sábado, 1 de noviembre de 2008

El día de todos los muertos

Una de las lecturas que más he disfrutado este año ha sido El enterrador de Thomas Lynch. Para hoy, día de todos los muertos, les traje el último capítulo del libro. Que lo disfruten.


Tratado breve

Thomas Lynch


Preferiría que fuera en febrero. No es que me importe mucho. Ni que sea propenso a los detalles. Pero si me preguntan, febrero. El mes en que me convertí en padre por primera vez, el mes en que murió mi padre. Sí. Incluso mejor que noviembre.

Quiero que sea frío. Quiero que el gris habite el aire como la madera habita los árboles: como una esencia, no una coincidencia. Y que la esperanza de primavera, jardines y romance esté adormecida por la esterilidad del invierno de Michigan.

Sí, febrero. Con el frío detrás y el frío delante de ustedes y la oscuridad aferrada a los bordes del día. Y un viento que haga el frío más penetrante. Para que después puedan decir: «Fue un día triste hace mucho tiempo cunado lo hicimos después de todo».

Y que haya escarcha adherida a la tierra para que durante varias noches antes de excavar, el sacristán haya tenido que ir a encender un fuego bajo el toldo que habrá cubriendo el espacio, para ablandar la tierra que moverá la pala dentada de la excavadora.

Vélenme. Permitan que los que quieran vengan y miren. Tendrán sus razones. Ustedes tendrán las suyas. Y si alguien dice: «¡Se ve muy natural”», no se ofendan. Tienen razón. Porque siempre estuvo en mi naturaleza. Está en la de ustedes.

Y dejen que los clérigos hagan su parte. Déjenlos hacer su mejor esfuerzo. Si alguna vez habrán de tener sentido para ustedes, ése será el momento. Ellos miran, igual que nosotros. Las preguntas son más aleccionadoras que las respuestas. Desconfíen de cualquiera que sepa que decir.

En cuanto a la música, háganlo a su gusto. Yo no podré escuchar, estaré sordo de muerte. Se pueden decir muchas cosas sobre los gaiterios y los flautistas. Pero tengan en cuenta la diferencia entre un funeral con unas cuantas melodías y un concierto con un cadáver al frente. Eviten, por su propio bien, cualquier cosa que hayan escuchado en la oficina del dentista o en la pista de patinaje.

Pueden haber poemas. He tenido amigos poetas. Pero tengan cuidado, tienden a extenderse un poco. En especial cuando están cerca de cuerpos horizontales. El sexo y la muerte son su principal tema de estudio. Aquí es cuando los servicios de un director de funeraria con experiencia son más apreciados. Acostumbrados a ser persona non grata, pueden hacer el papel de valiosos editores y decirles a los bardos cuando sea hora de cerrar el pico.

En el tema de dinero, obtienen lo que pagan. Negocien con una persona en cuyos instintos confíen. Si alguien opina que no han gastado suficiente, díganle que vaya al diablo. Díganle lo mismo al que opine que han gastado demasiado. Díganles que se vayan al diablo. Es su dinero. Hagan con él lo que les plazca. Pero permítanme dejar una cosa muy clara. ¿Conocen al tipo de persona que siempre está diciendo «Cuando me muera, ahórrense el dinero, inviértanlo en algo realmente útil, salgan de mí de manera barata»? No soy uno de esos. Nunca lo he sido. Siempre he pensado que los funerales son útiles. De manera que hagan lo que les parezca bien. Tienen derecho a precios de venta al por mayor en casi todo.

En cuanto a la culpa, está sobrevalorada. Aquí están los hechos del caso a la mano: he conocido el amor de quienes me han amado. Y sé que ellos saben que también los he amado. Todo lo demás al final, parece irrelevante. Pero si la culpa es un tema, perdónense, perdónenme. Y si darle más pompa y solemnidad los hace sentir mejor, considérenlo dinero sabiamente invertido. Comparado con los psiquiatras y los farmacéuticos, con los que sirven en el bar o los homeópatas, con las curas geográficas o eclesiásticas, aún el funeral más caro es una ganga.

Quiero nieve revuelta para que la tierra se vea herida, abierta a la fuerza, sin disposición a participar. Prescindan del toldo. Expónganse al clima. Quiten de la vista la maquinaria más grande. Es una distracción. Pero que el sacristán, lleno de mugre y de indiferencia, esté a mano. Él y el conductor del coche fúnebre pueden hablar de póquer o intercambiar chistes en susurros y con caras serias mientras los clérigos hacen las recomendaciones finales. Los que se apoyan en palas y llenan huecos, así como los que se apoyan en la costumbre y en las viejas oraciones, son, cada uno, expertos en un área.

Y deben quedarse hasta el final. Eviten la tentación de una despedida cómoda en un salón, en la capilla del cementerio, al pie del altar. Nada de eso. No la eludan por el clima. Hemos ido a pescar y a partidos de fútbol en peores condiciones. No tomará mucho tiempo. Vayan hasta el hueco en la tierra. Quédense al lado. Miren dentro. Pregúntense. Y sientan frío. Pero quédense hasta que haya acabado. Hasta que esté hecho.

Sobre el tema de quienes cargan el féretro: mis queridos hijos, mi valiente hija, mis nietos y mis nietas, si es que tengo alguno. Los músculos más grandes deben estar involucrados. Los que usamos para las verdaderas cargas. Si los hombres y sus músculos son mejores para levantar, las mujeres y los músculos de ellas son mejores para soportar.

Es un trabajo para el que se requieren ambos. Así que trabajen juntos. Aligerará el peso.

Miren a mi amada como el mejor ejemplo. Tiene un corazón enorme, una vida muy rica y medicinas poderosas.

Cuando se hayan dicho todas las palabras, bájenlo. Abandonen los lazos. Dejen caer los guantes grises sobre la tapa. Empujen la tierra y terminen. Observen los tobillos de los otros, golpeen el frío con los píes, dejen que la cabeza se hunda entre los hombros, sigan mirando abajo. Allá pasará lo que va a pasar. Y cuando terminen, levanten la mirada y partan. Pero no antes de terminar.

Y si optan por la incineración, quédense y observen. Si no pueden mirar, quizás deben reconsiderarlo. Pónganse donde puedan oír la crepitación y el chisporroteo. Traten de percibir el olorcillo de los sucesos. Caliéntense las manos en el fuego. Ése puede ser un buen momento para una canción. Entierren las cenizas, la escoria y los huesos. Los pedazos del cajón que no se quemaron.

Pónganlos dentro de algo.

Marquen el lugar.

Sientan el hambre. Es de buena educación. Aliméntenlos bien. Este trabajo abre el apetito, como ir a la orilla del mar o recorrer el camino que bordea el acantilado. Después de eso, permanezcan sobrios.

Nada de esto me incumbe. No estaré ahí. Pero si me preguntan, éste es un consejo gratis. ¿Conocen la parte en la que todo el mundo dice que es hora de hacer una fiesta? ¿Qué el muerto siempre insistía en que todos lo pasaran bien, que se tomaran unos cuantos tragos, que rieran y fueran felices? No soy uno de ellos. Creo que el viejo maestro tenía razón en esto. Hay un tiempo para bailar. Y puede ser que éste no sea uno de ellos. Los muertos no les pueden decir a los vivos que deben sentir.

Se acostumbraba guardar un año de luto. La gente usaba brazaletes, ropa negra, no ponía música en la casa. Colgaban guirnaldas negras sobre la entrada. Los deudos eran identificables. Se permitía la pena durante un año, los sueños y la vigilia, la tristeza y la rabia. Llorar y reír en lugares equivocados. Contener la respiración al oír el nombre. Al cabo de un año, la gente volvía a la vida normal. «El tiempo cura» era lo que se decía para explicar esto. Si no era así, naturalmente, se declaraba alguna versión de «locura» y la necesidad de ayuda profesional.

Lo que sea que tengan que sentir, siéntanlo: la liberación, el alivio, el temor y la libertad, el miedo a olvidar, el dolor sin brillo de su propia mortalidad. Vayan a casa en pareja. Busquen la tibieza de la piel que todavía los calienta. Vayan con alguien a quien puedan confiar sus lágrimas, su rabia, su asombro y su silencio absoluto. Hagan esa parte; cuanto más pronto mejor. La única manera de sortear estas cosas es pasando por ellas.

Sé que no debo seguir con esto.

He tenido este problema toda la vida. El de dirigir funerales.

A ustedes les corresponde —mi funeral—, no a mí. La muerte es de ustedes y tendrán que vivir con ella cuando yo muera.

Así que aquí tienen un cupón válido para Desconocer. Y otro que dice Aprobado. Ignoren, con mi bendición, todo lo que he dicho distinto de Ámense los Unos a los Otros.

Vivan para siempre.

Lo que en realidad quería era un testigo. Para que diga que fui. Para que diga, aunque suene tonto, quizás soy.

Para que digan, si les preguntan, fue un día triste después de todo. Fue un día frío y gris.

Febrero.

Desde luego que en cualquier otro mes estarán por su propia cuenta. No teman, sabrán que hacer. Váyanse ahora, creo que están listos.


Tomado de: Thomas Lynch. El enterrador. Alfaguara. Madrid, 2004.

4 comentarios:

Camilo Jiménez dijo...

Todo el libro es imperdible, pero este capítulo es de los más hermosos. Qué bueno recordarlo acá. Gracias.

Samuel Andrés Arias dijo...

Sí, Camilo, el libro es una joya. Tengo en remojo cuerpos en movimiento y en reposo. Espero que sea tan bueno como El enterrador.

Extranjera dijo...

Samuel, gracias por compartirlo con nosotros. Yo odio febrero pero amé este texto, sobre todo cuando habla de la culpa. Yo estoy obsesionada con la culpa. Me gusta como él la mira.
Un abrazo fuerte

Samuel Andrés Arias dijo...

Extranjera: Consiguete el libro, es muy, muy bueno. Ya que estás en NY consigue también los poemas. Dicen que también son una maravilla.
Abrazote,