sábado, 31 de mayo de 2008

Literatura felina: Doris Lessing


Me mudé a una casa en pleno territorio gatuno. Es un barrio de casas viejas con angostos jardines tapiados. Por nuestras ventanas traseras se divisan una docena de tapias en una dirección y otra docena de tapias en dirección contraria, de todos los tamaños y alturas. Árboles, hierba, arbustos. Hay un pequeño teatro con tejados a distintas alturas. Aquí los gatos están en su elemento. Siempre se les ve sobre las tapias, los tejados y en los jardines, llevando una complicada existencia secreta, como las vidas de los chavales de barrio, regidas por unas normas particulares e inimaginables que los adultos nunca aciertan a descubrir.
Sabía que acabaríamos teniendo un gato en casa. Tal como se sabe que si tu casa es demasiado grande al final llegará alguien a instalarse en ella, hay ciertas casas que no se conciben sin un gato. Durante algún tiempo espanté a diversos gatos que se acercaban a husmear, queriendo averiguar qué tipo de sitio era aquél.
Durante todo el espantoso invierno de 1962, un viejo macho blanco y negro estuvo paseándose por el jardín y el tejado que cubría el porche trasero. Se sentaba sobre la nieve medio derretida del tejado; iba de aquí para allá sobre la tierra helada; cuando abríamos la puerta trasera apenas un instante, lo encontrábamos plantado delante, mirando hacia el cálido interior. Era francamente feo, con un parche blanco sobre un ojo, una oreja desgarrada y la boca siempre medio abierta con la mandíbula caída. Pero no era un gato callejero. Tenía un buen hogar en esa misma calle y nadie parecía entender por qué no se quedaba allí.
Aquel invierno tuve ocasión de instruirme más sobre las asombrosas penalidades a las que se someten voluntariamente los ingleses.
Las casas de ese barrio londinense son en su mayoría de protección oficial y, al cabo de sólo una semana de frío, las cañerías se habían helado y habían reventado, dejando cortado el suministro. Nada se hizo por remediar la situación. Las autoridades abrieron una boca de riego en una esquina y durante varias semanas mis vecinas se dirigían allí provistas de jarras y latas, recorriendo en zapatillas las aceras cubiertas de fango helado para coger agua. Calzaban zapatillas para que no se les enfriasen los pies. En ningún momento se retiró el fango ni el hielo de las aceras. Las mujeres abrían el grifo, que se estropeó unas cuantas veces, y comentaban que llevaban una semana, dos… y hasta tres, cuatro y cinco semanas sin más agua caliente que la que hervían en la cocina. Como es natural, no había ni que pensar en darse un baño caliente. Cuando les preguntabas por qué no se quejaban, dado que, al fin y al cabo, estaban pagando un alquiler y también pagaban por el suministro de agua fría y caliente, respondían que el ayuntamiento ya estaba al tanto de la situación de las cañerías pero no había hecho nada al respecto. El ayuntamiento había señalado que estaban atravesando una racha de frío; y ellas convenían en que era un diagnóstico acertado. Hablaban con voz lúgubre, pero se sentían plenamente realizadas, tal como se siente esta nación cuando sufre las consecuencias de un cataclismo que podría haberse evitado con suma facilidad.
Un anciano, una mujer de mediana edad y un niño pequeño pasaron los días de aquel invierno en la tienda de la esquina. Allí las cámaras frigoríficas creaban un ambiente más gélido que el impuesto por los rigores de una temperatura inferior a los cero grados; la puerta estaba siempre abierta sobre la nieve acumulada en la calle. No había calefacción de ningún tipo. El anciano sufrió un ataque de pleuresía y estuvo hospitalizado un par de meses. Cada vez más debilitado, hubo de vender la tienda la primavera siguiente. El niño pasaba el día llorando de frío acurrucado sobre el suelo de cemento y recibía bofetones de su madre, quien, ataviada con un vestido de lana ligero, calcetines de hombre y un jersey fino, atendía desde detrás del mostrador comentando la horrible situación mientras las lágrimas y los mocos resbalaban por su rostro y los dedos se le cubrían de sabañones. Nuestro anciano vecino, que trabajaba de recadero en el mercado, resbaló en el hielo a la entrada de su casa, se lesionó la espalda y pasó varias semanas viviendo del subsidio de desempleo. En aquella casa con nueve o diez habitantes, incluidos dos niños, el único sistema para combatir el frío era una estufa con una sola resistencia eléctrica. Tres de ellos acabaron hospitalizados, uno con neumonía.
Entretanto las tuberías seguían reventadas y envueltas en melladas estalactitas, las aceras continuaban siendo pistas de patinaje, y las autoridades persistían en no hacer nada. Como es lógico, en los barrios de clase media la nieve se retiraba de las calles en cuanto caía y las autoridades atendían a los enardecidos ciudadanos que reclamaban sus derechos y amenazaban con demandar al ayuntamiento. En nuestro barrio, la gente sufrió los efectos de las nevadas hasta la llegada de la primavera.
Rodeados de seres humanos tan afectados por las inclemencias del invierno como los cavernícolas de hace diez mil años, las peculiaridades de un viejo gato que escogió un tejado helado para pasar la noche quedaron relegadas a un segundo plano.
Mediado aquel invierno, a unos amigos nuestros les ofrecieron una gatita. Era de una pareja amiga suya cuya gata siamesa se había quedado preñada de un gato callejero, unión de la que nacieron unos híbridos retoños que estaban regalando. El piso de nuestros amigos es minúsculo y ambos trabajan de sol a sol; pero se quedaron prendados de la gatita nada más verla. Durante el primer fin de semana la alimentaron a base de sopa de langosta de lata y de mousse de pollo, y sus noches de pareja muy bien avenida se vieron turbadas por el animalillo, que sólo podía dormir bajo la barbilla de H., el hombre, o al menos pegada a su cuerpo. S., la mujer, nos comunicó por teléfono que la minina le estaba arrebatando el afecto de su marido, tal y como le ocurre a la esposa del cuento de Colette. En lunes se fueron a trabajar dejando a la gatita en casa y, al regresar, la encontraron triste y llorosa después de haber pasado todo el día sola. Nos amenazaron con traérnosla. Y cumplieron su amenaza.
La gatita tenía seis semanas y era un animalito de cuento, encantador y delicado, cuyos genes siameses se revelaban en la forma de la cabeza, las orejas y el rabo, así como en su fina constitución. Tenía el lomo atigrado: por arriba y por detrás sólo se veían sus hermosas rayas grises y de color crema. Pero por delante y por abajo su pelaje era típicamente siamés, de un color dorado ahumado, ocre siamés, con franjas negras discontinuas en el cuello. Sus facciones estaban perfiladas en negro: finos anillos oscuros alrededor de los ojos, vistosas vetas oscuras en las mejillas, un morrito ocre y con la punta rosa rodeada de negro. Vista de frente cuando se sentó con las delgadas patas estiradas, era una criatura bella y exótica. Había tomado asiento en medio de nuestra alfombra amarilla, rodeada por cinco adoradores que no le inspiraban el menor miedo. Después echó a andar majestuosamente por el piso de arriba, lo inspeccionó centímetro a centímetro, se subió a mi cama, se deslizó bajo un pliegue de la sábana y allí se acomodó, sintiéndose en casa.
S. se marchó con H. diciendo:
—Os la hemos dejado muy a tiempo; habría terminado por perder a mi marido.
Y él se marchó refunfuñando y asegurando que no había sensación más exquisita que ser despertado por el delicado tacto de una lengüecita rosa en la cara.
La gatita bajó dando tumbos por los escalones, cada uno de los cuales doblaba su altura: primero las patas delanteras y luego, plof, las traseras; las delanteras y, plof, las traseras. Inspeccionó la planta baja, desdeñó la comida de lata que le ofrecimos y exigió a maullidos que le preparásemos un cajón con arena. Rechazó un cajón con serrín, mas con su melindrosa actitud nos dio a entender que estimaba aceptables los trozos de papel de periódico si no había nada mejor a mano. Y no lo había, dado que la tierra del jardín se había petrificado con el frío.
No estaba dispuesta a tomar comida de gatos enlatada. Por ahí no iba a pasar. Y yo no estaba dispuesta a alimentarla a base de sopa de langosta y pollo. La carne picada de vaca nos permitió llegar a un acuerdo.
Nuestra gata siempre ha sido tan exigente con la comida como un solterón amante de la buena mesa. Y ha ido empeorando con los años. Ya de pequeña demostraba su mal humor, su alegría o sus intenciones de enfurruñarse a través de lo que comía, lo que dejaba de comer y lo que comía a medias. Sus hábitos alimenticios constituyen un elocuente lenguaje.
Pero quizá su problema deriva de que la separaron demasiado pronto de su madre. Si los expertos en gatos me permiten una respetuosa sugerencia, les diría que tal vez se equivocan al afirmar que un gatito puede vivir sin su madre en cuanto cumple seis semanas. Nuestra gata tenía exactamente seis semanas, ni un día más, cuando la apartaron de su madre. Sus remilgos con respecto a la comida se basan en la hostilidad y desconfianza neuróticas que los alimentos inspiran a los niños que malcomen. Nuestra gata sabía que tenía que alimentarse, y se alimentaba, pero nunca ha disfrutado con la comida ni ha comido sólo por el placer de comer. Además comparte otras características con las personas que no han recibido suficiente cariño de sus madres. Ha conservado hasta el día de hoy la costumbre de meterse instintivamente bajo un periódico doblado, en una caja o en una cesta… o en cualquier cosa que le ofrezca abrigo, protección. Es más; es muy susceptible y se siente ofendida y se enfurruña por cualquier motivo. Y es tremendamente cobardica.
Los gatitos que viven con su madre hasta las siete u ocho semanas de edad comen sin problemas y tienen confianza en sí mismos. Pero, como es natural, no resultan tan interesantes.
De pequeña, nuestra gata nunca dormía fuera de una cama. Esperaba a que yo me hubiera acostado y entonces se paseaba por encima de mí, estudiando las posibilidades del terreno. Luego se metía bajo las sábanas y se colocaba a mis pies, o encima de mi hombro, o se deslizaba bajo la almohada. Si me movía demasiado, cambiaba malhumoradamente de sitio, haciéndome sentir su descontento.
Cuando hacía la cama, no le importaba que la dejara dentro; y le gustaba quedarse entre las mantas, formando un bultito visible, a veces durante horas y horas. Si acariciabas el bulto, ronroneaba y maullaba. Pero sólo la necesidad la impulsaba a salir de allí.
El bultito se desplazaba entonces hasta el borde de la cama y, allí, titubeaba un instante. Luego quizá se oyera un maullido desesperado mientras caía al suelo. Herida en su dignidad, se apresuraba a darse unos lametazos mirando airadamente con sus ojos ambarinos a los testigos, y ay de ellos si se les ocurría reírse. Después, consciente de sí misma hasta la punta del último pelo, se dirigía a ocupar el centro de la escena.
Había llegado el momento de comer con muchos remilgos y mohines. O el de utilizar su cajón de arena, todo un espectáculo de finura. O el de componer su ocre pelaje. O bien era el momento de jugar, si es que tenía público, pues de otro modo no le interesaba.
Era arrogante como una chica guapa sabedora de que su belleza es su única virtud; su cuerpo y su rostro en pose constante, siguiendo las indicaciones de un director de escena que parecía llevar dentro; y sus poses le valían como disfraz: no, no, si yo soy así, pechos provocativos, ojos huraños y amenazadores siempre pendientes de la admiración que trataba de despertar.
Tenía la gata esa edad a la que, si hubiera sido una jovencita, habría usado la ropa y el peinado como si fueran armas, segura, eso sí, de que en cualquier momento podía volver a ser la niña consentida de siempre al cansarse de su nuevo papel; se lucía y se pavoneaba por toda la casa, dejando que la mimasen, y después, fatigada y un tanto irascible, se ocultaba entre las hojas de un periódico o detrás de un almohadón y, desde allí, contemplaba el mundo a salvo.
Su gracia más lograda, a la que recurría sobre todo para que le hicieran caso, era tenderse de espaldas bajo un sofá y, clavando en él las garras, arrastrarse con rápidos y precisos impulsos, deteniéndose para ladear su elegante cabecita y, con los ambarinos ojos entornados, esperar que le llovieran elogios.
«¡Qué gatita tan guapa! ¡Animalito maravilloso! ¡Qué monada!» Entonces pasaba al siguiente número de la representación.
A veces se tumbaba boca arriba sobre una superficie adecuada como la alfombra amarilla o un almohadón azul y comenzaba a rodar sobre sí misma despacio, con las patas dobladas y la cabeza echada hacia atrás, exhibiendo el pecho y la tripa de color canela salpicados de tenues manchas oscuras, como las que adornan el pelaje de los leopardos, de los que parecía una refinada subespecie. «¡Gatita guapa, pero que guapísima eres!» Y estaba dispuesta a continuar rodando y rodando hasta que cesaran las alabanzas.
Otras veces se sentaba en el porche trasero; nunca sobre la mesa, que no tenía ningún adorno; escogía un banquito con tiestos de barro llenos de narcisos y jacintos. Y allí, entre los tallos coronados de flores azules y blancas, posaba hasta que reparaban en ella y la admiraban. Naturalmente, no era sólo nuestra admiración la que buscaba, sino también la del viejo gato reumático que, cual siniestro recordatorio de una vida mucho más dura, se paseaba por el jardín sobre la tierra todavía cubierta de escarcha. El gato divisaba tras los cristales a una hermosa gata adolescente. Al verlo, ella erguía la cabeza hacia un lado y hacia otro; arrancaba con los dientes un trocito de jacinto y lo tiraba al suelo; se lamía el pelaje al desgaire; después, lanzando hacia atrás una mirada insolente, saltaba al suelo y entraba en casa, ocultándose de su vista. Cuando subía por las escaleras en brazos o sobre el hombro de alguien, echaba un vistazo por la ventana y miraba al pobre animal, tan quieto que llegábamos a pensar que debía de haberse quedado tieso de frío. Luego lo veíamos asearse bajo el sol algo más cálido del mediodía y nos tranquilizábamos. Nuestra gata lo observaba a veces desde la ventana; mas para ella la vida aún no tenía más complicaciones que buscar una cama, un almohadón o una persona sobre la que acurrucarse.
Llegó la primavera, la puerta trasera se abrió y, a Dios gracias, la caja de arena se hizo innecesaria porque la gatita tomó posesión del jardín. Ya había cumplido los seis meses y, desde el punto de vista de la naturaleza, se había desarrollado por completo.
Era en aquel entonces un animal precioso, perfecto; aún más hermoso que aquella otra gata que, muchos años atrás, me llevó a jurar que nunca habría quien la igualara. Y, en realidad, seguía sin tener rival, pues la personalidad de aquella gata era puro tacto, delicadeza, cordialidad y elegancia… y por ello, como dicen los cuentos y los refranes, hubo de morir joven.
Nuestra gata, la princesa, era y sigue siendo preciosa, pero, se mire por donde se mire, es un animal egoísta.
Las tapias del jardín se llenaron de gatos. Primero ocupó su puesto el melancólico gato del invierno, rey de los jardines traseros. A continuación, el apuesto gato blanco y negro de los vecinos, que, a juzgar por su aspecto, debía de ser hijo del primero. Llegaron también un macho atigrado cubierto de cicatrices de viejas batallas y otro gris y blanco que nunca descendía de la tapia, tan seguro estaba de que saldría derrotado en cualquier pelea. Y por último un deslumbrante joven semejante a un tigre que despertaba a todas luces la admiración de nuestra gatita. Pero en vano; el viejo rey no había sido derrocado. Cuando la princesa salía a pasear con la cola muy tiesa, aparentando indiferencia hacia todos pero sin quitarle ojo al apuesto y joven tigre, éste saltaba de la tapia para acercarse a ella, pero bastaba que el gato del invierno cambiara de postura sin moverse de sitio para que el joven volviera a ponerse a salvo sobre la tapia. Y así transcurrieron varias semanas.
Entretanto, H. y S. venían a visitar a su perdida mascota. S. comentaba que era terriblemente injusto que la princesa no tuviera libertad de elección; y H. opinaba que las cosas eran tal y como debían ser: toda princesa ha de tener un rey, por muy viejo y feo que sea.
—Tiene tanta dignidad, tanta presencia —decía H.—, y al sobrellevar con nobleza el largo invierno, se ha ganado con creces a la guapa gatita.
Por entonces ya habíamos bautizado al gato feo con el nombre de Mefistófeles, aunque supimos que en su casa lo llamaban Billy. A nuestra gata le habíamos puesto diversos nombres sin que ninguno llegara a cuajar. Melisa y Franny; Marilyn y Safo; Circe, Ayesha y Suzette. Pero al hablar con ella, en nuestras charlas amorosas, maullaba, ronroneaba y arrullaba en respuesta a las sílabas arrastradas de adjetivos como «guaaapa», minina «preciooosa».
Un fin de semana muy caluroso, el único que recuerdo de aquel verano desagradable, la gatita se puso en celo.
H. y S. vinieron a comer con nosotros el domingo. Nos sentamos en el porche trasero a contemplar cómo la naturaleza obraba a su antojo. Sin plegarse a nuestros designios. Ni tampoco a los de nuestra gata.
Hacía ya un par de noches que nuestro jardín era un campo de batalla donde se libraban espeluznantes combates; los gatos aullaban, gritaban y gemían. Y, mientras tanto, sentada a los pies de mi cama, la minina gris escrutaba la oscuridad con las orejas enhiestas, agitadas, e iba comentando los acontecimientos con sutiles movimientos de la punta del rabo.
Aquel domingo sólo Mefistófeles estaba a la vista. La gatita gris se revolcaba con entusiasmo por todo el jardín. Se acercó a nosotros, rodó sobre sí misma alrededor de nuestros pies y los mordisqueó. Trepó a toda velocidad al árbol del fondo del jardín y bajó corriendo al suelo. Se revolcó, gritó, lanzó llamadas, provocó.
—Es la exhibición de lascivia más lamentable que he visto en la vida —dijo S. mirando a H., que continuaba enamorado de nuestra gata.
—Pobre gatita —replicó H.—. Si yo fuera Mefistófeles, no se me ocurriría tratarte tan mal.
—¡Qué asco, H.! —le acusó S.—, nadie me creería si lo contara. Si ya lo decía yo, eres un asqueroso.
—Conque ya lo decías tú, ¿eh? —repitió H., acariciando a la extática gata.
Era un día muy caluroso, bebimos mucho vino durante la comida y el juego amoroso prosiguió durante toda la tarde.
Al final, Mefistófeles bajó de la tapia y se dirigió hacia donde la gatita gris se contorsionaba y se revolcaba… pero, ¡ay!, desperdició la oportunidad.
—Dios mío —se lamentó H., que estaba sufriendo de verdad—. Eso es realmente imperdonable.
S. observaba angustiada los tormentos de nuestra gata y, una y otra vez, expresaba en voz alta y en tono dramático sus dudas con respecto a que el sexo valiera la pena.
—Mirad eso —decía—, igual que nosotros. Así somos nosotros.
—Nosotros no somos así en absoluto —replicaba H.—. Es Mefistófeles el que es así. Se merece que le peguen un buen tiro.
—Pégale un tiro ahora mismo —exclamamos todos—; o al menos enciérralo para darle una oportunidad al joven tigre de los vecinos.
Pero al apuesto gato joven no se le veía por ningún lado.
Continuamos bebiendo vino; el sol seguía brillando; nuestra princesa danzaba, rodaba, subía y bajaba del árbol y, cuando las cosas al fin se pusieron a punto, el viejo rey la montó una y otra vez.
—Aquí el único problema es —apuntó H.— que le saca demasiados años.
—¡Ay, Dios mío! —exclamó S.—, voy a llevarte a casa ahora mismo. Si te quedas aquí, estoy convencida de que acabarás por hacerle el amor a la gata.
—Ojalá pudiera —dijo H.—. Qué animal tan exquisito, qué criatura tan maravillosa, qué princesa; ese gato no se la merece, me está poniendo enfermo.
Al día siguiente regresó el invierno; el jardín estaba húmedo y frío; la gata gris volvió a sus desdenes y a sus caprichos. Y el viejo rey se tumbó en la tapia del jardín bajo la persistente lluvia inglesa, todavía victorioso, a la espera.

Tomado de: Doris Lessing. Gatos muy distinguidos. 1967.

lunes, 26 de mayo de 2008

¡Despiértame cuando pase el temblor!


Fue el sábado pasado a las dos y veinte de la tarde. Mientras instalaba el controlador de la tarjeta inalámbrica al computador del agüelo (mi papá, pero desde que nació mi sobrino es el agüelo para todos) también estaba escribiéndo un mensaje para Mario Jursich, donde le remitía algunas páginas web sobre el vértigo de Méniere. Qué curioso, el vértigo se contagia con sólo pensar en él, pensé. Fue ahí cuando el agüelo me preguntó o afirmó o gritó: ¿Está temblando! Sí, está temblando, respondí.

La persiana verde del estudio se sacudía de norte a sur. Nos paramos y nos hicimos debajo del marco de la puerta. Lina, mi esposa, salió corriendo de la habitación, iba derecho hacia la salida del apartamento, pero la atajé en el corredor y la abracé. Éramos tres ilusos debajo de una mínima estructura metálica de máximo diez centímetros de ancho. El agüelo tenía las manos contra las paredes como pidiéndole a los muros que no se movieran, yo sólo esperaba ver quietas las persianas y Lina gritaba: ¡suéltame, déjame salir! Dicen que duró cuarenta segundos.

La última vez que había sentido uno fue en 1995 y estuve paranoico como seis meses. En esa ocasión, instalé un sismógrafo. Amarré una llave de un hilo y la colgué en el techo sobre mi cama. Cuando me despertaba con la sensación de que estaba temblando miraba la llave quieta y podía volverme a dormir. Esta vez no ha sido necesario, porque Lina será quien me despierte con el pito que colgó en su cuello. Al menos si no alcanzamos a evacuar, podremos avisar en donde estamos sepultados… bueno, siempre y cuando quedemos vivos, dice ella.

Y a todas estas… ¿cómo les fue a ustedes con el susto? Bueno, a los que estaban en Bogotá.

video

viernes, 23 de mayo de 2008

A juicio... los cuentos de Harold Kremer

El acusado

El asalto

—Te dije que le agarraras la pierna
—Me pateó.
—¡Agárrala! Si no se queda quieto le vuelvo a pegar.
—No entiende. No ves que es un bobo. Además no
sabe hablar.
—Claro que entiende. Mira.
—¡No le pegues más! Ya la tengo agarrada.
—Ahora… ¡Mierda! Se está orinando. ¡No te orines!
—¡No le pegues más! Déjalo que se orine.

—Pero no encima de mí. ¡Cochino!
—Vámonos, mejor vámonos. Ya se volvió a soltar.

—Espera voy por ese palo.
—No le pegues así. ¡Lo vas a matar!
—Le pego y le corto los huevos. De todos modos no los necesita.

—¿A qué huele?
—¡A mierda! Se está cagando.
—No le pegues más. Vámonos.
—Está bien.

—Huele a orines.
—Se meó en mis pantalones. Vamos a casa.
—Tengo que ir a la mía.
—¡Puta vida!

—¿Qué?
—Se nos olvido quitarle el dinero.
—¿Y cómo lo cogíamos si estaba untado de mierda?

Harold Kremer. El Combate. Deriva Ediciones. Cali, 2004. pp: 75-76


La defensa

1. Harold Kremer es un escritor Valluno, profesor universitario y director de talleres de creación literaria en Cali. Para mí, uno de los grandes cuentistas colombianos contemporáneos.
2. Varios de sus cuentos han sido incluidos en antologías nacionales e internacionales.

3. Es un cultor y gran conocedor del minicuento, como lo demuestra en El combate, de donde tomé El asalto, el cuento posteado arriba... No importa que huela a vamos a matar a los gaticos de Álvaro Cepeda Samudio (uno de mis cuentos favoritos).
4. He leído tres de sus libros de cuentos: El enano más fuerte del mundo (2004), El combate (2004) y La cajita cuadrada (2007). Independiente de su extensión, sus cuentos son concisos y claros: no les falta nada, pero sobretodo, no les sobra. En ocasiones juega con gran éxito entre la ambigüedad entre lo real y lo fantástico. Buena cosa.
5. Las ediciones de sus libros son muy bonitas. Las carátulas tienen una ilustración de Roland
Sabatier y están muy bien diseñadas. Los colores, el tamaño, la organización del texto al interior y la calidad del papel los hacen ver muy “coquetos”. Un muy buen trabajo de Deriva ediciones.
6. No tiene que ver con sus cuentos, pero sí con mis afectos: en parte a él (a un brevísimo y estimulante taller de crónica que dictó en Medellín en 2004 y a varias charlas, vía e-mail, que hemos tenido) yo escribo crónicas. Sin embargo, Harold reconoce que aunque nunca ha escrito una ni lo piensa hacer, el género facilita la creación en el trabajo de taller y es por sí mismo un género literario y no literatura menor, como lo asumen algunos.


La fiscalía

1. ¿Dónde diantres se pueden comprar? Ni idea. Supongo que en las librerías caleñas, porque aquí, en las de Medellín y Bogotá, en ninguna he visto un ejemplar. Ni siquiera en la sala de autores colombianos de la Lerner del centro… Mala cosa.
El enano más fuerte del mundo lo tengo porque se lo compré al autor en vivo y en directo, los otros dos me los ha regalado. A la final salieron ¡tres por el precio de uno!

Al parecer la única forma de conseguirlos en Bogotá es sacándolos de la Biblioteca Luis Ángel Arango porque en las de Biblored tampoco están.
2. Una de dos: o alguna editorial grandota lo reedita o la casera Deriva ediciones lo saca del closet, se pone pilas y lo mercadea.
A pesar de que dicen por ahí que los libros de cuentos no se venden, creo que tienen una gran oportunidad entre manos y no la han sabido aprovechar.



Veredicto

Si son capaces de encontrar algún ejemplar no duden en leerlo. Más allá de mis sesgos afectivos por un buen maestro, Harold Kremer es un gran cuentista.


Publiquese y cúmplase

sábado, 17 de mayo de 2008

Nacida para parir

Va esta crónica inédita como regalo en el “mes de las madres”


Nunca imagine que el sonido que salía de la casa, ese gruñido suave y bajo correspondiera al ruido de un pequeño cerdo disputando un pedazo de yuca con un bebé desnudo de máximo un año de edad.
Minutos antes habíamos llegado a la casa tras una cabalgata de seis horas, monte adentro, buscando la casa de Miguel y Mariana.
El ladrar de los perros avisó de nuestra llegada, pero nadie se asomó. Nos bajamos de los caballos, estiramos las piernas cansadas mientras preguntábamos a gritos si había alguien.
El rancho era nuevo, aún olía a madera recién cortada. Tenía dos plantas, en la primera había un pequeño establo y en el segundo la vivienda. Golpeamos la puerta varias veces y nadie respondió. Escuchamos en el interior el extraño ruido. Entramos, el sonido se percibía más intenso, más cercano, pero no lo identificábamos. Lo seguimos hasta que encontramos en un rincón a los dos cachorros de mamíferos distintos luchando por un trozo de yuca cocida.
El niño lloró cuando lo recogí del suelo. Sin su rival, el cerdito disfrutó de su manjar. Matías me miraba sin hacer ningún comentario, leía en mi rostro mi enojo. Salimos de la casa y nos sentamos debajo de un naranjo a esperar que alguien llegara.
—Es el colmo, Samuel.
—Es el colmo, Matías —le respondí y no hablamos más.

Llegué a La Macarena por avión desde Villavicencio en una calurosa mañana del mes de enero de 1998. En ese entonces trabajaba como médico con Existir, una pequeña empresa de salud que prestaba sus servicios a los campesinos e indígenas de la zona rural de los departamentos de Meta, Guaviare y Vaupés. La Macarena fue la zona que me asignaron ese mes. El equipo éramos sólo Matías, un motorista, nativo del pueblo, y yo.
El municipio de La Macarena es uno de los seis municipios que integran el Parque Natural Sierra de la Macarena, que está ubicado en el sur del departamento del Meta como una isla independiente al margen de las tres grandes cordilleras de Colombia. En este punto geográfico confluyen el bosque andino, los llanos de la Orinoquía y la selva amazónica, haciendo que esta zona contenga una biodiversidad enorme, una de las mayores del mundo. Su aislamiento geográfico ha evitado que el devastador proceso de deforestación para sembrados ilegales sea menos acentuado que en otras regiones selváticas del país. Muchos de sus colonos, como la familia de Mariana y Miguel, llevan varias generaciones asentados allí.


Llevábamos una hora jugando con el bebé cuando apareció una mula con dos niños.
—Buenas tardes, yo soy Matías y él es Samuel, el médico de Existir. Nosotros les mandamos avisar con la Junta de Acción Comunal que veníamos —les dijo Matías mientras los ayudaba a bajar del animal.
Los dos me extendieron la mano y se presentaron: Carmen y José, de seis y cuatro años respectivamente.
—¿Y sus papás?
—Mi papá y mis hermanos están trabajando y mi mamá fue a ayudarle y llevarle el almuerzo a la chagra. Nosotros estábamos trayendo unas cosas que nos hacían falta de la otra casa —nos dijo José, el pequeño gigante.
Mi indignación renacía. No podía entender como unos padres podían dejar a un niño menor de un año bajo el cuidado de otros pequeños cuya edad sumaba entre los dos los diez años. Guardé silencio.
José nos invitó a seguir. Matías cargó a la pequeña Carmen en los hombros y entramos a la casa. En el suelo permanecían sobrados de comida. Las moscas danzaban aleatoriamente alrededor de varios trozos de carne seca que colgaban sobre el fogón de leña. Me acerqué y con la luz de la linterna pude ver los pequeños huevos blancos de las moscas sembrados en la carne.
El amable José nos ofreció guarapo. Tuve temor de tomármelo al ver las condiciones de aseo de la casa, pero tenía mucha sed, no me quedaba nada en la cantimplora y no teníamos tiempo para salir a buscar algún pozo. Me lo tomé pasando tragos enteros y tratando de no pensar en la migración de parásitos y bichos a la panza.
Con los últimos destellos del día ladraron los perros anunciando el regreso de Miguel y Mariana, los padres de los niños. Venían con tres jóvenes que también eran sus hijos.
Miguel llegó con la camisa sucia y abierta. Mariana traía varias ollas pequeñas y una canasta. Nos presentamos, nos dieron la bienvenida y nos ofrecieron su hogar para descansar. Igual, no teníamos alternativa, la casa más cercana quedaba a dos horas a caballo. Sentí un poco de vergüenza, su hospitalidad desarmó el malgenio que tenía. Luego, ya más tranquilo le dije:
—Mariana, ¿cómo es posible que deje a estos dos niños tan pequeños cuidando a este otro que es casi un recién nacido?, ¿no le da miedo de que les pase algo?
Ella sonrió, me sobó el hombro derecho y me respondió:
—Tranquilo doctor, por los niños no se preocupe, así he levantado once y a ninguno le ha pasado nada. ¿Usted no tiene hijos, cierto?
No supe que decir, sabía que la excusa no era válida para el estado de dejadez en que se encontraban los niños y la casa, pero sentí vergüenza de hacer más reclamos. Se supone que parte de mi trabajo era educar para la salud… ¿pero como enfrentar las costumbres y la experiencia de Mariana? Al fin y al cabo era cierto, ella crió once hijos y yo no había criado ninguno… También sentí algo de enojo de que ella utilizara el viejo argumento con que muchas madres nos desarman en la consulta de pediatría. Decidí abortar el tono “pedagógico” y dedicarme a charlar desprevenidamente con Mariana.


Mariana nació y había vivido siempre en la zona rural de La Macarena. El año anterior, a la edad de 32 años, fue la primera vez que salió al pueblo. Aunque se lo habían descrito, nunca lo había logrado imaginar como era. Para ella fue una sorpresa ver automóviles, escuchar música salida de equipos electrónicos y ver tanta gente reunida en un solo lugar como el mercado o la iglesia. Todo le parecía mágico. No concebía como funcionaban todos esos aparatos, desde el frío de una nevera hasta las imágenes del televisor.
Mariana recordó que cuando tenía once años, un vecino, José, un señor mucho mayor, llegó a su rancho, habló con su mamá unas cuantas palabras y se la llevó. Durante el camino el hombre no le habló. Al llegar a su casa, le explicó que hacía unos meses su esposa había muerto, tenía dos hijos y no sabía cómo criarlos ni tampoco tenía tiempo para hacerlo. Eran dos niños menores de cinco años, los dos estaban desnutridos. La tarea de Mariana era criarlos.
Pasaron tres años en los que José salía a trabajar muy temprano a la chagra, Mariana organizaba la casa, le daba de comer a las gallinas y los marranos, cuidaba de los niños y preparaba la comida, se la llevaba a él a la chagra, esperaba en silencio mientras comía y regresaba a la casa a seguir con los oficios domésticos. Hasta entonces las palabras que se cruzaban eran escasas. Mariana dormía con los otros niños y José en una habitación aparte. Con la pubertad las formas de Mariana fueron cambiando. José la miraba cada vez más, pero no le hablaba, sólo la miraba.
Una mañana temprano, José la subió en una bestia y regresaron a la casa materna. Se sentaron los tres, José le dijo a la mamá de Mariana que hacía unos días había notado, aunque ella lo intentó ocultar con vergüenza, la llegada de la menstruación de la niña, lo que ahora la hacía una mujer. Sí la señora le daba autorización, Mariana sería ahora su esposa. La madre asintió. Mariana nunca habló, estaba presente pero nadie le pidió su opinión ni tampoco protestó. En menos de un año Mariana sería mamá, y desde allí aproximadamente cada uno o dos años tendría un nuevo hijo hasta que murió José.
Para Mariana la vida se contaba en número de hijos, no en meses ni en años. Al morir José, Mariana tenía cuatro hijos propios, más los dos que crió desde antes. La vida era difícil, sabía que sola no podía, necesitaba conseguir un hombre que trabajara para poder seguir ella criando sus hijos, sabía también que su vientre era el mejor estímulo para atraer un hombre. Así fue. Cuando conoció a Miguel le gustó, cosa que nunca sucedió con el viejo José. Miguel era un peón de una finca vecina que le coqueteaba desde hacía varios años. Cuando murió José no esperó mucho tiempo para acercarse a Mariana.
—Yo quería una mujer que tuviera un vientre agradecido que me diera muchos hijos… ¡Además Mariana era la dueña de toda la tierra que dejó el viejo José! —nos contó entre risas, Miguel.
Desde que se juntó con Miguel, Mariana tuvo siete hijos más y cuando la visitamos deseaba “tener cuantos los señores ‘Jehová y Miguel’ —dijo riéndose—, quieran y me permitan”.

En medio de la charla le describí a Mariana los métodos de planificación familiar. Me miró sorprendida.
—No entiendo. ¿Es que acaso existen mujeres que su destino sea distinto al tener y criar los hijos que Dios nos da? —me preguntó.
—Sí, Mariana. Hay mujeres y parejas que eligen tener menos hijos o no tenerlos para dedicar su vida a otras cosas.
—¡Qué cosa tan horrible! Si para eso nos puso Dios en el mundo, para parir —replicaba cogiéndose la cabeza con las manos—.
—Además, si la gente planifica puede hacer rendir más lo que tiene entre los hijos. Entre más poquitos, más rinde.
—Como así, si la tierra alcanza para todos. Por cada hijo que nazca tumba uno un pedazo de monte para trabajar, se le deja un marrano para criar y de ahí sale con que mantenerlo.
—Eso es aquí en La Macarena, en el campo. Pero todo el mundo no tiene esa oportunidad. La gente que vive en las ciudades no tiene tierras.
—¿Entonces de que viven?
—De trabajar en muchas otras cosas.
—No entiendo —dice Mariana mientras la tenue luz de las velas deja ver su rostro de preocupación.
Y no lo entendió. Ella no podía concebir que millones de personas vivieran en un territorio donde no había espacio para cultivar ni animales para criar. Un lugar pensado para que miles de automóviles circulen y donde los hombres no tengamos idea de cómo se utiliza un machete o una motosierra.
—¿No me está mintiendo? ¿De verdad no sabe como se roza un rastrojo?
—No, Mariana. Yo me dediqué a estudiar para ser médico.
—Pero eso no le quita que aprenda a trabajar. ¿Cuánto tiempo estudio?
—A ver, completo, desde niño… casi veinte años.
—¡No! ¡Qué perdedera de tiempo! Yo nunca fui a la escuela, mis hijos mayores tampoco y ahí están: trabajando y con familia, y los chiquitos van a la escuela para que aprendan a leer y escribir, pero tienen que aprender algo útil en la vida, tienen que aprender a trabajar en el monte… ¡Qué tal uno sin saber manejar un machete!
—Hay trabajos distintos, Mariana. Hay formas distintas y, hasta de pronto, mejores de vivir, y para eso sirve estudiar, ir a la escuela y luego a la universidad.
Me miró incrédula. Se quedó un rato callada y me preguntó:
—A ver, usted, doctor, ¿Cuántos hijos tiene?
—Todavía ninguno, Mariana.
Se quedó callada un momento y luego me dijo:
—Pero ya va siendo como hora. A su edad los hombres ya tienen que tener cría.
—Por ahora no me interesa. Si los tuviera, tal vez no estaría aquí, en La Macarena, tan lejos.
—Pues se los deja a su mujer, ¿acaso usted los va a criar?
—Sí, eso quisiera… con mi pareja.
—¡Uy no! Usted trabaje para que los mantenga, pero no se meta a criarlos. Déjenos ese trabajo a nosotras que para eso mi Dios nos hizo.
La noche nos quedó corta, el sueño se coló a la fuerza y las velas se agotaron. Con Mariana recordé que yo no era el poseedor de ninguna verdad. Ambos aprendimos una lección: me enseñó que la vida se aprende viviendo y no con sermones de expertos, y creo que ella entendió que algunos pequeños cambios en su cotidianidad, que no implicaban sacrificios mayores, le podían mejorar en algo su vida y que, más allá de La Macarena, existen formas de vivir distintas de las que también algo se puede aprender; eso mismo aprendí yo, desde mi mirada de citadino.

La reflexión que me suscitó el encuentro con Mariana sigue siendo vigente. En el año 2005 Profamilia publicó la última versión de la Encuesta Nacional de Demografía y Salud. En ella se describe el estado actual de la salud sexual y reproductiva en Colombia. La historia de Mariana no es la excepción, de alguna forma es la regla. Al igual que ella, en Colombia muchas mujeres inician su vida sexual cada vez más temprano. Para el año 2000 el 8% de las mujeres del país entre 25 y 49 años habían tenido su primera relación sexual antes de los 15 años; en el 2005 era el 11%, con grandes diferencias entre las de la ciudad (aproximadamente 9%) y las del campo (17%). Si este inicio temprano respondiera a una decisión autónoma de disfrute de la sexualidad, la magnitud de embarazos en adolescentes iría en descenso, pero por el contrario va en aumento. En Colombia, de cada cien mujeres menores de veinte años de la zona urbana, 15 ya son madres o han estado embarazadas; y en la zona rural, 22 de cien. Dicho de otra forma una de cada cinco colombianas adolescentes ya ha estado en embarazo.Como se ve, el deterioro progresivo de la salud sexual y reproductiva en Colombia es más severo en las zonas rurales que en las zonas urbanas. Afortunadamente la percepción que tiene Mariana de su propia vida es buena; sin embargo, refleja, al igual que los indicadores de salud, la inequidad en la falta de oportunidades que tienen las mujeres campesinas en el país. Mariana no decidió ser criadora de hijos ajenos y propios, ni una paridora incansable, fue la opción que la vida tomó por ella.

domingo, 11 de mayo de 2008

El primer párrafo

Últimamente he estado obsesionado con el arranque de las obras literarias. Comparto la opinión de Patricia Highsmith que decía: «Me gusta que la primera frase contenga algo que se mueva y dé la impresión de acción. (…) En el primer capítulo de un libro de suspense tiene que haber acción o una promesa de acción. Hay una cosa u otra en todas las buenas novelas».
Así pues, uno de los criterios para seleccionar los libros que compré en la pasada Feria del libro de Bogotá fue la lectura obligada de los primeros párrafos.
Va una muestra de los cinco inicios que más me gustaron:

Unos caballos muy lindos
Cormac McCarthy. Seix Barral. Barcelona, 1992
La llama de la vela y la imagen de la llama de la vela reflejada en el espejo de cuerpo entero se retorció y enderezó cuando el hombre entró en el vestíbulo y cerró la puerta. Se quitó el sombrero y avanzó lentamente. Las tablas del suelo crujían bajo sus botas. Se detuvo, vestido de luto, ante el espejo oscuro donde los lirios se inclinaban, pálidos, en el curvilíneo florero de cristal tallado. A lo largo del pasillo que tenía a sus espaldas colgaban los retratos de antepasados vagamente conocidos por él, todos enmarcados en cristal y débilmente iluminados sobre el estrecho revestimiento de madera. Bajó la mirada hacia el estriado resto de vela. Apretó la yema del pulgar contra la cera caliente encharcada sobre la chapa de roble. Por último miró aquel rostro hundido y contraído entre los pliegues de la mortaja funeraria, el bigote amarillento, los párpados finos como el papel. Aquello no era dormir. Aquello no era dormir.
El esposo divino
Francisco Goldman. Anagrama . Barcelona, 2008.
Cuando María de las Nieves Morán pasó de la escuela conventual al claustro para convertirse en novicia, lo hizo para evitar que Paquita Aparicio, su querida compañera de infancia, se casara con el hombre que ambas llamaban «el Anticristo». Claro que ésta no es la versión que conoce la historia. María de las Nieves se convirtió en una de las dos últimas novicias de las «monjas inglesas» y adoptó el nombre religioso de sor San Jorge: Asesina de Dragones, Defensora de Vírgenes. Ella comprendía que la suya era una época que necesitaba actos de valor desinteresado y que, mediante su autosacrificio, sellaba para toda la eternidad el voto secreto que le había hecho Paquita de no tener relaciones conyugales hasta que ella, María de las Nieves/ sor San Jorge, las tuviera primero.
Vida y destino
Vasili Grossman. Galaxia Gutemberg, Círculo de lectores. Barcelona, 2007.
La niebla cubría la tierra. La luz de los faros de los automóviles reverberaba sobre la línea de alta tensión que bordeaba la carretera.
No había llovido, pero al amanecer la humanidad había calado en la tierra y, cuando el semáforo indicó prohibido, una vaga mancha rojiza apareció sobre el asfalto mojado. El aliento del campo de concentración se percibía a muchos kilómetros de distancia: los cables del tendido eléctrico, las carreteras, las vías férreas, todo confluía en dirección a él, cada vez con mayor densidad. Era un espacio repleto de líneas rectas; un espacio de rectángulos y paralelogramos que resquebrajaba el cielo otoñal, la tierra, la niebla.
El disparo de argón
Juan Villoro. Anagrama. Barcelona, 2005.
Era de mañana, pero no de día. Un cielo cerrado, artificial. Las cosas aún no ganaban su espesura; intuí a la bailarina en el escaparate, la zapatilla rosácea apuntando hacia el cristal, las pestañas sedosas, los párpados bajos, ajenos a las sombras de la calle. Normalmente, lo primero que veo en san Lorenzo es una explosión de rótulos, cables de luz, ropas encendidas en rojo, verde y anaranjado. Ahora el cielo aplastaba las casas de dos pisos; las azoteas eran miradores a una catástrofe negra y segura.
Chiquita
Antonio Orlando Rodríguez. Alfaguara. Bogotá, 2008.

El día que su primogénita cumplió doce años, el doctor Ignacio Cenda la llamó a su despacho, le pidió que apoyara la espalda en la pared donde tenía colgado el título de medicina de l’Université de Liege y la midio.
—Veintiséis pulgadas —murmuró con voz inexpresiva. Exactamente lo mismo que el año pasado. Y que el anterior. Aunque sobre ese tema no se hablaba delante de ella por delicadeza, su hija sabía que todos en la familia, excepto él, habían renunciado a la esperanza de que creciera.

lunes, 5 de mayo de 2008

Escribir es dejar de ser escritor



Por ahí lo decía también Onetti: están los escritores que escriben y los que quieren escribir. Vale la pena leer este texto del buen Vila-Matas sobre el oficio de escribir y no necesariamente sobre el oficio de ser escritor.


por Enrique Vila-Matas

Muchas veces me he visto obligado a contestar a la pregunta de por qué escribo. Al principio, cuando era muy joven y tímido, utilizaba la breve respuesta que daba André Gide a esa pregunta y contestaba: «Escribo para que me lean.»
Si bien es cierto que escribo para que me lean, con el tiempo he aprendido a completar con otras verdades mi sincera respuesta a la pregunta de por qué escribo. Ahora, cuando me hacen la inefable pregunta, explico que me hice escritor porque 1) quería ser libre, no deseaba ir a una oficina cada mañana, 2) porque vi a Mastroianni en La noche de Antonioni; en esa película -que se estrenó en Barcelona cuando tenía yo dieciséis años- Mastroianni era escritor y tenía una mujer (nada menos que Jeanne Moreau) estupenda: las dos cosas que yo más anhelaba ser y tener
Casarse con una Jeanne Moreau no es fácil, tampoco lo es ser realmente un escritor. Por aquellos días, yo tenía una vaga idea de que no era sencillo ni una cosa ni la otra, pero no sabia hasta qué punto eran dos cosas muy complicadas, sobre todo la de ser escritor.
Yo vi La noche y empecé a adorar la imagen pública de esos seres a los que llamaban escritores. Me gustaron, en un primer momento, Boris Vian, Albert Camus, Scott Fitzgerald y André Malraux. Los cuatro por su fotogenia, no por lo que hubieran escrito. Cuando mi padre me preguntó qué carrera pensaba estudiar -é1 tenía la callada ilusión de que yo quisiera ser abogado-, le dije que pensaba ser como Malraux. Recuerdo la cara de estupor de mi padre, y también recuerdo lo que entonces me dijo: «Ser Malraux no es una carrera, eso no se estudia en la universidad.»
Hoy sé muy bien por qué deseaba ser como Malraux. Porque ese escritor, además de tener una expresión de hombre curtido, se había construido una leyenda de aventurero y de hombre no reñido con la vida, esa vida que yo tenía por delante y a la que no quería renunciar Lo que en esos días yo no sabía era que para ser escritor había que escribir, y además escribir como mínimo muy bien, algo para lo que hay que armarse de valor y, sobre todo, de una paciencia infinita, esa paciencia que supo describir muy bien Oscar Wilde: «Me pasé toda la mañana corrigiendo las pruebas de uno de mis poemas, y quité una coma. Por la tarde, volví a ponerla.»
Todo esto lo explicó muy bien Truman Capote en su célebre prólogo a Música para camaleones cuando dijo que un día comenzó a escribir sin saber que se había encadenado de por vida a un noble pero implacable amo: «Al principio fue muy divertido. Dejó de serlo cuando averigüé la diferencia entre escribir bien y escribir mal; y luego hice otro descubrimiento más alarmante todavía: la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero; es sutil pero brutal.»
Así pues, yo en esos días no sabía que para ser escritor había que escribir, y además había que escribir como mínimo muy bien. Pero es que, por no saber, ni sabía que era preciso renunciar a una notable porción de vida si se quería realmente escribir Por no saber, ni sabía que escribir, en la mayoría de los casos, significa entrar a formar parte de una familia de topos que viven en unas galerías interiores trabajando día y noche. Por no saber, ni sabía que iba a acabar siendo escritor, pero un tipo de escritor alejado de la figura de Malraux, pues me esperaban aventuras, pero más del lado de la literatura que de la vida.
Pero escribir vale la pena, no conozco nada más atractivo que la actividad de escribir, aunque al mismo tiempo haya que pagar cierto tributo por ese placer. Porque es un placer y es -como decía Danilo Kis- elevación: «La literatura es elevación. No inspiración, les ruego. Elevación. Epifanía joyceana. Es el instante en que se tiene la impresión de que, en toda la nulidad del hombre y de la vida, hay de todos modos unos cuantos momentos privilegiados, que hay que aprovechar. Es un don de Dios o del diablo, poco importa, pero un don supremo.»
Hoy en día, con el auge de la nueva narrativa española, se dan entre nosotros dos tipos de escritores jóvenes, de escritores principiantes: por una parte, están los que no ignoran que se trata de un oficio duro y paciente, un oficio en el que se avanza en tinieblas y le obliga a uno a jugarse la vida, a arriesgar (como decía Michel Leiris) la vida como lo hace un torero; por otra parte, están los que ven en la literatura una carrera y buscan el dinero y la fama como primer objetivo de su trabajo.
No tengo alma de predicador y, además, no quiero desanimar ni a unos ni a otros, de modo que citaré de nuevo a Oscar Wilde, citaré ese consejo que le dio a un joven al que le habían dicho que debía comenzar desde abajo: «No, empieza desde la cumbre y siéntate arriba.» Gabriel Ferrater lo dijo de otra forma: «Un escritor es como un artillero. Está condenado, lo sabemos todos, a caer un poco más abajo de su meta. Por ejemplo, si yo pretendo ser Musil y caigo un poco más abajo, pues ya es bastante más arriba. Pero si pretendo ser como un autor de cuarta fila...»
Un escritor debe tener la máxima ambición y saber que lo importante no es la fama o el ser escritor sino escribir, encadenarse de por vida a un noble pero implacable amo, un amo que no hace concesiones y que a los verdaderos escritores los lleva por el camino de la amargura, como muy bien se aprecia en frases como esta de Marguerite Duras: «Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos.»
Plantearse escribir es adentrarse en un espacio peligroso, porque se entra en un oscuro túnel sin final, porque jamás se llega a la satisfacción plena, nunca se llega a escribir la obra perfecta o genial, y eso produce la más grande de las desazones. Antes se aprende a morir que a escribir. Y es que (como dice Justo Navarro) ser escritor, cuando ya se sabe escribir, es convertirse en un extraño, en un extranjero: tienes que empezar a traducirte a ti mismo. Escribir es hacerse pasar por otro, escribir es dejar de ser escritor o de querer parecerte a Mastroianni para simplemente escribir, escribir lo que escribirías si escribieras. Es algo terrible pero que recomiendo a todo el mundo, porque escribir es corregir la vida -aunque sólo corrijamos una sola coma al día-, es lo único que nos protege de las heridas insensatas y golpes absurdos que nos da la horrenda vida auténtica (debido a su carácter de horrenda, el tributo que debemos pagar para escribir y renunciar a parte de la vida auténtica no es pues tan duro como podría pensarse) o bien, como decía Italo Svevo, es lo mejor que podemos hacer en esta vida y, precisamente por ser lo mejor, deberíamos desear que lo hiciera todo el mundo: «Cuando todos comprendan con la claridad con que yo lo hago, todos escribirán. La vida será literaturizada. La mitad de la humanidad se dedicará a leer y a estudiar lo que la otra mitad de la humanidad habrá escrito. Y el recogimiento ocupará la mayor parte del tiempo que será así arrebatado a la horrible vida verdadera. Y si una parte de la humanidad se rebelase y se negase a leer las lucubraciones de los demás, mucho mejor. Cada uno se leería a sí mismo.»
Leyendo a los otros o a nosotros mismos, poco margen veo yo para estallidos bélicos y mucho en cambio para la capacidad de un hombre para respetar los derechos de otro hombre, y viceversa. Nada menos agresivo que un hombre que baja la vista para leer un libro que tiene en sus manos. Habría que partir a la búsqueda de ese recogimiento universal. Se me dirá que se trata de una utopía, pero sólo en el futuro todo es posible.