lunes, 4 de agosto de 2008

Una reseña desde el afecto

Sobre el Olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince mucho se ha dicho y escrito. Me gusta mucho la reseña que hicieron Esther Andradi y Adolfo Castañon en Letras Libres, la de Juan Villoro en El malpensante, hace unos meses, y el ejercicio que planteó la revista Píe de Página, donde hay muchas "conversaciónes que el libro de Héctor Abad ha despertado".
Así es, todos los que hemos leído "el libro"
(porque es difícil de catalogar como novela, crónica, biografía, testimonio, entre otros tantos géneros posibles) tenemos nuestra propia lectura a partir de experiencias propias.
Va mi versión, que fue publicada el año pasado
en la Revista Facultad Nacional de Salud Pública, como una invitación para aquellos que aún no lo han leído.


Hace pocos minutos terminé de leer El olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince. Quisiera poder escribir con objetividad sobre su estructura narrativa, la evolución de la obra del autor, la relación de este libro con la de otros escritores que le han escrito a su padre, qué si es una novela, una biografía, un perfil, unas memorias; pero no puedo, y no tendría mucho sentido, pues está escrito desde el afecto y desde el afecto escribo también esta nota.

En 1987, año en que asesinaron a Héctor Abad Gómez, yo tenía catorce años. Tal vez la noticia la haya visto en la televisión, pero para mí no habrá significado mucho. Mis prioridades eran las aventuras a campo abierto, como voluntario juvenil de la Cruz Roja, y a campo cerrado, íntimas, naturales de la ebullición hormonal de la adolescencia. La muerte de líderes sindicales, de defensores de derechos humanos, el exterminio de la Unión Patriótica, no eran parte de mis preocupaciones juveniles.

En 2001 ingresé a la Facultad Nacional de Salud Pública “Héctor Abad Gómez” a estudiar la maestría en epidemiología. En esos catorce años mis expectativas cambiaron de ser un héroe que rescataba heridos y muertos en las faldas de Monserrate al deseo de hacer un trabajo que tuviera una repercusión más amplia sobre la salud de las poblaciones.

Dice Héctor Abad Faciolince en su libro que su padre “Soñaba con que hubiera un nuevo tipo de médico, un poliatra, decía él, el sanador de la polis, y quería dar ejemplo de cómo debía comportarse ese nuevo médico de la sociedad, que no se ocuparía de atacar y curar la enfermedad, caso por caso, sino intervenir en sus causas más profundas y lejanas”. Un deseo similar fue el que me impulsó a convertirme en epidemiólogo después de conocer, en mi práctica rural y como médico general en los Llanos Orientales y las selvas de la Amazonía, las condiciones y desventuras que viven muchos colombianos; con la fe de poder contribuir de manera más eficaz a la solución de los problemas de los colectivos humanos y no sólo de los individuos. O expresado de manera más simple por Héctor Abad Gómez en su tesis de grado (y trascrito por su hijo en El olvido que seremos): “La epidemiología ha salvado más vidas que todas las terapéuticas”.

Héctor Abad Gómez es el icono de la salud pública y de la lucha por los derechos humanos en la Universidad de Antioquia y en el país. La Facultad Nacional de Salud Pública lleva su nombre y su busto es testigo de todos los movimientos desde el centro del jardín principal del edificio. El fenómeno es similar a las millones de imágenes del Che que vemos en afiches, posillos, camisetas y gorras, pero que a la hora del té muy pocos saben algo de él. Así mismo pasa con Héctor Abad Gómez en la universidad. Para algunos estudiantes el único significado que representa el maestro es la foto obligada que hay que tomar junto a su estatua como prueba de que se han graduado.

Cuando llegué a Medellín no sabía mayor cosa de él: que había sido un gran salubrista, fundador de la Escuela Nacional de Salud Pública hacía casi cuarenta años y que había muerto por defender los derechos humanos en Antioquia, nada más. A pesar de ser el gran héroe de la facultad, durante la maestría, en ningún curso, se propuso alguna de sus obras como bibliografía.
Hace varios años, en una feria universitaria del libro, encontré en oferta la compilación de sus escritos Manual de Tolerancia editados por la Universidad de Antioquia. La curiosidad por descubrir quien fue el hombre que mereció que una Facultad llevara su nombre me hizo comprarlo en la sección de ofertas por la ínfima suma de dos mil pesos.

Aunque el libro esta conformado por una serie de escritos que probablemente no tenían la intención de ser publicados en un solo volumen, y por eso no guardaban una unidad temática coherente, sí conservaban una unidad ética. En todos era clara la postura honesta, transparente y, casi siempre, romántica del profesor sobre la vida, la medicina, la salud pública y la política. Uno de sus textos en especial me ha marcado en mi breve carrera docente; fue el artículo Hace quince años estoy tratando de enseñar. Trascribo su último párrafo:

“El mero conocimiento no es sabiduría. La sabiduría sola tampoco basta. Son necesarias la sabiduría y la bondad para enseñar y gobernar a los hombres. Aunque podríamos decir que todo hombre sabio, si verdaderamente lo es, tiene que ser bueno. Porque la sabiduría y la bondad son dos cosas íntimamente entremezcladas. Lo que deberíamos hacer los que fuimos alguna vez maestros sin antes ser sabios, es pedirle humildemente perdón a nuestros discípulos por el mal que les hicimos”.

Desde el día que lo leí, de cuando en cuando, agobiado por la lucha de clases en la universidad: clase por la mañana, clase por la tarde y clase por la noche” o por los proyectos de investigación que estaba ejecutando, me detenía un rato frente a la imagen congelada del maestro en el patio de la facultad y le preguntaba desde mis adentros si estaba haciendo bien la tarea; si mi esfuerzo y cansancio contribuirían en algo a defender los ideales que él tenía y que comparto. La respuesta… mía, no desde el más allá, era variable, a veces positiva y otras tantas negativa. Pero el sólo hecho de preguntármelo era un indicio de autocrítica (tan difícil en los profesores universitarios), que me ayudaba a no caer en la trampa común del ejercicio docente e investigativo frío y mecánico.

La reflexión es frecuente y necesaria. Cuando la calidad de la educación superior pública continúa decayendo vertiginosamente, las condiciones de los maestros e investigadores son más paupérrimas y el acceso de los jóvenes a la universidad es más restringido, el pensamiento de Héctor Abad Gómez es urgente. Cuenta su hijo que en la última columna que dejó preparada para el periódico El Mundo de Medellín decía:

“Vivimos una época violenta, y esta violencia nace del sentimiento de desigualdad. Podríamos tener mucha menos violencia si todas las riquezas, incluyendo la ciencia, la tecnología y la moral —esas grandes creaciones humanas— estuvieran mejor repartidas sobre la tierra. Este es el gran reto que se nos presenta hoy, no sólo a nosotros, sino a la humanidad”.

Hace más de un año que no estoy como profesor tiempo completo en la Universidad de Antioquia. Me trasladé a Bogotá, he trabajado como epidemiólogo en una aseguradora de salud y desde hace pocos meses coordino el área de investigaciones del Instituto Nacional de Cancerología y mantengo algunas labores de cátedra con la misma universidad. Siempre, periódicamente, me viene la imagen de piedra de Héctor Abad Gómez y me invita a la misma reflexión, ¿será que con mi trabajo si estoy haciendo algo que valga la pena? No lo sé, pero la fe, la ilusión, ingenua o franca, de que lo estoy intentando me mantiene a flote en la cotidianidad.

El olvido que seremos me ha permitido conocer el lado más humano del maestro. Presentado por el sesgo afectuoso de su hijo. Su intención, más que hacer gran literatura, que no es excluyente, es desatorarse de esa deuda que tenía con su padre y su pasado y permitirnos reconstruir no sólo la historia íntima del hombre y su familia sino los oscuros recovecos que llevaron a exterminar buena parte de la inteligencia del país en la década de los ochenta.

Dice el autor en el último párrafo:
“Y si mis recuerdos entran en armonía con algunos de ustedes, y si lo que yo he sentido (y dejaré de sentir) es comprensible e identificable con algo que ustedes también sienten o han sentido, entonces este olvido que seremos puede postergarse por un instante más, en el fugaz reverberar de sus neuronas, gracias a los ojos, pocos o muchos, que alguna vez se detengan en estas letras”.

Noviembre de 2006

2 comentarios:

Martha Li dijo...

Es posible que cualquier comentario sobre ante la veracidad de este artìculo, sobre todo por la conciencia que lleva implicita. La conciencia de quien lo inspirò, porque admite que en la academia se debe expresar la bondad paralelamente al conocimiento, pues solo de esta manera cultivaremos la sabidurìa. Y la conciencia bondadosa de quien se pregunta si lo està haciendo bien, ese eres tù.
Samy,a cuantos dichos "maestros" en el mundo, les hace falta recorrer el pasillo que tu recorrias y meditar un poco frente al busto del MAESTRO

m dijo...

a mi el libro me encantó. me encantó por varias razones, obvio, la emocional, la que sentimos cuando también hemos perdido al papá, también porque habla de un medellin del que habla mi mama y lo hace con las palabras que mi mamá usa al hablar, también de un medellín que por chiquita no entendía pero que veía que afectaba a todos los que tenía alrededor, cuando mataron al maestro yo tenía 10 años, mi mama sabía quien era el doctor abad y la conmovió profundamente que lo hubieran matado. mi mamá lloró a pesar de no ser su amiga y ese día me di cuenta que en mi país a la gente la matan por querer hacer bien. y a veces, solo por ver caer.
(esto último lo había escrito en otro comentario que hice en otro blog en el que hablan del libro.)