domingo, 5 de octubre de 2008

A juicio: Los ejércitos de Evelio Rosero

La evidencia:

Vi al llegar que la verja en casa de Geraldina estaba cerrada, con cadena y candado, al igual que la puerta interior. La puerta de mi casa también: le habían puesto la aldaba, por dentro; en vano me puse a golpear, dando gritos para que abrieran. Me sobrecogió entender que si Otilia se encontraba dentro ya hubiese abierto, y preferí no entenderlo más. Era posible que, sencillamente no me escuchara. ¿Seguía todavía allí la hija de Sultana, o se había ido?
Oigo sollozos adentro.
—Soy yo, abre rápido.
Nadie responde.
En la esquina de la calle, no lejos de donde me encuentro —mi frente apoyada en la puerta, las manos levantadas contra la madera— aparece otro grupo de soldados, descubro, ladeando ligeramente la cara. Son siete, o diez, con uniforme de camuflaje, pero usan botas pantaneras, son guerrilleros. También me han visto reclinado a la puerta, y saben que los miro. Vienen hacia mí, creo, y entonces una descarga desde la esquina opuesta a ellos los sacude y acapara por completo su atención: corren hacia allá, encogidos, apuntando con sus fusiles, pero el último de ellos se detiene un segundo y durante ese mismo segundo me voltea a mirar como si quisiera decirme algo o como si me reconociera y empezara a preguntar si soy yo, pero no ha dicho una palabra, no habla, ¿me va a hablar?, distingo el rostro cetrino, joven, como entre niebla, los ojos dos carbones encendidos, se lleva la mano al cinturón y entonces me arroja, sin fuerza, en curva, algo así como una piedra. Una granada, Dios, me grito yo mismo, ¿voy a morir? Ambos vemos en suspenso el trayecto de la granada, que cae, rebota una vez y rueda igual que cualquier piedra a tres o cuatro metros de mi casa, sin estallar, precisamente entre la puerta de la casa de Geraldina y mi puerta, al filo del andén. El muchacho la contempla un instante, extasiado, y habla por fin, escucho su voz como un festejo en toda la calle: «Uy, qué suerte abuelo cómprese la lotería». Yo pienso ingenuamente que debo responder algo, y voy a decir sí, qué suerte, ¿no?, pero ya ha desaparecido.

Evelio Rosero. Los ejércitos. Tusquets. Barcelona, 2007.


La defensa:

La novela se defiende sola, como buena parte de las obras de Evelio Rosero (porque su autor, más allá de escribirlas no hace mucho por su defensa). Tiene a su favor haber ganado la segunda versión (con cara de primera, porque ésta quedó desierta) del Premio Tusquets en 2006. Un premio bien merecido. A primera vista podría verse como una novela más sobre el conflicto colombiano, no será la primera ni la última aunque mañana todos nos reconciliáramos como amiguitos; pero a diferencia de muchísimas otras, el núcleo de esta novela está en lo estético, es decir, aquí prima la belleza de lo literario sobre el horror de la historia que cuenta. Esto se ha olvidado en casi todas las obras recientes que se proponen narrar la violencia colombiana; creen que la crudeza del argumento hace innecesaria la búsqueda de salidas estéticas para narrar, por eso los diarios de ex -secuestrados, los sapos, las tetas y un buen montón más de obras, no trascienden de la anécdota y el testimonio y fracasan desde el arte, aunque sin duda, triunfan en ventas.

La fiscalía:

Está bien que Evelio Rosero deteste los lanzamientos, las entrevistas, los ágapes literarios y supuestamente intelectuales, pero que no haga mala cara en la foto del librito. Claro, puede replicar que no tiene otra, y es posible que tenga una incapacidad de sonreír ante una cámara porque no pude encontrar una foto donde lo haga, ni siquiera en sus novelas para niños. La verdad, yo creo que le iría mejor plagiando la imagen que ponen en las obras de Thomas Pynchon: un cuadro blanco marcado con una X. Por fortuna, esto no tiene que ver nada con lo literario, sino con su imagen como escritor, a Evelio Rosero poco le importa y a quienes admiramos su obra, tampoco.


Veredicto:

Sin duda, vale la pena leerlo.

Comuníquese y cúmplase

4 comentarios:

Carostranenie dijo...

uf, para mí ese libro fue un mazazo en la corteza cerebral. tremendo. resolvió contar la violencia, lo inenarrable, sin bajar línea ni estetizar al pedo. se lo pasé a varios amigos porque me pareció uy sólido.
besos desde BA! Caro

Martín Franco dijo...

Lo leí durante el taller de la Central, donde luego llevaron a Evelio para una charla. Me pareció un buen tipo, comprometido con el oficio, alejado de todo el 'boom' publicitario y mediático. La novela me gustó, está muy bien contada. Sólo una cosa se me hizo curiosa: Evelio confesó que mientras escribe no lee ninguna otra novela. Yo, lo confieso, no podría hacer una cosa así.

Camilo Jiménez dijo...

A mí me da como pereza leer a este señor. Tiene una obra amplísima y leída, se le reconoce, pero como que todo lo que he husmeado de él me deja indiferente, o me aburre. En esta novela en particular el tema me saca.

Y ojo, Samuel, que una cosa son obras literarias sobre el conflicto y otra testimonios sobre él: carteles de batracios, historias de fugas y relatos de secuestrados quizá valgan como testimonio, pero desde su origen no están pensadas en su dimensión estética, nada más documental. No creo que se puedan meter en el mismo saco Los ejércitos y Cómo me le volé a las Farc o como se llame.

Samuel Andrés Arias dijo...

CARO: yo fui uno de los que atendió tu recomendación.
MARTÍN: Yo tampoco puedo. La verdad sea dicha leer es una de las mejores excusas cuando uno quiere sacarle el cuerpo a la escritura: "no puedo seguir hasta terminar de leerme este".
CAMILO: De Rosero he leído dos de sus novelas para niños y ésta. Las tres me han gustado. Cuchilla en especial, me pareció muy buena.
En lo otro tienes razón... sí y no. Sí en que estas otras obras no han nacido con una intención estética, pero no se puede negar que alguna de estas obras, con argumentos que pueden ser interesantes ganarían mucho si le apostarán a algo más que el mero testimonio. El olvido que seremos es un testimonio, la mayor parte de la obra de Kapuscinski es testimonial. Claro, no estoy pidiendo que Pinchao sea Kapuscinski, pero si hubiese una preocupación más allá del éxito comercial, algunos de estos "documentos coynturales" podrían trascender.