sábado, 21 de junio de 2008

A juicio: Esperando a los bárbaros

El acusado

Ella se va, casi se ha ido. Es la última oportunidad de mirarla directamente a los ojos, de examinar a fondo mis emociones, de tratar de comprender quien es verdaderamente: de ahora en adelante, lo sé, empezaré a reformarla según mi repertorio de recuerdos y de acuerdo con mis dudosos deseos. Le acaricio la mejilla, le cojo la mano. En esta colina desolada a media mañana no puedo descubrir en mí ni rastro de ese lánguido erotismo que me arrastró a su cuerpo noche tras noche, ni siquiera de la cariñosa camaradería del viaje. Solo existe un vacío, y la desolación producida por ese vacío. Cuando le estrecho la mano más fuerte no recibo respuesta. Solo veo demasiado claro lo que veo: una muchacha robusta de boca ancha y un flequillo sobre la frente que mira hacia el cielo por encima de mi hombro, una desconocida; una visitante de otros lugares que ahora vuelve a casa después de una estancia bastante desagradable.
—Adiós, le digo.
—Adiós, me dice.


J.M. Coetzee. Esperando a los bárbaros. Debolsillo, 2004. p. 110


La defensa

Esta es la tercera novela que leo de Coetzee. Las dos anteriores fueron Desgracia y Diario de un mal año. Ninguna me ha defraudado. Tal vez, la que menos me gustó (y me gustó mucho) fue Diario de un mal año, aquello de usar la novela de parapeto para opinar de la actualidad en la voz de un personaje, no me dejó muy satisfecho.
Pero este juicio es a Esperando a los bárbaros.
Un magistrado en un pueblo de la frontera de un imperio. El tiempo lo ha llevado a comprender que sus vecinos no son sus enemigos, que son bárbaros por el sólo hecho de no ser parte del imperio; pero él es el único que lo entiende así y eso le costará.
Sin caer en facilismos ni clichés es magistral la metáfora moral y política que plantea Coetzee. Fue publicada en 1980, pero siempre será contemporánea, porque siempre tendremos, en algún lugar del mundo, un “imperio” invasor y unos nativos “bárbaros”. Nunca dejará de pasar y siempre terminará el cuento como esta novela. A pesar de eso lo olvidamos y lo repetimos una y otra vez. ¿O cuantas veces en la historia reciente hemos escuchado de parte de líderes políticos la sentencia: “o están conmigo o están contra mí”?
Por otra parte, me gusta mucho la estructura sencilla que plantea el autor. Es una historia lineal, sin saltos abruptos. También el lenguaje es tremendamente simple. Coetzee utiliza al magistrado, un tipo sencillo, para conducir la narración. El hombre, incluso cuando se enfrenta a situaciones altamente dramáticas, mantiene el mismo tono simple, tranquilo y pausado. Eso facilita meter una inmensa historia en algo más de doscientas paginitas. Otro, con más artilugios, de pronto innecesarios, las hubiese duplicado o triplicado. Esa sencillez es una de las cosas que más admiro de Coetzee en las escasas tres novelas que he leído de él.


La fiscalía

Me da vergüenza, señor juez, pero no tengo nada que decir, excepto que me retiro del caso y no es porque el señor Coetzee sea un premio Nobel, no -Jelinek y Cela también lo son y no me los trago-; es que la novelita me gusto mucho, de verdad. No tengo más que decir.


Veredicto

Como todo lo de Coetzee, hay que leerla.
Comuniquese y cúmplase

2 comentarios:

Esteban Dublín dijo...

Hola, Samuel. Llegué de casualidad por aquí y como veo que te gusta la literatura, tal vez pensé que te puede interesar participar en el concurso de microcuentos 'El dinosaurio'. Te quería extender cordialmente la invitación y te espero por allá.

Martín Franco dijo...

Yo leí Desgracia y me gustó. Y coincidimos con respecto a Jelinek: desde hace rato estoy leyendo 'La pianista' y no he podido. No he querido dejarlo, pero cada vez se me aplaza más la lectura. Cuando lo veo encima de la mesa, ¡ay!, me da una jartera agarrarlo. Bien lo dice la contraportada del libro: "su literatura es densa..."