miércoles, 18 de marzo de 2009

A juicio: El viento agitando las cortinas de Juan Carlos Rodríguez


La evidencia

Este romboide no es patrimonio de las flacas, como estúpidamente creí un tiempo, ya que en mis primeros años de devoción sóolo los encontré en mujeres muy delgadas. Es más fácil que eso ocurra, pero no es una regla, es más bien una tendencia. Y como en todas las cosas sumadas y restadas configuran la hipótesis temporal de trabajo que solemos llamar "sentido de la vida", este fue un descubrimiento accidental. Había tenido apasionados romances con mujeres gordas, ¿quién, que se precie de tener una libido libre de los movimientos de la moda, no? Por fortuna crecí en el instante previo a la sacralización de las modelos, a la avalancha de anoréxicas que se convirtieron, de un momento a otro, en los íconos sexuales de occidente. La voluptuosidad no puede ceñirse a reglas dictadas por el mercado y una de las colecciones más sugestivas de calzones que he podido disfrutar era propiedad de una muchacha bastante gruesa. Ella jugaba a ser pudorosísima, a mostrar y ocultar al mismo tiempo y para eso se había armado con un tremendo arsenal de prendas íntimas. Cada encuentro con ella traía la emoción de la sorpresa y la anticipación del deseo. Tenía un arma secreta que usaba sin ningún recato: después de jugar a que te muestro y no te muestro un buen rato, terminaba en calzones y justo ahí afloraba su otra cara, se transformaba en la gran zorra. Se frotaba el clítoris con la mano, se palmeaba las nalgas y se ofrecía a la vista desde ángulos casi imposibles, todo sin quitarse el calzón, último reducto de su anterior resistencia. Lo corría hacia un lado para exhibir sus labios, se lo enrollaba desde la cintura hacia abajo, mostrando el bello de la muerte, lo jalaba con fuerza hacia arriba, pegándoselo al cuerpo, hasta que se formaba una montañita de algodón y carne. Yo me enloquecía con todo esto, podía pasarme horas viendo el espectáculo sin ir más allá. Pero ella no, de manera que siempre terminaba por penetrarla. Aún así las sorpresas no terminaban: a veces me recitaba al oído letanías de una obscenidad inimaginable para quien la hubiera visto media hora antes, otras hablaba como una niña chiquita, pidiéndome paso a paso que le explicara qué era "eso tan raro que está haciendo, señor, que me da cosquillitas" y en los días más afortunados, me apretaba con fuerza sus calzones contra la cara, asfixiándome al mismo tiempo que me narcotizaba con su olor marino.
Juan Carlos Rodríguez. Contra el nudismo In: El viento agitando las cortinas. Mondadori. Bogotá, 2008. pp. 28-29


La defensa

Ayer volví a ver Lost in translation de Sofia Coppola. Había olvidado todo lo que me gustaba los primeros 40 segundos de la película, dónde sólo aparece el culito de Scarlett Johansson empacado en unos suaves y transparentes calzones rosados. Sólo por esa escena le perdono a Scarlett que siempre haga, en todos sus papeles, el mismo rol de niña sensual que no sabe que hacer con su vida. No necesito más.
Esa misma sensación me fue provocada por distintas escenas de los tres relatos que componen El viento agitando las cortinas del colombiano Juan Carlos Rodríguez: Contra el nudismo, ¿quién se acuerda del capitán Scott? y Mil veces el mal camino.
Los tres tienen en común la evocación del pasado, la sensualidad, no solo en las escenas, también en la musicalidad del lenguaje, y la manera cotidiana y casi desprevenida en que se van construyendo las historias. Pero lo que más me gustó fue el uso magistral de la primera persona. Como la santísima trinidad: tres narradores -uno para cada relato- claramente diferenciados, pero un mismo autor. Este es uno de los asuntos más complicados a la hora de optar por la primera persona: el riesgo de que el narrador se confunda con el autor o que los distintos narradores no se diferencien. Riesgo aumentado hoy cuando hay una exacerbada manía por el YO en la literatura colombiana reciente.
Juan Carlos Rodríguez lo resuelve muy bien y sin artificios. Sus narradores, al igual que sus personajes, son convincentes. Así mismo, los tres relatos son sólidos; hasta los devaneos aparentemente superfluos nos cuentan aspectos claves de las historias y nada queda fuera de lugar. Un buen librito de cuentos... ¿o relatos, o novelas cortas? A quien le importa.


La fiscalía

No es culpa del autor... o sí... más bien es su culpa: se terminan las 158 páginas y uno queda antojado. La sensación que tuve es que hay muy buena madera para un gran novelista. Si la sútil tensión que el autor genera en cada relato se prolonga en historias más extensas (las que ameriten mayor extensión, por supuesto), seguramente daríamos con una muy buena novela... bueno, dejémoslo de ese tamaño, porque da la impresión de que le estoy ayudando a la defensa.
Cuando lo vi por primera vez en una librería lo cogí, le di una mirada y no me gustó un detalle tonto: el texto de Antonio García en la contraportada. No es que tenga nada en contra de García, incluso me gustan sus columnas en SoHo, pero me pareció maluco, me dio la impresión de que el librito era tan malo que el único que se atrevió a escribir en la tapa fue su amigo. De pronto el problema es mío por las sospechas literarias que me genera el Cartel "literario" que hay en el Grupo Semana. Menos mal leí la buena reseña de Camilo Jiménez en El ojo en la paja y la entrevista al autor en Arcadia (pésima entrevistadora, buen entrevistado). El puntazo final para que me decidiera fue la recomendación de Nahum mientras almorzabamos alguna tarde: "tiene que leerlo, Samuel, tiene que leerlo" Fue su sentencia.


Veredicto

Puede que sea un prejuicio pero últimamente están mejores las colecciones de cuentos que las novelas colombianas. En mi biblioteca, este librito está ubicado en primera fila junto al Amante de todos los santos de Juan Gabriel Vásquez, Alerta de terremoto de Tim Kepel, Necesitaba una historia de amor de Roberto Rubiano y La cajita cuadrada de Harold Kremer, mientras las novelas colombianas recientes que he leído están por allá, casi escondidas con vergüenza, en la segunda o tercera línea.

Comuníquese y cúmplase

4 comentarios:

Camilo Jiménez dijo...

Es un gran libro, sí. Y es una pésima entrevistadora la de Arcadia, también. Y también floja la notica de contraportada. Pero qué le hace: el libro se salva solo.

Tienes razón: últimamente encuentra uno más carne en los cuentos que en las novelas. Y contra el prejuicio, las editoriales están publicando libros de cuento. No muchos, pero ahí están. Coincido al cien por ciento con tus libros de primera fila.

Samuel Andrés Arias dijo...

CAMILO: Esa es la gran ventaja: el libro se defiende solo. A propósito de cuentos colombianos, he visto que Editorial Panamericana está editando a varios autores Colombianos, ¿sabes algo de la colección? ¿Has leído algo?

Lucaz dijo...

Vea Ud. Samuel Andrés, acabo de terminar de leer este buen libro casi a la par con su post. Rodriguez tiene una voz que, mesurada y sin aspavientos seguramente se consolidará en su próximos libros, los cuales desde ya estamos esperando. El que más me gustó fue el segundo ¿Quien se acuerda del capitán Scott? una pequeña nouvelle comprimida bien armada y mejor resuelta sin que el breve final parezca raquítico frente al corpus de la historia. Al primero -Contra el Nudismo- me parece que le faltó algún otro elemento que le diera más cuerpo a la historia, el estilo es sobrio y muy bien matizado, Rodriguez tiene madera también para ensayista. A Mil mveces el mal camino creo que le faltó algo -no mucho- de tijerita y acude un poco -solo un poco- más de la cuenta a la complicidad del lector, en este caso la lectora-receptora de los mails, no obstante ninguna de las tres historias desentona en la estructura de libro y el lector se mantiene pegado a cada una de ellas hasta que termina. Ah..y algo que tanto se pide desde estos blogs, el buen humor que permea los tres cuentos, recuerdo el del complejo del delantero alemán: "100% de efectividad en el área o en la banca".

Carlos A. y Pablo R. dijo...

Hay otro libro de cuentos, no es tan reciente pero todavía circula y es estupendo: Los amigos míos se viven muriendo, de Luis Miguel Rivas.