sábado, 5 de diciembre de 2009

Obsesiones compulsivas: Adiós, amado tío


Todavía recuerdo la emoción que me daba de niño cuando en vacaciones mi tío José llegaba a comprar la mercancía para María Moñitos, su almacen de ropa infantil en Tunja. El primer día, me subía en su pequeño Renault cuatro, o seis, o doce... o el de turno; porque debe quedar claro de una vez, a mi tío le encantaba, le fascinaba cambiar de carro. Entonces, el primer día me subía en su nave y nos ibamos a recorrer las fábricas de ropa infantil de Bogotá. Si tenía la dicha de que tuvieran parqueadero podía entrar con mi tío de la mano y conocer la fábrica por dentro; sino, me quedaba "cuidando el carro" por... media hora, una hora. Creo que esas largas esperas formaron mi carácter paciente y si no nos robaron no fue precisamente porque yo fuera un buen vigilante.
Al día siguiente, muy a las cuatro de la mañana, una vez la nave estaba cargada, había que ver ese Renault 4 lleno hasta el techo de ropa, arrancabamos rumbo a Tunja. Se supone que no me podía dormir para que a mi tío no le diera sueño, pero era imposible, de todas maneras mi tío me ponía charla y me enseñaba a manejar... bueno, la teoría: cuál era el acelerador, para que servían las direccionales, qué significaban las líneas discontinuas de la carretera. Una vez le dije que cómo a la madrugada había tan poquitos carros, por qué no me dejaba manejar. Me regañó, uno de esos breves, pero explosivos regaños de José Arias. Luego, me sentí tonto. Mi tío tenía razón.
Su casa en el barrio Maldonado era silenciosa. Los días de mis vacaciones transcurrían sin mayores aventuras: leer, ver tele, acompañar a mi tío al trabajo (en ese entonces era maestro de escuela primaria), salir con a algún parque; pero yo la pasaba tan bien, me gustaba tanto ir a Tunja con mi tío. Con ellos, con él, con Hilma y mis primas, siempre me he sentido muy, pero muy querido. Y ese amor siempre ha sido correspondido.
Luego, ya adulto... bueno, más bien cuando terminé la universidad, viví en Jenesano, en su pequeña casa de muñecas. Las aventuras vividas en el pueblo y dentro de aquellas paredes no pueden ser nombradas en este blog, al menos en esta entrada. Lo cierto es que la generosidad de mi tío me dieron un refugio ideal para esos meses en que fui médico del pueblo.
Algunos miembros de mi familia insisten en que yo me parezco a mi tío José. Bueno, de pronto sea la confabulación de los astros en el día común de nuestro cumpleaños; pero independiente de que sea cierto o no, siempre sentí un silencioso y grande orgullo con esa comparación. Me agradaba que me compararan con alguien tan amoroso, tan apasionado y con tan buen humor, bueno, a veces sus chistes eran pasados y pesados, pero era, ante todo, un hombre sinceramente alegre. Pero lo más bacano (y eso sí lo comparto aunque a veces no parezca, jejeje) era el inmenso amor que sentía por su familia. Eso incluía a su esposa y sus hijas, pero se extendía también a todos los Arias y a todos los Lozano y a todos sus amigos. Bien hubiese podido llamarse José Amoroso Arias, en vez del espantoso (a él tampoco le gustaba mucho) José Prisciliano.
Ese amor lo expresaba también en la pasión que ponía en lo que hacía. Hay que reconocerlo, era un hombre intenso, intenso y celoso con su esposa, hijas y sobrinas, trabajador responsable, apasionado de la política, de la política maluca, desafortunadamente, esos amigos grotescos y corruptos de los que se rodeaba a veces, era una de las pocas cosas que no me gustaba de él. Sin embargo, nadie puede negar el profundo compromiso que le ponía a todo lo que hacía y el sincero amor que nos regalaba a quienes estabamos en su círculo de afecto.
Pero se fue. Alguna arteria de su cerebro lo traicionó y nos lo quito.
Y estamos tristes.
Y tenemos un hueco en el pecho.
Y lo extrañamos.
Y lo seguiremos amando.
Adiós, amado tío.


1 comentario:

Nonetheless... dijo...

El amor electrocutador de los Arias que va de generación en generación y una vez te coge se queda en tu vida entibiándote la existencia, en las buenas, en las malas, en las inmundas, ne las de siempre. No conocí al tío pero los conozco a ustedes, conociéndolos a ustedes algo del tío me llega también.