martes, 16 de junio de 2009

A juicio: La vida breve de Juan Carlos Onetti


La evidencia

Vi la vergüenza en mi cara mientras me afeitaba y me ponía una corbata; la llevé conmigo al bajar la escalera, dejé que se gastara frente a la cara del portero que me retuvo para conversar de una cañería rota. Después caminé con lentitud por la cuadra tibia, bulliciosa, donde aún no habían encendido las luces. Entré en el Petit Electra en el momento en que los muchachos volvían del fútbol y las carreras, del paseo con la novia , y se agrupaban en el café, lacónicos, gastado el domingo desilusionante, uniendo los hombros para ayudarse a soportar la visión de la mañana del lunes. El patrón me saludó y me hizo traer el pocillo del café, la jarrita con leche fría y cruda. Desde la mesa junto a la ventana podía vigilar la cuadra, la puerta de mi casa, ver el saco blanco del portero en la sombra celeste. De vez en cuando un hombre salía de la puerta , se acercaba a mí o echaba a andar calle abajo. Yo jugaba a remover la superficie espesa de la leche con la cucharilla, a modificar su blancura, poco a poco, dejando caer gotas de café en la jarrita, alegre y solitario, disipando mi vergüenza, atendiendo aquella alegría que necesitaba la soledad para crecer. Miraba a los hombres que llegaban desde el portal hasta la esquina del Petit Electra y suponía sucesivamente que habían estado con la Queca; trataba de adivinar que porción de sufrimiento traían consigo o lamentaban haber dejado en la mujer.
En cuanto a mí, sólo podían convertirme en júbilo y la inocencia, la voluntad de no pensar; sacudirme de los hombros el pasado, la memoria de todo lo que sirviera para identificarme, estar muerto y contribuir a la perfección del mundo con el marido exacto de Elena Sala, un hombre ansioso, mitómano, indeciso, un hijo inmortal de mi pasada desdicha y de los vientres de Gertrudis y la Queca. Ahí estaba, por fin, un poco rígido, desviando los ojos; dócil, de todos modos. Condenado desde el principio del tiempo, a nacer durante mi espera y mi vigilancia absurdas, en el salón ruidoso del Petit Electra, en un momento del anochecer en que se movían olores de aperitivos y de sopas. En cuanto a mí, otra vez, también había sido condenado a este nacimiento, a ser arrastrado por esta ajena audacia a la que no atinaba a resistir; meditar un rápido adiós a Gertrudis, como el saludo a una bandera, símbolo del país del que me expatriaba.
Condenado a dejar mis moneditas sobre la mesa del café, retribuir con el movimiento de los dedos la sonrisa del patrón y volver a mi casa como si me alejara de para siempre de un aire empobrecido, de ambientes, rostros y presentimientos habituales. No distinto ni cambiado, mientras rehacía el camino bajo las primeras luces nocturnas, el campaneo de la iglesia de la concepción; no distinto, no otro Brausen, sino vacío, cerrado, desvanecido, nadie en suma. Me alejaba –loco, despavorido, guiado– del refugio y la conservación, de la maniática tarea de construir eternidades con elementos hechos de fugacidad, tránsito y olvido.

Juan Carlos Onetti. La vida breve. Punto de lectura. Buenos Aíres, 2007. Páginas 106 y 107.


La defensa

«La vida breve es la novela más trabajada de Onetti y una de las más ambiciosas de la literatura latinoamericana, de una audacia y originalidad comparables a las de los mejores narradores del siglo XX, una novela en la que el tema que estuvo acechándolo desde sus primeros escritos, la fuga de los seres humanos a un mundo de ficción para escapar de una realidad detestable, alcanza una nueva valencia, gracias a la sutileza y buen oficio con que está desarrollado. La idea central es inmejorable: Juan María Brausen, en Buenos Aíres, a la vez que vive una historia truculenta –su mujer Gertrudis ha sido operada y ha perdido uno de sus pechos, y él está a punto de ser despedido de la agencia de publicidad–, inventa, el trance de escribir un guión para Julio Stein, una ciudad, Santa María, y unos personajes inspirados en él mismo y sus conocidos más próximos. Esta ciudad nace, pues, como un proyecto literario-cinematográfico, en un Brausen atormentado por la operación de Gertrudis, su mujer, y por la necesidad de cumplir con el trabajo que le habían confiado: «No llores –pensaba–; no es tan triste. Para mí es todo lo mismo, nada cambió». No estoy seguro todavía, pero creo que lo tengo, una idea apenas, pero a Julio le va a gustar. Hay un viejo, un médico que vende morfina. Todo tiene que partir de aquí, de él. Tal vez no sea viejo, pero está cansado, seco (…) Cuando estés mejor me pondré a escribir». Sin embargo, esta idea no pasará luego a la escritura, pues Brausen no escribirá nunca aquel guión para Julio Stein. La idea se emancipará de su origen y de su propio creador y seguirá su existencia imaginaria por cuenta propia, libre incluso de su propio gestor, como una realidad soberana. De este modo, en un episodio fugaz de La vida breve, Onetti resume y simboliza en una imagen todo el proceso que siguen las ficciones para, naciendo en la realidad, despegar de ella y proseguir una vida precaria, fuera del alcance de su propio creador. Brausen no escribirá el guión y Santa María no necesitrá más de él para vivir su propia historia –la real− dentro de la cual vio la luz.
Santa María es una realidad literaria, ficticia, artificial: una antirrealidad. En ella, en vez de una historia coherente, ocurren situaciones, episodios sueltos, inspirados en las fobias y filias secretas de su autor y en su afición por el cine negro. Al final, Brausen ayuda al macró Ernesto, asesino de la Queca, a escapar de Buenos Aíres a Santa María, es decir, pasar de la realidad a la ficción. Este final admite una lectura fantástica –no única− que retroactivamente convertiría a La vida breve, hasta entonces una historia realista, en un puro producto de la imaginación. Este salto cualitativo entre lo real y lo ficticio está guardado o tamizado –en uno de los grandes aciertos del libro− por un plano intermedio, a caballo entre la vida objetiva y subjetiva: la relación de Brausen con una vecina, la Queca, una prostituta que viene a ocupar un departamento contiguo al suyo el mismo día que su mujer Gertrudis sufre, en el hospital, la «ablación de mama». En las hechizantes páginas con que se inicia La vida breve, Juan María Brausen imagina esta mutilación física y sus consecuencias, y la prosa visionaria y sádica que describe el episodio tiene esa elegancia de la mugre que perseguía ansiosamente la estética romántica.
Desde un principio se advierte que la historia de La vida breve evolucionará, a la manera de vasos comunicantes, en tres planos claramente diferenciados, que, a medida que avanza la acción, se van contaminando hasta fundirse en el episodio final:
1) El mundo de Juan María Brausen, contado por él mismo y que se puede considerar objetivo, porque tenemos sobre él un mayor grado de certidumbre. A él pertenecen Gertrudis, esposa de Brausen, sus amigos Mami y Stein, su jefe, el viejo MacLeod, y las calles centricas de Buenos Aíres;
2) El mundo de la Queca, la vecina –concentrado en su asfixiante apartamento–, a ratos objetivo y a ratos subjetivo, porque lo que Brausen cuenta de él no lo sabe con seguridad, lo adivina, lo intuye o inventa a partir de lo que oye a través de la delgada pared medianera o de lo poco que consigue espiar(…)
3) Santa María, un mundo fantaseado pero cuyos habitantes, según explica Brausen, tienen por lo menos los principales, modelos reales: Brausen es la matriz del doctor Díaz Grey, Elena Sala se inspira en Gertrudis, el marido de aquella en Stein, etcétera.
En pocas novelas se describe con la astucia con que lo hace La vida breve la gestación de la ficción y las relaciones de ésta con la vida, la razón por la cuál los seres humanos han buscado desde los albores de su historia, el tiempo de los habladores, inventarse, valiéndose de la fantasía y la palabra, otros mundos, y la manera en que los plasman».

Mario Vargas Llosa. II. La vida breve (1950) en El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti. Alfaguara. Bogotá, 2009. Páginas 79-96.


La fiscalía

El fiscal se intimidó cuando vio entrar a la sala del juzgado a Mario Vargas Llosa como abogado defensor y decidió escapar a Santa María. Por favor, si lo encuentran en alguna de las novelas de Onetti, díganle que lo esperamos para completar el juicio de La vida breve.


Veredicto

Imprescindible.
A propósito… Feliz centenario mi querido y entrañable Juan Carlos Onetti.


Publíquese y cúmplase



2 comentarios:

Tomás D. Rubio dijo...

La vida breve es un libro que me deja pensando: no por su calidad (indudable) sino porque es de esos libros que lo dejan a uno cavilando, esperando el golpe contra el suelo que nos haga entender lo grande que fue como lectura.

En la página 345, Onetti explica en una línea por qué esa manía por crear historias, de ser creador, testigo y juez; cuánta razón: por "el solo placer de la injusticia."

Néstor Luis González dijo...

Muy bueno ese ensayo de Vargas Llosa. LO leí a principios de año y me marcó como lector y como escritor. Ahora ando buscando la vida breve y no he podido conseguir ese libro en ninguna parte. Por ahora ya tengo los cuentos completos de Onetti.
Excelente post.