era un abogado. Se sentó en una silla de vinilo acuoso cerca de mi cama. A lo que se refería con apariencias fue cuánto de mi pérdida de ellas valía en una corte.

Pude discernir que al abogado le gustaba decir corte. Me dijo que había tomado tres veces la prueba final antes de graduarse. Dijo que sus amigos le habían dado tarjetas de negocio con un bonito relieve, pero estas adorables tarjetas se suponía que dirían Abogado-afiliado, cuando en realidad decían Abogado-al-fin.

El ya había cubierto la pérdida de nuestros capitales.“Hay otra cosa” dijo. “Tenemos que hablar de matrimonialidad”.

La tendencia era decir ¿matrimo-qué?, aunque ya sabía qué significaba al primer momento de escucharlo.Yo tenía dieciocho años. Dije, “primero, ¿por qué no hablamos de citalidad?”El hombre de una semana ya se había ido, el accidente lo llevó de vuelta a su esposa.“¿Piensas que las apariencias son importantes?”, le pregunté al hombre antes de que se fuera.

“No al principio” dijo.

En mi barrio hay un tipo que era un maestro de química hasta que una explosión se llevó su cara y dejó lo que había detrás. El resto de él se viste impecablemente de trajes negros y zapatos lustrados. Lleva un maletín al campus universitario. Qué acogedora – su familia, dijo la gente – hasta que la esposa se llevó a los niños y se mudó de la casa.En el solarium, una mujer me enseñó una foto. Dijo, “así es como mi hijo solía verse”.

Pasé mis tardes en Diálisis. Les daba igual cuando una silla reclinable estaba libre. Tenían televisores pantalla ancha de color, mejores que los que hay en Rehabilitación. Los miércoles por la noche veíamos un show donde mujeres en ropas caras aparecían en espléndidos sets y prometían arruinarse las unas a las otras.

A uno de mis lados había un hombre que sólo hablaba en números telefónicos. Le preguntarías como se siente y el diría “924-3130”. O diría “757-1366”. Tratamos de adivinar que era lo que significaban estos números, pero nadie lo daría por seguro. Hubo a veces, al otro lado, un niño de 12 años. Sus pestañas estaban gruesas y oscurecidas por medicación de presión arterial. Él era el siguiente en la lista de trasplantes, tan pronto como – la palabra que usaban era cosecha – tan pronto como el riñón fuera cosechado.

La madre del niño rezaba por conductores ebrios.

Yo rezaba por hombres que no fueran discriminadores.

¿No somos todos, pensaba, la cosecha de alguien?La hora terminaría, y una enfermera de piso me llevaría en ruedas hasta mi cuarto. Ella diría, “¿por qué ver esa basura? ¿Por qué no mejor me preguntan cómo estuvo mi día?”.

Pasé quince minutos antes de irme a la cama apretando horquillas de goma. Uno de los medicamentos estaba haciendo que mis dedos se endureciesen. El doctor dijo que me lo daría hasta que no pudiera abotonarme la blusa – un modo de expresarse con alguien en un vestido largo de algodón.

El abogado dijo, “trabajo de caridad”.

Se abrió la camisa y me mostró donde una acupunturista le había aplicado jarabe de cola, enterrado cuatro agujas y dicho que la verdadera cura era el trabajo de caridad.

Dije, “¿Cura para qué?”.

El abogado dijo, “Inmaterial”.

Tan pronto como supe que estaría bien, me sentí segura de que estaba muerta y no lo sabía. Me movía a través del tiempo como una cabeza cortada que termina una oración. Esperaba el momento que me despertara de mi vida aparente. El accidente ocurrió al atardecer, así que en ese momento era cuando más me sentía así. El hombre que conocí la semana pasada me llevaba a cenar cuando sucedió. El lugar fue en la playa, una playa en una bahía en la que puedes mirar las luces de la ciudad, un lugar donde puedes observarlo todo sin tener que ponerle atención.

Un buen tiempo después fui finalmente a esa playa. Yo conduje el auto. Era el primer buen día de playa; vestí pantalones cortos.

Al borde de la arena me desaté las vendas elásticas y vadeé hacia la espuma. Un chico en un traje mojado miró mi pierna. Me preguntó si un tiburón lo había hecho; había vistazos de grandes blancos por esa parte de la costa.

Le dije que sí, que un tiburón lo había hecho.

“¿Y vas a volver a entrar?” preguntó el chico.

Yo dije “Y voy a volver a entrar”.

Dejo mucho afuera cuando digo la verdad. Lo mismo pasa cuando escribo una historia. Voy a empezar ahora a contarte qué es lo que he dejado fuera de “La Cosecha” y quizás empiece a preguntarme porque tuve que dejarlo fuera.

No hubo otro auto. Sólo hubo un auto, el que me impactó estando en la parte de atrás de la motocicleta del hombre. Pero piensa en las incómodas sílabas cuando dices motocicleta.

El conductor del auto era un periodista. Trabajaba para un periódico local. Era joven, un graduado reciente, e iba en camino a una reunión para cubrir una protesta. Cuando digo que en ese entonces yo era una estudiante de periodismo, es algo que podrías no haber aceptado en “La Cosecha”.

En los años que siguieron, esperé por el nombre del reportero. Él rompió con la historia del templo en People que resultó en el viaje de Jim Jones a Guyana. Luego, cubrió a Jonestown. En el cuarto ciudadano del San Francisco Chronicle, mientras el número de víctimas mortales ascendía a novecientos, los números fueron posteados como donaciones en una noche de promesas. En algún lugar de los cientos, un letrero fue pegado a la puerta que decía JUAN CORONA, CHÚPATE ESA.

En la sala de emergencias, lo que le ocurrió a mi pierna no requirió cuatrocientos puntos sino un poco más de trescientos. Exageré incluso antes de empezar a exagerar, porque es cierto – nada es nunca tan malo como podría serlo.

Mi abogado no era ningún afiliado. Era uno de los socios en una de las firmas más viejas de la ciudad. Él nunca se habría abierto la camisa para revelar el sitio de la acupuntura, que es algo que él nunca habría tenido.Matrimonialidad era el título original de “La Cosecha”.

El daño hecho a mi pierna fue considerado cosmético aunque aún, después de quince años, me cuesta arrodillarme. En un arreglo fuera de corte antes del juicio, me dieron cien mil dólares. El seguro del auto del reportero subió doce dólares por mes.Se había sugerido que me frotara la pierna con hielo, para resaltar las cicatrices, antes de que me subiera la falda tres años después para la corte. Pero no había hielo en los cuartos del juzgado, así que no tuve oportunidad de pasar o fallar esa prueba de ética.

El hombre de una semana, a quien pertenecía la motocicleta, no era un hombre casado. Pero cuando pensaste que tenía una esposa, ¿no era yo responsable de lo que sucedía? ¿Y no se me venía encima?

Después del accidente, el hombre se casó. La chica con la que se casó era una modelo de pasarela. (“¿Piensas que las apariencias son importantes? Le pregunté al hombre antes de que se fuera. “No en un principio”, dijo).

Aparte de ser una belleza, la chica valía millones de dólares. ¿Habrías aceptado esto en “La Cosecha” – que la modelo fuera también una heredera?Es cierto que íbamos camino a comer cuando ocurrió. Pero el lugar donde podías observarlo todo sin tener que prestarle atención no era una playa en una bahía; fue en la cima del Monte Tamalpais. Teníamos la cena con nosotros al aproximarnos por el ondulante camino montañoso. Esta es la versión que tiene cabida para una ironía perfecta, así que no te incomodes cuando diga que por los próximos meses, desde mi cama de hospital, tuve una espectacular vista de la mismísima montaña.

Habría escrito la siguiente parte en el cuento si alguien la hubiera creído. ¿Pero quién lo habría hecho? Yo estuve ahí y no lo creí.

En el día de mi tercera operación, hubo un intento de escape en el Centro de Ajustamiento de Seguridad Máxima, adyacente a la Sentencia Perpetua, en la prisión de San Quentin. “Hermano Soledad” George Jackson, un hombre negro de veintinueve años, sacó una pistola calibre .38, gritó “¡Hasta aquí!” y abrió fuego. Jackson fue asesinado; también lo fueron tres guardias y dos “otorgadores de escalón social”, presos que les llevan a otros prisioneros sus comidas.

Otros tres guardias fueron apuñalados en el cuello. La prisión está a un paseo de cinco minutos en auto del hospital Marin General, así que ahí es donde los guardias heridos fueron llevados. La gente que los llevó eran tres tipos de policías, incluyendo Patrulleros de Carretera de California y Sheriffs del Condado de Marin, altamente armados.

Habían policías en el techo del hospital con rifles; estaban en los pasillos, invitando a pacientes y visitantes a volver a sus cuartos.Cuando fui llevada en silla de ruedas hacia fuera de Recuperación más tarde ese día, vendada de la cintura a los tobillos, tres oficiales y un sheriff armado me registraron.

En las noticias esa noche, hubo un seguimiento del disturbio. Mostraron a mi cirujano hablándole a reporteros, indicando, con un dedo en la garganta, cómo había salvado a un guardia cosiendo de oreja a oreja.

Esto lo vi en televisión, y porque era mi doctor, y porque los pacientes de hospitales son ensimismados, y porque estaba dopada, pensaba que el cirujano estaba hablando de mí. Pensé que estaba diciendo, “Bueno, está muerta. Se lo estoy anunciando a ella en su cama”.

El psiquiatra que vi por derivación del cirujano dijo que el sentimiento era bastante común. Ella dijo que las víctimas de traumas que aún no han asimilado el trauma creen que están muertas y que no lo saben.

Los grandes tiburones blancos en las aguas cerca de mi casa atacan de una a siete personas al año. Su principal víctima es el buzo de abalón. Con los bistecs de abalón en treinta y cinco dólares el kilo y subiendo, el Departamento de Pesca y Juego espera que los tiburones no muestren ni un rastro de disminución.

domingo, 20 de abril de 2008

Palahniuk y el minimalismo

Pasaron seis años después de la caída de las torres gemelas para que Samuel abriera un blog. Ahora pasaron más de seis meses para que pegara su primera entrada… ¡Esto así no funciona! Pero no pierdan la fe. El tipo está dispuesto a rehabilitarse y pegar una entrada al menos cada semana.
El libro Error humano de Chuck Palahniuk tiene un buen ensayo llamado No perseguir a Amy (1). Este, como otros textos que pegaré luego, tiene perlitas, consejitos, algunos útiles, otros no tanto, sobre el proceso de creación literaria. Que a quienes andan, como Samuel, con la pretensión de escribir, les pueden ayudar a tomar algunas decisiones… a veces.
Sin más, ahí “os” van algunos fragmentos arbitrariamente seleccionados por Samuel conservando algunos detalles espantosos de la traducción española:



Cuando se estudia el minimalismo en el seminario de Tom Spanbauer, el primer relato que se lee es «La cosecha» de Amy Hempel. Luego «Callejeros» de Mark Richard. Y después de eso, ya estás perdido.
Si os encantan los libros, si os encanta leer, está es una línea que tal vez no queraís cruzar.
No estoy de broma. Si pasaís de este punto, casi todos los libros que leaís en adelante os parecerán una mierda. ¿Todos esos libros en tercera persona donde lo que importa es seguir la trama y están sacados de las páginas del periódico de hoy? Pues bueno, después de Amy Hempel os vais a ahorrar un montón de tiempo y dinero.
(…)

Al principio «La cosecha» parece una lista de compra llena de detalles. Y al final de las siete páginas uno no tiene ni idea de por qué está llorando. Uno se siente un poco confuso y desorientado. No es más que una simple lista de hechos presentados en primera persona, pero de alguna forma esa lista consigue componer algo más que la suma de sus partes. La mayoría de los hechos son hilarantes, pero en el último momento cuando la risa te ha desarmado, va y te rompe el corazón.
Ella te rompe el corazón. La perversa Amy Hempel. Eso es lo primero que Tom te enseña. Que un buen relato tiene que hacerte reír y un momento después romperte el corazón. Y lo siguiente es que nunca vas a escribir tan bien. Esa parte no la aprendes hasta que has hechado a perder un montón de papel y has desperdiciado tu tiempo libre con un bolígrafo en la mano durante años y años. En cualquier horrible momento puedes coger un ejemplar de Amy Hempel y descubrir que tu mejor obra no es más que una imitación barata de la peor de ella.
Para demostrar el minimalismo, los estudiantes se sientan alrededor de la cocina de Spanbauer durante diez semanas y diseccionan «La cosecha».
El primer aspecto que se estudia es el que Tom llama los «caballos». La metáfora es la siguiente: si vas en carromato de Utah a California, usas los mismos caballos para todo el camino. Si en lugar de caballos poneís «motivos recurrentes» o «ideas repetidas», os haréis a la idea. En el minimalismo, un relato es una sinfonía que crece y crece, pero nunca crece la línea melódica original. Todos los personajes y las escenas, las cosas que parecen distintas, todas ilustran algún aspecto del tema de la historia.
(…)
El siguiente aspecto es lo que Tom llama la «lengua quemada». Es una forma de decir algo pero diciéndolo mal, retorciéndolo para hacer que el lector tenga que ir más despacio. Obligando al lector a leer con mayor atención y no solamente ojear una superficie de imágenes abstractas, adverbios que sirven de atajo y clichés.
(…)
Otra cosa que se estudia en el minimalismo es el «registro del angel». Esto quiere decir escribir sin hacer juicios. Al lector no se le describe nada como «gordo» o «feliz». Solamente se pueden describir acciones y apariencias de una forma que haga que el juicio aparezca en la mente del lector. Sea lo que sea, uno lo disgrega en forma de detalles que se vuelvan a reunir en la mente del lector.
(…)
Así que hemos hablado de los «caballos», de la «lengua quemada» y del «registro de ángel». Ahora nos referimos a escribir «en el cuerpo».
Hempel enseña que una historia no tiene que ser un flujo constante de bla, bla, bla que intimide al lector para obligarlo a prestar atención. No hay que agarrar al lector de las orejas y hacerle tragar todos y cada uno de los momentos. En cambio, la historia puede ser una sucesión de detalles sabrosos, olorosos y táctiles. Lo que Tom Spanbauer y Gordon Lish llaman «ir por el cuerpo», darle al lector una reacción física simpática, involucra al lector a un nivel visceral.
El único problema del palacio de fragmentos de Hempel es lo difícil que difícil que resulta citarlo. Sacad cualquier parte del contexto y perderá su poder. El filósofo francés Jacques Derrida compara escribir ficción con un código de software que opera en el hardware de la mente. Con engarzar macros individuales que, combinadas, crean una reacción. Ninguna ficción consigue esto tan bien como la de Hempel, pero todas sus historias son tan tensas, y están tan despojadas de todo lo que no son datos desnudos, que lo único que uno puede hacer es tumbarse en el suelo boca abajo y elogiarla.

(1) Chuck Palahniuk. No perseguir a Amy. In: Error humano. Barcelona: De Bolsillo; 2007. p. 161-166.