sábado, 8 de agosto de 2009

A juicio: Los pasos de la furia, de Carlos Aguirre


La evidencia

Nunca hemos tenido suerte con las mascotas. Un día, cuando mi papá era vigilante en el cementerio (trabajaba de noche y nos decía que no le daba miedo porque todo era más tranquilo que en cualquier otra parte), llegó a la casa con una tortuga en el bolsillo. "Yo creí que era de juguete", nos dijo cuando la puso sobre la mesa y resultó que era una morrocoyita viva y le dimos tomate picado y le hicimos una cama y una caja de arena como si fuera un gato. Mi hermana la bautizó Democracia, como la tortuga de Mafalda, pero yo simplemente la llamaba "tortuga" o a veces le decía "Miguel Ángel", porque esa era mi tortuga ninja favorita. Tomó la costumbre de esconderse detrás de la nevera buscando el calor del motor y una tarde la encontramos dormida dentro del caparazón, seca como una uva pasa. Tuvimos varios periquitos australianos, pero siempre se escapaban de la jaula o se morían de depresión o los mataba el gato de la vecina. Yadira tuvo peces y hámsters a los que mi mamá tenía que cuidar para que no se murieran de hambre o suciedad, y hasta un pobre tamagochi que le regaló una tía rica murió calladoto en su pantalla digital. Mi papá nunca trajo gatos porque sabía que yo me enfermaba con los pelos y eso era muy triste, porque siempre quise tener uno como el de mi amiguito Mauro, que era negro y tenía una estrella en la frente. Pero cuando trajo a Pancha me puse muy contento, nos explicó que era un crice entre pit-bull y labrador y eso la hacía diferente: tenia unas patotas muy pesadas para ese cuerpo tan pequeño y era muy gracioso verla caminar porque se cansaba rápido o se tropezaba y daba vueltas por el suelo, y cuando andaba a mi lado se me enredaba entre los píes para que la cargara. A la gente le daba risa verme caminar con la perrita en la mano, pero yo sé que a ella le gustaba, aunque mi profesor de ciencias me dijera que los perros no sienten y no se ríen ni se ponen contentos, pendejo tan bobo: ella sentía los golpes que le daba mi papá cuando estaba enojado y no tenía con quien más desquitarse, o se escondía cuando Yadira llegaba con sus amiguitas tontas a jugar con ella como si no fuera de verdad y le jalaban la cola y le ponían moños, o se me arrimaba cuando estaba triste y me sentaba en el patio a pensar estupideces. Mi mamá nunca la quiso y nos regañaba por el olor o porque Pancha le dañaba las matas o porque dejaba todo ensangrentado cuando estaba en celo y los perros de la calle se iban detrás de ella cuando salía a trabajar. Creció tanto que ya casi no cabía en el patio, en la lista del mercado había que apuntar siempre las bolsas de comida para ella y a cada rato aparecían pelos negros en la cocina o en los rincones de las piezas. Mi papá nunca debió traer la choza de madera conseguida en quien-sabe-donde, una caja feísima de palos viejos y cartón donde Pancha nunca se sintió comoda porque todas las noches se movía ahí dentro como una loca y salía al patio a rascarse y no nos dejaba dormir.
–Mami, ve lo que le encontré a Pancha... ¿Será una...?
–Sí, eso es. Y vea, aquí tiene otra. Y aquí, otra, detrás de la oreja. Y aquí otra, y otra y...

Fragmento de Bichos In: Carlos Mario Aguirre Morales. Los pasos de la furia. Editorial Universidad de Antioquia. Medellín, 2009. pp: 130-132.


La defensa

Lo primero que debo hacer es revelar mi "conflicto de intereses": Carlos Mario es mi amigo. A partir de ese hecho podría contarles de lo buena persona que es, de lo disciplinado, del buen lector, de su adicción por Cortázar, de las tantas charlas que hemos tenido mientras caminamos desde la Biblioteca Pública Piloto hasta la estación Suramericana del metro en Medellín; pero eso tendría más sentido para una entrada con una apología a la amistad, y ese no es mi interés hoy.
Sí, la amistad me sesga, pero por encima (o por debajo o por los laditos) de ese hecho debo decir que su primer libro de cuentos Los pasos de la furia, publicado por la Editorial Universidad de Antioquia, es muy bueno. Ya lo sospechaba cuando fui testigo de la construcción de algunos de esos relatos que llevaban más de un quinquenio gestándose, y se confirma con esta colección de nueve relatos divididos en tres secciones: Santacho, parte I: De cuadra en cuadra; Santacho, parte II: Entre hermanos y Santacho, parte 3: El padre y el hijo.
Mucho se ha escrito sobre las comunas, sobre la violencia en Medellín, muchos libros y peliculas sobre la ciudad gotean aún sangre. Los pasos de la furia no es la excepción, pero su sentido no está en el espectáculo sanguinario de la ciudad matona. No. Está en el drama humano y simple de la vida cotidiana, donde los elementos de violencia hacen parte de lo que pasa todos los días en Santacho, un barrio de la ciudad, apretado y aprtado, donde todos interactuan aparentemente: se ven, se escuchan, pero nadie se conoce.
Los pasos de la furia es una colección de cuentos, de obras independientes que, sin embargo, pueden leerse como una novela. Claro, los personajes de uno y otro cuento no se conocen y sus historias son distintas. Pero esa es la trama del libro en clave de novela: Los pasos de la furia muestra el aislamiento y la soledad concurrida de la vida urbana. Cada cuento es un capítulo de la novela donde los personajes están atrapados en su propio y doloroso (muy, muy doloroso) drama y en un espacio geográfico mítico y común: Santacho. Claro, por ahí rondan los susurros de Comala, Macondo, Yoknapatawpha y Santa María. ¡Mierda! Esas son palabras mayores, tal vez mi sesgo afectivo otra vez esté colándose en este juicio.
Ah, antes de cerrar esta defensa un último asunto formal: Hay en estos cuentos un curioso y habil manejo del paréntesis, más allá del estricto sentido de signo de puntuación. Mientras leía imaginaba el texto, con comas reemplazando los muchos paréntesis, y no, no funcionaría. De alguna forma, Carlos Mario presenta importantes acotaciones que no frenan el flujo de lectura. A veces pareciera que los paréntesis fueran el subsuelo que soporta lo que hay en la superficie de cada historia.


La fiscalía

Jairo Morales, director del Taller de Escritores de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, en la contratapa del libro dice: "... este inagural y sólido resultado narrativo también debe lo suyo al tratamiento lingüistico, que ha obedecido no al afán del experimento por el experimento, sino a la compulsión de acercar la literatura a la vida...". No voy a hablar de la reseña de mi maestro Jairo a quien quiero y respeto muchísimo (el hombre es muy "bravo" y no le gustaría que yo dijése que la reseña no invita a leer el libro, más bien aburre, y la verdad... no dice mucho, ¡Ups! lo dije), voy a hablar de aquello del "experimento por el experimento". En ninguno de los textos es fortuito, es claro que algunos responden a una necesidad que el autor detectó y por eso decidió aplicarlos en los textos elegidos. Sin embargo, algunos de ellos me parecen muy atrevidos (ni buenos ni malos) para el espacio reducido de un cuento y le restan legibilidad, claridad. Claro, eso genera un esfuerzo mayor del lector, un compromiso absoluto con el texto que seguramente muchos lectores asumirán, pero que también, en muchos otros producirá cansancio y los sacará de lectura.


El veredicto

Tal vez por eso los cuentos que más disfrute son los de la tercera parte: El padre y el hijo. Son llanos en su estructura, sin pretensiones experimentales, con historias aparentemente simples pero con un impacto drámatico que lo dejan a uno turuleto (¿será aquello del nocaut que decía Cortázar?). En mi caso, Golpe bajo y Bichos me dejaron al borde de la lágrima.
No se lo pierdan, vale la pena leerlo. Ah, y me ratifico en mi sospecha sobre lo que está pasando con la literatura colombiana: la cosa se está moviendo por el lado del cuento, el barrio pobre (como Santacho) de la literatura; por el vecindario de la novela, aunque vendan y tengan plata, no está pasando mayor cosa.

Comuniquese y cúmplase

En la foto: mi amigo Carlos Mario Aguirre

4 comentarios:

Carlitos Way dijo...

Hombre, Samuel, esperemos que algún tipo de discusión se arme a partir de este juicio, que encuentro a un tiempo amable y severo, es decir, justo. No me queda más que agradecerte que lo hayás leído y que aquí estés probablemente sembrando el interés de otros por hacerlo. Un abrazo.

andrea dijo...

En realidad, el libro es menos que regular. Los dos únicos textos aceptables son los dos primeros, los demás son aburridos por el hecho de querer, el autor, deslumbrar al lector con la forma narrativa. No hay nada mejor que en un libro de cuentos haya variedad de narradores.

Además es una sopa de adjetivos, mucha descripción, poca acción, poca reflexión en todos los textos. El caso es que Aguirre está muy joven aún y se ve que tiene disciplina.

andrea dijo...

En realidad, el libro es menos que regular. Los dos únicos textos aceptables son los dos primeros, los demás son aburridos por el hecho de querer, el autor, deslumbrar al lector con la forma narrativa. No hay nada mejor que en un libro de cuentos haya variedad de narradores.

Además es una sopa de adjetivos, mucha descripción, poca acción, poca reflexión en todos los textos. El caso es que Aguirre está muy joven aún y se ve que tiene disciplina.

Cata Jara dijo...

Hola, soy realizadora del programa La Última Vocal de la Universidad de Antioquia y estamos interesados en realizar un perfil de Carlos Mario Aguirre Morales.

¿Cómo podemos comunicarnos con él?