miércoles, 23 de septiembre de 2009

Obsesiones compulsivas: Cuando los derechos de las mujeres poco importan

En estos días en Medellín se ha desatado una intensa polémica por la creación de la Clínica de la mujer, un proyecto del Municipio para ofrecer atención en salud de alta calidad pensada específicamente para las mujeres. Pero para los sectores ultragodos de Medellín (que son un montón), la clínica no es más que un abortadero, el capricho de unas "feministas sesentudas". En sus argumentos la salud de las mujeres poco importan. Se escuchan algunas voces desde la academia que defienden la necesidad y pertinencia de la clínica, como la posición de la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia y la del Dr. Juan Guillermo Londoño, Jefe del Departamento de Obstetricia y Ginecología de la misma universidad, sin embargo, el poder de Godofredo Cínico Caspa es mayor que el de la sensatez.
Por supuesto que el tema del aborto es un tema trascendental y la clínica de la mujer no le puede dar la espalda, más hoy cuando hay un respaldo constitucional al asunto y está de por medio miles de muertes injustas por malas prácticas o por circunstancias asociadas como la historia de Martha Zulia González, la héroe anónima que retrata Salud Hernández-Mora en esta columna publicada en El Mundo de España en 2007 (supongo que en este mojigato país ningún medio estuvo dispuesto a hacerlo).
De paso los invito a leer también un par de textos míos para que pensemos qué tanto nos importan los derechos y la salud de las mujeres:
Dos mujeres y una enfermedad
Nacida para parir



Luchadora colombiana por la legalización del aborto

Salud Hernández-Mora


Martha Zulia González no había pensado nunca en el aborto, incluso lo reprobaba, hasta que vivió en propia carne el drama de decidir entre acabar con una vida en ciernes o salvar la suya. Hace tres años, cuando tenía 35, quedó embarazada contra todo pronóstico, puesto que se había ligado las trompas. Ocho semanas más tarde, le diagnosticaban un cáncer de cuello uterino.

Nadie quiso entonces someterla a sesiones de quimioterapia, porque pondría en riesgo la vida del feto. La mujer, angustiada porque era cabeza de hogar y madre de otras tres chicas, propuso abortar a fin de superar la enfermedad y encargarse de las niñas. Pero ningún médico quiso practicarle una cirugía que era ilegal y podría costarles la cárcel, a pesar de ser conscientes del grave riesgo que corría la paciente.

A los cinco meses, cuando nació el bebé con cesárea, los galenos descubrieron que el pequeño tumor de 0,5 centímetros, que un tratamiento regular hubiera eliminado, se había convertido en una masa de ocho centímetros. Le dijeron a Martha Zulia que la enfermedad había hecho metástasis y que no podían hacer nada para ayudarle. Estaba desahuciada.

«El obispo de Pereira me dijo que el aborto es un pecado muy grande, pero yo le contesté: póngase en los zapatos míos y hablamos», contaba Martha a EL MUNDO hace un año, cuando aún soñaba con tener tiempo suficiente para conseguir un techo para su familia. Vivía sola con sus hijas y se ganaba la vida vendiendo las arepas que amasaba en su casa cada madrugada, antes de ir a trabajar como asistenta.

Su caso llegó a oídos de una organización que trabaja a favor de la despenalización del aborto, entraron en contacto y Martha se convirtió en su mejor cruzada. «Por mí ya nada se puede hacer, pero sí por muchas mujeres que hay en el país en las mismas condiciones», decía.

Gracias a una donación, recibió un tratamiento de medicina alternativa, que le aliviaba algo sus dolores. También con otra ayuda, Martha ingresó en la Universidad pública para estudiar Literatura. Pero los últimos dos meses de su vida los pasó en cama, muy enferma. Al verse obligada a dejar de trabajar, ya no tuvo cómo pagar el alquiler de su modesta vivienda, por lo que se vio obligada a hacer en vida lo que quiso evitar tras su muerte: repartió a las hijas entre familiares. La pequeña, de tres años, la dejó al cuidado de una tía; las dos de en medio, de siete y seis, quedaron con el padre, un hombre que se había desentendido de las niñas tiempo atrás, y Martha se fue con la mayor a casa de otra pariente.

Murió el lunes pasado. Al día siguiente, la cremaron como había dispuesto, gracias a que durante meses pagó a plazos a una funeraria para que le prestara ese servicio. No quiso funerales ni demostraciones públicas. La única razón para estirar una existencia muy dura, su único deseo, no lo pudo ver cumplido. Sus hijas viven separadas y con un futuro incierto.

Para honrar su memoria y sus sueños, Women's Link Worldwide, la ONG que le ayudó y que lideró la ley que permite el aborto en unos pocos casos en Colombia, promueve una campaña para conseguir fondos que permitan adquirir una casa para las hijas de Martha.

Martha Zulia González, luchadora por la despenalización del aborto, nació en Pereira (Colombia), localidad en la que murió el 11 de junio de 2007 a los 37 años de edad.

Publicado en el periódico El Mundo de España el día 19 de junio de 2007

2 comentarios:

Samuel Andrés Arias dijo...

A quien le interese el tema, no puede perderse la muy buena entrada que posteó Pascual Gaviria en si blog: http://wwwrabodeaji.blogspot.com/2009/09/triunfo-la-caverna.html

escritores negros dijo...

Hola:

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