miércoles, 2 de septiembre de 2009

A juicio: Voces del desierto, de Nélida Piñon


La evidencia

Sale de excursión con el pensamiento por Bagdad. Se traslada igualmente por el mundo sin que sofrenen su ímpeti. De vuelta a los aposentos, Scherezade sigue la regla básica de no distanciarse un solo momento de sus historias.
Yendo con Fátima al mercado, había aprendido que, para seducir al oyente, convenía obedecer a pautas respiratorias, dar a las palabras dosis de pecado. Hasta para vender una granada, de esplendor dorado, era menester teatralizar lo cotidiano, hacer ver al comprador que, originaria de Asia, se le atribuía a la fruta el milagro de aumentar los senos de las favoritas del Califa, escasas en volúmenes físicos.
Muy pronto, había creado expectativas en torno a cualquier tema. Desde las lámparas de Aladino hasta el mástil del barco de Simbad. Iba fácilmente encaminándose por la colmena de las abejas del huerto de su padre, que le ofrecía la arquitectura ideal donde encontrar las llaves embadurnadas de miel con las cuáles abrir una historia.
Sherezade había aceptado a Jasmine a sus pies como a un mastín que disimula la ferocidad a cambio de su devoción. No le hace amonestaciones cuando la esclava desvía la atención de su trabajo, no controla su deseo de sustituir la memoria de Fátima en la intimidad de la princesa, atropellando las palabras que le salen al borbotones por las comisuras de los labios, la sofrena de repente, en pro de la anhelada armonía del conjunto.
Dinazarda interrumpe las divagaciones de la esclava. Entra y sale de los aposentos escondiendi de su hermana lo que lleva a las lágrimas y contribuye a revelarle una realidad cruenta, en la inminencia de abatirse sobre ellas. Reproduce, a lo sumo, siempre en proporciones reducidas, el remedo del drama. Ya le basta con vivir bajo la constante amenaza de muerte desatada por un Califa qu, enredado en los ardides y en las traiciones, se mantiene indiferente al empeño de Scherezade en dar veracidad a las diversas voces de sus criaturas, en imprimir disimulación a sus relatos.
Exhausta, Scherezade aparta a Jasmine con un gesto. La empobrece el esfuerzo de afrontar dilemas y conflictos venidos de todas partes, a los que se añaden los dolores particulares. Recostada en los cojines, sola finalmente, busca significado en lo que había contado en la víspera. Le parece que sólo induciría a Aladino a centellear aquella noche si lo hiciese adoptar otro papel, además del de vendedor de lámparas. Tal vez debería convertirlo en príncipe, a pesar del contraste de sus modales rústicos. Bajo su batuta, enseñándole a guiñar los ojos, a contraer los músculos de su fisonomía, traduciendo de esta forma una astucia convincente.
Sherezade reconoce a su actividad de contadora de historias como improductiva. Un oficio hace mucho relegado a la oscuridad, rindiendo a sus practicantes escasas monedas. Por eso mismo ejercido en el bazar por los desvalidos de la suerte, los alcanzados por una invencible melancolía. No pasando ella, pues, de mera contadora, lleva en sus alforjas un puñado de enredos que exhalan un aroma popular. Es ella una anónima que, si no hubiese nacido princesa, estaría hoy en la miseria.
Ve, con los años, que forma parte de una raza que, aunque despreciada por los doctos maestros de las escuelas coránicas, osa hospedar sus historias en las callejuelas de la medina, atraída por el olor de las frituras, de los cuerpos sudorosos, por la promesa de la inmortalidad. Ganando a cambio, gracias a su fidelidad, la regalía de ser mujer, hombre, roca, cordero, menta, genio de la botella, todos, todos los estados al mismo tiempo, sintiendo cada cual con igual intensidad.
Siempre había amado el silencio imperecedero de aquellos seres del desierto que, al loar al Profeta, suspendían la respiración, por resultarles fácil renunciar a la vida si fuera necesario. Scherezade, sin embargo, no vive en la esfera de la fe. Para su naturaleza disconforme, la religión no constituye una vocación. Al contrario, centrada en la trivialidad de lo cotidiano, hace mucho se había alejado del plano divino, a fin de lanzarse a la furia de los personajes que desgobiernan su imaginación. Ante la simple idea de que nada le apacigua el espiritú fuera de sus criaturas, ella sonríe, consiente que Jasmine se acerque de nuevo, le haga compañía.
Tomado de: Voces del desierto de Nélida Piñon. Alfaguara. Bogotá, 2006. Páginas 85 a 87.

La defensa

Todavía recuerdo cuando en 1995 Isaías Peña nos dijo en alguna sesión del Taller de Escritores de la Universidad Central que si le preguntaban sobre qué autor latinoamericano merecía el Nobel, no dudaría en plantear que Nélida Piñon. Hasta entonces no tenía idea de su existencia. Es más, Brasil era un país literariamente inexistente para mí. Pero en la siguiente feria del libro de Bogotá, con mi casi inexistente sueldo de interno compré La república de los sueños. La leí, me enamoré de sus personajes, de su historia y de la magistral forma de narrar de Nélida Piñon. Ella fue mi puerta de entrada (un inmenso portón) al Brasil, luego vino Rubem Fonseca, Jorge Amado, Joao Guimaraes Rosa, Euclides da Cunha y Clarice Lispector. No entiendo muy bien porque estando tan cerca estamos tan lejos de Brasil.
Pero volvamos a Nélida Piñon y Voces del desierto. Todos conocemos la historia de Sherezade y las mil y una noches. Muchos de nosotros jugamos a ser Simbad o nos dormíamos en la noche soñando que al día siguiente en un rincón del patio del colegio nos encontraríamos un genio atrapado en una botella de gaseosa que nos cumpliría todos nuestros deseos. ¿Pero qué sabemos de Sherezade, de la mujer que se supone inventó aquellas historias? ¿Cuáles fueron sus angustias al tener que inventar noche a noche una nueva historia para sobrevir ella y salvar la vida de las mujeres de su reino? Esa es la búsqueda que propone Nélida Piñon en esta novela.
Voces del desierto hubiese podido ser un gran ensayo sobre Las mil y una noches, pero la autora eligió hacerlo desde la ficción; recrear el palacio y permitirnos acompañar a Sherezade en su cotidianidad y en su proceso creativo, aderezado, además, con una prosa musical sin par. Pueden pasar páginas sin que suceda nada en la historia, pero uno siente que la novela lo está arrullando, aunque nada pase... Sí, como en un buen poema.


La fiscalía

Pero ese es su principal pecado, también. En realidad, en la novela nada pasa. Claro, pero qué más quería que pasara, si esta mujer está atrapada en el palacio y el día se le va en imaginar que cuento le va a echar al sultán y la noche en follarselo (más sufrimiento que placer) y en contar sus historias.
La historia se centra en Sherezade. Si bien está Dinazarda, su hermana, el visir, su padre, y Jasmine, su esclava, son subsidiarios y dependientes de ella como personaje principal.
No sé... ¿qué tal si mejor hubiese sido un ensayo, si despojamos la obra de la pretención metaliteraria de crear ficción sobre la ficción? No sé... No me convence del todo la vida inventada por Nélida Piñon para Sherezade, me quedó con mi versión original de Las mil y una noches y de la autora prefiero sus otras novelas y cuentos.


Veredicto

Si deciden leerlo no se van a arrepentir; es un bello libro. Pero si espera "Las aventuras de Scherezade" en el mismo tono épico de Las mil y una noches, no lo van a encontrar. Es una reflexión íntima (y no del todo convincente) del conflicto que debió vivir Sherezade entre el placer de tejer sus muchas historias y la obligatoriedad de hacerlo.

Comuníquese y cúmplase

1 comentario:

Gabriela Elorrieta dijo...

Si tal vez hubiera sido mejor que quede en ejercicio metaliterario, porque como novela es muy aburrida.