sábado, 26 de diciembre de 2009

Obsesiones compulsivas: terrorismo navideño



En mi casa tengo fama de Grinch por mi supuesto escaso espíritu navideño. La verdad es que la navidad me gusta: compartir con mi familia alrededor de un ritual espiritual de fraternidad y amor; pero la parafernalia navideña: el mundo disfrazado de verde y rojo, la exigencia de comprar y regalar, la nieve falsa en pleno trópico y el gringo obeso de Santa Claus (si al menos fuera negro o latino y vistiera de guayabera), me hartan. Prefiero el ritual alrededor del pesebre, del niño desnudo con poco dinero para hacer regalos ostentosos, simbolo perfecto de la humildad y la sencillez de lo que debería ser la navidad para quienes somos cristianos congénitos o adquiridos.
Ya lo he propuesto, pero nadie en mi familia me coge la caña: una navidad sin regalos o apenas unos cuantos para los niños. Fracaso total y además, regañado: ¡eso sería terrorismo navideño! me dijeron alguna vez. Esa es mi inmerecida fama de Grinch.
Ya es demasiado tarde y esta vez no ocurrió, el obeso ricachón de abrigo rojo ya repartió sus pretensiosos regalos, pero que tan bueno sería que este video se hiciera realidad. Se lo pediré al Niño Dios para el 2010.

¡Feliz Navidad!




viernes, 18 de diciembre de 2009

Las mejores fotografías del 2009

La revista LIFE.com acaba de publicar la selección de las mejores fotografías del 2009.
Los dejo con mis diez favoritas.

Oro: veiled by AP Photo/Mohammad abu Ghosh

Plata: The empty city by Keith Marlow for LIFE.com

Bronce: Mother and Son, Afghan Addicts by AP Photo/Julie Jacobson

Cuatro: Daddy's home by Kendra Kaplan

Cinco: Backstage Goosebumbs

Seis: Deathf of a warship by Christopher Funlong/Getty Images

Siete: Winging by Associated Press

Ocho: Hope in Irán by Amir Sadeghi

Nueve: Meeting for minds by Sean Gallup/Getty Images

Diez: A time for prayer by AP Photo/Emilio Morenatti

viernes, 11 de diciembre de 2009

Crónicas nimias: Para la ofrenda

Para la ofrenda


La moneda rodó silenciosa por el tapete de la buseta hasta detenerse entre al zapato bien lustrado de la anciana y su bastón de titanio. Pronto el píe de ella se levantó y la cubrió. Con seriedad miró a su compañera de viaje quien le hizo un gesto de asentimiento con su arrugado rostro.
El dueño, un niño con un inmenso morral en la espalda, cruzó la registradora y se ubico junto a las dos mujeres. Unos minutos después llevó su mano derecha al bolsillo del pantalón y sacó tres monedas. Las contó, volvió a esculcar y nada: las mismas tres. Mientras su mirada barría sin éxito el suelo del vehiculo, la anciana sacó de su fino bolso de cuero una delicada camándula de plata con cuentas rojas y comenzo a rezar en silencio.
El transporte se detuvo frente a la escuela. El niño bajó. Desde la ventana, las ancianas veían como se limpiaba las lágrimas de las mejillas y esculcaba de nuevo sus bolsillos y contaba y recontaba las mismas tres monedas.
La buseta arrancó. La mujer levantó su pie y con el bastón empujó la pequeña pieza metálica hasta que estuviera lo suficientemente cerca para no tener que esforzarse para recogerla. Se inclinó, la alzó, la sobó contra la seda de su vestido y se la enseñó a su acompañante:
-Para la ofrenda -le dijo.
-Amén -respondió la otra anciana con una dulce sonrisa mientras se persignaba.

sábado, 5 de diciembre de 2009

Obsesiones compulsivas: Adiós, amado tío


Todavía recuerdo la emoción que me daba de niño cuando en vacaciones mi tío José llegaba a comprar la mercancía para María Moñitos, su almacen de ropa infantil en Tunja. El primer día, me subía en su pequeño Renault cuatro, o seis, o doce... o el de turno; porque debe quedar claro de una vez, a mi tío le encantaba, le fascinaba cambiar de carro. Entonces, el primer día me subía en su nave y nos ibamos a recorrer las fábricas de ropa infantil de Bogotá. Si tenía la dicha de que tuvieran parqueadero podía entrar con mi tío de la mano y conocer la fábrica por dentro; sino, me quedaba "cuidando el carro" por... media hora, una hora. Creo que esas largas esperas formaron mi carácter paciente y si no nos robaron no fue precisamente porque yo fuera un buen vigilante.
Al día siguiente, muy a las cuatro de la mañana, una vez la nave estaba cargada, había que ver ese Renault 4 lleno hasta el techo de ropa, arrancabamos rumbo a Tunja. Se supone que no me podía dormir para que a mi tío no le diera sueño, pero era imposible, de todas maneras mi tío me ponía charla y me enseñaba a manejar... bueno, la teoría: cuál era el acelerador, para que servían las direccionales, qué significaban las líneas discontinuas de la carretera. Una vez le dije que cómo a la madrugada había tan poquitos carros, por qué no me dejaba manejar. Me regañó, uno de esos breves, pero explosivos regaños de José Arias. Luego, me sentí tonto. Mi tío tenía razón.
Su casa en el barrio Maldonado era silenciosa. Los días de mis vacaciones transcurrían sin mayores aventuras: leer, ver tele, acompañar a mi tío al trabajo (en ese entonces era maestro de escuela primaria), salir con a algún parque; pero yo la pasaba tan bien, me gustaba tanto ir a Tunja con mi tío. Con ellos, con él, con Hilma y mis primas, siempre me he sentido muy, pero muy querido. Y ese amor siempre ha sido correspondido.
Luego, ya adulto... bueno, más bien cuando terminé la universidad, viví en Jenesano, en su pequeña casa de muñecas. Las aventuras vividas en el pueblo y dentro de aquellas paredes no pueden ser nombradas en este blog, al menos en esta entrada. Lo cierto es que la generosidad de mi tío me dieron un refugio ideal para esos meses en que fui médico del pueblo.
Algunos miembros de mi familia insisten en que yo me parezco a mi tío José. Bueno, de pronto sea la confabulación de los astros en el día común de nuestro cumpleaños; pero independiente de que sea cierto o no, siempre sentí un silencioso y grande orgullo con esa comparación. Me agradaba que me compararan con alguien tan amoroso, tan apasionado y con tan buen humor, bueno, a veces sus chistes eran pasados y pesados, pero era, ante todo, un hombre sinceramente alegre. Pero lo más bacano (y eso sí lo comparto aunque a veces no parezca, jejeje) era el inmenso amor que sentía por su familia. Eso incluía a su esposa y sus hijas, pero se extendía también a todos los Arias y a todos los Lozano y a todos sus amigos. Bien hubiese podido llamarse José Amoroso Arias, en vez del espantoso (a él tampoco le gustaba mucho) José Prisciliano.
Ese amor lo expresaba también en la pasión que ponía en lo que hacía. Hay que reconocerlo, era un hombre intenso, intenso y celoso con su esposa, hijas y sobrinas, trabajador responsable, apasionado de la política, de la política maluca, desafortunadamente, esos amigos grotescos y corruptos de los que se rodeaba a veces, era una de las pocas cosas que no me gustaba de él. Sin embargo, nadie puede negar el profundo compromiso que le ponía a todo lo que hacía y el sincero amor que nos regalaba a quienes estabamos en su círculo de afecto.
Pero se fue. Alguna arteria de su cerebro lo traicionó y nos lo quito.
Y estamos tristes.
Y tenemos un hueco en el pecho.
Y lo extrañamos.
Y lo seguiremos amando.
Adiós, amado tío.


martes, 24 de noviembre de 2009

Un recuerdo de Alejandro Rossi para sus lectores... bárbaros

En junio pasado murió en México Alejandro Rossi. Junto con Carlos Monsivais y Juan Villoro son los ensayistas mexicanos que más disfruto. Si les queda tiempito lean el perfil que publicó Juan Villoro en Letras Libres en junio de 1999.
Por ahora, les traigo uno de los ensayos publicados en el clásico Manual del distraido. Ah, cuando lo leo me trae tan gratos recuerdos de mis talleres de narrativa, donde se encuentra con tanta frecuencia aspirantes a escritores enrranchaos en ser pésimos lectores.


La lectura bárbara

Alejandro Rossi

Leer mal un texto es la cosa más fácil del mundo; la condición indispensable es no ser analfabeto. Una vez superada esa etapa, más cívica que intelectual, las posibilidades que se ofrecen para desmantelar, tergiversar e interpretar erróneamente una frase, una página, un ensayo o un libro son, no diré infinitas, pero sí numerosísimas. No pretendo ni agotarlas ni clasificarlas, tareas destinadas a eruditos pacíficos o a hombres seguramente geniales. Me conformo con enumerar algunas variedades exponiéndolas no por su rareza sino por su recurrencia. Nada de cisnes negros o tréboles extraños; más bien perros callejeros que trotan en grupo.
Abundan, por ejemplo, quienes reducen la lectura a la búsqueda nerviosa de la "conclusión", único sitio en el que se detienen, señalándola, por lo general, con algunas rayas victoriosas. La idea subyacente debe ser sin duda la de que todo el resto es un simulacro de argumentaciones y pruebas, una hojarasca inútil sin ninguna conexión con el final. Como su fuésemos las víctimas de un ritual tedioso que obliga a escribir páginas y más páginas antes de llegar a las cinco o seis frases esenciales. por consiguiente, sólo los ingenuos o los primerizos pierden el tiempo leyendo cuidadosamente todas y cada una de las palabras, sólo ellos postulan la quimera de que la conclusión se apoya en alguna otra parte. Almas blancas que deletrean con cuidado, tenerosas de saltarse un renglón. El texto -déjense de cuentos- no es una estructura verbal compleja e interdependiente; es una mera excusa para introducir el parágrafo clave. Imagino que esta visión degradada de la lectura es la propia de quien está forzado a consumir la prosa burocrática, los innumerables informes, los proyectos, las disculpas, las peticiones. En ese remolino de letras quiza no haya otra manera de sobrevivir. Unos más, otros menos, todos hemos remado en esa galera y todos aprendimos a utilizar el famoso lápiz rojo. El desastre sobreviene cuando esos hábitos no son conscientes y actúan sobre un escrito que no se propone pedir un aumento o solicitar un préstamo o esbozar la solución de aquel problema tan espeluznante y tan urgente. Cuando eso sucede, se practica una lectura primitiva e injusta, disfrazada de eficacia y malicia y cuyo resultado es una triste comedia de equivocaciones, sorpresas y altanerías. Lectores mediocres para quienes el universo es una oficina y una página es un oficio.
También extiste el vicio contrario: leer las primeras seis o siete líneas y creerse autorizado a adivinar lo que sigue. Aquí opera de nuevo una imagen complaciente de sí mismo: la de una persona tan avezada en el mundo de las ideas que las primeras dispocisiones tácticas son suficientes para prever todas las etapas sucesivas. Como un matemático que frente a unos axiomas supiera instantáneamente cuáles son los teoremas que pueden derivarse. Esa vanidad, en el fondo, se mezcla con una actitud pasiva y escéptica ante la labor cultural, una actitud que goza la posibilidad de que no haya nada nuevo bajo el sol. Segrega su egoísta y minúscula profecia amparado en la ilusión de que ya ha visto ése y cualquier otro espectáculo.
Muchas veces, sin mebargo, la mala lectura es la consecuencia de la popularidad que alcanzan ciertos géneros. Cada cultura tiene sus preferidos. Entre nosotros se reparten los favores -apenas exagero- el libro de texto y el testimonio. Los dos contribuyen a configurar lo que podríamos llamar la "retórico del texto valioso", la cual codifica las propiedades que debe reunir un trabajo para que sea considerado importante, significativo, comprensible.
El libro de texto, desde el manualito sombrío hasta el vademecum oleoso, se beneficia de la convicción generalizada de que hay que comprender y, sobre todo, aprender rápido. La pedagogía lo redime y lo presenta como un instrumento necesario e indispensable en la lucha por la educación; si agregamos la creencia de que la educación conduce a un estadio superior -sea éste el que fuere-, estaremos a un paso de elevar el libro de texto a los altares ideológicos. Una vez allí, no hay quien lo empañe. Como por definición se dirige a un público ignorante, es natural que sean simples, poco matizados y frecuentemente dogmáticos. Que en ocasiones sea difícil distinguirlos de un catecismo o de un recetario es algo que sólo asustará a los beatos de la cultura. Quien escribe un libro de texto se convierte en un misionero, un hombre que ha entendido que no es el caso -ahora- de cavilar sobre los misterios de la Trinidad. En cuanto al testimonio conviene, naturalmente, que sea político o, por lo menos, sociologizante, con una cierta profusión de palabras sagradas -dependencia, explotación, gorilas, tercer mundo, subdesarrollo, producto nacional bruto, etc.- y que además esté redactado en una forma tal que no quede la menor duda acerca de la indignación del autor. Es imprescindible que sea una denuncia, un alegato. su aparente urgencia puede pasar por una explicación, una tautología por un pensamiento sintético, una generalización vacua por una predicción, una correlación elemental se verá como un ejemplo de dialéctica viva y palpitante, la historia trasnformándose ante nuestros ojos. La relevancia, por otra parte, será mayor si se describe no una calamidad antigua o constante, sino un acontecimiento efímero, pasajero, volátil. Lo que se vio, lo que se escucho, lo que se vivió entr el 14 y el 25 de noviembre o durante la noche fatal del 13 de abril. Libros que, en la mayoría de los casos, magnifican sucesos mínimos, aportan datos triviales, nos quieren imponer conversaciones de sobremesa y ejercen el terrorismo de la espontaneidad. Género híbrido que participa del noticiero cinematográfico, la grabadora y el sermón.
El lector aturdido por esos testigos y educado en esos compendios, se acostumbra a asociar ciertos temas con unos procedimientos estilísticos definidos. Así, los problemas políticos deben tratarse con una prosa didáctica, aséptica e informativa; la virtud suprema es la leteralidad y el único adorno tolerado son las citas de los clásicos, esos beneméritos nunca fueron leídos. La repetición no es un defecto sino una vieja sabiduría del aula. Para evitar confusiones es aconsejable no escribir a secas norteamericano; es mucho más claro decir "los imperalistas norteamericanos". También ayuda cuando se nombra a la unión Soviética, añadir "la patria del socialismo" o "revisionista" al hablar de Trotsky o "lacayo" si el tema es un presidente bananero. El otro tono admitido para las cuestiones políticas es la página violenta, pero siempre que se sujete -esto es lo esencial- a los adjetivos y a las figuras retóricas establecidas. La sátira y la ironía, esas armas tradicionales, suelen estar excluidas del arsenal local porque las confunden con la ambigüedad y la indefinición. Para esos despistados habría que escribir como en un pentagrama, indicando con un garabato los momentos paródicos o los pasajes donde se intenta la burla; y quiza habría que utilizar dos garabatos para hacerles entrar en la cabeza que la "posición" del autor puede expresarse al través de la elección de un verbo, mediante recursos lingüisticos cuyo fin es ridiculizar o desnudar la tesis contraria. Habría que inventar más garabatos aún para recordarles que la estructura de un parágrafo y el tono de la voz son a veces equivalentes a una opinión. Incluso el humorismo es sospechoso y sólo se le reconoce en los dibujos de las tiras cómicas o en sus presentaciones más primarias: la descripción de un banquete donde los ricos llevan monóculo, lucen calvas crueles, cuellos carnosos, mientras las mujeres, no obstante la abundancia de sillas, se empeñan en sentarse sobre las rodillas esos tiburones.
El lenguaje no es la única víctima. La principal es el lector que ha sido adiestrado en el reconocimiento de unas cuantas fórmulas pobretonas y monótonas. Le han enseñado una retórica escuálida que lo separa a la vez de la estética y de la crítica. Un lector que cae en un mar de perplejidades si el ensayo o el libro se apartan un milímetro del sonsonete habitual; un lector, por consiguiente que se escandaliza con demasiada facilidad. Un lector a quien le han cerrado muchas puertas. La lectura bárbara a la que está encadenado es, en definitiva, la reducción del lenguaje a registros mínimos y clasificados. Pero un lenguaje amputado corresponde siempre a un pensamiento trunco.

Tomado de: Alejandro Rossi. Manual del distraído. De Bols!llo. Barcelona 2007. Páginas 125-129.

martes, 10 de noviembre de 2009

Lorrie Moore y los gringos después del S-11

Lorrie Moore es una de las cuentistas gringas contemporáneas que más me gusta. Pájaros de América y Autoayuda son dos maravillosas colecciones de cuentos llenos de tristeza, desazón y un extraño sentido del humor.
En febrero de este año pegué en este blog un maravilloso y mordaz cuento suyo. Hoy traigo la entrevista publicada en Babelia a propósito de su última novela Al pie de la escalera que edita en español Seix Barral y que, según cuentan, busca reflejar la transformación de la cultura gringa luego del 11 de septiembre.
Esperemos que Planeta se conduela y traiga pronto la novela a Colombia, ah, y a un precio razonable.


ESPEJO ROTO DE AMÉRICA

Winston Manrique Sabogal

Bajo una parrita, el sol todavía alcanza a filtrar varios haces de luz que bailan al ritmo de la brisa. Vestida de negro, Lorrie Moore está sentada en esa terraza de un bar-restaurante, con una tira de zanahoria entre los dedos como si fuera un largo cigarrillo que se lleva a los labios, al mejor estilo de las antiguas estrellas del cine. Mira a los ojos, y suelta el humo invisible para reconocer: "Sí, en esta novela he tratado de reflejar el mundo surgido en mi país después de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Es un pequeño golpe bajo a la vida estadounidense", y cierra su actuación hollywoodesca dando un mordisco a su colorido cigarrillo.

Trazos claros y fuertes, con los cuales Lorrie Moore describe Al pie de la escalera (Seix Barral). Un gran retrato-mosaico de los Estados Unidos de comienzos del siglo XXI donde desenmascara a su sociedad. Hace once años que se esperaba un libro de ella. Desde 1998, cuando publicó Pájaros de América, una colección de cuentos que la convirtió en una de las narradoras actuales más prestigiosas por su estilo directo, musical y sobrio lirismo esparcido de humor, ironía y sarcasmo como armas para confrontar de manera incisiva la sociedad, la cotidianidad familiar y laboral y los sentimientos.

Todo eso sigue inalterable en su nueva novela. Y magnificado, porque ha creado un jardín sobre un campo minado. Humor preñado de crítica y tragedia, y tragedia envuelta en humor.

Esto es en lo que se ha convertido Lorena Marie Moore, aquella niña asustadiza que aprendió a escuchar a los adultos contar sus historias personales y cotidianas. Testigo de las diversas verdades en que se fragmenta una sola verdad. De la diferencia entre los hechos reales, la versión o versiones que se daba de ellos y las interpretaciones que otros hacían de los mismos.

Y aquí está ahora, serena y expectante ante lo que opinen sus lectores de Al pie de la escalera. Lo confiesa en Tornado Club, uno de los bares y restaurantes más populares de Madison (Wisconsin), donde vive desde hace más de una década con su hijo adoptado de 15 años y dando clases de escritura creativa en la universidad. Ella misma eligió el sitio para esta entrevista organizada por su editorial española, Seix Barral, el pasado 12 de julio, mes y medio antes de la salida de su novela en Estados Unidos.

Lorrie Moore es de Glens Falls (Nueva York), alta, blanca, de cabello negro y sin apenas maquillaje, con un aire fresco que desmienten sus 52 años. Sin anillos en sus cuidadas manos, sólo adorna su cuerpo un pendiente con tres gotas de plata. Bajo la parrita donde ahora el sol aún muestra su poderío, pero luego se verán pasar las luces del crepúsculo, la escritora será tal cual como en sus libros: una mirada seria y reflexiva de la vida y del mundo, salpicada de ironía, bromas, risas, sarcasmos y preguntas.

Será alrededor de una pequeña mesa redonda adornada con un florero a lo Manet, pero comestible, llamado Rilish. Un vaso alto de cristal que, en lugar de claveles y climátides, conserva en hielo un manojo de tiras de zanahoria, una cebolleta, un par de ramitas de apio, medio pepino partido por la mitad y un pincho de aceitunas verdes y negras, cohombro y tomate cherry. ¡Ah! Y una copa de vino tinto.

En su crujiente compañía, Moore recuerda que ganó a los 19 años un concurso de cuentos en la revista Seventeen. Y cómo ahora, 33 años después, ha publicado tres libros de relatos, acaba de editar su tercera novela y es miembro de la Academia de las Artes y las Letras de América desde 2006. No sabe muy bien qué ha cambiado en la literatura, ni en la suya en particular, en todo este tiempo. Lo único claro es que ahora tiene un hijo adolescente, se ha divorciado y se han mudado del Este al Oeste, a la mitad de Estados Unidos. "Aquí hay un muy buen resumen de la sociedad estadounidense. Al principio no era consciente de eso, de todo lo que había aquí, y ahora estoy tratando de reflejarlo. Éste es un micromundo del país con todos sus microambientes políticos, culturales, sociales y de sueños". Calla un instante y su voz pausada encuentra un punto de cambio como narradora: "Antes, cuando era más joven, escribí mis dos novelas, Anagramas y El hospital de ranas, sobre mujeres mayores, y ahora que ya soy mayor escribo sobre una mujer joven", y se interrumpe con una risa clara y dosificada. "Eso quería hacer en esta novela. Quería contar estas cosas como un resumen de Estados Unidos".

¿Acaso la tan mentada y esperada gran novela de la sociedad estadounidense del siglo XXI?

Silencio...

Al pie de la escalera tiene más dosis de su humor envenenado, a veces usado por sus personajes como escape al dolor, mientras se explaya en las descripciones del ambiente y las psicológicas de personas puestas en un cruce de caminos frente a temas como los prejuicios en torno al racismo, la inmigración, la adopción, las nuevas familias, la religión, los miedos modernos, la guerra, la desolación de ciertas pasiones y la culpa y la expiación. Un paisaje devastador que descubre Tassie Keltjin, una joven universitaria, en su travesía hacia la vida de verdad, teniendo como fondo la larga y oscura estela del 11-S y la guerra de Irak.

A Moore no le queda la menor duda de que no somos impermeables al tiempo. A su arte para moldear las vidas solapadamente, y a pesar de quien sea. "Las cosas cambian, las ideas cambian, las familias cambian. Las cosas que importan en el mundo. Y ahora resulta que ese paradigma que teníamos en Estados Unidos de la sociedad inmigrante se ha roto. Eso me ha llevado a abordar este tema que es fundamental. Antes, mis dos primeros libros hablaban de la familia. Cada libro es diferente".

Su aproximación y percepción de la gente y la manera como refleja sus relaciones personales y sentimentales en sus libros ha variado. Y para demostrarlo toma prestada una frase de unos amigos que le han dicho: "Lorrie, tú escribes todo el tiempo sobre los sentimientos mutuos entre hombres y mujeres; pero ahora te preocupas de cómo las mujeres fracasan unas con otras", y termina subiendo las cejas.

Cuando la luz empieza a tornarse bronceada, y a regalar los últimos haces de sol danzarines, Lorrie Moore, con el cigarrillo-zanahoria entre los dedos, reconoce el alcance que quiere darle a su novela; la de una obra que represente y retrate el mosaico de la sociedad estadounidense del nuevo siglo XXI, engendrada súbitamente tras los atentados terroristas de Al Qaeda en 2001 en Nueva York y Washington. Le gustaría que Al pie de la escalera fuera una especie de espejo en el cual se pudieran mirar sus compatriotas. Porque de ese suceso procede la nueva sociedad que ella describe. De ahí que defina la novela como "un pequeño golpe bajo a la vida estadounidense", tras lo cual suelta el humo invisible de su cigarrillo-zanahoria.

Una prueba de que su propuesta no es sólo artística y literaria. También da un salto contundente en lo temático y una declaración de principios sobre temas cruciales, que van desde las relaciones actuales de pareja y los asuntos religiosos hasta la situación del racismo y las culpas para afrontar los caminos del mundo contemporáneo. Y fiel a su estilo políticamente incorrecto al mostrar el abismo que hay entre lo que se piensa y lo que se dice y cómo se actúa. "La novela es un micromundo que refleja a la sociedad norteamericana actual. Aquí, en Madison y en el Medio Oeste, confluyen los dos mundos, se mezclan lo urbano y lo rural, y conviven lo moderno y lo tradicional".

Presta una atención especial al racismo. La novela cuenta la vida de Tassie que es contratada como canguro de una niña afroamericana. "El racismo existe, no se puede ocultar. Los privilegios de los blancos continúan, aunque van disminuyendo lentamente. He escrito la novela antes del triunfo de Barack Obama e incluso hice campaña por él", y hace una mueca al bromear diciendo que pensaba que si él ganaba no iba a ser bueno para su libro.

La guinda que faltaba para comprobar que su novela es como el Rilish, al que no deja de echarle mano entre sorbo y sorbo de vino. Una mezcla armoniosa y natural de formas, colores, sabores, efectos y sonidos. De contrastes y contradicciones. Junto al racismo, la novela afronta la religión, el cristianismo, el judaísmo y el islamismo. Una cuestión interesante para ella que fue criada por un padre que no fue educado religiosamente, aunque ella no ve nada malo en la religión. "Estados Unidos es un país muy curioso, ¡muy curioso! Es una contradicción porque fue fundado por ateos que se hicieron cristianos y la fundaron en nombre de la libertad religiosa. Pero se ha ido convirtiendo en un país de múltiples religiones".

Es una mixtura que no siempre se refleja en las instituciones, afirma la escritora y académica. Y cita el ejemplo de la Corte Suprema de Justicia donde la tercera parte de sus miembros son católicos mientras la sociedad a la que representan sólo cuenta con la quinta parte de estos fieles. "Ahora la gente está pensando en la diferencia de estos porcentajes. ¿Qué significa eso para la sociedad estadounidense? Todavía no hay una respuesta".

Como tampoco la encuentra en el porqué de la intolerancia de algunos creyentes de las tres religiones monoteístas, y de que cada vez la gente se hace más religiosa, especialmente en Estados Unidos. "La creencia es una cuestión cultural. La religión en sí misma no es intolerante, el problema es la gente. Pero la tendencia en mi país hacia cualquier tipo de religión es sorprendente". ¿Por qué? "Porque la gente busca en ella una solución, una respuesta. Son cosas de la mente. No lo sé muy bien, no soy filósofa, pero, cuando en mi libro los niños mueren, la gente busca la religión como un consuelo al dolor, a la pérdida, como una manera de paliar la tristeza...".

...Y Lorrie Moore estira la mano hasta el centro de la mesa donde está el Rilish para coger otra tira de zanahoria y volver a jugar, entre risas, a la fumadora glamourosa de los años treinta. Ya no hay sol. Sólo una luz cobriza que lo baña todo bajo el susurro de la parra movida por la brisa como preámbulo a sus ideas sobre los miedos contemporáneos que palpitan en Al pie de la escalera.

Insiste en el temor ante la desconfianza o descalificación que ahora se da a alguna persona según su credo. Miedos individuales y miedos colectivos que parecen acorralar a la gente en su novela. "Cada generación tiene su colección de nuevos miedos", reconoce resignada. "Es también una forma de confrontar el mundo. De cómo tú miras ese mundo y cómo tú sacas lo que tienes para salir adelante en la vida. Cada uno de nosotros asumimos unos temores, es interesante, y son diferentes sus grados en cada persona".

Aunque en el camino se han perdido cosas que no comparte, como cambiar privacidad por seguridad. "Cuando John Kerry dijo que se debía tratar como una cosa más, yo estaba de acuerdo, pero cuando lo pusieron más grande y lo exageraron lo convirtieron en un problema. El terrorismo es una manera de manipular a la gente".

Y sus palabras recorren durante unos minutos la naturaleza del miedo a bifurcarse.

Recuerda que los más recientes tienen que ver con el cambio climático, la calidad del aire o el agua que se dejará para los hijos o nietos. "Otros miedos que laten son el racismo, las clases sociales, y eso se ve claramente en Estados Unidos". Pero es curioso que el temor medioambiental acose a los estadounidenses y su Gobierno no se lo tome muy en serio, ante lo cual atina a comentar un poco burlona: "Es terrible. Obama debió llegar 20 años atrás, esperemos que no sea tarde".

Cuando la oscuridad empieza a puntearse en la atmósfera, Moore pasa de los miedos contemporáneos a desvelar parte del secreto de la sonoridad de su escritura y otros recursos de estilo. En sus narraciones parece jugar con el sonido de las palabras en busca de un efecto evocador y de creación de frases llenas de imágenes o metáforas. O sarcasmos e ironías. Un aprendizaje que le viene de prestar mucha atención a la manera en que habla la gente, a su capacidad de observación. "Pero sólo escuchar a los demás, porque no me gusta nada mi voz, soy terrible hablando. Otra cuestión es cuando empiezo a escribir porque entonces todas las cosas aparecen naturalmente", y abre sus brazos como si acabara de terminar un truco de magia.

Tiene mucho que ver aquí el teatro. Además de haber escuchado de pequeña las conversaciones de los adultos y sus formas de contar sus cosas. "Me gusta sentarme y escuchar los diálogos entre los personajes. La tradición oral es más cuestión de concentración. Insisto mucho a mis alumnos en esto, porque cuando tú te concentras luego en el papel se revela todo, y lo demás viene naturalmente".

Y para que todo encaje, Lorrie Moore tiene que inventarse un mundo perfecto para su obra, acorde a lo que va a contar. Sin olvidar, recuerda, que también tiene que traer a él cosas del mundo real, que es lo que al final contribuye a hacerlo creíble y verosímil. Reconocible para el lector. En su caso, con temas cotidianos poblados de personajes cuyos mundos interiores ella muestra como seres a veces inconformes o amordazados o devastados por frustraciones, desencuentros o sueños.

Sus manos, que a veces acompañan a sus palabras, aquí ganan protagonismo. Confiesa que no piensa en el humor cuando escribe. "Las cosas tienen humor en sí mismas. Es cuestión de saber verlo. En esta novela creo que no hay mucho, pero mi editor me dijo que era muy graciosa", y sonríe perpleja porque no termina de entenderlo.

Cuando intenta explicar la procedencia de su ironía y de aquello que parece políticamente incorrecto, manda atrás su brazo izquierdo, que se topa con una ramita de parra descolgada como una serpiente que le hace girar rápidamente la cabeza. Se percata de lo que es, sonríe y sube las cejas mientras dice que "es importante la interacción que tienen las personas, mostrar el mundo interior y exterior del individuo. Arrostrar dichos mundos. En el cine es difícil hacer esto, pero en la literatura se puede hacer con tres o cuatro frases".

El resultado es una obra a la cual le atribuyen resonancias kafkianas y una protagonista veinteañera a quien ya le han encontrado un parentesco con el adolescente Holden Caulfield, de El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger.

La noche ya está ahí a la luz de la vela. Y la escritora habla de su labor como profesora y de la manera en que su vida ha ido cambiando a medida que su hijo crecía. Para escribir prefiere las mañanas con la complicidad de una taza de café, que al evocarla hace aparecer su aroma en la mesa; luego cuenta que por las noches también escribe para aprovechar su magia.

Así, entre la crianza, la mudanza, las clases y la adaptación a la nueva vida en Madison, a finales de los noventa, empezó a concebir Al pie de la escalera con algún rasgo autobiográfico. La escritura llegó después del 11-S. Luego tardó un año en arreglar lo escrito porque lo que pretendía era que la novela reflejara el mundo surgido de allí. Mientras tanto la gente se preguntaba dónde estaba la autora de Pájaros de América. Y ahora que ha vuelto, después de once años sin publicar, lo dice: "Me he repartido entre varios quehaceres. En un año pensé que ya tenía toda la novela en la cabeza, pero resultó que eran únicamente 50 páginas. Y, encima, la historia era muy triste, así que tuve que rehacerla. Además he publicado cuentos en revistas como The New Yorker y en The Guardian".

Una hora después, dentro del restaurante, al final de la cena, Lorrie Moore lee el comienzo de su novela en inglés como en un recital secreto... Luego pregunta cómo suena en su traducción al español. Se recuesta en la silla, y escucha atenta: "El frío llegó aquel otoño y a los pájaros cantores los cogió desprevenidos. Cuando la nieve y el viento empezaron a ser intensos, demasiados habían sido engañados para quedarse, y en vez de partir hacia el sur, en vez de haber volado ya hacia el sur, estaban acurrucados en los jardines de las casas, con las alas ahuecadas para conseguir un poco de calor...". Sonríe... Le gusta lo que ha escuchado en un idioma ajeno al suyo. El sonido de ese comienzo cuya imagen presagia la historia por venir.


sábado, 7 de noviembre de 2009

Poeta: Frank Baez

En el número 100 de El Malpensante salen varios poemas de este dominicano ganador del Premio Nacional de Poesía de su país 2009. Sus poesías me gustaron, y mucho. Lo busqué en Internet y encontré la revista de poesía Ping Pong, de la que es editor, una buena entrevista que le hizo la revista El puro cuento y su blog.
No me aguanté las ganas de robarme uno de sus poemas para transcribirlo en El cuaderno. Aquí va:


Los Beach Poets

Frank Baez

Ahora aprovecho para contarles la leyenda
de los Beach Poets.
Un puñado de genios que viven en las playas
haciendo poesía con las olas:
escribiendo odas, sonetos y elegías en las páginas del mar.
Los beach poets no necesitan ir a la universidad,
ni trabajar, ni pertenecer
a la federación nacional de Surfistas.
Les basta con tener oído para el océano.

Los beach poets reman y se suben
en las tablas con disciplina espartana,
dispuestos a domar la manada de salvajes y estruendosas olas.
Cuando meteorología anuncia un huracán
son los primeros que llegan a las playas.
Los bomberos y la defensa civil con megáfonos
les ruegan que salgan.

A los treinta, al igual que los poetas románticos, se retiran.
Algunos mueren ahogados.
Otros son atacados por tiburones y pierden
sus piernas o sus brazos.
Otros se hacen abogados.
Pero créase o no sus obras perduran.
Y noche y día, si uno se acerca lo suficiente al mar
puede escuchar como este ola tras ola las recita.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Literatura felina: Amos Oz


Un día de otoño del año cincuenta y cuatro, Mijael volvió del trabajo al atardecer con un gatito gris y blanco en los brazos. Lo había encontrado en la calle David Yellin, a la sombra de la tapia del colegio religioso para chicas. ¿No es conmovedor? Mijael me pide que lo toque. Quiere que vea cómo esa criatura levanta una pata diminuta para amenazar y atemorizar, como si fuese un tigre o una pantera por lo menos. ¿Dónde está el libro de animales de Yair? Por favor, mamá, trae el libro para que Yair aprenda que el gato y el tigre son primos hermanos.
Cuando mi marido cogió la mano de mi hijo y la pasó por la espalda del gatito, vi un temblor en la comisura de los labios del niño, como si el gato se fuera a romper o tocarle la espalda resultara peligroso.
-Mira, mamá, me está mirando, ¿qué quiere de mí?
-Quiere comer, hijo. Y dormir. Yair, ve a prepararle un sitio en la terraza de la cocina. No tonto, el gatito no necesita manta.
-¿Por qué?
-¿Porque no son como las personas. Son diferentes.
-¿Por qué son diferentes?
-Porque así han sido creados. No puedo explicártelo.
-Papá, ¿por qué los gatos no se tapan con una manta como las personas?
-Porque los gatos tienen pelo y por tanto tienen calor incluso sin manta.

Mijael y Yair estuvieron toda la tarde jugando con el gato. Le pusieron Tzaj, es decir, "cándido". Era un cachorro de unas pocas semanas, en sus movimientos aún se apreciaba a veces una falta de coordinación que resultaba conmovedora. Se afanaba en atrapar una polilla que revoloteaba por el techo de la cocina. Sus saltos eran graciosos, porque carecía de capacidad para calcular la altura y la distancia: brincaba a un palmo del suelo abriendo y cerrando con fuerza las pequeñas mandíbulas, como si hubiese alcanzado una polilla del techo. Nosotros nos partíamos de risa. Al oír nuestra risa se erizaba y nos lanzaba un resoplido con el que pretendía matarnos de miedo.
-Tzaj será el gato más fuerte de los alrededores -dijo Yair-. Le enseñaremos a vigilar la casa y a atrapar a los ladrones y malhechores. tzaj será nuestro gato policía.
-Hau que darle de comer y acariciarlo -dijo Mijael-. Ninguna criatura pude vivir sin cariño. por tanto, nosotros queremos a Tzaj y Tzaj nos querrá a nosotros. Pero, Yair, no es necesario besarle. Mamá se enfadaría contigo.
Yo preparé un cuenco de plástico verde con leche y queso. Mijael tuvo que meter a la fuerza la cabeza de Tzaj en la leche, porque el gatito aún no sabía comer del cuenco. La criatura se apartó, estornudó, sacudió con energía la cabeza empapada, lo salpico todo de gotas blancas. Al final alzó la cabeza, tenía la cara mojada, magullada y encendida. Tzaj no era un gatito cándido, era gris y blando. Un gato corriente.

Por la noche el gatito descubrió una pequeña abertura en el ventanuco de la cocina. Se escapó de la terraza, entró en el piso y encontró nuestra cama. Eligió acurrucarse precisamente a mis pies, a pesar de que había sido Mijael quien le había adoptado y le había estado cuidando toda la tarde. Era un gato desagradecido. Despreciaba a quien era bueno con él y adulaba a quien se comportaba con él con frialdad. Hace unos años Mijael Gonen me dijo: un gato jamás confraternizará con la persona inadecuada. Ahora sé que era una moraleja que no había que tomar al pie a de la letra, y que Mijael la dijo solo para mostrarse original ante mí. A mis pies se acurrucó el gato Tzaj, se enrolló y ronroneó de una forma tranquila y tranquilizadora al mismo tiempo. Al amanecer el gato araño la puerta. Me levanté y le abrí. Salió y al instante estaba maullando detrás de la puerta de la terraza. Bostezó, se estiró, gruñó, maulló y suplicó que lo dejara salir por esa puerta. Tzaj era un gato voluble, o tal vez muy indeciso.

Al cabo de cinco días , nuestro gato se fue y no volvió más. Mi marido y mi hijo se pasaron toda la tarde buscándole por la callejuela, por las calles contiguas y también al pie de la tapia del colegio religioso para chicas, el lugar donde lo había recogido Mijael una semana antes. Yair opinaba que habíamos ofendido a Yzaj. Según Mijael, el cachorro había vuelto con su madre. Yo no le había puesto la mano encima. lo digo porque sospechaban que yo había acabado con él. ¿De verdad Mijael me consideraba capaz de envenenar al gato?
Así pues, comprendió que se había equivocado al pretender hacerse cargo de un gato sin mi consentimiento, al comportarse como si no hubiera nadie más en casa. Mijael me pidió que le comprendiera: pretendía hacer feliz a nuestro hijo. Y también él, de pequeño, había deseado tener un gato, pero su padre no se lo había permitido.
-Yo no le he hecho nada, Mijael. Tienes que creerme. Tampoco me opongo a que trigas otro gato. Yo no lo he tocado.
-Entonces, ha debido desaparecer por arte de magia -Mijael sonrió comedidamente-, por favor, no sigamos hablando de ello. Es una pena por el niño, estaba muy unido a Tzaj. pero dejémoslo, Jana. ¿Acaso merece la pena discutir por un pequeño gato?
-No hay discusión alguna -dije.
-No, ni discusión ni gato. -Mijael volvió a sonreír comedidamente.

Tomado de: Mi querido Mijael de Amos Oz. DeBols!llo - Siruela. Madrid, 2006. Páginas 122 a 125.

viernes, 23 de octubre de 2009

Más de Amos Oz

Pues sí, me estoy encariñando con la obra de Amos Oz. Esculcando en la red encontré su discurso cuando recibió en octubre de 2007 el Premio Principe de Asturias de las letras. Comparto su fé incondicional en el poder de la ficción, de la literatura y el arte como herramienta para tender puentes entre humanos. Deberíamos leernos más para entendernos.


Muchacha asomada en la ventana. Salvador Dalí. 1925


La mujer en la ventana

Amoz Oz

Si adquieres un billete y viajas a otro país, es posible que veas las montañas, los palacios y las plazas, los museos, los paisajes y los enclaves históricos. Si te sonríe la fortuna, quizá tengas la oportunidad de conversar con algunos habitantes del lugar. Luego volverás a casa cargado con un montón de fotografías y de postales.

Pero, si lees una novela, adquieres una entrada a los pasadizos más secretos de otro país y de otro pueblo. La lectura de una novela es una invitación a visitar las casas de otras personas y a conocer sus estancias más íntimas.

Si no eres más que un turista, quizá tengas ocasión de detenerte en una calle, observar una vieja casa del barrio antiguo de la ciudad y ver a una mujer asomada a la ventana. Luego te darás la vuelta y seguirás tu camino.

Pero como lector no sólo observas a la mujer que mira por la ventana, sino que estás con ella, dentro de su habitación, e incluso dentro de su cabeza.

Cuando lees una novela de otro país, se te invita a pasar al salón de otras personas, al cuarto de los niños, al despacho, e incluso al dormitorio. Se te invita a entrar en sus penas secretas, en sus alegrías familiares, en sus sueños.

Y por eso creo en la literatura como puente entre los pueblos. Creo que la curiosidad tiene, de hecho, una dimensión moral. Creo que la capacidad de imaginar al prójimo es un modo de inmunizarse contra el fanatismo. La capacidad de imaginar al prójimo no sólo te convierte en un hombre de negocios más exitoso y en un mejor amante, sino también en una persona más humana.

Parte de la tragedia árabe-judía es la incapacidad de muchos de nosotros, judíos y árabes, de imaginarnos unos a otros. De imaginar realmente los amores, los miedos terribles, la ira, los instintos. Demasiada hostilidad impera entre nosotros y demasiada poca curiosidad.

Los judíos y los árabes tienen algo en común: ambos han sufrido en el pasado bajo la pesada y violenta mano de Europa. Los árabes han sido víctimas del imperialismo, del colonialismo, de la explotación y la humillación. Los judíos han sido víctimas de persecuciones, discriminación, expulsión y, al final, el asesinato de un tercio del pueblo judío.

Cabría suponer que dos víctimas, y sobre todo dos víctimas de un mismo perseguidor, desarrollarían cierta solidaridad entre ellas. Desgraciadamente las cosas no son así, ni en las novelas ni en la vida real. Por el contrario, algunos de los conflictos más terribles son aquellos que se producen entre dos víctimas de un mismo perseguidor. Los dos hijos de un progenitor violento no tienen por qué amarse necesariamente. Con frecuencia ven reflejada el uno en el otro la imagen del cruel progenitor.

Exactamente así es la situación entre judíos y árabes en Oriente Medio: mientras los árabes ven en los israelíes a los nuevos cruzados, la nueva reencarnación de la Europa colonialista, muchos israelíes ven en los árabes la nueva personificación de nuestros perseguidores del pasado: los responsables de los pogroms y los nazis.

Esta realidad impone a Europa una especial responsabilidad en la solución del conflicto árabe-israelí: en lugar de alzar un dedo acusador hacia una u otra de las partes, los europeos deberían mostrar afecto y comprensión y prestar ayuda a ambas partes. Ustedes no tienen por qué seguir eligiendo entre ser pro-israelíes o pro-palestinos. Deben estar a favor de la paz.

La mujer de la ventana puede ser una mujer palestina de Nablus y puede ser una mujer israelí de Tel Aviv. Si desean ayudar a que haya paz entre las dos mujeres de las dos ventanas, les conviene leer más acerca de ellas. Lean novelas, queridos amigos, aprenderán mucho.

Las cosas irían mejor si también cada una de esas dos mujeres leyese acerca de la otra, para saber, al menos, qué hace que la mujer de la otra ventana tenga miedo o esté furiosa, y qué le infunde esperanza.

No he venido esta tarde a decirles que leer libros vaya a cambiar el mundo. Lo que he sugerido es que creo que leer libros es uno de los mejores modos de comprender que, en definitiva, todas las mujeres de todas las ventanas necesitan urgentemente la paz.

Quiero agradecer a los miembros del jurado del premio Príncipe de Asturias que me hayan otorgado este maravilloso Premio. Muchas gracias y mis mejores deseos a todos ustedes. Shalom u-brajá.

Tomado de: www.elpais.com

martes, 20 de octubre de 2009

A Juicio: La bicicleta de Sumji, de Amos Oz


La evidencia

Padre preguntó con suavidad:

—¿Tú sabes qué hora es?

—Tarde —respondí con tristeza. Y empuñé con fuerza redoblada mi sacapuntas.

—Son las siete y treinta y seis minutos —puntualizó padre. Se alzaba a la entrada impidiéndome el paso, y sacudió muchas veces la cabeza, como si hubiese llegado a esa triste pero inevitable conclusión allí y en aquel preciso instante. Añadió—: Ya hemos cenado.

—Lo siento —tartamudeé con voz diminuta.

—No sólo hemos cenado. Ya hemos lavado los platos —dijo con calma. Hubo otro silencio. Supe perfectamente qué iba a seguir. El corazón me latía sin parar.

—Y, ¿dónde ha estado su señoría durante todo este tiempo? ¿Y dónde está su bicicleta?

—¿Mi bicicleta? —dije consternado. Y la sangre se me subió a la cara.

—La bicicleta —repitió padre con paciencia, pronunciando cada sílaba con toda precisión—. La bicicleta.

—Mi bicicleta —murmuré a mi vez pronunciando cada sílaba tal como él había hecho—. Mi bicicleta. Sí. Está en casa de un amigo. Se la he prestado —y mis labios continuaron susurrando su propia canción—. Hasta mañana.

—¿Ah, sí? —dijo mi padre con simpatía, como si compartiese mi sufrimiento de todo corazón y estuviera a punto de ofrecerme algún consejo sencillo pero útil—. Quizá me sea permitido conocer el nombre y el título de ese honorable amigo.

—Eso —dije—, eso no puedo decírtelo.

—¿No?

—No.

—¿De ninguna manera?

—De ninguna manera.

Era en ese preciso instante, lo supe con toda certeza, cuando venía la primera bofetada. Me encogí, como si quisiera enterrar la cabeza entre los hombros o el cuerpo entero dentro de los zapatos; cerré los ojos y apreté el sacapuntas con toda mi fuerza. Respiré hondo tres o cuatro veces y esperé. Pero no llegó ninguna bofetada. Abrí los ojos y parpadeé. Allí estaba padre, que parecía apenado, como si esperase el final de la representación. Al final, dijo:

—Sólo una pregunta más, si su señoría tiene la amabilidad de permitirlo.

—Qué? —susurraron mis labios por sí mismos.

—Quizá se me permita ver qué oculta su excelencia en su mano derecha.

—No es posible —murmuré. Pero de repente sentí heladas hasta las plantas de los pies.

—¿Ni siquiera eso es posible?

—No puedo, papá.

Su alteza no está hoy muy favorable que digamos —resumió padre con tristeza. Entonces, a pesar de todo, condescendió a continuar presionándome—: Por mi bien y por el tuyo.

—No puedo.

—Me lo enseñarás, niño estúpido —rugió padre. En ese momento empezó a dolerme terriblemente el estómago.

—Tengo dolor de barriga —dije.

—Primero vas a enseñarme lo que tienes en la mano.

—Después —rogué.

—De acuerdo —dijo padre con un tono de voz diferente. Y de repente repitió—: De acuerdo. Ya está bien —y se quitó de la puerta.

Le miré desde abajo, esperando sin mucho fundamento que después de todo me perdonaría. Y en ese mismo instante me cayó encima la primera bofetada.

Tomado de Amos Oz. La bicicleta de Sumji. Siruela, Fondo de Cultura Económica. Madrid, 2005. Páginas 49 a 51.


La defensa

Esta novela breve es el primer texto que leo de Amos Oz y no salí defraudado. Es una novelita infantil de 71 que pronto me recordó cuando en mi infancia mi mamá me preguntaba con insistencia que por qué estaba cabizbajo si los niños no tienen problemas, no tienen preocupaciones. Amoz Os, a través de Sumji, el protagonista de la historia, nos desvarata esa mentira.

Durante la ocupación inglesa de Israel, Sumji, un pequeño y enamoradizo hombre de 11, recibe un regalo del tío calavera de la familia: una bicicleta... de niña, pero bici, al fin y al cabo. De inmediato va a mostrársela a su único amigo (Sumji no es precisamente el niño más popular), quien termina cambiándosela por un juguete... lo tumbó, y de ahí en adelante vienen otros tumbes más. Sumji tampoco es el más avispao ni un buen negociante.

Esa secuencia de malos negocios lo hace llegar tarde a casa donde ocurre el tropel que transcribí arriba y que termina en la huída del niño. Claro, sus planes era irse al África y vivir miles de aventuras lejos de sus padres, pero por casualidad termina en la casa de la niña que ama y que, supuestamente, lo ignora. Mejor dicho, no cuento más, leánla.

Es una novelita hermosa. Impecablemente escrita y con una alta carga dramática basada en los conflictos cotidianos de un niño común. Ese es su gran mérito.


La fiscalía

Pues con esa defensa qué queda por decir.


Veredicto

Fue una elección acertada entrar a Amos Oz por la bicicleta de Sumji. Un texto breve, sencillo y precioso. Ahora estoy leyendo Querido Mijael, la primera novela de este autor, otra maravilla. Al parecer, por lo que estoy probando y por lo que he escuchado, Amos Oz no tiene pierde.

Comuniquese y cúmplase

jueves, 8 de octubre de 2009

María José I



La diminuta mujercita protagonista del video es la razón por la que no había actualizado el blog en estos diez días.
Ojalá lo disfruten tanto como yo estoy gozando mi recién desempacado rol de papá.

lunes, 28 de septiembre de 2009

La zafra del dolor profundo, de Gabriel García Márquez

Volvamos a lo importante, a lo que vale la pena: regresemos a la literatura. Demasiada distracción con el mundo real y sus problemas en este blog. A continuación va un texto publicado por Gabriel García Márquez en marzo de 1954 y hace parte de una serie de crónicas sobre la Sierpe, un lugar perdido en el corazón del Caribe colombiano. Al leer estos textos uno llega a tener dudas de su veracidad, parecen cuentos fantásticos y no crónicas. Cualquier parecido con Macondo no es pura coincidencia, más bien confirma que nuestro país está plagado de territorios legendarios y míticos. Qué lástima que García Márquez no haya vuelto a hacer periodismo. Muchos periodistas estamos (como me cuesta incluirme) agradecidos con él, con su genial idea de fundar la FNPI donde su legado se respira y nos hace ilusión con que algo de su maestría se nos contagie. Ojalá.



El ataúd llega antes del amanecer. Entonces se transforma el ambiente, porque algo parece indicar a la gente de La Sierpe que lo que proporciona a la muerte una dimensión de pavor, no es propiamente el cadáver, sino la caja mortuoria que el carpintero de La Guarida fabrica a la carrera, con tablas mal claveteadas y sin cepillar, cada vez que de los pantanos surge un hombre con una soga cortada a medida del muerto. A cualquier hora del día o de la noche en que un mensajero de La Sierpe toque a la puerta del carpintero de La Guarida, el hombre se levanta dispuesto a trabajar, pues sabe que por muy diligente que sea el mensajero quien está necesitando el ataúd tiene por lo menos seis horas de estar tirado en un rincón, pudriéndose entre los cerdos y las gallinas.No siempre ha sido un hombre que viene por el ataúd lo suficientemente veloz como para no cruzarse en el camino con otros mensajeros que viajan a La Guarida en busca de más ataúdes. El aguardiente que se consume en La Sierpe produce una embriaguez de mala índole, cuyas consecuencias no son en todos los casos el convencional dolor de cabeza y el malestar al día siguiente. La intoxicación y la reyerta pueden poner también sus velas en el entierro, si la tardanza del ataúd prolonga los festejos hasta las horas de la mañana. Sólo una vez colocado el muerto dentro de la caja, la gente recoge sus mesas de juego y sus ventorrillos y regresa a sus casas, para volver a la de los dolientes nueve noches después, a repetir la fiesta


El cementerio de La Guarida

Por tradición, los muertos de La Sierpe son enterrados en La Guarida. No es preciso llenar los formulismos del registro civil, ni solicitar permiso para ocupar el cementerio. Allí están apiñados e indiscriminados bajo un montón de cruces, hombres, mujeres y niños anónimos, víctimas de la malaria y la disentería. O los cuerpos hinchados y deformes de uno de cada diez mordidos de serpiente. Sólo los cadáveres de los ahogados o los muertos por machetazos no reposan en el húmedo y estrecho cementerio de La Guarida. A los primeros se les deja insepultos, para solaz de los gallinazos, porque la del ahogado es muerte impura en el extraño código moral de La Sierpe. A los segundos los sepulta quien los encuentre en el camino, después de cavar un hueco donde pueda reposar el cuerpo


"El largo viaje de regreso"

El cadáver es acompañado hasta La Guarida por hombres y mujeres voluntarios, que lo hacen por afecto al muerto, por consideración a los dolientes o, simplemente, por seguir adelante con la fiesta. El ataúd es amarrado a cuatro palos y transportado en hombros a través de los pantanos, por los senderos menos profundos, de manera que el agua no le cvaya a los conductores más arriba de la cintura. Al cuerpo lo sigue un cortejo de hombres cargados con calabazos de aguardiente y de mujeres con niños y animales, que aprovechan la compañía para hacer compras en La Guarida. Pero el viaje dura el doble que uno normal, pues es viaje con prolongadas estaciones, en el que vuelve a ser el muerto la cosa menos importante.

Donde encuentran una casa, la comitiva fúnebre se detiene a conversar, a beber café y aguardiente. Si a más de sed hay hambre, los propietarios de la casa improvisan un almuerzo con el sacrificio de un cerdo o varias gallinas, como contribución al duelo. Pero el motivo del viaje no penetra a la casa. El muerto es abandonado en un lugar distante de la vereda, desde donde no llegue el acre testimonio de que tiene más de veinticuatro horas.

Del lugar menos distante de La Sierpe a las primeras casas de La Guarida los dolientes más urgidos no transportan un muerto en un día. La carga es demasiado incómoda de llevar a través del pantano y a esa circunstancia se recargan la parsimonia y la indiferencia de quienes convierten el viaje en una bulliciosa y pintoresca travesía. Generalmente, un cadáver que abandona su casa acompañado por media docena de personas, llega a La Guarida seguido por un grupo de más de veinte , pues a lo largo del camino se incorpora a la comitiva todo aquel que tiene un viaje aplazado por falta de buena compañía. O una juerga aplazada por falta de oportunidad. Durante un día y media noche, cuando menos, el grupo chapalea en el pantano, abriendo trochas, bebiendo, conversando, conduciendo una caja por cuyas junturas se escapa el espeso tufo del muerto. Sólo cuando llegan a las tierras secas de La Guarida los dolientes procuran recuperar el tiempo perdido y se echan a trotar.


El muerto alegre

Aquello no es un capricho. Es una ceremonia. Quien ha oído hablar de La Sierpe, también tiene noticia de una de sus más patéticas prácticas: el muerto alegre. Es la dramática ceremonia a través de la cual el cadáver informa a quienes lo llevan a la sepultura, si está conforme o insatisfecho con su estado.
Como el cadáver no es amortajado, sino colocado en una caja hecha sobre medidas imprecisas, el cuerpo no ajusta siempre en el ataúd. Cuando el cortejo se echa a trotar en los terrenos secos de La Guarida, el cadáver desajustado golpea contra las tablas, al compás del trotecillo alegre de quien lo conducen. En determinadas circunstancias el cuerpo no da tumbos dentro de la caja y sus conductores consideran su silencio como una confesión de su incomodidad en la muerte. Pero en la mayoría de los casos el cadáver golpea, adquiere y conserva el ritmo del trote. Esa señal precipita el regocijo de la comitiva y estimula la juerga.

"Va alegre el muerto. Va alegre el muerto", gritan entonces los sencillos habitantes de La Sierpe, que irrumpen jadeantes y dichosos en la calle de La Guarida, donde viene a sepultar un cuerpo maltratado y descompuesto. El cadáver de un hombre que fue justo, y pregona, con fuertes y acompasados golpes de su cabeza contra las tablas, que se siente feliz en el paraíso.


Final en "Zafra"

En dos casos se cantan la "zafra" en los campos del departamento de Bolívar: en la recolección de las cosechas y durante la cavación de las sepulturas. En La Sierpe se conserva esta práctica, sólo para el último de los casos. Así que cuando el cortejo llega al cementerio con el muerto alegre, el sepulturero está aguardándolo al borde de la fosa y lo saluda con una tonada afilada y vibrante, original de la región, cuya extraña belleza y cuya desconcertante sabiduría recuerdan por algún motivo las coplas de Jorge Manrique. La tonada tiene un nombre sencillo: "La zafra del dolor profundo"


La zafra del dolor profundo

El ataúd es una nave
que el que se embarca no vuelve.
Es un sueño para siempre
que tan sólo Dios lo sabe.

Este mundo es una bola
que en sus vueltas nunca para,
lo que no es hoy es mañana
si no en esta misma hora.
Pero se creen muchas personas
que la plata en todo vale;
Dios es un ser muy notable,
da lo bueno y da lo malo.
Hecho del cedro que es palo
el ataúd es una nave.

Las torres más elevadas
de aquel verdadero templo,
se han de caer con el tiempo,
más tarde , y nunca se paran.
Porque es una verdad probada,
dicen los inteligentes,
que el que tiene es el que pierde:
el pobre no pierde nada.
Esto es un mar que no para,
que el que embarca no vuelve.

Es muy cierto que la plata
infunde mucho respeto,
pero en llegándose el tiempo
la muerte a todos nos mata.
Quien creyera que se salva
con plata y sin tener suerte
no sabiendo que la muerte
mata al pobre y mata al rico.
Que por disposición de Cristo
Es un sueño para siempre.

La memoria no me da
para explicarme más claro,
pero Dios en realidad
da lo bueno y da lo malo.

Esto pronuncian mis labios:
el hombre debe ser suave,
tener buenas amistades
y no hacer mal a ninguno.
Tantas vueltas que da el mundo
que tan sólo Dios lo sabe.

Tomado de Gabriel García Márquez. Crónicas y reportajes. Instituto Colombiano de Cultura. 1976. Páginas 43 a 50

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Obsesiones compulsivas: Cuando los derechos de las mujeres poco importan

En estos días en Medellín se ha desatado una intensa polémica por la creación de la Clínica de la mujer, un proyecto del Municipio para ofrecer atención en salud de alta calidad pensada específicamente para las mujeres. Pero para los sectores ultragodos de Medellín (que son un montón), la clínica no es más que un abortadero, el capricho de unas "feministas sesentudas". En sus argumentos la salud de las mujeres poco importan. Se escuchan algunas voces desde la academia que defienden la necesidad y pertinencia de la clínica, como la posición de la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia y la del Dr. Juan Guillermo Londoño, Jefe del Departamento de Obstetricia y Ginecología de la misma universidad, sin embargo, el poder de Godofredo Cínico Caspa es mayor que el de la sensatez.
Por supuesto que el tema del aborto es un tema trascendental y la clínica de la mujer no le puede dar la espalda, más hoy cuando hay un respaldo constitucional al asunto y está de por medio miles de muertes injustas por malas prácticas o por circunstancias asociadas como la historia de Martha Zulia González, la héroe anónima que retrata Salud Hernández-Mora en esta columna publicada en El Mundo de España en 2007 (supongo que en este mojigato país ningún medio estuvo dispuesto a hacerlo).
De paso los invito a leer también un par de textos míos para que pensemos qué tanto nos importan los derechos y la salud de las mujeres:
Dos mujeres y una enfermedad
Nacida para parir



Luchadora colombiana por la legalización del aborto

Salud Hernández-Mora


Martha Zulia González no había pensado nunca en el aborto, incluso lo reprobaba, hasta que vivió en propia carne el drama de decidir entre acabar con una vida en ciernes o salvar la suya. Hace tres años, cuando tenía 35, quedó embarazada contra todo pronóstico, puesto que se había ligado las trompas. Ocho semanas más tarde, le diagnosticaban un cáncer de cuello uterino.

Nadie quiso entonces someterla a sesiones de quimioterapia, porque pondría en riesgo la vida del feto. La mujer, angustiada porque era cabeza de hogar y madre de otras tres chicas, propuso abortar a fin de superar la enfermedad y encargarse de las niñas. Pero ningún médico quiso practicarle una cirugía que era ilegal y podría costarles la cárcel, a pesar de ser conscientes del grave riesgo que corría la paciente.

A los cinco meses, cuando nació el bebé con cesárea, los galenos descubrieron que el pequeño tumor de 0,5 centímetros, que un tratamiento regular hubiera eliminado, se había convertido en una masa de ocho centímetros. Le dijeron a Martha Zulia que la enfermedad había hecho metástasis y que no podían hacer nada para ayudarle. Estaba desahuciada.

«El obispo de Pereira me dijo que el aborto es un pecado muy grande, pero yo le contesté: póngase en los zapatos míos y hablamos», contaba Martha a EL MUNDO hace un año, cuando aún soñaba con tener tiempo suficiente para conseguir un techo para su familia. Vivía sola con sus hijas y se ganaba la vida vendiendo las arepas que amasaba en su casa cada madrugada, antes de ir a trabajar como asistenta.

Su caso llegó a oídos de una organización que trabaja a favor de la despenalización del aborto, entraron en contacto y Martha se convirtió en su mejor cruzada. «Por mí ya nada se puede hacer, pero sí por muchas mujeres que hay en el país en las mismas condiciones», decía.

Gracias a una donación, recibió un tratamiento de medicina alternativa, que le aliviaba algo sus dolores. También con otra ayuda, Martha ingresó en la Universidad pública para estudiar Literatura. Pero los últimos dos meses de su vida los pasó en cama, muy enferma. Al verse obligada a dejar de trabajar, ya no tuvo cómo pagar el alquiler de su modesta vivienda, por lo que se vio obligada a hacer en vida lo que quiso evitar tras su muerte: repartió a las hijas entre familiares. La pequeña, de tres años, la dejó al cuidado de una tía; las dos de en medio, de siete y seis, quedaron con el padre, un hombre que se había desentendido de las niñas tiempo atrás, y Martha se fue con la mayor a casa de otra pariente.

Murió el lunes pasado. Al día siguiente, la cremaron como había dispuesto, gracias a que durante meses pagó a plazos a una funeraria para que le prestara ese servicio. No quiso funerales ni demostraciones públicas. La única razón para estirar una existencia muy dura, su único deseo, no lo pudo ver cumplido. Sus hijas viven separadas y con un futuro incierto.

Para honrar su memoria y sus sueños, Women's Link Worldwide, la ONG que le ayudó y que lideró la ley que permite el aborto en unos pocos casos en Colombia, promueve una campaña para conseguir fondos que permitan adquirir una casa para las hijas de Martha.

Martha Zulia González, luchadora por la despenalización del aborto, nació en Pereira (Colombia), localidad en la que murió el 11 de junio de 2007 a los 37 años de edad.

Publicado en el periódico El Mundo de España el día 19 de junio de 2007

martes, 22 de septiembre de 2009

Con el pucho de la vida...


Ayer, 21 de septiembre de 2009, fue sansionada la Ley 1335 para el control del tabaco en Colombia. El asunto me alegra. Una de cada tres muertes en el mundo están relacionadas con el consumo de tabaco y no es justo que un fumador invierta en es-fumar su vida mientras las compañías tabacaleras (las mafias tabacaleras) son cada día más y más ricas. Sin embargo, la forma como se ha comenzado a divulgar la Ley en los medios y, quien sabe, la forma como va a ser reglamentada podría llevarnos a situaciones que podrían vulnerar los derechos fundamentales.
Constitucionalmente en Colombia, cada quien debería tener el derecho a envenenarse con lo que le de la gana... eso sí, que sea un suicidio informado, que la gente sepa lo que se está metiendo: tabaco, trago, perico, cilantro, antidepresivos, sexo, juego, internet, lo que le de la gana.
No sé, el tema tiene tanto de ancho como de largo y con la creciente y perversa tendencia a recortar libertades por estos lares, me da sustico de lo que pueda suscitar la Ley. Una medida de salud pública puede transformarse en una punitiva y discriminatoria. Como decía un grafitti que veía mucho en Bogotá: "el presidente me da miedo".
Por ahora les dejo este ensayito polémico relacionado con el tema de la genial Leila Guerriero y que fue publicado en El Malpensante en 2005.





Contra los fanáticos de la salud

Leila Guerriero

Soy predadora.

En el más extremo sentido que el Diccionario de la Real Academia Española le da al término: un animal que mata a otros de distinta especie para comérselos. Me gusta cazar. He matado perdices, liebres, nutrias, langostas, cangrejos, y me los he comido. Casi no fumo —un cigarro por mes, a veces menos— pero no tengo intención de suspender ese vicio mensual, bimensual o trimestral. Porque no: porque me place. Aprecio la carne roja (incluso cruda), y no me gustan la leche ni la soja ni los cereales, no tomo yogur, detesto el arroz integral y no hago ninguna evaluación calórica, química o transgénica de lo que como o dejo de comer.
Pero si la salud es el estado en el que el ser orgánico ejerce normalmente todas sus funciones, soy una máquina eficaz y casi portentosa: no tengo caries, y todos mis órganos funcionan bien. Nunca —nunca— he seguido el signo de la época: intentar el bonus track: transformar mi buena salud en una salud pujante. Mi cuerpo es una herramienta de la que hago uso y que responde bien: no un santuario.
Y eso (esa forma de ateísmo: la ausencia de fe en el poder del fríjol y del gimnasio) me transforma en alguien levemente anormal. Insalubre.

La salud solía ser otra cosa. Cualquier humano que hubiera superado la tuberculosis o la viruela definía su salud en términos poco más sofisticados que el de ser un sobreviviente. No tener polio y ser saludable eran sinónimos.
Hoy no basta con estar libre de enfermedades serias y tener una relación lógica entre altura y peso. Además hay que bregar por una dieta libre de alimentos transgénicos, abrazar alguna disciplina física y evitar el humo propio y ajeno. Erradicadas las pestes más o menos peores, la clase media occidental ha salido a buscar nuevos peligros y los ha encontrado: carnes rojas, baños de sol. Se multiplican los fundamentalistas del té verde, la japonesidad y los cereales. Nadie se atreve a decir: “Soy carnívoro”, pero son cientos los veganos y macrobióticos que autoproclaman su elección alimentaria con orgullo digno de mejores causas.
La salud —como el comando del televisor y el diseño de interiores— se ha sofisticado.
Ya no alcanza con no tener polio. Ahora hay que ser un guerrero del mijo.
Si alguna vez la fórmula fue vivir rápido, morir joven y dejar un cadáver hermoso, hoy todos —buena parte— quieren durar mucho y morir saludables. O dejar un cadáver joven. O descafeinado. O no morir. O todo eso junto. O vaya uno a saber qué.
En África el cuarenta por ciento de la población vive con un dólar por día. De cada mil chicos nacidos se mueren ciento uno, y la esperanza de vida en el continente no supera los 46 años. El hambre afecta a mil millones de latinoamericanos: uno de cada cuatro es indigente y el 44% vive en la pobreza. En Argentina, de cada veinte, tres no tienen qué comer. Unos 5,6 millones pasan hambre. En Bolivia, el mal de Chagas —una enfermedad directamente relacionada con las condiciones de vida precarias— es la cuarta causa de muerte. Para todos ellos la salud sigue siendo un problema simple: acá la vida, allá la muerte, en el medio la enfermedad como un mal charco.
Pero quienes tienen alimentación y ausencia de Chagas garantizadas desde la cuna, la instancia superior —superadora— consiste en huir del smog, andar en bicicleta, peregrinar con unción a la herboristería del barrio, usar tapones en los oídos para protegerse del ruido ambiente y no cometer, jamás, pecado de exceso. De comida, de alcohol, de sedentarismo, de gula, de nada. El ejemplar promedio occidental y saludable piensa que el mundo se irá por la cloaca si la gente sigue comiendo mal y negándose a hacer gimnasia. La salud ha dejado de ser una condición previa, una plataforma desde la cual se puede disfrutar la parte jugosa de la existencia, para ser un objetivo después del cual no hay nada salvo una salud monolítica, perfecta, sin fisuras, que permite acceder a una salud monolítica, perfecta, sin fisuras. Etcétera.
Cualquiera que ponga los pies fuera de ese territorio donde reinan los viajes al campo y las palabras orgánico y reciclable, es anormal. Completos ovolactovegetarianos entran a restaurantes perfectamente carnívoros y, después de pasear una mirada nauseosa por el menú, sueltan un despectivo: “Está bien, una ensalada”, haciendo la graciosa concesión de no salir corriendo de ese nido de asquerosos cavernícolas adoradores del bife de chorizo.

Los no fumadores hacen fiestas sin ceniceros y nadie, ni los fumadores apiñados en un balcón despuntando el vicio, ven en eso una señal de prepotencia sino un gesto de alta civilidad. La multiplicación de países que implementan prohibiciones de fumar en sitios de trabajo —sean estos bares, prostíbulos o maternidades— hacen que prender un cigarro fuera de casa empiece a ser, en términos de rechazo social, igual a tomar cocaína en el subte. En pocos años, el cigarrillo será una droga prohibida, habrá mulas cargando tabaco en cápsulas estomacales y buques llegando al puerto de Nueva York con las bodegas repletas de ese material de miedo. Ya hay un país libre de humo —el reino de Bután, donde se prohibió la venta de tabaco en todo el territorio— y no falta nada para que pase a ser otra más de las sustancias a las que se les echa la culpa de todo lo que nos sucede. El que fuma, dicen, se hace daño y les hace daño a los demás: lo mismo se asegura de quienes consumen otras sustancias ya prohibidas. Un peligro desatado para sí, para los otros. ¿Cuánto tardarán los diarios en titular “Robó un kiosco bajo los efectos del cigarrillo”?
Ser saludable ya no es opción: es tiranía. Un modo extremo —altamente intolerante— de religión.

Tomado de El malpensante Nº 65 (Septiembre - octubre de 2005)