sábado, 28 de marzo de 2009

Kafka: La oficina y el trabajo



Comparto con ustedes algunos fragmentos del diario de Kafka que yo hubiese querido escribir en mi diario íntimo inexistente. Es la mejor descripción de mi situación y de mi estado anímico más frecuente.


18 de diciembre de 1911, once y treinta de la noche.

Que si no me libro de la oficina estoy simplemente perdido, es para mí una verdad de claridad meridiana; sólo se trata de mantener mientras pueda la cabeza erguida para no ahogarme. Hasta qué punto esto será difícil, la cantidad de energías que esto me absorberá, lo demuestra desde ya el hecho que hoy no haya podido cumplir con mi nueva resolución de escribir desde las ocho hasta las once, de que en este momento ni siquiera lo considere un desastre tan grande y de que sólo escriba rápidamente estas pocas líneas para poder ir a acostarme.


19 de febrero de 1911.

Hoy, cuando quise levantarme de la cama, me caí simplemente al suelo. Esto tiene una explicación muy sencilla: estoy totalmente exhausto por el trabajo. No por el trabajo de la oficina, sino mis otras ocupaciones. La oficina sólo tiene esta parte inocente de culpa: que si yo no tuviera que ir, podría vivir tranquilamente para mi trabajo y no perdería esas seis horas diarias, que me han hecho sufrir hasta un punto que usted no puede imaginarse, sobretodo el viernes y el sábado, cuando estaba tan absorto por mis propias cosas. Mirándolo bien, lo sé perfectamente, esto es pura conversación, la culpa es mía y todas las exigencias de la oficina son claras y justificadas. Pero esto representa para mí una espantosa doble vida, que probablemente no tenga otra vía de escape que la locura. Escribo esto a la clara luz de la mañana, y le aseguro que no lo escribiría si no fuera tan cierto y si no lo quisiera a usted como un hijo.

Por lo demás, mañana estaré seguramente bien y volveré a la oficina, donde lo primero que oiré decir es que usted ha pedido que me trasladen a otro departamento.


23 de diciembre de 1911.

Una ventaja de escribir un diario consiste en que así uno se entera con tranquilizadora claridad de las transformaciones que sufre constantemente; transformaciones que uno en general admite, sospecha y cree, pero que inconscientemente niega siempre, cuando se presenta la oportunidad de obtener mediante ese reconocimiento un poco de esperanza o de paz. En el diario uno encuentra pruebas que le certifican que aun en estados que hoy nos parecen intolerables, uno vivió, se paseó por ahí y apuntó sus observaciones, que por lo tanto esta mano derecha se movió como se mueve hoy, cuando uno, justamente por esa posibilidad de reflexionar sobre el estado anterior, es tal vez más sensato que antes; pero por eso mismo, también tiene que reconocer la valentía de su esfuerzo en aquella ocasión, cuando obraba en absoluta ignorancia.


21 de julio de 1912.

(…) Odio todo lo que no se relaciona con literatura; me aburre seguir una conversación (aún cuando se relacione con la literatura), me aburre hacer visitas, las penas, las alegrías de mis parientes me aburren hasta el fondo del alma. Las conversaciones me roban la importancia, la seriedad, la verdad de todo lo que pienso.


Tomado de I. Franz Kafka. La misión del cansado In Alan Pauls. Cómo se escribe un diario íntimo. Buenos Aires: El Ateneo. 1996. pp. 15-55

3 comentarios:

Jorge Sánchez dijo...

¡Santo Cielo, sólo seis horas diaras de oficina! Si al pobre Kafka le hubiera tocado vivir en la Colombia de Uribe...

Isaías Peña Gutiérrez dijo...

Samuel,
con la primera nota ya me tocó irme a la cama. Solo que me quedé pensando a qué horas escribió EL PROCESO.

PADRE RESPONSABLE dijo...

Santo de los escritores con una oficina colgada al cuello, deberían nombrar a Kafka. Y complementar el santoral por toda una tropa de condenados al trabajo de escritorio con Pessoa como Capitán. Ánimo Samuel, que como me gusta citar de León de Greiff: "hay mente, hay músculo, y no es oportuno todavía descansar...".